La diáspora de la CM española tras las disoluciones del siglo XIX

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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LOGO SEMINARIO HISTORIA 2 colorIntroducción

El convulso siglo XIX supuso un antes y un después a la desfasada sociedad española. La Iglesia no se quedó al margen de los profundos cambios ocurridos y, como no podía ser menos, la Congregación de la Misión siguió los mismos derroteros. En este sentido debemos afirmar que las dos “supresiones” en las que se vio envuelta posibilitaron (tras las amenazas correspondientes) un renacer que, con la perspectiva de los años, mejoraron notablemente las situaciones anteriores.

Una de las consecuencias más significativas del periodo es la “dispersión” de los misioneros. Los datos avalan la afirmación de que más del 80% de los miembros de la Congregación permanecieron fieles a la misma. De ellos, un porcentaje próximo al 75% se integró en la Provincia de España. Sin embargo, un buen número de ellos nunca regresaron y, de una u otra forma, fueron la base de la presencia o fortalecimiento de la Congregación en otros países, sobre todo de habla hispana. A esta realidad dedicamos este breve artículo.

 1.- El contexto sociopolítico (1834-1868)

Finalizada la I Guerra Carlista (1839), la Santa Sede no reconoce, en principio, a Isabel II y se niega a nombrar obispos para evitar actos que significasen reconocimiento de ninguno de los contendientes en la guerra civil.

Pronto se iniciará por parte de los gobiernos liberales una política claramente anticlerical. Entre las medidas tomadas, destacamos la supresión de órdenes religiosas masculinas y reducción de las femeninas (11-10-1835), la declaración de venta de todos los bienes religiosos (19-2-1836), la supresión de conventos, monasterios, etc… (8-3-1836) y la extinción de religiosos. Todo ello, más algunas matanzas de frailes en Madrid (17 julio 1834) y Barcelona (25 julio 1835) llevaría a la ruptura de relaciones diplomáticas entre España y la Santa Sede (27 octubre de 1836) y al cierre de la Nunciatura (29 diciembre 1840). Esta ruptura elevó la tensión a límites insospechados.

Hacia 1843 la organización de la Iglesia del siglo XVIII se había hundido bajo el peso de la reforma liberal. Las órdenes religiosas masculinas habían desaparecido, con pocas excepciones; muchas diócesis no tenían obispo; los canónigos se habían reducido; el clero parroquial mantenía sus efectivos (unos 25.000) gracias a la mano de obra de los ex-regulares… en definitiva, representaban un tercio del número de sacerdotes registrado a finales de siglo.

Isabel II, declarada mayor de edad, jura la Constitución de 1837. A partir del momento se tomarán algunas medidas de franca ventaja para la Iglesia: suspensión de la venta de bienes del clero y monjas (26-6-1844), aprobación de presupuesto para culto y clero (1-6-1845), autorización para volver al clero secular los bienes no enajenados…. Las relaciones Iglesia-Estado se normalizan con la firma del Concordato de 1851[1] que es recibido con abierta hostilidad por los progresistas, con discreta reserva por los moderados y con tranquila aquiescencia por los clérigos[2].

Acceden al poder los progresistas a través de la revolución de 1854. Con relación a la Iglesia se suceden toda una serie de disposiciones de los diversos ministros de Gracia y Justicia con el fin de contener su influjo y limitar su campo de acción. Pascual Madoz, ministro de Hacienda, decreta, a su vez, el 1 de mayo de 1855 la segunda gran desamortización (que afectó a bienes de religiosos, propiedades de instituciones educativas y de caridad y a tierras comunales de los municipios) cuya vigencia, con alguna interrupción, permaneció hasta 1895. A esta legislación siguió el deterioro de las relaciones Iglesia-Estado y el abandono de la corte por parte del encargado de negocios papal.

El censo de 1860 da cuenta de un clero secular de 42.765 individuos (unos 4.000 más que a principios de la década de 1840) mientras los religiosos sumaban 1.638, distribuidos en 62 residencias. Aumentaron las matriculaciones en los seminarios y, entre el clero femenino, tanto de clausura como el dedicado a la asistencia social, comienzan a tener un peso específico las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl (aumentarán de 887 a 1.657 entre 1854 y 1868).

Derrocada Isabel II por la revolución septembrina, es aprobada la Constitución de 1869. Determinadas decisiones gubernamentales empeoraron más aun las relaciones Iglesia-Estado, hasta el punto de quedar prácticamente cerradas ambas embajadas. El anticlericalismo popular marca, por otra parte, los primeros momentos de la revolución. Igual situación anticlerical se mostró en los políticos asistentes a las Cortes que alcanzó unos niveles nunca conocidos en España. Al excesivo clericalismo de la época anterior se respondía ahora con un no menos excesivo anticlericalismo, negando, incluso, a la Iglesia libertades que estaban en contradicción abierta con el mismo espíritu liberal.

La batalla más dura se desarrolló en torno a la pretensión del Gobierno de que los obispos y el clero prestasen juramento de fidelidad a la nueva Constitución. La negativa fue total y sólo tras arduas negociaciones con la Santa Sede, que acabó autorizándolo, se logró que una mínima parte lo hiciese. El gobierno mantuvo, a pesar de todo, la obligatoriedad del juramento y privó al clero de ayuda económica[3]. Tras la elección y corto reinado de Amadeo de Saboya se proclama la I República (1873), con algunos sucesos turbulentos anticlericales. La idea, nunca llevada a la práctica, de solución al problema de la Iglesia parece clara a los republicanos: separación de Iglesia y Estado. La opinión eclesiástica atacó la propuesta de ley de separación, pero por primera vez en la historia de la Iglesia española, ésta comenzó también a cuestionarse la utilidad de su relación tradicional con el Estado.

                                                                                                     

  1. El contexto de la CM en la España liberal

En 1834 la Provincia de España se componía de 8 casas (Madrid, Barcelona, Palma de Mallorca, Guisona, Barbastro, Reus, Valencia y Badajoz)[4], 96 Clérigos y 33 Hermanos. De la larga serie de medidas legales dictadas por los sucesivos gabinetes liberales de la época sólo la más amplia y universal de ellas, la del 8 de marzo de 1836, se refería explícitamente a la C.M.. En aplicación de los Decretos, el Estado se fue apoderando poco a poco de todas las casas[5]. El caso de Palma es un tanto peculiar ya que suprimida y expropiada el 3 de mayo, en ella permaneció siempre algún misionero[6].

