La devoción eucarística en San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Étienne Diebold, C.M. .
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1.- Exhortación a un hermano en trance de muerte

En la Exhortación a un hermano en trance de muerte, evoca san Vicente, el año 1645, la situación de aquel agonizante, que era probablemente un clérigo, y enuncia luego los motivos que debían inducirle a experimentar amor:

«Ese gran Dios, al crearnos con el plan de exigir de nosotros esa agradable ocupación de amarle y ese honorable tributo, ha querido poner en nosotros el germen del amor, que es la semejanza… Ese enamorado de nuestros corazones, al ver que, por desgracia, el pecado había estropeado y borrado esa semejanza, quiso romper todas las leyes de la naturaleza para reparar ese daño… quiso, con el mismo proyecto de que le amásemos, hacerse semejante a nosotros y revestirse de nuestra misma humanidad. ¿Quién querrá entonces negarse a tan justa y saludable obligación?» [SVP XI, 65]

Tras esto es donde está aquella digresión sobre la Eucaristía que deseamos releer:

«Además, como el amor es infinitamente inventivo, tras haber subido al patíbulo infame de la cruz para conquistar las almas y los corazones de aquellos de quienes desea ser amado, por no hablar de otras innumerables estratagemas que utilizó para este efecto durante su estancia entre nosotros, previendo que su ausencia podía ocasionar algún olvido o enfriamiento en nuestros corazones, quiso salir al paso de este inconveniente instituyendo el augusto sacramento donde él se encuentra real y substancialmente como está en el cielo. Más aún, viendo que, rebajándose y anulándose más todavía que lo que había hecho en la encarnación, podría hacerse de algún modo más semejante a nosotros, o al menos hacernos más semejantes a él, hizo que ese venerable sacramento nos sirviera de alimento y de bebida, pretendiendo por este medio que en cada uno de los hombres se hiciera espiritualmente la misma unión y semejanza que se obtiene entre la naturaleza y la substancia. Como el amor lo puede y lo quiere todo, él lo quiso así; y por miedo a que los hombres, por no entender bien este inaudito misterio y estratagema amorosa, fueran negligentes en acercarse a este sacramento, los obligó a él con la pena de incurrir en su desgracia eterna: Nisi manducaveritis carnem Filii hominis, non habebitis vitam (Jn 6, 54) .
Ya ve usted cómo se ha esforzado por todos los medios imaginables en conseguir que todos los hombres le amasen; por eso, tiene usted que excitar su corazón para pagar este justo y suave tributo al amor de un Dios que ha sido el objeto de todos sus planes sobre usted, y que para obtenerlo ha hecho todo lo que ha hecho con usted. Crea que el mayor presente que puede usted ofrecerle, es el de su corazón; no le pide nada más: Fili, praebe mihi cor tuum (Prov 23, 26)» . [Ibídem, 65-66]

2.- Las Reglas Comunes de la Misión

Las Reglas o Constituciones Comunes de la Congregación de la Misión (París 1658) hacen referencia a la Eucaristía. En el capítulo X, cuyo objeto son las prácticas espirituales observadas, el párrafo 1 advierte que tales prácticas son medios, los cuales «nos llevarán con seguridad a guardar fielmente las Reglas o Constituciones, y también a la perfección propia». El párrafo siguiente nota: «Por la bula de fundación de nuestra Congregación debemos venerar de manera especial los misterios inefables de la Santísima Trinidad y de la Encarnación». Y se precisan el cuidado y los medios de venerarlos. Recojamos apenas el final: trabajar diligentes, «con la palabra y con el ejemplo, por esparcir en las almas de las gentes el conocimiento, el honor y el culto de estos misterios».

