- LA CONSAGRACIÓN– DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD
Probablemente, durante esta exposición sobre la consagración de la vida religiosa, las Hijas de la Caridad se habrán sentido identificadas con algunos elementos y no identificadas con otros ¿Por qué? Vamos a tratar de aclarar esa posible sensación.
Los fundadores insistieron en que las Hijas de la Caridad no son religiosas. porque ese estado no conviene al fin de la Compañía ni al espíritu que Dios quiso para ella. La consagración propia de la vida religiosa consiste en la profesión, por votos públicos, de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Las Hijas de la Caridad no son religiosas, no profesan los consejos evangélicos, luego no se consagran a Dios a la manera de las religiosas. Las palabras de san Vicente son claras al respecto: «Considerarán (las Hijas de la Caridad) que no se hallan en una religión (en una institución religiosa). ya que ese estado no conviene a los servicios de su vocación… No hacen otra profesión para asegurar su vocación más que por esa confianza continua que tienen en la Divina Providencia. y el ofrecimiento que le hacen de todo lo que son y de su servicio en la persona de los Pobres» (SVP, IX, 1178-1179). Las Hijas de la Caridad no son profesas. Y como, según el Derecho Canónico, la consagración religiosa acontece en la profesión, las Hijas de la Caridad ni son religiosas ni son consagradas a la manera de las religiosas.
Con toda razón y lógica, las Constituciones actuales, dado que la palabra «consagración» se aplica comúnmente a la profesión de los consejos evangélicos por votos públicos (y generalmente perpetuos) que hacen las religiosas y religiosos, y las Hijas de la Caridad no los profesan, propiamente hablando ni son religiosas ni son consagradas a la manera de las religiosas. Por esta razón la Asamblea General 2003, al revisar las Constituciones de 1983, siempre que en estas aparecía la expresión «se consagran» o «consagración» las ha sustituido por «se entregan por entero» a Dios, más de acuerdo con las expresiones que utilizaron los Fundadores (cf. C. 7a; 16b).
Consagradas, ¿en qué sentido?
La palabra «consagración» tiene varios significados. El fundamental es el explicado ya al hablar de la consagración en el bautismo. Otro es el que aplica el Derecho Canónico a la profesión de los consejos evangélicos que se hace en la vida religiosa. Este significado no es aplicable a las Hijas de la Caridad.
Pero la palabra «consagración», teológica y espiritualmente hablando, equivale también a «entregarse a Dios sin reservas», «darse totalmente», «ofrenda de la vida», «configurarse con Cristo», etc. En este sentido, las Hijas de la Caridad son verdadera y realmente consagradas. Estas expresiones son las que utilizaban los fundadores y las han asumido las Constituciones a la hora de presentar la vocación de las Hijas de la Caridad (cf. C. 7a; 16b; 28a).
Y es que, teológica y espiritualmente hablando, -más allá de los efectos jurídicos- «siempre que se da una auténtica configuración, un real parecido con Cristo en una dimensión esencial de su misterio, se da una verdadera y real consagración. De modo que es éste el criterio decisivo para saber cuándo existe consagración en el sentido propio v formal, en sentido teológico, y en qué consiste existencialmente» (Diccionario teológico de la vida consagrada, p. 369).
La consagración propia de la vida religiosa es una configuración con Cristo en tres dimensiones de su existencia: casto, pobre obediente. La «entrega por entero a Dios» (consagración) de las Hijas de la Caridad es también una configuración con Cristo, si bien en otras tres dimensiones no menos esenciales de su vida: Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor y Evangelizador de los Pobres (cf. C. 8a) Una consagración que se cimenta en la caridad: «Dais toda vuestra vida por la práctica de la caridad; por tanto, la dais por Dios» (SVP, IX, 418); «consumís vuestra vida por el mismo motivo por el que nuestro Señor dio la suya: por la caridad. por Dios, por los Pobres» (SVP, VII, 326).
San Vicente, teniendo muy clara la identidad de la Compañía. era muy libre a la hora de utilizar el lenguaje para explicarla. «Es una vocación, decía, donde se hace profesión de amor a Dios y al prójimo» (SVP, IX, 426): «hacéis profesión de servicio cd prójimo» (SVP, IX, 805) Tanto la palabra «profesión» corno «consagración», aplicadas a las Hijas de la Caridad, las utilizó en claro contraste con la profesión v consagración de las religiosas. La consagración específica de las Hijas de la Caridad las diferencia de los institutos de la vida religiosa, de los institutos seculares y de las asociaciones de laicos. La Compañía es una Sociedad de vida apostólica. Estas Sociedades «se asemejan» a la vida religiosa porque también aspiran a la perfección de la caridad, a la santidad evangélica en definitiva, pero por un camino diferente. Las Sociedades de vida apostólica no profesan; por eso sus votos son «no religiosos», no públicos. Aspiran a la perfección por la observancia de sus Constituciones y abrazan los consejos evangélicos de la manera particular que determinan esas mismas Constituciones (cf. Canon 731).