Sabemos el destino inmediato de los componentes de la provincia en 1835: “Sesenta y uno, entre los que hay que contar a prácticamente todos los estudiantes y novicios, logró pasar al extranjero -es decir, Francia, salvo unos pocos que se dirigieron directamente a Italia- e instalarse en casas de la Congregación: Montolieu, Carcasona, Toulouse, Cahors, Valfleury, Chalons sur Marne, París, Sarzana, Piacenza, Tívoli, Monte Citorio… Treinta y siete, permanecieron en España. Pero a éstos es preciso clasificarlos en dos grandes grupos: dieciséis siguieron más o menos vinculados a casas -es el caso de Palma de Mallorca- u obras de la Congregación, especialmente la dirección de las Hijas de la Caridad, como el grupo de cinco padres y hermanos de Madrid, capitaneados por el P. Codina. Y otros veintiuno o bien regresaron a sus domicilios familiares o se incorporaron a diversas diócesis, en las que obtu­vieron curatos o beneficios. De veinte ignoramos por completo el paradero. Y dos, el hermano Campmolt y el P. Obiols murieron como resultado de los sucesos de Barcelona”[7].

Los seminaristas, finalizados sus estudios de Filosofía en Montolieu, bajo la dirección del P. Armengol, fueron a París (octubre de 1836) para estudiar allí Teología. Una vez ordenados de sacerdotes se repartieron por distintas casas de la Congregación, especialmente por Italia y Estados Unidos[8]. El grupo que permaneció en España, pasados los primeros momentos de la dispersión, trató, dentro de lo posible, de reemprender la vida de comunidad y su actividad como Institución tropezando, hasta 1844, con notorias dificultades.

El comienzo de la década moderada (1844) permite la llegada a España del P. Codina con el objetivo de lograr la restauración de la Congregación, aprovechando sobre todo la protección que dispensan los diversos Gobiernos a las Hijas de la Caridad. De entonces datan algunas actividades comunitarias (bien que como sacerdotes seculares) que les llevan a estar empleados en los Seminarios de Lérida, Tarragona y Toledo y ser solicitados en los de Tarazona y Solsona[9]. Los trámites del P. Codina finalizarán a finales de 1847 porque fue elevado, tras varios meses de “tira y afloja”, a la dignidad de Obispo de Canarias a donde llegó el 14 de marzo de 1848.

El Superior General nombrará Visitador, a comienzos de Noviembre de 1847, al P. Ignacio Santasusana con dos encomiendas: la dirección de las Hijas de la Caridad (de las que es Director General) y el reconocimiento de la Congregación. La problemática de la posible “restauración” saca a flote dos conflictos: la necesidad de “retornar” los misioneros del exilio y la “dependencia” del Superior General.

La primera luz que se ve para el reconocimiento de la C.M. la encontramos en el Concordato entre el Estado Español y la Santa Sede firmado el 16 de Marzo de 1851. No obstante, el reconocimiento de la C.M. sólo se verificó el 23 de Julio de 1852, fecha en la que un Real Decreto declaraba, a través de sus trece artículos, no sólo restablecida la Institución sino que regulaba las condiciones económicas y de personal por las que debía regirse[10].

A partir de este momento se inicia un lento proceso de recuperación del personal y de habilitación de nuevas casas. De las ocho residencias que tenía la C.M. antes de 1836 solamente recuperó las de Badajoz y Palma. Sin embargo, bajo la protección del Gobierno se abrieron, a partir de este momento, nuevas perspectivas no sólo en las colonias (Seminarios Conciliares en Filipinas y Cuba además de la Dirección de las Hijas de la Caridad) sino también en la metrópoli (Vitoria)[11].

El conflicto entre los PP. Étienne (Superior General) y Armengol (Visitador)[12] vino a enturbiar el progreso de la Institución que acabó con la disolución de la Provincia de España, el cierre de su noviciado y la destitución del P. Buenaventura Armengol (posteriormente expulsado de la C.M., junto con algunos otros misioneros de gran valía, entre los que se encuentra el P. Julián González de Soto).

En 1867 se vuelve a Barcelona y se establecen en Arenas de San Pedro (Ávila) y Teruel. Mayor significación tiene, en este sentido, su proyección exterior. La atención a las Hijas de la Caridad será el motivo que impulse los nuevos establecimientos de México (1844), Cuba (1847) y Filipinas (1862) aunque, una vez allí, se encargarán de la atención de los Seminarios y del ejercicio de las Misiones. Según el Catálogo General de la Congregación de 1868 disponía la Provincia española de diez casas (de ellas, una en Cuba y tres en Filipinas). En España eran: Madrid, Badajoz, Arenas de San Pedro, Barcelona, Palma de Mallorca y Teruel. Fuera de España: en La Habana-Cuba, en Manila-Filipinas, en Nueva Cáceres-Filipinas y en Cebú-Filipinas.

Todo este resurgimiento se vino abajo, sin embargo, con la Revolución de Septiembre de 1868. Por Decreto del 22 de Octubre fueron disueltas las Órdenes Religiosas y suspendido el pago concordado para los Seminarios. De esta situación quedó a flote, de nuevo, la casa de Palma de Mallorca. El resto de casas se mantuvo como pudo aunque la Congregación estaba suprimida.

Los estudiantes y novicios, junto con algunos sacerdotes y Hermanos Coadjutores, huyeron a Francia el día 19 de octubre y se establecieron, tras pasar por Dax, en el Berceau, que aun no estaba terminado. La guerra franco-prusiana (1870-1871) obligó a la comunidad de misioneros franceses de París a refugiarse también en esta casa y, como consecuencia, los españoles tuvieron que abandonarla. Los novicios y estudiantes más jóvenes volverían a España (algunos de ellos a sus casas) y los recién ordenados o próximos a ordenarse acabarían en Cuba y Filipinas.

El grupo de quienes traspasaron la frontera franco-española (con los PP. Eladio y Nicolás Arnáiz al frente) se dividió en dos subgrupos. El P. Eladio con los novicios se refugió en Murguía (Álava), en tanto su hermano su dirigió a Burgos con los estudiantes. Expulsados de aquí se refugiaron en Elizondo (Navarra). Aquí permanecieron desde abril de 1874 hasta comienzos de 1876, momento en el que el P. Maller les hizo ir hacia Ávila y, de aquí, a Madrid. El 1 de septiembre de 1869 quedará establecida la Congregación en el Santuario de Los Milagros (Orense) [13]. El tercero de los grupos salió para Cuba. A Puerto Rico pasarán desde Cuba los primeros misioneros en junio de 1873.

