LA CONVERSION DE SAN VICENTE DE PAÚL

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Hasta principios del siglo XX, la tradición hagiográfica vicenciana excluyó siempre con cuidado de la biografía de San Vicente el vocablo «conversión». Con la imagen de las perlas que nacen en conchas mal pulidas y que destellan no menos su vivo candor aun entre el fango, Abelly opta por un concepto estático de la santidad: ésta no necesita de conversiones. San Vicente manifestó en embrión el temple del santo desde el comienzo de su vida.

En 1909, Brenier de Montmorand  anticipaba algunas observaciones particularmente penetrantes. Según él, San Vicente era, en los comienzos, un hombre de pequeña periferia, de horizontes restringidos y de ambiciones limitadas.

Bremond, apoyado en estas intuiciones, hablaba especialmente de «conversión». Hasta 1610, San Vicente era un sacerdote muy ordinario. Tenía ya una fe viva y una piedad conveniente, pero na da más. Entre 1610 y 1620 San Vicente atravesó aquella crisis tan decisiva que devolvió e los pobres a un hombre profundamente cambiado y todo para ellos.

En 1927 comenzó la disputa sobre el cautiverio de San Vicente: ésta modificó la imagen de une evolución coherente. Nadie dudaba de la autenticidad de las dos cartas que relataban dicho cautiverio. Mas ahora, a la cuestión de los limitados horizontes del joven Vicente, se añadía otra mucho más grave: la de la fiabilidad de dichas cartas. ¿Eran veraces?

Antoine Redier habló sin muchas reticencias de los dudosos comienzos del santo. Sacerdote a los diecinueve años, Vicente había querido ascender a toda costa. Era entonces un muchacho apurado, sin muchos escrúpulos en materia de dinero, a quien no dolía gran cosa vender un caballo alquilado ni urgía poner fin al escándalo de sus deudas. La acusación de robo que recayó sobre él demuestra que, si se osaba sospechar de él, era que no debía de haber dado todavía pruebas de gran virtud.

El análisis de Redier es agudo. Si no tuvo más suerte ni se le citó más es por razón del método histórico poco refinado que emplea. Después de él, tomó cuerpo un doble debate:

  • En torno a la veracidad de las cartas que relatan el cautiverio.
  • En torno a la conversión

Ambos debates están conectados entre sí, pues las dudas sobre la veracidad de las cartas nos ocultan la juventud del santo como tras un velo. Y esos debates han inducido también a revisar los datos que se tienen sobre los primeros años del santo y a determinar de nuevo las fases y el mecanismo de su elevación a la santidad.

Se pueden aislar los siguientes problemas:

  • Estado de las fuentes que poseemos.
  • Calidad moral de San Vicente antes de la conversión.
  • Circunstancias de esa conversión.

FUENTES QUE NOS INFORMAN SOBRE LA JUVENTUD DE SAN VICENTE

Hasta 1596 sólo tenemos escasos testimonios sobre la infancia y adolescencia de Vicente. Abelly incurrió en la ingenuidad de fundarse en un informe del canónigo de Saint-Martin en el que Coste ha señalado numerosas inexactitudes: los orígenes del santuario de Nuestra Señora de Buglose, la data de la ordenación, la vacante de la sede de Dax. Si Saint-Martin tenía poco sentido crítico, las noticias recogidas al cabo de tantos años, cuando la fama de santidad se había superpuesto a la imagen borrosa que la gente podía aún conservar del joven Vicente, tienen menos fundamento.

Sobre el período sucesivo no estamos mejor informados. Subsisten las dos cartas a Comet: 24 de julio de 1607 y 28 de febrero de 1608, SV I 1-17. Subsiste asimismo la carta a su madre: 17 de febrero de 1610, íb., 18 s. Las tres han de tomarse con gran cautela, y, si no otra cosa, revelan una condición moral muy otra que la idílica de los primeros biógrafos.

FISONOMIA MORAL DE SAN VICENTE ANTES DE LA CONVERSION

Según Coste, entre 1605-1608, San Vicente era ya un sacerdote en busca de almas que devolver a Dios. Había convertido a un pastor hugonote y presenciado una abjuración.

Una lectura crítica de las fuentes no prueba que San Vicente haya querido enmascarar un pecado de adolescente sin medios, inquieto y agitado, como lo eran muchos jóvenes sacerdotes en aquel turbulento siglo (así Grandchamp, cit. MV I 59). Aun así, las perplejidades frente a la fisonomía espiritual de San Vicente están plenamente fundadas.