Alguien dirá que todas estas distinciones son sutilezas y diferencias accidentales; que lo importante es seguir a Cristo y proseguir su causa por el Reino, y que en esto estarnos embarcados todos, tanto presbíteros como laicos y consagrados. Es cierto; pero entonces habría que explicar por qué el Espíritu Santo ha ido suscitando a través de la historia diferentes carismas y modos diversos de seguir a Cristo, y por qué la Iglesia insiste tanto en que cada congregación sea fiel a su carisma, convencida de que esa diversidad de carismas hermosea el cuerpo de Cristo.
Seguramente que las Hijas de la Caridad, por su «entrega por entero a Dios» (consagración) no se identifican con los seglares.
Pues, por la misma razón, tampoco deben identificarse con las religiosas. No son ni más ni menos que unos y que otras; son distintas. La diferencia de carismas en la Iglesia es cuestión de detalles, ciertamente; pero eso no equivale a decir que es algo accidental, pues afecta a la identidad. Tener conceptos precisos sobre la propia identidad es condición necesaria para poder encarnarla.
Radicalidad evangélica
Aunque la «entrega por entero a Dios» (consagración) de las Hijas de la Caridad sea distinta de la consagración de las religiosas. ambas incluyen similar radicalidad y exigencia evangélicas. El texto de san Vicente que hemos citado antes, referente a que las Hijas de la Caridad no hacen profesión ni pertenecen al estado religioso. sigue con estas palabras: las Hijas de la Caridad «deben tener tanta o más virtud que si fueran profesas en una orden religiosa» (SVP. IX, 1180). Y al comenzar la misma conferencia, después de pedir a las Hermanas que se opongan y giman si alguien quisiera hacerlas religiosas, san Vicente les dice: «Es muy importante que seáis más virtuosas que las religiosas. Y si hay un grado de perfección para las personas que viven en religión, se necesitan dos para las Hijas de la Caridad» (SVP, IX, 1176). Detrás de estas palabras del fundador subyace la opinión que tenían algunas Hermanas de que el estado de las religiosas en clausura era más perfecto que el «estado de caridad» de las Hijas de la Caridad. San Vicente quiere convencerlas de que no es así y, aunque siente gran admiración por las religiosas, a las Hijas de la Caridad les dice que aunque ellas no lo sean «no dejan de estar, en un estado de perfección si son verdaderas Hijas de la Caridad» (SVP, IX, 33); más aún, «no he visto jamás un estado tan perfecto» (SVP, IX, 613).
Prueba de la radicalidad que conlleva la «entrega por entero– a Dios (consagración) de las Hijas de la Caridad son estas palabras de san Vicente: «Para ser Hija de la Caridad es preciso haberlo dejado todo: padre, madre, bienes, pretensión de tener un ajuar Es lo que el Hijo de Dios enseña en el evangelio. Además, hay que dejarse a sí mismo… Ser Hija de la Caridad es ser hijas de Dios, hijas que pertenecen por entero a Dios» (SVP, IX, 33).
San Vicente, dirigiéndose a los misioneros, les comentaba la sentencia de Jesús «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt, 5,48); esto apunta muy alto, les dice, sin embargo, esa es la medida. Y añade: «Pero como no todos los cristianos se esfuerzan en ello, Dios, por cierta providencia que los hombres deben admirar al ver esta negligencia de la mayoría, suscita a algunos para que se entreguen a su divina Majestad y procuren, con su gracia, perfeccionarse ellos mismos y perfeccionar a los demás» (SVP, IX, 384). Una explicación similar dio a las Hermanas (cf. SVP, IX, 32-33). Y en otra ocasión, refiriéndose a la Compañía como continuadora de la misión de Cristo dice: «¡Hacer lo que Dios mismo hizo en la tierra! ¿Verdad que hay que ser perfectas? Sí, Hermanas mías. ¿Verdad que habría que ser ángeles encarnados?» (SVP, IX, 526).
Las Hijas de la Caridad se entregan totalmente a Dios «fieles al bautismo» (C. 7a). Se comprometen a vivir su consagración bautismal sirviendo a Cristo en los pobres, y para ello practican los consejos evangélicos que asumen por votos «no religiosos» y renovables cada año (cf. C. 28a). Pronuncian la fórmula de los votos después de afirmar «renuevo las promesas de 172i bautismo» (C. 28b). Es decir, la «entrega por entero a Dios» (consagración) para servir a Cristo en los pobres que hacen las Hijas de la Caridad también es una respuesta a la llamada de Dios para que vivan las exigencias evangélicas que conlleva la consagración bautismal. Es en este sentido que san Vicente quería. nada más y nada menos, que las Hijas de la Caridad fuesen «buenas cristianas–, y que no les estaría pidiendo algo más exigente si les dijese que fuesen buenas religiosas.
Fernando Quintano, cm
CEME, 2015