 3.- La diáspora

Tras la disolución de la Congregación en España de 1835, el grupo que se fue al exilio acabó en Italia (PP. Juan Vilera, Ramón Sanz, Juan Costa, Juan Bautista Figuerola, Francisco Soley, Mauricio Sampere, Mariano Igués y Melchor Igués), Francia (PP. José Escarrá, Buenaventura Codina, José Cerdá, Julián González, Benito Cardona, José Puig, Manuel Fábregas, Francisco Soley, Pablo Planas, Carlos Roca y Miguel Gros), Estados Unidos (a donde fueron a parar, una vez ordenados de sacerdotes en Francia, los PP. Jerónimo Cercós, Juan Masnou (futuro Visitador), Eudaldo Estany, Miguel Calvo, Juan Llevaría, Joaquín Alabau, Tadeo Amat, Miguel Doménech, Román Pascual y Joaquín Maller junto con otros veteranos y algunos Hermanos), México (PP. Buenaventura Armengol y Ramón Sanz), Cuba (PP. Francisco Bosch y Ramón Vila) y otros lugares más dispersos (PP. Ramón Vives y Juan Domingo a Argel; P. Arnaldo Senpau a China; PP. Francisco Amaya y Jose Mª. Boxó a Oriente). En este breve artículo nos centraremos en los lugares más significativos: México, Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Estados Unidos.

3.1. MÉXICO

A Ciudad de México llegan los primeros misioneros Paúles el 15 de noviembre 1844[14]. Habían desembarcado en Veracruz el 4 de noviembre. Son los PP. Buenaventura Armengol y Ramón Sanz[15], acompañantes y Directores de las Hijas de la Caridad que van allí a establecerse a petición de algunas personas (Dña. Ana Gómez de la Cortina, Dña. Faustina y Dña. Julia Fagoaga, D. Manuel Andrade y D. Cirilo Gómez) de la recién creada República. Vivirán en una de las casas de la Condesa de la Cortina. Aquí permanecieron hasta el 15 de febrero de 1846 en que se trasladaron a una casa alquilada, perteneciente al Hospital de San Juan de Dios, junto con el Hermano Blas Fortún llegado de París el año anterior. No pudieron aceptar, por ser pocos, el ofrecimiento que se les hacía de atender la Iglesia del Espíritu Santo y la casa contigua.

A pesar del motivo de su presencia pronto se dieron los pasos para fundar una provincia vicenciana, lo que se consiguió con el decreto del Presidente de la nación José Joaquín Herrera el 23 de junio de 1845. Posteriormente llegaron las autorizaciones del arzobispo de México y del Superior General (P. Etienne). Con el mismo Decreto se constituye, en la práctica, la Provincia canónica de México teniendo en cuenta la peculiar situación en que viven los misioneros españoles (exiliados). La Provincia dependerá directamente del Superior General y se encargará de buscar mano de obra de múltiples formas (levas en España de misioneros, aspirantes o, simplemente, jóvenes… promoción vocacional en México…). El 10 de septiembre de 1845 es admitida incondicional y definitivamente en la República[16].

En los tres años siguientes llegaron cinco sacerdotes y tres hermanos. En 1850, tras la Asamblea General del año anterior, el P. Armengol llegó de España con 20 Hijas de la Caridad, tres sacerdotes, tres novicios y cuatro hermanos, mas otro español que llega de los Estados Unidos. En el mes de Julio de 1851 llegó un grupo de 13 novicios aunque solo terminaron 3 para sacerdotes (Jerónimo Viladás, Félix Mariscal y José Recoder) y otros cuatro para Hermanos (Juan Bernils, José Clapés, José Durán y Jacinto Rios). Posteriormente se incorporaron otros, varios de ellos mexicanos.

Una de sus tareas primarias, junto a la atención de las Hijas de la Caridad, fue el de la prensa católica. A través de esta actividad pretendía el P. Armengol obtener algún rendimiento económico y, sobre todo, expandir el catolicismo en medio de una vorágine de periódicos violentamente contrarios. Los periódicos que se editaron fueron “El Católico” (1845-1847) y “La Voz de la Religión” (1848-1853). Junto a esta “prensa” se embarcaron en la publicación de la Biblioteca Católica. Aparecieron nueve volúmenes[17].

La Casa de Puebla de los Ángeles se ubicó en el Convento de Belén del que se tomó posesión en noviembre de 1846. El objeto de la llegada fue la atención al Seminario Clerical. Al no concretarse este destino los misioneros pasaron a ocupar un edificio en la calle del Tecajete, 1 quedando en la casa desde el 12 de septiembre de 1853 con el cargo de salir de misiones, dar Ejercicios y Retiros a los eclesiásticos y atender el culto en la iglesia contigua.

En el Consejo General de la Congregación de 14 de abril de 1846 se nombra al P. Buenaventura Armengol primer Visitador de la Provincia Mexicana aunque el Consejo Provincial no se pudo constituir formalmente hasta 1850. El 10 de agosto de 1847 se trasladaron a “Las Bonitas” (Ciudad de México) a un departamento enteramente separado de las Hermanas. Aquí se ubicó el Seminario interno (iniciado en Puebla) en 1848 y el 3 de junio de 1853 se inauguró la magnífica iglesia de San Vicente de Paúl.

Pocos años antes, 22 de abril de 1847, se hicieron cargo del Seminario de Nuestra Señora de la Luz (León de los Aldamas). El primer Rector fue el P. Ramón Sanz. El Seminario fue confiado a la Congregación por sugerencia de Don Ignacio Aguado, sacerdote. Las bases fueron firmadas por los PP. Armengol y Sanz, Don Aguado y el Obispo Portugal. Se entregó a la Congregación el ya pequeño “Colegio Seminario de Nuestra Señora de la Luz”. La casa para el Seminario y la Comunidad fue al Convento Franciscano con sus propiedades adyacentes y el templo de San Sebastián. Como sucursal del Seminario de Morelia, concedía grados de Bachiller en Filosofía, Teología y Jurisprudencia, que, en 1850, son reconocidos por la Universidad Pontificia de México. En julio de 1857, concluido el año escolar, dejó la Congregación el Colegio, permaneciendo algunos misioneros en la ciudad ejercitando sus ministerios y algunas misiones populares.

Al poco de lograr licencia canónica para establecerse debieron abandonar la casa de Las Bonitas, a instancias del gobierno, y establecerse en el convento del Espiritusanto (5 julio de 1854), en la calle de Isabel la Católica. Fue esta la primera fundación firme de la Congregación en México. A ella se trasladó el primer Consejo Provincial del que se tiene noticia constituido en 1850. Lo integraban los PP. Buenaventura Armengol (Visitador), Ramón Sanz (Asistente), Figuerola (subasistente), Juan Boquet, director del Seminario Interno) y Juan Serreta (Ecónomo). A esta nueva casa se trasladó también el Seminario Interno o Noviciado. Se dedicaban a la atención del templo, a dar clase a los estudiantes novicios y teólogos, a dirigir el retiro mensual a los sacerdotes y Conferencias de San Vicente, a dar ejercicios de diez días a los ordenandos, a salir a las haciendas “a modo de misión” y, sobre todo, a las misiones populares.

