- LA CONSAGRACIÓN BAUTISMAL
El Concilio Vaticano II afirma que la profesión de los consejos evangélicos que hacen los religiosos «constituye sin duda una peculiar consagración, que radica íntimamente en la consagración del bautismo» (PC, 5). La Exhortación apostólica «Vita Consecrata dice que «la profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización de la consagración bautismal» (VC, 30). Las Constituciones de la Compañía afirman que las Hijas de la Caridad, fieles al bautismo, se entregan por entero a Dios para servir a Cristo en los pobres (cf. C 7a). Si tanto la «peculiar consagración» de la vida religiosa como la entrega por entero a Dios de las Hijas de la Caridad remiten al bautismo, comencemos por explicar la consagración bautismal común a todo cristiano, pues ella es la consagración fundamental y la raíz de todas las demás.
Las palabras –bautismo» y «bautizar» significan, etimológicamente, sumergirse en el agua. San Pablo considera el bautismo como un sumergirse o sepultarse con Cristo en su muerte para poder participar de la nueva vida del resucitado (cf. Rin. 6,3-5). Por el bautismo se pasa de la muerte a la vida: se ahoga el hombre viejo del pecado para que renazca el hombre nuevo, la nueva criatura animada por la vida divina.
Por la fe y el bautismo nos incorporamos a Cristo hasta poder decir corno san Pablo: «Mi vida es Cristo» (Fil. 1,21). «Ya no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mi» (Gal. 2,20). Por esa incorporación a Cristo participamos de su filiación divina, entrando así en relación personal con Dios.
La fórmula del bautismo «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo» significa y equivale a «Yo te bautizo consagrándote al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo». Y esa consagración significa que pasamos a ser posesión total y exclusiva de las tres divinas Personas, familia de Dios, conciudadanos de los santos (Ef. 2.19). En el bautismo, Dios envía su Espíritu a nuestros corazones constituyéndonos en su templo santo (cf. Gal. 4,6; 1Co. 3. 16).
La unción con el santo crisma significa la pertenencia a la Iglesia. el nuevo pueblo que participa de la condición de Cristo sacerdote, profeta y rey. La vestidura blanca expresa la dignidad del bautizado, como nueva criatura revestida de Cristo.
La consagración bautismal es, pues, la identificación con la persona y la vida de Cristo. Al incorporarnos a él por la fe y el bautismo. nos introduce en la vida de Dios, nos hace sus hermanos e hijos adoptivos del Padre y nos consagra y destina a ser templos del Espíritu.
«Consagrar» significa, en primer lugar, que Dios toma posesión de alguien, lo configura con su Hijo Jesucristo, lo santifica y habita. Y, en segundo lugar, «consagrar» significa también entregarse a Dios sin reserva como respuesta a su previa donación. Por eso, siempre que se hable de cualquier otra consagración deberá comprenderse como despliegue y ahondamiento de la bautismal, como un desarrollo de los gérmenes de vida sembrados en el bautismo.
En virtud de la común consagración bautismal, todos los bautizados son miembros del cuerpo de Cristo, tienen igualdad dignidad (cf. Ga1.3, 26-29) y están llamados a la misma santidad (cf. LG. 32) El Concilio Vaticano II afirmó: «Es completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (LG, 40). Así superó una mentalidad secular que distinguía dos categorías de cristianos, los de a pie y los llamados a volar por las alturas. Para Cristo no era así; a todos sus seguidores les propone «sed perfectos como el Padre del cielo es perfecto» (Mt. 5,48). El programa del sermón de la montaña también es para todos. No hay, pues, cristianos de primera y segunda categoría, sino modos diferentes de encarnar la común vocación cristiana. Los diferentes caminos o vocaciones existentes en la Iglesia tienen como origen y fuente la común vocación del bautismo. Y las distintas espiritualidades son despliegues diferentes de la misma espiritualidad cristiana bautismal. Lo específico no debe disociarse de lo común; el despliegue no puede desprenderse del núcleo, ni los diferentes arroyos desviarse del manantial. Todas las vocaciones y estados en la Iglesia son modos diversos de vivir la común vocación cristiana, en fidelidad a las promesas del bautismo v como desarrollo de los gérmenes de esa misma gracia bautismal.
Fernando Quintano, cm
CEME, 2015







