LA CONSAGRACIÓN EN LUISA DE MARILLAC (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. LUISA DE MARILLAC SENTÍA SIMPATÍA POR LA CONGREGACIÓN

Luisa de Marillac vivió, desde sus primeros años en un ambien­te presidido por el influjo de lo que hoy llamarnos vida consagrada. Y fue allí, en el Convento real de Poissy, donde el contacto con las monjas dominicas encendió en ella el conocimiento y la simpatía por dar a su vida un sentido de consagración.

Lo que percibió ella en aquel convento era que la consagración hacía referencia a silencio y oración, a culto litúrgico y vida común. a ascesis y recogimiento interior, a votos y entrega a los demás en la educación de jóvenes de alta alcurnia. Se trataba de una entrega total a Dios.

Sabemos que cuando, quizá al morir su padre, abandonó el Convento Real de Poissy y dejó atrás la influencia monástica, había arraigado ya en ella una actitud de «devoción», un gusto por integrar en su vida buenas lecturas, oración personal, participación en reti­ros, sermones V demás actos litúrgicos, ascesis, laboriosidad y com­pasión hacia las necesidades de los otros. Iba creciendo mientras se ensanchaba su capacidad espiritual, y se desarrollaba su dimensión religiosa. Así nos la pintan sus biógrafos mientras está en el pensio­nado de Paris.

Estaba viviendo allí cuando fue testigo de un acontecimiento que despertó en ella, quizá una vez más, el sentimiento de fascina­ción por lo sagrado. Era muy joven todavía, no tenía más que 1 años. Se sintió impresionada por lo que experimentó al presenciar el traslado de doce monjas Capuchinas a su nuevo convento en el arra­bal Saint-Denis. Era una nutrida procesión presidida por el Arzobispo de París. Iban alegres, descalzas y coronadas de espinas Se dijo que toda la ciudad había quedado sobrecogida por la emoción y que todos hablaban de la impresión que había causado la ceremonia. Puede ser que entonces arraigara en ella el deseo de ser como aquellas jóvenes, deseo que se hizo persistente, fue creciendo y se convirtió por fin en propósito.

Nicolás Gobillon, su primer biógrafo, nos dice que tenía un «gran desprecio del inundo 1 un ardiente deseo de consagrarse a Dios e incluso que formuló su primer propósito de hacerse Capuchina. Y sor Mathurina Guérin. cuando puso por escrito los recuerdos que le escuchó contar a Luisa. cuenta que, por entonces, a los 15 o 16 años, comenzó a dedicar un tiempo cada día a hacer oración mental, y que mientras vivía con aquella dueña hábil y vir­tuosa, surgió en ella el deseo de entrar en esa forma de vida conven­tual’. Nos consta que tenía director espiritual e incluso ella misma habla de un primer voto en relación con este deseo de profesar en el nuevo convento. Quería ser de Dios. entregarse a él. El horizonte de la consagración iluminaba la vida de aquella joven como la de otras muchas mujeres de su época.

No sabemos cuándo pudo formular el propósito. según Gobillon, o el voto, según dijo ella. Pero sí sabemos que en el vera­no u otoño de 1612 pidió al P. Honorato de Champignv. Provincial de los Capuchinos, su director entonces. entrar en el convento. Él rechazó su propuesta porque «no creía que ella pudiera soportar sus austeridades» y porque «creía que Dios tenía otros designios sobre su persona’. Y, aunque se vio obligada a contraer matrimonio, aquella decisión no cumplida, quedó anidada en su conciencia señalando un vacío, generando cierta ansiedad y, ¿culpabilidad por no haberlo cumplido? En su vida ya adulta aparecía nítidamente marcada la tendencia hacia una existencia en clave de consagración. Era una mujer joven, seglar, que quería llevar una vida consagrada. entregada a Dios.

Pero, siendo esto así, podría llamar la atención el hecho de que una persona que dejó textos escritos en los que plasmó su experien­cia interior y que desplegó una gran actividad epistolar para formar a las primeras Hijas de la Caridad y para mantener en ellas la fide­lidad a la vocación, no haya dejado ninguna enseñanza teórica acer­ca de la consagración. Han llegado a nosotros solamente cinco escuetas menciones de esa palabra que utilizaba casi exclusivamen­te en su sentido más sencillo y directo y con el significado de dedi­cación preferente y entrega total. En la primera mención, alaba a Dios porque una «buena muchacha se ha consagrado al servicio de las Penitentes»; en otra, se refiere al carácter del sacerdocio que «sella y consagra por completo (a la persona) para el servicio de los altares; una tercera alusión aparece en el Catecismo que ella misma escribió para uso de las Hermanas y las maestras de los pueblos. En la respuesta a la pregunta «Qué debe hacer el cristiano durante el día, incluye este párrafo: «consagrarse a Él (Dios) y ofrecerle todas las acciones, y pedirle la gracia de pasar el día sin ofender­le». En los otros dos textos se refiere a ella misma evocando «el día de mi bautismo fui consagrada y dedicada a mi Dios para ser su hija”, y lo que escribió como resolución, un día de retiro, después de la oración: «Debo consagrar el resto de mis días a honrar la santa vida oculta de Jesús en la tierra», siguiendo su ejemplo ya que, como «la vida ordinaria necesita más de ejemplos, consagró a ella más tiempo» .Y nada más.

Sor Carmen Urrizburu,  HC

CEME ,2015

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