En 1853 (el 30 de julio se hizo la entrega formal) abrieron en Pátzcuaro un Seminario menor (antiguo Colegio de Jesuitas), impulsado por el Obispo de Michoacán, Sr. Munguía, animado por el buen funcionamiento del Seminario de León. El primer Rector fue el P. Mauricio Sampera, veterano del Seminario de Macerata en Italia. Junto a él, llegaron los PP. Jaime Serra y Pedro Sabanés, acompañados de dos Hermanos Coadjutores. Le sucedieron en el rectorado los PP. Agustín Torres y Jorge Recolons.

En el año 1856 contaba la Provincia con cuatro casas (México, Puebla, León y Pátzcuaro), 16 sacerdotes, 19 Hermanos y 12 estudiantes. Incautados templo y convento del Espíritu Santo, en 1867, se traslada la Casa Central a la Iglesia de San Lorenzo y finalmente, en 1904, a la casa aledaña a la Iglesia de la Concepción.

A finales de julio de 1857 se cierra el Colegio-Seminario de León por serias discrepancias con el Gobernador. A pesar de la intención de dejar la Iglesia aneja no lo consintió el Sr. Obispo. Para atenderla se quedaron en León los PP. Juan Serreta, Luis Castillo e Isidoro Hernández, el subdiácono Perfecto Amézquita y los Hermanos Juan Marimón y Máximo Reyes. El cierre de este Colegio motivó que el sr. Obispo, Mons. Munguía, ofreciese a la Congregación el Seminario Clerical que funcionaba (no a su gusto) desde hacía año y medio en Morelia. Tras la aprobación del Superior General, se comunicó al sr. Obispo la aceptación. La Comunidad primera la formaban los PP. Agustín Torres (Superior), Luis Castillo, José Recoder, Ignacio García (Clérigo) y los Hermanos Jerónimo Cortadillas y Manuel Martínez. El plan de Estudios comprendía lo más esencial de la Teología Dogmática y Moral, el curso apologético de Religión revelada, la Historia Eclesiástica, los Ritos y Ceremonias de las funciones eclesiásticas y los conocimientos prácticos para la administración de los Sacramentos.

El 28 de diciembre de 1858 la autoridad civil de Pátzcuaro y Morelia desterró a los misioneros y se incautó de sus bienes[18]. Parece que la causa no fue otra sino las ideas de nacionalización de bienes eclesiásticos, decretada después en Veracruz el 12 de julio de 1859. El Colegio de Pátzcuaro fue destinado a ser establecimiento de enseñanza nacional y el Clerical de Morelia sirvió de fundición de cañones. El cierre de este último motivó la apertura del abandonado dos años antes en León pero reduciéndolo solamente a las clases de latinidad y filosofía dada la escasez de recursos con los que se contaba. Las sucesivas incursiones de “sublevados” hicieron la vida cuasi-imposible y, a duras penas, pudieron finalizarse los dos cursos inmediatos. En diciembre de 1860 tuvieron que abandonar, de nuevo, León por la ocupación que del mismo hizo el General Doblado.

En este mismo año de 1860 aceptaron las fundaciones de Monterrey (PP. Juan Serrata, Luis Castillo, José Vilaseca y José Relats y el Hermano Manuel Martínez que pronto se harán cargo del Seminario diocesano; este Seminario lo dejó la Congregación en diciembre de 1901 para volver a él en 1908), Saltillo (PP. Antonino Learreta, Ignacio García y Fernando Torres junto con el Hermano Serapio Palomo; la casa fue dejada en febrero de 1883) y Guadalajara (PP. Agustín Torres, Gabriel Puvill y Benito Valde y los Hermanos Antonio Gallí y José Clapés) donde se establecen en el antiguo Convento de San Juan de Dios. Tampoco en esta ciudad se vieron libres de peligros y, al poco, les quitaron la casa en la que vivían y se establecieron en la ciudad como simples capellanes de las Hermanas. Las funciones de estas tres casas son similares: atención a las Hijas de la Caridad (si no las hay, se fundan), atención a la formación del clero y misiones populares.

La convulsa vida política que vivió la República mexicana incidió profundamente en el desarrollo de las comunidades, hasta el punto de quedar desmantelada (el 22 de octubre de 1861 el Congreso decreta la supresión de la Congregación) y mantenerse los misioneros de su trabajo como capellanes de las Hijas de la Caridad. La distribución de los misioneros en la capital en agosto de 1863 era la siguiente: “cuatro de nuestros sacerdotes con tres Hermanos viven en la casa del Capellán de San Juan de Dios, sin más renta que la insignificante de la capellanía; dos sacerdotes, un joven y dos Hermanos en un entresuelo de la Casa Central de las Hijas de la Caridad, y otro sacerdote con dos Hermanos en la Casa de las Locas. Las limosnas de las misas cubrían la mayor parte de sus necesidades. Un año después se hallaban distribuidos más o menos del mismo modo”[19].

Al disolverse por vez segunda el Colegio de León (1860), el P. José Amézquita se dirigió a Guanajuato para atender a las Hijas de la Caridad. Al poco (1864) abrió un Colegio en toda regla el cual, ante las presiones del Colegio estatal, fue trasladado a Valenciana (1868) para volver a asentarlo en Guanajuato en 1875. Al ser elevado el P. Amézquita al orden episcopal fue abandonado en 1887. El seminario de Jalapa (1864-1878) fue confiado a la Congregación por parte de Mons. Francisco de Paula Suárez. Fueron sus iniciadores los PP. Antonio Learreta, Jorge Recolons y Braulio Guerra. Por algunos problemas de organización y las aspiraciones de algunos canónigos por hacerse cargo del mismo, se retiraron los misioneros en 1878.

3.2. CUBA

La llegada a México, en 1844, de las primeras Hijas de la Caridad (junto a los correspondientes misioneros Paúles) motivó el deseo de las autoridades de Cuba de llevarlas a la isla (aun provincia española de ultramar). La orden gubernamental que recibe el P. Buenaventura Codina, Director de entonces, dice: “Su Majestad se ha servido resolver que, por el Director General del Noviciado de las Hijas de la Caridad, se destinen a la Casa Maternidad de La Habana seis Hermanas del mismo Instituto, sin perjuicio de la preferencia que merecen los establecimientos de beneficencia a quienes antes de ahora les está hecha igual concesión. Dios guarde a V.E. muchos años. Madrid, 7 de octubre de 1845”.

A tenor de la orden anterior se embarcan para Cuba[20] los PP. Francisco Bosch y Ramón Vila el 4 de diciembre de 1846 acompañando a la primera expedición de cuatro Hijas de la Caridad. Llegan a La Habana el 18 de enero del año siguiente. El 28 de diciembre de 1850, muerto el P. Vila, llega el P. Pablo Planas, junto con el Arzobispo Claret y dieciocho Hermanas.