Se llega de ese modo al tema de este estudio y a una introducción tocante al texto que atañe a la Eucaristía:

El mejor medio para honrar esos misterios es el culto debido y la recepción digna de la Sagrada Eucaristía, como sacramento, y como sacrificio. Pues ella encierra en sí el resumen de los otros misterios de la fe, y además santifica y glorifica a las almas de los que la reciben bien y la celebran dignamente, con lo cual se da la gloria suprema al Dios uno y trino y al Verbo encarnado. Por todo ello nada nos ha de ser más querido que el dar a este sacramento y sacrificio el honor debido, y el procurar con todo interés que todos le den el mismo honor y reverencia. Haremos eso no permitiendo, según podamos, que se haga o se diga nada irreverente en contra de la Eucaristía; y también enseñando con celo a los demás qué se debe creer de este tan gran misterio y cómo se debe venerar.1

3.- El catecismo de la Misión

La obra principal del apostolado vicenciano, al comienzo de la Congregación, y en la línea de aplicación del concilio de Trento, es la misión «a la pobre gente del campo». En ésta había descubierto Vicente una tremenda ignorancia religiosa. El ejercicio que constituye la misión se atiene en buena medida al patrón del catecismo, sea el del menor o bien el del mayor. Todos los días se trata un mismo tema, primero con los menores, y luego con los adultos. Ecos de esta iniciación redundarán después en el desarrollo de una genuina catequesis misionera.2

Lo que caracteriza a esta catequesis de la misión es su orientación práctica y su método original. El mismo san Vicente de Paúl aparecería como Autor de un catecismo menor, tres de cuyos capítulos atañen a «las verdades necesarias para la salvación»: la Santísima Trinidad, la Encarnación, y – claro es – el sacramento de la Sagrada Eucaristía. Se perfilan allí netamente el método de san Vicente y su manera concreta: es un «catecismo misionero» que tiene por objeto la conversión. No se trate en él de enseñar mera doctrina, o de una teología abstracta. La salvación de los pobres: he ahí el único problema. Sin duda hay que saber, mas para salvarse.

Otra preocupación concierne al pensamiento de la Iglesia en lo atañedero a la comunión. La catequesis que informa toda la misión es coronada por una comunión general. En la mira de san Vicente, la misión de los adultos equivale al cumplimiento pascual, en la línea del canon 21 del IV concilio de Letrán. A ella se sumará la comunión de los niños. Éstos han sido catequizados, y a continuación aceptados, de conformidad con el párroco, o bien por consentimiento del responsable pastoral. La comunión de los niños va engastada en un ceremonial propio. Adriano Bourdoise, párroco de San Nicolás Du Chardonnet, optaba en 1628 por solemnizar esa comunión infantil,3 solemnidad que la Congregación de la Misión difundiría por toda Francia y que, en el siglo XVIII, se enriquecería con la renovación de las promesas bautismales, aunando de este modo Bautismo y Eucaristía.

Por la senda de esa solicitud enderezará san Vicente a misioneros e Hijas de la Caridad. He aquí la regulación de dirige a las hermanas de Angers: «… después de eso. Luego volverán con los enfermos, instruirán a los ignorantes en las cosas necesarias para la salvación, les moverán a hacer una confesión general de toda su vida pasada y, después, a confesarse y comulgar todos los domingos, mientras estén enfermos y puedan hacerlo…» [SVP X, 683]

4.- La Eucaristía es fuente de plenitud de vida cristiana

San Vicente insiste ante todo en un conjunto de recomendaciones y enseñanzas. En particular se detiene sobre:

  • la participación en la santa misa;
  • la comunión;
  • los efectos deseados en la vida cristiana: «el que comulga todo lo hace bien»;
  • la presencia real y la visita al Santísimo.

a) Participar bien en la misa

Señala el libro del P. Dhotel (347-348) cómo desaparece en el siglo XVII la idea del sacerdocio de los fieles. No es algo que pueda decirse de san Vicente, al menos cuando habla de la misa. He aquí su expresiva manera de explicarse el 31 de julio de 1634, cuando glosa el reglamento a las Hijas de la Caridad [SVP IX, 24s]:

