LA CONSAGRACIÓN VICENCIANA EN LOS MISIONEROS PAÚLES (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. CONSAGRACIÓN A DIOS

El Espíritu Santo ha grabado en el corazón del hombre una sed de infinito v de plenitud que solo se satisface en el encuentro con Dios. Cuando. libre de las ataduras del mundo. el hombre se empe­ña en cumplir la divina voluntad según el ejemplo perfecto. Jesucristo, realiza el anhelo más profundo para el cual ha sido crea­do. La aventura humana se desdobla de muchos modos pero, inclu­so cuando se distancia del creador, inconscientemente lo busca por­que él se manifiesta de variadísimas formas.

La pluralidad de expresiones de vida consagrada existentes en la Iglesia son una respuesta contextualizada a la atracción divina. Disertando sobre los orígenes de la vida consagrada, José M. Castillo describe el despertar religioso, en los primeros siglos de la era cris­tiana, el movimiento de hombres y mujeres que, bajo el impulso de Espíritu Santo. abandonaron la convivencia con los demás y huye­ron al desierto para allí comenzar un modelo alternativo de vivir la fe en Jesucristo. En la fase más primitiva, esta nueva forma de estar en el mundo no estaba preocupada en hacer cosas sino en ser, es decir: deseaban simplemente asumir el modo de ser de Jesucristo y, asumiéndolo, se volvían influyentes en el mundo y en la Iglesia’.

Hoy como ayer, cada consagrado es un Sí a la llamada de Dios que lo ha convocado a actualizar en su tiempo y lugar los rasgos dis­tintivos del Hijo, su modo de ser y actuar en el mundo. Jesús es el consagrado de Padre, el ungido, el Dios hecho hombre que camina, habla v actúa bajo la inspiración del Espíritu Santo. Él es el mode­lo, la forma r partir de la cual el consagrado conforma y con-figu­ra su modo de ser y estar. Como subraya Severino-M.» Alonso, «Jesús vivió su consagración precisamente como Hijo de Dios: dependiendo del Padre, amándole sobre todas las cosas y entregado por entero a su voluntad».

Todos los bautizados son llamados a seguir e imitar teniendo el divino modelo delante de sí. Entre ellos y para el bien de todos —así lo ha entendido la tradición y lo confirman dos documentos de la Iglesia— algunos son llamados a seguir más de cerca y, por eso, emiten votos de pobreza, castidad y obediencia. Enraizada en la consagración bautismal, esta «consagración peculiar» por medio de la profesión de los Consejos Evangélicos es reconocida corno un modo de vida «más perfecto». En todas las circunstancias, los miembros que hacen la especial consagración son llamados a ser signo para el mundo del primado de Dios y su vida es sinónimo de entrega total para realizar la divina voluntad donde sea.

En este sentido, no podemos olvidar que la vida consagrada es una profundización de la consagración bautismal. Él bautizado. lla­mado por Dios, se compromete con una real configuración con Cristo. Los especialistas suelen destacar un doble sentido de la palabra consagración, el activo y el pasivo. Por una parte, Dios es el sujeto que llama y consagra, es decir, que separa, reserva, esco­ge, santifica y configura al elegido con el divino modelo, Jesucristo y, por otra, es el hombre que, libre y conscientemente, acepta ser consagrado. Con su actitud de disponibilidad él se prepara a iden­tificarse y asumir la misión para la cual ha sido llamado. Digamos en un lenguaje más vicenciano que el llamado se vacía de sí mismo para llenarse del espíritu de Jesucristo. Su consagración a través de los votos es un paso decisivo en la identificación con Cristo, evan­gelizador de los pobres, y por medio de ella el misionero se com­promete a usar de las mismas armas para combatir los tres grandes enemigos del Reino: la ambición del tener, la búsqueda del placer y el deseo de controlar a través del poder.

Este proceso supone una verdadera transformación interior y postula un cambio ontológico. La metamorfosis sagrada del ser exige total apertura a la gracia santificante para que la obra del con­sagrado sea un evidente reflejo del divino obrar. En resumen, diga­mos que el consagrado es un seguidor de Jesús que por la profesión de los consejos evangélicos procura «perpetuar en la iglesia, de modo sacramental (visible, verdadero y real) su misterio de anona­damiento, de consagración y de sacrificio total de sí mismo». El consagrado representa, o sea, hace de nuevo visiblemente presente a Cristo en la iglesia y para el mundo en estas tres dimensiones esenciales de su proyecto de vida. El estado de consagrado implica asumir la forma de ser del Hijo, es decir, vivir «las virtudes que este Soberano Maestro se dignó enseñarnos con sus palabras y ejem­plos»’. Sin este compromiso, personal y colectivo, para representar el Misionero del Padre, nos convertimos en funcionarios más o menos especializados en un área, en una institución que, para las personas del mundo, se asemeja a una ONG.

Nélio Pita Pereira, cm

CEME 2005

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