La instalación de los Paúles también se debe a una Real Cédula de 26 de noviembre de 1852 en la que se dispone que “considerando los servicios que desde su fundación han prestado a la Iglesia los clérigos de San Vicente de Paúl y la obligación que están por su regla no sólo de consagrarse a la enseñanza religiosa de los que se destinan al sagrado ministerio, sino el de ocuparse en las Misiones y otros cargos que tengan por conveniente confiarles los Prelados de las diócesis en que se hallen establecidos, he dispuesto que se erijan dos casas de esta Orden, una en la Ciudad de Santiago de Cuba y otra en esa de La Habana, en alguno de los conventos suprimidos …, siendo obligación de los Misioneros que en ellas se establezcan, encargarse de la enseñanza, régimen y disciplina de los Seminarios Conciliares”[21].

Sin embargo, no se establecieron en La Habana hasta finales de 1862 una vez que el Superior General aprobó que esta “fundación” formase parte de la Provincia de España. Mucho tuvo que ver para esta llegada de los misioneros a Cuba la insistencia del Obispo Antonio María Claret.

La revolución de México de 1862 atrajo a Cuba a los PP. Jerónimo Viladás, Joaquín Alabau, Joaquín Piñol, Ignacio Rocha y Eduardo Montaño. Habitaron la casa número 338 en la Calzada de San Lázaro. En diciembre del año 1862 el P. Viladás, en nombre de los misioneros, elevó al sr. Obispo un oficio en el que se cita la Real Cédula y los imponderables que hasta el momento han hecho imposible el fiel cumplimiento de la misma. “Por fortuna, sigue el oficio, estos inconvenientes han sido completamente removidos y ya se encuentran en esta ciudad desde hace pocos días, y reunidos en una casa situada en la Calzada de San Lázaro y marcada con el número 338, cuatro Sacerdotes de San Vicente de Paúl, los cuales, precedidos por mí, como su legítimo Superior, están dispuestos a dar principio al cumplimiento de la ya mencionada disposición soberana […]. Ahora V.E.I….se dignará resolver de acuerdo, si lo cree necesario, con las autoridades civiles correspondientes, los objetos caritativos señalados en la citada Real Cédula, a cuyo desempeño habrán de dedicarse los Sacerdotes que tengo a mi disposición”.

Por de pronto pasaron a las habitaciones de los capellanes de la Beneficencia y de San Lázaro, cuyas capellanías atendían. A comienzos del año 1863 llegaron los PP. Juan Masnou (de México) y Fco. Javier Saquemet (de Estados Unidos). El 10 de junio de 1863 el P. Jerónimo Viladás, como Superior y con la benevolencia del sr. Obispo (que les ofreció eligiesen como residencia los conventos de La Merced, Santo Domingo o San Felipe), tomó posesión del convento de San Ramón[22] situado en la calle La Merced donde los misioneros se instalaron solemnemente el 19 de julio de 1863 y que, dado su estado, debieron proceder a su limpieza y orden. La primera Comunidad la forman los PP. Jerónimo Viladás, Juan Masnou, Joaquín Alabau, Javier Saquemet, Joaquín Piñol, Ignacio Rocha y Eduardo Montaño. Para inaugurar el templo, que hubo de finalizarse en gran parte, se dio una gran misión. Corría el año de 1867 y las obras comenzaron en 1865. A partir de este momento la actividad de las misiones cubrió todo su trabajo. Esta situación duró hasta 1895.

El 18 de noviembre de 1863 llegaron de España los PP. Faustino Marcos, Ramón Güel y Juan Urrez, con el Hermano Vicente Moreno en tanto que algunos de los fundadores de La Merced volvieron a México en 1864. Pronto iniciaron sus principales trabajos: el servicio a la Iglesia, las misiones populares y la atención a las Hijas de la Caridad que regentaban la Beneficencia, San Juan de Dios, Hospital Militar, Hospital de Paula, Colegio de San Francisco de Sales, Colegio de Santa Isabel y Hospital de Guanabacoa.

Relacionado con las Hijas de la Caridad se desarrolla un curioso conflicto en los años 1857-1863 por cuanto su Director, P. Francisco Bosch (por mandato del Superior General, P. Etienne), las transformó en provincia francesa (hábito francés y el poder en manos de un grupo de Hermanas llegadas de Francia). La intervención del P. Jerónimo Viladás, nombrado nuevo Director, hizo que las Hermanas francesas, por orden de la Superiora General salieran hacia Guatemala y Veracruz. Este hecho provocó que en los años 1857-1863 ninguna Hija de la Caridad española llegase a tierra cubana. El 30 de julio de 1864 salió el P. Viladás para la Península volviendo el 4 de noviembre acompañado de dos estudiantes (Fausto Alejos y Domingo Lamolle) y dos Hermanos (Tomás Estevil y Telesforo González), juntamente con cuarenta y ocho Hijas de la Caridad. Poco antes, en 1863, obtienen la erección canónica.

En 1869 con motivo de la expulsión de los religiosos de España, provocada por los excesos revolucionarios de la “septembrina”, llegó a Cuba un numeroso grupo de misioneros. Lo componían los PP. Pedro Sáinz, Francisco Robles, Eduardo Atienza, Leonardo Villanueva, Gabino López, Guillermo Vila, Juan Madrid, Cipriano Rojas, Juan Espinosa y Daniel Mejía (este último ordenado en La Habana en 1873).

Como se ha indicado, las misiones populares ocuparon un no pequeño tiempo a los misioneros: la primera de ellas la dan los PP. Jerónimo Viladás y Fausto Sisteró en la isla de Pinos (1864). En 1865 los mismos misionan Cárdenas. En 1866 los PP. Faustino Marcos y Fausto Sisteró misionan Cienfuegos y doce pueblos más (Cumanayagua, Camarones…). En 1869 los PP. Sisteró y Félix García lo hacen en seis pueblos (Santiago de las Vegas, Bejucal…). Esta actividad se desarrolla con intensidad hasta 1890 en que debe abandonarse por motivo de la guerra de independencia contra España. Pasados estos duros años se continuó con esta actividad de forma muy intensa abarcando todos los pueblos de la isla de Cuba. En esta tarea se emplearon los PP. Luis Vega, Agustín Urien, Felipe Vargas, Inocencio Andrés, Serafín Rodríguez, José Ibáñez y, sobre todo, Cipriano Izurriaga.