Id todos los días a la santa Misa, pero id con una gran devoción, y estad en la iglesia con gran modestia, siendo ejemplo de virtud para todos los que os vean. Voy a poner como ejemplo a una buena señora, llamada señora Pavillon, que desde hace muchos años sigue admirando a toda su parroquia.4

Parece como si su caminar y su postura fueran visiblemente en la presencia de Dios; parece casi insensible a todas las cosas, excepto al pecado. Dejará que la pisoteen antes que ser de otra manera. De esta forma, hijas mías, hay que estar reverentemente en la iglesia, principalmente durante la santa Misa… ¿Qué pensáis hacer durante ella? No es solamente el sacerdote el que ofrece el Santo Sacrificio, sino todos los que asisten a él; estoy seguro de que, cuando estéis bien instruidas en este punto, tendréis gran devoción; porque es el centro de la devoción; o según él dice en otra parte [IX, 489], el santo sacrificio de la misa que es la obra más excelente que hay en el cristianismo.

b) La comunión

La obligación de comulgar por Pascua, una ley que figuraría aun en el Código de Derecho Canónico de 1917, fue impuesta por la Iglesia en el concilio IV de Letrán, el año 1215. Ahora bien, según decía santa Luisa de Marillac, hay obligación de comulgar una vez al año, pero eso no quiere que no se pueda comulgar más a menudo. El concilio de Trento habló de comunión frecuente:5 pero bajo la designación de frecuente, ¿qué había en concreto?

1) – Se sabe lo discutida que la comunión frecuente fue en tiempo de san Vicente. Debe añadirse que ni aun entre los doctores había unanimidad. Están estudiados los datos del debate, cuyo lugar no es este, salvo en lo que san Vicente pueda aludir a las «nuevas opiniones», para la vida práctica.

2) – El fundador muestra total apertura a la posibilidad de comulgar con mayor frecuencia de lo que se hace. A veces se olvida que, ambos, Sacerdotes de la Misión e Hijas de la Caridad, laboraban por toda Francia en diócesis y en parroquias con orientaciones sinodales variadas. A través de ese intrincado contexto, san Vicente fomenta con sabiduría una actitud favorable a esa comunión que se califica de frecuente. Vimos cómo hacía que comulgasen en Angers los enfermos que habían preparado las Hijas de la Caridad: «… todos los domingos, mientras estén enfermos y lo puedan hacer». Recomienda al P. Cabel los hijos de «una de las mejores personas»6 para que «les ayude a vivir cristianamente, disponiéndoles incluso a comulgar todos los meses, a no ser que el señor marqués, que tiene de ellos un cuidado especial, crea conveniente que no lo hagan con tanta frecuencia; pues pudiera ser que él crea poco oportuno que unas personas de esa profesión reciban con tanta frecuencia el Santísimo Sacramento. Haga usted lo que crea más prudente. [SVP VI, 532]

Sólo los jansenistas, nadie más, jugaban su papel en punto a una comunión frecuentemente recibida, algo que acentuaba la dificultad, no otra cosa, como lo señala una y otra vez san Vicente. Y hace él referencia a un consejero espiritual, el cual comprueba cómo ha menguado sensiblemente el número de comuniones. Aduce además el caso de una dama, inducida por el confesor a progresivamente sus comuniones bajo pretexto de una perfección mayor. La práctica de la penitencia hace comprobar a ésta el efecto contrario y la lleva a cambiar de director.