De la carta del 24 de julio de 1607 resulta que San Vicente necesita dinero. Ha contraído muchas deudas que no le ha sugerido ciertamente la voluntad de Dios, sino la temeridad (¿aspiraba a un obispado?). El relato del cautiverio se abre con la persecución de un mal sujeto para recuperar 300 ó 400 escudos que éste debía a una buena anciana de Toulouse, quien le había de­jado corno heredero. Habíase en­caminado a Marsella, aconsejado en ello por mis mejores amigos y porque necesitaba el dinero pa­ra satisfacer las deudas que ha­bía contraído y costear los gran­des gastos que preveía en la pro­secución de aquel asunto que mi temeridad me impide mencionar. Había vendido un caballo alqui­lado en Toulouse, y que estaba se­guro de que amortizaría a mi re­greso. Encontró a su hombre, hízolo prender y ambos se avinie­ron en 300 escudos que me pagó contento (y no al contado, como corrige Coste). Después del paréntesis tunecino y de la conversión del renegado, había ido a Roma con el vicedelegado. San Vicente no ha cambiado mu­cho si sigue a Montorio atraído por algún pingüe beneficio. En­tre tanto se había recuperado financieramente; mas en vez de pagar a los acreedores, retiene el dinero adeudado para evitar ca­sos imprevistos; para sí mismo, en otras palabras. Concluía espe­rando que todo este escándalo termine bien.

En febrero escribe a su madre expresando una vez más la esperanza de tener una nueva ocasión de adelantamiento…, que los desastres le han arrebatado. Y añadía entonces: Mucho espero de la gracia de Dios que bendiga mi fatiga y me dé pronto el medio de retirarme honrosamente y pasar con vos el resto de mis días.

Luego anima a su hermano para que dé estudios eclesiásticos a algún sobrino suyo. Cierto es —concede— que el ejemplo de mis infortunios y el poco provecho de que he sido para nuestra casa le quitarán la voluntad de hacerlo; pero piense que la actual desgracia presupone dicha en el porvenir.

Así pues, hasta 1610 San Vicente era:

  • Ambicioso: Sus miras se reducían a las de aquel proverbio español que cita El Quijote: «O iglesia, o mar, o casa real».
  • La ordenación sacerdotal no había marcado el comienzo de una vida ofrecida en sacrificio por las almas; para él, el sacerdocio era una rampa de lanzamiento merced a la cual se promovería humanamente a sí mismo y a sus parientes.
  • No acusa muchos escrúpulos en materia de justicia.
  • Su vida no estaba del todo exenta de manchas, o al menos no estaba por encima de toda sospecha, como lo demuestra la inculpación de robo.

CIRCUNSTANCIAS DE LA CONVERSION

«Hay una primera conversión, del paganismo a la fe, y una segunda, de la fe a la gnosis». ¿Fue la de San Vicente una primera o una segunda conversión? ¿Qué factores la determinaron? ¿Cuándo tuvo lugar? Los autores responden diversamente:

  • Bremond: La conversión comienza en 1610 y concluye en 1620; no indica hechos ni mecanismos particulares.
  • Redier data la conversión en 1610-1611, cuando está adscrito a la corte de la reina Margot. Frente a la vanidad de un ambiente vacío y en descomposición, Vicente es tocado del desprecio del mundo. En sustancia, la conversión del santo más bien se asemeja a la de un Jacopone o la de un Francisco de Borja.
  • Defrennes es menos perentorio y más gradual. San Vicente era un joven de pie-dad sincera y sensible, pero ambicioso. Se acepta como verdadera la aventura tunecina del santo; en cambio, no se señalan fases en su evolución. El autor valora más bien la prueba contra la fe, que pone entre 1613 y 1616-17.
  • Debognie: La acusación de robo será el gozne sobre el que vira la vida de Vicente. El episodio se data en 1609-10. Vicente obtiene una victoria sobre sí mismo: eso ocasiona la conversión, que se asemejaría a la de San Juan Gualberto.

Cada uno de estas hipótesis tiene su lógica, pero, a excepción de Defrennes, todos cometen el error de aislar un único elemento y atribuir a éste un significado que las fuentes no arrojan. La conversión constituye siempre una larga historia, y supone una gradual recomposición del mundo interior de una persona. Hay a veces un hecho que constituye una cumbre, una seguridad, un derrumbamiento de seguridades o bien una conquista que sobreviene de improviso.

Louis Lallemant (t 1635) describe así el fenómeno de la conversión:

«Oprimidos por nuestro amor propio, cegados por nuestra ignorancia, detenidos por falsos miedos, no osamos dar el paso; y por miedo a ser desgraciados, seguimos siendo desgraciados en lugar de darnos plenamente a Dios, que quiere poseernos y liberarnos de nuestras miserias. No hay más remedio que renunciar de una vez a todos nuestros intereses y a todas nuestras satisfacciones, a todos nuestros proyectos y a todas nuestras ansias, y abandonarnos sin reservas en sus manos».

Lo que impedía a Vicente dar el paso era el ideal alimenticio, característico del sacerdote. Al no haber tenido descarríos particu­larmente graves, que probable­mente su humildad habría seña­lado, no había pasado por un tra­bajo interior particularmente la­cerante. Era un sacerdote de la tradición pretridentina, para el que el sacerdocio era beneficio y no oficio, preocupación por los propios intereses y no por las al­mas. La adhesión a valores cadu­cos era un pesado lastre del que no acertaba a liberarse, pues cons­tituía el ideal de los sacerdotes de su tiempo.