Junto con las misiones populares y la atención a las Hijas de la Caridad, les llegó una tercera ocupación relacionada con la formación del clero: desde 1865 se dieron retiros a los ordenandos en la casa de La Merced y, en 1879, se hacen cargo del Colegio-Seminario de La Habana. El 3 de abril del citado año el Sr. Vicario Capitular, Gobernador del Obispado, Sede vacante, D. Sebastián Pardo, de acuerdo con el ViceReal patrono, y en cumplimiento de la Real Cédula de Isabel II, puso el Colegio-Seminario de San Carlos y San Ambrosio bajo la dirección de la Congregación. En estos momentos la vida del Centro era penosa en lo referente al Seminario[23]. La primera Comunidad la forman los PP. Jerónimo Viladás (Rector Interino), Juan Madrid, Gabino López, Juan Alonso y el Hermano José. En el Curso siguiente fue nombrado Rector interino el P. Juan Madrid. El tema de la “interinidad”, debida a la indecisión del nuevo Obispo, Mons. Piérola, motivó algunos sinsabores a los misioneros que dudaban, al finalizar los cursos, sobre su permanencia en el Seminario. Esta situación, a su vez, causaba que el Visitador de España (P. Maller) no enviase más misioneros. En 1880, a instancias del P. Madrid, el sr. Obispo declaró el Seminario exento del Instituto de Segunda Enseñanza quedando sus estudios sin otra validez académica que la eclesiástica pero quedando a su entera responsabilidad la organización de los estudios. Quedaba, por tanto, únicamente como Seminario Conciliar. El 4 de diciembre de 1882 se firmaron las bases del contrato entre el Obispado y la Congregación.

 3.3. FILIPINAS

El establecimiento de la CM española en Filipinas nace de una Real Cédula del 19 de octubre de 1852, muestra del interés de Isabel II por fomentar las vocaciones eclesiásticas del clero nativo. En los capítulos X y XI se afirma: “Conviniendo poner remedio al estado poco satisfactorio en que se encuentran esos hospitales…he dispuesto…la extinción de las casas de San Juan de Dios en esas Islas y que en su lugar se envíen a ellas las Hermanas de la Caridad que, al paso que se encarguen de los hospitales, puedan dedicarse a la enseñanza de las niñas de los colegios de Sta. Potenciana, Sta. Isabel, Compañía de Jesús y S. Sebastián” (Cap. X).

No serían satisfechas Mis piadosas intenciones…si al mismo tiempo que procuro el aumento y mejor régimen de las misiones, no atendiese igualmente a las necesidades del clero secular parroquial…; es de todo punto indispensable mejorar la educación de los seminarios conciliares, que por falta de profesores y otros recursos no pueden llenar debidamente las miras con que los estableció el Santo Concilio de Trento. A este fin he dispuesto que se erija en esa Ciudad de Manila una casa de los Padres de San Vicente de Paúl, que además de la dirección espiritual de las Hermanas de la Caridad, que les está encomendada según su regla, se hagan cargo de la enseñanza y régimen de los Seminarios Conciliares en los términos que acordaréis con ese Muy Reverendo Arzobispo y Reverendos Obispos de esas Diócesis” (Cap.XI)[24].

Tras no pocos problemas, fue nombrado Superior de la nueva misión el P. Gregorio Velasco que, junto al P. Ildefonso del Moral, los Hermanos Coadjutores Gregorio Pérez Pla y Romualdo López y quince Hijas de la Caridad, partió de Cádiz el 5 de abril de 1862. Llegaron a Manila el 21 de julio[25]. El 2 de agosto el sr. Obispo determinó confiar el Seminario de San Carlos de Manila (en cuyo recinto vivirían) a los misioneros que “a pesar de ser únicamente dos los sacerdotes, se vieron obligados a aceptar tan pesada carga… si bien accedió (el Obispo) a que éstos sólo se encargasen de las asignaturas propiamente eclesiásticas”[26].

En 1865 compraron los misioneros una finca con una pequeña casa, en la calle de San Marcelino. Esta casa sirvió hasta 1880 para quinta de vacaciones de los profesores y alumnos del Seminario de Manila. En 1890, tras tres años de acoger a los profesores y seminaristas de Manila, se convirtió en Casa Central de la Provincia de Filipinas. Aquí se abrió una Capilla de culto dedicada a San Marcelino que, en 1909, se convirtió en Parroquia de San Vicente de Paúl. Durante estos años fue centro de una intensa actividad dirigida, sobre todo, a los ejercicios espirituales y retiros del clero diocesano. En 1913 se levantó un nuevo templo. En 1920 se instaló en San Marcelino el Colegio de San Carlos que pervivió hasta 1927, año en el que la casa Central fue convertida en Seminario Mayor de San Carlos conviviendo en la casa, desde ese momento, dos comunidades: la Curia Provincial y la Comunidad del Seminario.

El 7 de mayo de 1865 tomaban posesión del Seminario de Naga (Nuevo Cáceres) los PP. Ildefonso del Moral, Antonio Santoja, Santiago Serrallonga y el Hermano Antonio del Río siendo Obispo el Ilmo. Sr. Gainza, Dominico que, junto al Seminario, abrió un Colegio para niñas que encargó a las Hijas de la Caridad. Al año siguiente llegaron el P. Joaquín Jaume y el Hermano Fermín Cobisa. El edificio utilizado como Seminario había quedado inutilizado en 1860 a causa de un voraz incendio y se reedificó en 1863 aunque fue ampliado en 1869 merced a la importante afluencia de alumnos y al arduo trabajo del P. Santoja (que, además de levantar y ampliar el Seminario, construyó múltiples edificios en la ciudad). En julio de 1891 se estableció en él un Colegio de Segunda Enseñanza anexionado a la Universidad de Santo Tomas. Los trabajos en el Seminario y Colegio no impidieron a los misioneros ejercer otros ministerios como la predicación y Ejercicios Espirituales.

A mediados de enero de 1867 llegaron de España los PP. Francisco Potellas y Gabino López que, junto al P. José Casarramona, se hacen cargo del Seminario de San Carlos de Cebú (el edificio fue Colegio de los PP. Jesuitas hasta 1769; posteriormente, 1779, fue habilitado para la formación de clérigos seculares a cargo de sacerdotes del clero diocesano y con el nombre de Real Seminario de San Carlos). El contrato lo firman el Ilmo. Sr. Jimeno, Obispo de Cebú, y el P. Joaquín Maller, Visitador. En 1870 se acomodó la planta baja del edificio para instalar en él una escuela primaria que contribuyó al incremento de alumnos para las clases superiores y del Seminario.

En 1869, los PP. Ildefonso del Moral, Aniceto González, Juan Miralda, Joaquín Jaume se hacen cargo del Seminario de Jaro (Ilo-Ilo). Son llamados por el primer Obispo de la Diócesis de Jaro, Ilmo. Fray Mariano Cuartero. Residieron y tuvieron las clases en el palacio episcopal hasta que, en 1872, se trasladaron a un edificio de nueva planta. El Seminario fue además Colegio para externos aunque no por mucho tiempo. Entre 1897 y 1903 estuvo cerrado a causa de las revueltas políticas.

