- LA PROFESIÓN RELIGIOSA, «UNA NUEVA Y ESPECIAL CONSAGRACIÓN»
La recuperación y revalorización de lo que significa la consagración bautismal no elimina ni diluye la que es propia de la vida consagrada, sea ésta religiosa o no. Aclaremos que la expresión «vida consagrada’ no significa lo mismo que «vida religiosa». Como veremos más adelante, las Hijas de la Caridad pertenecen a la vida consagrada, pero no a la vida religiosa.
Todo cristiano está llamado a la santidad. Pero ha sido el Espíritu Santo quien, a través de los siglos, ha suscitado en la Iglesia variedad de vocaciones, carismas y modos diversos de aspirar a la santidad. Una de esas formas es la vida religiosa.
Esa «nueva y especial consagración» de la vida religiosa se da en la profesión, mediante votos públicos (y generalmente perpetuos), de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Esto es lo constitutivo de la consagración propia de los religiosos y religiosas (cf. Canon 654). El Concilio la define como «una peculiar consagración que radica íntimamente en la consagración del bautismo y la expresa con mayor plenitud» (PC. 5).
Todo cristiano, por el hecho del bautismo, está llamado a vivir la castidad correspondiente a su estado de vida, la obediencia a Dios y a la Iglesia y a un desapego razonable de los bienes materiales. Sin embargo, el bautismo no implica que el cristiano tenga que vivir el celibato, ni la obediencia a un superior o la renuncia a la posesión de bienes. Esto es propio de quienes reciben el don de una llamada particular de Dios a vivir la consagración bautismal mediante la profesión y práctica de los llamados consejos evangélicos. Por lo tanto, en la consagración religiosa se asumen algunas dimensiones evangélicas que no son exigidas por el bautismo, pero que son expresión privilegiada de que se quiere vivir con radicalidad las exigencias de la consagración bautismal. El Código de Derecho Canónico. refiriéndose a la vida religiosa, utiliza las expresiones «consagración total de la persona», «plena donación de sí mismo corno sacrificio ofrecido a Dios» (cf. Canon 607,11.
La consagración bautismal es la primera y más fundamental participación en la vida de Cristo. El bautismo es la base de todo, pero no es todo en la vida cristiana. Con él se inicia un proceso de crecimiento, de progresiva configuración con Cristo. Por la consagración religiosa se tiende a configurarse más plenamente con Cristo en esas tres dimensiones de su vida histórica: casto, pobre y obediente. Con la profesión de los consejos evangélicos se intenta desplegar y concretar en la vida de cada día la consagración bautismal. Eso es lo que expresa una de las definiciones más corrientes de la vida consagrada: «seguir más de cerca a Cristo».
Al hablar antes de la consagración bautismal, hemos dicho que incluía un doble significado: «Dios consagra al cristiano» y «el cristiano se consagra a Dios». Al hablar ahora de la consagración religiosa también es aplicable ese doble significado. Por una parte, es Dios quien consagra al religioso, quien le llama y quien toma posesión de su persona para configurarle con Cristo. Y, por otra, es el religioso quien entrega totalmente su vida a Dios como respuesta a su llamada. Así la consagración religiosa, por una parte, hunde sus raíces en la consagración bautismal, y, por otra, la lleva a plenitud, asumiéndola libremente con todas sus consecuencias de radicalidad.
La consagración religiosa no modifica ni añade nada al contenido de la consagración bautismal, pero sí al modo más radical de vivirla. Asume unos compromisos orientados a afrontar los desafíos y a vencer los obstáculos que se oponen o dificultan la consagración bautismal. Esos desafíos y obstáculos provienen de la avidez del tener, del gozar y del dominar. La consagración religiosa es la opción por lo absoluto de Dios y su Reino, descubiertos como piedra preciosa. Para comprarla se vende todo, se relativizan otros valores, tales como el matrimonio, el dinero y la autonomía personal.
Resumiendo: la consagración religiosa es la donación total de uno mismo al Señor. una opción por una vida enteramente entregada a Dios para vivir la consagración bautismal con todas sus consecuencias. El signo visible de esa consagración religiosa es la profesión de los llamados consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. En la historia de la Iglesia, asumir por voto estas tres dimensiones de la persona de Cristo se ha considerado siempre corno expresión de totalidad y de radicalidad evangélica, a la vez que corno entrega incondicional a la causa del evangelio.
Por la consagración religiosa se orienta la vida a la misión. «La persona consagrada está «en misión» en virtud de su misma consagración» (VC. 72c).
El bautismo nos incorpora a un pueblo profético. La consagración religiosa, además de ser entrega total a Dios, anuncia unos valores evangélicos, a la vez que denuncia unos contravalores. Por eso es «una forma especial de participación en la función profética de Cristo» (VC. 84a).
Por todo esto, la Exhortación «Vita Consecrata» reconoce que la Iglesia y la sociedad tienen necesidad de la vida consagrada (cf. VC. 105). Pero esto es cierto sólo cuando es signo y realidad de una vivencia radical del evangelio, despliegue y concreción de las exigencias de la consagración bautismal. De lo contrario, será sal que ha perdido su sabor y que no sirve ya más que para ser tirada, o levadura que no fermenta la masa porque carece de fuerza transformadora (cf. Mt. 5. 13-16)
Fernando Quintano, cm
CEME, 2015