3) – San Francisco de Sales había acotado la fórmula de una comunión frecuente. San Vicente la adopta para las Hijas de la Caridad, no menos que los miembros de la Congregación que no son sacerdotes. El reglamento de las Hermanas es conocido: «Confesión y comunión todos los domingos y fiestas». El hecho tuvo importancia en el clima espiritual del siglo XVII antes aludido. Las Hijas de la Caridad son en efecto «mujeres de parroquia»: todas las mañanas se las ve en misa, y acercarse a comulgar «domingos y fiestas». Adondequiera eran llamadas, seguíalas la disposición del reglamento, con la fórmula de la comunión frecuente, cuya práctica había ensayado san Francisco de Sales – si bien las Visitandinas no obtuvieron licencia para trabajar fuera de sus casas -. Claro es que ello no impedía el que, localmente, se intentase estorbárselo, cuando las hermanas solicitaban un ligero aumento. ¿Podrán comulgar, en el aniversario de los votos o en un día de devoción? «Si vuestros confesores os lo permiten», responde Vicente. La cuestión se erizó a veces de dificultades que venían de las «nuevas opiniones».7

c) Los deseados efectos de la Sagrada Comunión

Un sermón de san Vicente, y dos conferencias a las Hijas de la Caridad, son muy instructivos al respecto. La conferencia del 22 de enero de 1648 es un diálogo sobre la preparación para la comunión. Ante todo se presenta la mala comunión bajo una luz muy severa. Lo explica la grandeza del tema, no menos que el pecado a que da lugar. El referido sermón de san Vicente sobre la comunión arroja una luz notable sobre la grandeza del tema. La venida de Jesús a la Inmaculada Virgen María se compara con aquella por la que viene a nosotros en la Eucaristía. He aquí cómo se presenta la preparación divina:

«Previó, pues, [el Padre Eterno] que, como era preciso que su Hijo tomara carne humana de una mujer, era conveniente que le tomase de una mujer digna de recibirle, una mujer que estuviera llena de gracia, vacía de pecado, enriquecida de piedad y alejada de todos los malos afectos. Presentó ya entonces ante su vista a todas las mujeres que habría en el mundo y no encontró a ninguna tan digna de esta gran obra como la purísima e inmaculada Virgen María. Por eso se propuso desde toda la eternidad disponerle esta morada, adornarla de los más admirables y dignos bienes que puede recibir una criatura, a fin de que fuera un templo digno de la divinidad, un palacio digno de su Hijo. Si la previsión eterna puso ya entonces sus ojos para descubrir este receptáculo de su Hijo y, después de descubrirlo, lo adornó de todas las gracias que pueden embellecer a una criatura, como él mismo lo declaró por boca del ángel que le envió como embajador, ¡con cuánta mayor razón hemos de prever nosotros el día y la disposición requerida para recibirle!» [SVP X, 43]

La conferencia del 18 de agosto de 1647 a las Hijas de la Caridad es bien conocida. Una palabra resume su economía. San Vicente recoge la palabra de una hermana, «una persona que ha comulgado bien, lo hace todo bien». Se sabe también el magnífico comentario espiritual pronunciado:

«¡Oh! ¡qué buena observación, la de que la persona que ha comulgado bien, lo hace todo bien! Si Elías, con su doble espíritu, hacía tantas maravillas, ¿qué no hará una persona que tiene a Dios en sí, que está llena de Dios? No hará ya ciertamente sus acciones, sino que hará la acciones de Jesucristo; servirá a los enfermos con la caridad de Jesucristo; tendrá en su conversación la mansedumbre de Jesucristo; tendrá en sus contradicciones la paciencia de Jesucristo; tendrá la obediencia de Jesucristo. En una palabra, hijas mías, todas sus acciones no serán ya acciones de una mera criatura; serán acciones de Jesucristo.

De esta forma, hermanas mías, la Hija de la Caridad que ha comulgado bien no hará nada que no sea agradable a Dios; porque hará las acciones del mismo Dios. El Padre Eterno ve a su Hijo en esa persona; ve todas las acciones de esa persona como acciones de su Hijo. ¡Qué gracia, hijas mías! ¡Estar segura de que Dios la ve, de que Dios la considera, de que Dios la ama!… Así pues, cuando veáis a una hermana de la Caridad servir a los enfermos con amor, con mansedumbre, con gran desvelo, podéis decir sin reparo alguno: «Esta hermana ha comulgado bien». Cuando veáis a una hermana paciente en sus incomodidades, que sufre con alegría todas las cosas penosas con que puede encontrarse, estad seguras de que esa hermana ha hecho una buena comunión y de que esas virtudes no son virtudes comunes, sino virtudes de Jesucristo. Aficionaos, hijas mías, a imitar la sacratísima y augusta persona de Jesucristo, por él mismo, y porque él os hará agradables a Dios su Padre». [SVP IX, 309]