Poco después de su llegada, el P. Etienne convirtió el territorio en Provincia y puso como primer Visitador al P. Aquilino Valdivielso (1872). Regían entonces los Seminarios de Manila, Nueva Cáceres, Jaro, Cebú y Vigan (se firman las bases el 2 de diciembre de 1871 y son los primeros en ir los PP. Ildefonso Moral, José Recoder, Valentín Matamala, Jorge Coll y el Hno. Miguel García. Una serie de problemas entre el Vicario Episcopal y el Rector -P.Recoder- hizo que este Seminario se entregase el 5 de mayo de 1875)[27].

3.4. PUERTO RICO

La presencia de la familia vicenciana en Puerto Rico se debe en gran medida a la tenacidad (creada por la necesidad) de Mons. Pablo Benigno Carrión, obispo de toda la isla. Preocupado por las necesidades materiales y espirituales de sus diocesanos y no teniendo en la isla manos suficientes para solucionarlas anhelaba que alguna orden religiosa se asentara en la isla.

El citado Obispo, con motivo de una de sus visitas a Madrid (1857-1858), se hospedó en la casa que los Paúles tenían en la calle de Leganitos. Allí pudo enterarse de los fines de la Congregación y pidió inmediatamente la presencia en su diócesis de Hijas de la Caridad y Misioneros. Tuvo relativo éxito porque el 11 de noviembre de 1863, veintitrés Hijas de la Caridad, acompañadas de Don Babil Moreno, sacerdote secular, y el P. Fausto Sisteró, misionero paúl, embarcaron con destino a Puerto Rico. El 10 de diciembre desembarcaban en la isla. Esta es la primera presencia de la Congregación en la isla aunque pronto dejó la isla el P. Sisteró y las Hermanas quedaron bajo la dirección espiritual del clero diocesano[28]. Los misioneros tardarían aún diez años en llegar.

La insistencia del sr. Obispo y las dificultades que surgieron en la dirección de las Hijas de la Caridad (sacerdotes seculares y otros religiosos), motivó que el P. Maller (Visitador de España) diera orden a los PP. Félix García y Cipriano Rojas de pasar de Cuba a Puerto Rico. Así, el 24 de junio de 1873 ambos misioneros arribarán a la isla. Poco antes había muerto en accidente Mons. Carrión. Tras su presentación al Vicario Capitular, D. Bernardo Molera, se instalarán, de manera muy precaria, en la pequeña Ermita de Santa Ana a la que atienden (sin ningún tipo de renta), así como, de forma interina, a la parroquia de San Francisco en el viejo San Juan.

Poco después (meses), con el nombramiento del nuevo sr. Obispo, Mons. Juan Antonio Puig, dejaron la Parroquia de San Juan y la ermita de Santa Ana por “no disponer de personal adecuado para dicho ministerio y no ser una fundación estable”, según les indicó el P. Mariano Maller. Entonces se les confió la Capellanía de la Casa Providencia y Manicomio (donde acabarían viviendo), los ejercicios espirituales a los seminaristas y sacerdotes, numerosas predicaciones en la catedral y otras parroquias[29], misiones[30] (cada año dan una en el Barrio de la Marina mientras los PP. Jesuitas dan otra en el Barrio de Puerta de Tierra, ambas promovidas por los Socios Católicos) y la atención, como Directores Espirituales de las Hijas de la Caridad.

Durante los primeros quince años la comunidad estuvo reducida a sólo dos individuos que se renovaban desde La Habana, a cuya tutela estaban encomendados. En marzo de 1874 volvió el P. Rojas a España siendo sustituido por el P. Daniel Mejía que llegó a San Juan el 1 de diciembre. Estuvo este misionero hasta 1878 en que volvió a La Habana siendo sustituido por el P. Eduardo Atienza que, a su vez, fue reemplazado en 1880 por el P. Manuel Campos. En 1884 fue sustituido, de nuevo, por el P. Mejía.

 3.5. ESTADOS UNIDOS

La Congregación de la Misión en Estados Unidos empezó con la llegada de cuatro misioneros paúles de la Provincia de Roma. Ellos vinieron a Estados Unidos en 1815 por invitación del Obispo Mons. Luis William Dubourg, para organizar un seminario para la Diócesis de Luisiana. Durourg, Sulpiciano, había aceptado la enorme diócesis que incluía todo el territorio de Luisiana, pero sólo como su Administrador. Aceptó definitivamente las responsabilidades episcopales cuando se aseguró la ayuda de sacerdotes para establecer un seminario. Mientras pernoctaba con los paúles en la casa de Montecitorio, en Roma, tuvo la oportunidad de conocer a Félix De Andreis (1778-1820). De Andreis fue un sacerdote misionero vicentino, cuya responsabilidad se extendía además a brindarle apoyo espiritual a otros sacerdotes de Roma. Duborg escuchó a De Andreis hablando a un grupo del clero e, impresionado por sus habilidades, decidió invitarlo, con otros vicentinos, para su diócesis. La provincia romana, al principio, rehusó sacrificar uno de sus más importantes miembros pero, con la insistencia y aprobación de Pío VII, finalmente lo cedió. Dubourg y el Provincial delinearon un contrato confirmando para esta misión en Luisiana miembros de la Provincia de Roma. Los primeros paúles fueron Félix De Andreis, Superior; Joseph Rosati (1789-1843), John Baptist Acquaroni, y el Hermano Martín Blanka. Los tres primeros eran italianos; el Hermano, de la República Checa, pero era miembro de la Provincia de Turín, y trabajaba en Piacenza. Otros sacerdotes y seminaristas diocesanos, además de postulantes para hermanos, se unieron a ellos; todos ellos intentaban llegar a ser paúles en Estados Unidos. El primer apostolado al que se entregaron fue la formación de sacerdotes para Luisiana y la predicación de misiones.

Los primeros misioneros españoles llegaron en 1836 como consecuencia de la disolución de las órdenes religiosas en España, incautación de sus bienes y dispersión consiguiente. Aquí fueron a parar, una vez ordenados de sacerdotes en Francia, los PP. Jerónimo Cercós, Juan Masnou (futuro Visitador), Eudaldo Estany, Miguel Calvo, Juan Llevaría, Joaquín Alabau, Tadeo Amat (primer obispo de Los Ángeles y segundo de Monterrey), Miguel Doménech (segundo obispo de Pittsburgo), Román Pascual y Joaquín Maller junto con otros veteranos y algunos Hermanos.

3.- Conclusiones

La supresión de la Congregación en el siglo XIX supuso, además de un grave quebranto económico, la “exclaustración” de sus miembros. La mayoría de los misioneros se instaló en países próximos (amparados por la propia Institución) y allí rehízo su vida comunitaria siempre con la esperanza de un pronto retorno. Una minoría permaneció en España amparada por las Hijas de la Caridad y algunos Obispos. Señalar, por último, que algunos se fueron a sus casas (especialmente Hermanos y Estudiantes).