En la conversión se advierte un movimiento bipolar:

  • El encuentro con el Dios vi­vo, que pone en crisis la vi­da precedente.
  • La restauración de la uni­dad interior, revalorizándolo todo a la luz de Cristo.

Hasta ahora, San Vicente se había propuesto el sacerdocio co­mo ideal en sí mismo, pero no se había encontrado con Cristo. Vivía, pues, en la dispersión. No sabemos si hubo un momento que constituyese una cumbre. De to­das suertes, San Vicente dio el paso cuando hizo el descubrimien­to central de su vida: la grande­za del sacerdocio.

San Vicente era un tipo dema­siado positivo y seguro de sí co­mo para poder ser arrollado por una irrupción imprevista de la gracia. La desgracia, o la provi­dencia, habían arruinado sus de­masiado humanos proyectos, pe­ro la llegada a París había reavi­vado muchas esperanzas: atracaba por fin en la orilla del mundo beneficial.

Un hecho tuvo que impresionar a San Vicente de modo particular: aquel mundo, por el que tanto había suspirado, había entrado en crisis en sus mejores elementos.

Un antiguo biógrafo de Adrien Bourdoise, Courtin, refiere, con data de 1611, una anécdota significativa: Al fin de un retiro, reuniéronse Bérulle, Bourdoise y San Vicente. Todos tres se preguntaron por los medios más apropiados para reformar la iglesia de Francia. El primero optó por un valeroso anuncio de la grandeza de Jesús a cargo de una comunidad sacerdotal; San Vicente, por su parte, puso en primer plano la necesidad de que una congregación misionera evangelizase los campos; por último, Bourdoise propuso la restauración de la vida común del clero.

La anécdota es todo menos segura, y está evidentemente influida por recuerdos y hechos superpuestos. Sin embargo tiene importancia, porque capta el sentido del giro que se produce en el ambiente parisino de aquellos años.

De hecho, no fue sólo un individuo quien descubrió una relación particular con Dios, sino que I fue todo un ambiente, un ambiente de elite, si queremos, pero que se abrió de improviso como una flor a una luz deslumbradora.

En 1602, Pierre de Bérulle (1575-1629) había comprendido, en el curso de los ejercicios de Verdún, que no era llamado a la vida religiosa, sino a la perfección del solo sacerdocio. Confortado por Francisco de Sales, confirmado por la experiencia interior de 1607, Bérulle había abandonado la línea de los proyectos y había descendido al nivel de las realizaciones concretas. Era en 1611. Otro de los oyentes de la predicación parisina de Francisco de Sales había sido Adrien Bourdoise (1584-1655), quien en una carta al obispo de Ginebra había manifestado el propósito de trabajar por el clero. Ya antes de ser sacerdote había reunido en torno a sí a un grupo de clérigos que deseaban vivir según las disposiciones del Concilio de Trento. Ordenado sacerdote en 1613, se consagró enteramente al clero. Por una experiencia semejante a la de Bérulle había pasado André Duval (1564-1638), maestro de Bérulle, consejero de San Vicente y admirador de madame Acarie. Entre 1608 y 1609 se data la conversación de Angélica Arnauld (1591¬1661), que influyó no poco en el ambiente parisino, sacudido ya por la introducción del Carmelo (1604).

Este movimiento tenía la aceleración de una revolución, el atractivo de una ideología prohibida, la frescura de un hallazgo imprevisto. San Vicente, que había per-seguido un ideal de sacerdocio, tal vez determinado por el encuentro con Bérulle o quizá al impactar con el ambiente de Clichy, descubrió que este ideal llevaba a un callejón sin salida. Como escribió Redier, no fue súbitamente santo. Entre 1610 y 1617 hubo aún bastantes pruebas: la acusación de robo, la tentación contra la fe y, todavía en 1622, el deseo de ayudar a sus parientes. Pero entre tanto, le vemos como sacerdote y sólo como sacerdote junto a los Gondi, en Clichy, en Folle-ville, en Chátillon. En 1616 predica la necesidad de la confesión general. En 1617 se datan los dos episodios de Gannes-Folleville y de Chátillon, donde pasó por la experiencia de la pobreza espiritual y de la material. Comprendió entonces que el sacerdocio le llamaba a evangelizar y a humanizar. Ese año contiene en germen todas sus obras. Era el primer día de la creación, como en la conversión de Bulgakov o el beso de Vilaine.

Ahora había dado el paso. Largo tiempo se había rehusado a Cristo y había sido inútil a sí mismo, a sus parientes y al mundo.

Con la nueva experiencia de un sacerdocio reencontrado, había rehecho el sentido del amor de Dios y del prójimo.

El amonestó a un mundo tentado de verticalismo: ¿Cómo puedo yo decir que amo a Dios si mi prójimo no le ama? A una civilización que parece olvidar a Dios como fuente de la apertura a los demás, propone él su experiencia, su descubrimiento, su trabajosa conversión: tentado estuvo a rehuir la clase pobre; pero Dios, que le estaba acechando, le devolvía a los pobres cuando tenía más o menos treinta años. Y desde entonces, toda la vida de Vicente fue una búsqueda del tiempo perdido.

L. MEZZADRI

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