Tal es en verdad la plenitud de la vida cristiana y, para una Hija de la Caridad, la ilustración de la palabra del fundador: «Vuestra virtud capital es comulgar bien».

d) La presencia real en la visita al Santísimo

Una de las características de la vida espiritual es para san Vicente vivir en la presencia de Dios. Esta presencia, o vida cara a cara con Dios, gustaba san Vicente de alimentarla y actualizarla de algún modo mediante reiteradas visitas al Santísimo y renovando el acto de fe en el Señor presente en la Eucaristía [Cfr., RC X 20]:

[… antes de ir a otro sitio, acudir a postrarse humildemente ante el santísimo sacramento del altar y decirle a nuestro Señor: «Dios mío, tú me envías un alma redimida por tu preciosa sangre y quieres que yo haga que ella se aproveche de tu sangre derramada por ella y pueda decir algún día en el juicio que yo soy su corredentor, lo mismo que tú, Dios mío; te doy las gracias por ello»… SVP IX, 79] [Mientras va una a la posada a ver si hay una habitación, las demás irán a adorar el Santísimo Sacramento. SVP IX, 1992]

N. B.: La traducción suministra las tres últimas referencias y dos citas, en este escrito inédito del P. Diebold, conservado por los Archivos parisinos de la Congregación de la Misión.

Bibliografía:

  • P. A. Delaporte: Imitation de Saint Vincent de Paul, 1859, 2ª edición de1808, pgs. 268ss. (cap. XXVI, que reúne y comenta textos).
  • Abbé Maynard: Vertus et doctrine spirituelle de Saint Vincent de Paul, París 1861, pgs 78-81 (ca. VII, Devoción y piedad para con el Santísimo Sacramento).
  • M. Mott, cm: Saint Vincent de Paul et le sacerdoce, París 1900, pgs. 54-57 (V. Su devoción al Santísimo Sacramento del Altar).
  • A. Dodin, cm: Autour du problème de la Communion Fréquente. Attitude et doctrine de Saint Vincente de Paul. Dax 1939 (inédito).
  • Ìdem: Saint Paul et Saint Vincente de Paul. Dax 1930 (inédito).
  • Guellier, Yvette, HC: Céans on tient petites écoles. Angers 1979 (multicopiado), pgs 111-114.
  • J. Guichard, cm: Sain Vincent de Paul catéchiste, París, s. d. (Separata de Cahiers Catéchétiques, diciembre de 1938)
  1. Congregación de la Misión. Constituciones y Estatutos. CEME 1985, 239s.
  2. Cfr., J. Cl. Dhotel, S. J., «Les origines du catéchisme moderne», Paris 1967.
  3. Cfr., E. Germain, «Langages de la foi à travers l’Histoire», Paris, 1972, 73.
  4. Grandchamp (Sarthe) según un manuscrito. Bárbara Avrillot, señora de Acarie y en religión María de la Encarnación, fundadora de las Carmelitas reformadas en Francia. Célebre por sus virtudes y milagros, y beatificada en 1791. Murió en Pontoise el 18 de abril de 1618, a la edad de 53 años. Su vida fue escrita por Andrés Duval, amigo de san Vicente y doctor de la Sorbona.
  5. Sesión XII, capítulo viii.
  6. El marqués de Fabert.
  7. 7 SVP V, 584 (17 de mayo de 1656); SVP X, 851ss., (Consejo del 21 de julio de 1657), texto muy instructivo, que ilustra la manera de esclarecer san Vicente la cuestión surgida; cfr., «La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes», CEME 2003, 684: Documento 692.

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