La tardanza en la “reconstrucción” fue un elemento utilizado por los Superiores Generales (especialmente el P. Étienne) para destinarlos a diversos países cuyos obispos solicitaban misioneros tanto para regir sus Seminarios como, sobre todo, para atender a las florecientes Hijas de la Caridad. Se inicia de este modo la implantación de misioneros españoles en diversas naciones, especialmente americanas (posiblemente atendiendo al idioma y, en algunos casos, a la dependencia política de España) y en Filipinas.

Las gestiones de varios misioneros, especialmente del P. Buenaventura Codina, y otras circunstancias sociopolíticas conllevaron el reconocimiento expreso de la Congregación en el Concordato de 1851 aun cuando la efectividad del mismo se retrasó algún tiempo. La precariedad de personal para atender la “ofertas” de los srs. Obispos motivó una abundante correspondencia entre los Visitadores españoles y el Superior General reclamando la vuelta de los mismos.

Entre una cosa y otra, en torno al 50% de los misioneros exiliados regresó a la patria y, a pesar de las funestas repercusiones del “caso Armengol”, sirvió para la reconstrucción de la Provincia. El resto se estableció en varios países y supuso una de las bases clave para la instauración de nuevas Provincias. Es el caso de las que hemos mostrado: México, Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Estados Unidos. Esta situación se repitió en las dos supresiones a las que hemos hecho referencia en la contextualización.

 

[1] Pio IX acepta las ventas de propiedades ya realizadas, confirma los derechos tradicionales de la corona en los nombramientos episcopales …; el Estado asume oficialmente la responsabilidad de mantener al clero secular y las fábricas de las iglesias, se compromete a financiar a los seminarios, acepta el derecho de la Iglesia a adquirir y poseer bienes; permite tres congregaciones religiosas: de San Vicente de Paúl (C.M.) y San Felipe Neri, más otra a determinar; … entre las femeninas se cita a las Hijas de la Caridad.

[2] CALLAHAN, W.: “Iglesia, poder y sociedad en España 1750-1874″ p.187

[3] CALLAHAN, W.: o.c. p.261.

[4] Anales Madrid, 1975, p.8

[5] Puede verse las circunstancias por las que pasó cada una de ellas en ROMAN, JM.: “La CM ante la Revolución…” o.c. pp.160-165

[6] Para este período puede verse Anales Barcelona, 1939, pp. 428-430

[7] ROMÁN. J.M.: “La CM ante la revolución…” p.167.

[8] “Recueil des principales Circulaires…” II, p.478.

[9] PARADELA, B.: o.c. pp.321 y 323. Cartas del Visitador y del Superior General sobre la situación de las comunidades y misioneros.

[10] PARADELA, B.: o.c. pp.375-377.

[11] HORCAJADA, M.: o.c. 1915, p.464

[12] Al mismo tiempo se desarrollan, repercutiéndose mutuamente, dos problemas en las Hijas de la Caridad españolas: la escisión de Reus y los intentos de hacer cambios en su hábito. El primero de ellos se inicia en 1839 y termina en 1882(Vide: N. Más, “Notas para la Historia de las Hijas de la Caridad en España” II, pp. 173-188, Salamanca 1988). El intento del Superior General de imponer el hábito gris a las Hermanas españolas motivó la intervención negativa de la Santa Sede y el envío, por parte de París, de Hermanas francesas coexistiendo, desde entonces y hasta el Vaticano II, ambas realidades (Vide: E. Jiménez, “Estudio Histórico-Jurídico sobre las Hijas de la Caridad en España”, Recurso enviado a Roma en Junio de 1956, Separata Impresa).

[13] Anales Madrid, 1918, p.191-214; “Centenario de los PP. Paules”, 1928, pp. 164-170; Anales Madrid 1969, pp.341-343.

[14] DE DIOS, V.: “Historia de la Familia Vicentina en México, 1844-1994”. Una descripción muy detallada de los primeros momentos puede verse en las páginas 53-68 del volumen I.

[15] Conseguir el permiso Real para el P. Sanz fue complicado porque estaba nombrado preceptor de italiano de la Reina Isabel II.

[16] NIETO, P.: “Congregación de la Misión en México” p. 86 donde se incluye el correspondiente documento del Ministerio de Justicia.

[17] DE DIOS, V.: “Presencia evangelizadora de los PP. Paúles e Hijas de la Caridad en Latinoamérica”. Anales Madrid, 1992, 161 y ss.

[18] Los problemas en Morelia y Pátzcuaro se describen con detalle en Anales Madrid, 1919, pp. 92-100. Igualmente en Corcuera-Junquera “Anales de la Congregación… de México” pp.314-316.

[19] NIETO, P.: o.c. p.334.

[20] Una sucinta relación puede verse en Anales Madrid, 1993, pp. 40ss. P. Martiniano León.

[21] PARADELA, B.: “Resumen histórico…”, p. 448.

[22] El Convento e Iglesia no estaban finalizados por los Mercedarios cuando les fue “desamortizado” en 1833 (Ley de Mendizábal). Pudieron permanecer hasta 1844 en que tuvieron que abandonarlo forzosamente. La iglesia quedó al cuidado de una Asociación de Clérigos y el convento pasó a ser local destinado a contener mercancías de la Aduana.

[23] Puede verse en CHAURRONDO, H.: “Los Padres Paúles en las Antillas” pp.57-62.

[24] DE LA GOZZA-CAVANNA: “Vincentians in the Philippines”, pp. 527-528.

[25] Una detallada y muy interesante referencia del viaje puede verse en Anales Madrid, 1919, pp. 271-292. También en Anales Madrid, 2003, pp.121-144.

[26] ANONIMO: “Los Padres Paúles y las Hijas de la Caridad en Filipinas. Breve reseña histórica”. Manila, 1912, p.40.

[27] DE LA GOZA, R. y CAVANNA, J.: “Vincentians in the Philippines. 1862-1982”. Manila, 1985, p.117.

[28] Un buen resumen de la historia hasta 1975 puede verse en Anales Madrid, 1978, pp. 605-651. P. Higinio Madrazo.

[29] VICARIO, F.: “Apuntes para la historia de la Congregación de la Misión en Puerto Rico”, 1909, pp. 583-626; CHAURRONDO, H.: “Los Padres Paúles en las Antillas”, 1925; Anales Madrid, 1998, pp.411-416.

[30] El proyecto de misionar toda la isla fue abortado a la llegada del nuevo Obispo, Mons. Juan Antonio Puig. Vide “Humildes principios de la Congregación de la Misión en la Isla de Puerto Rico”, Anales Madrid, 1923, pp. 259-262. P. Daniel Mejía.

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