La confianza mutua en comunidad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Formación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juan Galot · Año publicación original: 1982 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1982.
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Entre las disposiciones íntimas necesarias para la vida de comunidad, la confianza mutua reviste una importancia especial. En efecto, es impo­sible que se logre la unión si no existe un clima de confianza {mutua. Merece, pues, la pena reflexionar en la naturaleza de esa confianza, en el valor que representa dentro del ámbito sobrenatural, y determinar el por qué y el cómo debe desarrollarse en los religiosos.

 

I. La confianza en las relaciones entre Dios y el hombre

1. Invitación por parte de Dios y por parte de Cristo a la confianza

Antes de abordar el problema de la confianza dentro de la comunidad, es conveniente considerarla, en un plano más general, en las relaciones entre Dios y el hombre. En efecto, la confianza desempeña un gran papel en esas relaciones tal y como aparecen en la revelación bíblica.

En la antigua alianza, el objetivo primordial de Dios era obtener la fe del pueblo judío. Esta fe consistía en aceptar la verdad de Dios que se revelaba, pero también en poner en El toda la confianza. Así, por ejemplo, en el Éxodo, la revelación del nombre divino tiende a hacer que Moisés acepte, y a través de él todo el pueblo, la identidad de Dios que se define a Sí mismo como el Ser presente de manera inmutable: «YO SOY» (Ex., 3, 14). Quiere —esa revelación— ofrecer la garantía de una fidelidad abso­luta a la alianza: «Yo estaré contigo» (Ex. 3, 12), palabras que son una llamada a la confianza: invitan a Moisés y al pueblo a que pongan en Dios toda su seguridad.

Puede decirse que esta confianza, exigencia fundamental de la revelación, abarca en sí misma las disposiciones de fe y de esperanza; la fe que pide es fe en el Dios Salvador que conduce a su pueblo hacia un por­venir feliz, por lo que, como consecuencia, está henchida de esperanza. La esperanza significa adhesión a Dios en fe y espera del destino del pueblo de Dios.

Esa confianza constituye la primera manifestación del amor’ debido a Dios porque desemboca en el cumplimiento del primer mandamiento: «Amarás a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu poder» (Deut., 6, 5). Para dar a Dios todo el corazón, hay que empezar por creer en El y poner en El toda la esperanza. La confianza es, pues, como la base que permite al amor desarrollarse.

En la nueva alianza, el papel de la confianza no es menos fundamental. La predicación de Jesús es una llamada a la fe y a la esperanza: «…el reino de Dios está cercano;… creed en el Evanelio» (Mc. 1. 15). Esa fe y esa esperanza deben dirigirse a la persona misma de Jesús, porque El es quien posee la buena nueva —evangelio—, o por mejor decir, El es esa buena nueva como Verbo hecho carne, Palabra de Dios encarnada. Su venida coincide idénticamente con la del Reino: es El quien, siendo Dios, puede reinar sobre el universo. Esencialmente, se trata de creer y esperar en Alguien. Así es cómo la disposición de Jesús, adquiere todo su valor, porque la confianza pone más de relieve una relación de persona a persona.

Al mismo tiempo, esa confianza es también la primera expresión del amor absoluto que Cristo reivindica para Sí. A sus discípulos, Jesús les pide una adhesión completa a su persona, con abandono de todo lo demás. Ahora bien, esa adhesión tiene que comenzar por un acto de confianza: «Bogad mar adentro y echad las redes para la pesca». La respuesta de Simón: «… porque tú lo dices, echaré las redes…», que atestigua esa con­fianza, es el principio de la entrega total de la vida: «… lo dejaron todo y le siguieron» (Le., 5, 4-5, 11).

La confianza desempeña también un papel esencial en la declaración de amor que Jesús pide a Pedro antes de confiarle el cargo de pastor uni­versal de la Iglesia. Al preguntarle por tres veces: ¿Me amas?, el Maestro hace alusión manifiesta a la triple negación. El recuerdo de esta falta hu­biera podido inspirar a Pedro dudas y vacilaciones antes de contestar: ¿se puede decir con sinceridad a alguien que se le ama, después de haber renegado de él? Pedro supera el obstáculo y dice atrevidamente a Jesús que le ama, gracias a la confianza que lo anima. Confianza no sólo en el perdón recibido, sino en que el Maestro conoce perfectamente a su dis­cípulo: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn. 21, 17). Con­fianza también en el poder del Salvador que sirve de apoyo a su amor, porque ahora Pedro ha aprendido a no presumir de sus propias fuerzas.

Este episodio proyecta luz sobre la relación que existe entre la con­fianza y el amor: muestra de qué manera la confianza hace desaparecer los obstáculos que supone la debilidad humana para un contacto de amor con Cristo. En tanto que la conciencia de tal debilidad podría tender a que el corazón del hombre se replegara en su incapacidad de amar, la confianza llega a abrir ese corazón y a abrirlo tanto más cuanto más siente su propia debilidad. Esa confianza va en proporción de la omni­potencia y la bondad divina que en Jesús encuentran su manifestación perfecta; permite a la persona humana, abrumada por su Impotencia o su debilidad, amar a Dios y a Cristo a pesar de todas sus deficiencias, esforzándose por apoyar su amor en la perfección divina.

Desde este punto de vista, la confianza es la disposición que cae bien a las relaciones de abajo arriba, levanta un puente entre la impotencia humana y el poder infinito de Dios, hace dar al amor ese salto que salva la distancia inmensa que existe entre ambos niveles.

 

2. La iniciativa divina de confianza en la humanidad

Lo que puede parecer todavía más sorprendente es que la confianza des­empeña un papel también esencial en el otro aspecto de las relaciones entre Dios y el hombre, es decir, en las disposiciones que el mismo Dios manifies­ta con respecto a la humanidad en su obra de Salvación. Ahora consideramos la dirección inversa a la anterior: la dirección de arriba abajo.

Ya la antigua alianza, como tal, es un testimonio de confianza: Dios que en su soberanía hubiera podido hacerlo todo por sí mismo, sin nece­sidad de recurrir a la colaboración humana, pide esa colaboración. Al es­tablecer unas relaciones en forma de alianza, otorga su confianza a su pueblo, porque, en su designio, los compromisos han de ser recíprocos, y ello significa que cuenta con una colaboración efectiva a su obra por parte de los hombres.

Esa confianza de Dios es una prueba de la fuerza de su amor. Es cierto que hubiera sido posible un amor divino a los hombres sin establecer para ello una alianza; pero de esa forma hubiera sido más restringido. Hubiera sido como si Dios dijera: Os amo, pero todo lo hago yo; no quiero dejaros hacer nada porque lo vais a estropear… Al contrario, Dios no ha vacilado en correr el riesgo de la confianza, con lo que ha demostrado mayor amor.

Por una parte, asigna a los hombres una responsabilidad: es una forma de promocionarlos, de favorecer el desarrollo de su personalidad. El que ama busca el bien de la persona amada; ahora bien, la confianza de­mostrada es una condición para ese bien, para esa expansión. Aun antes de exigir la confianza en El como respuesta a su amor, Dios otorga al hombre su propia confianza.

Por otra, Dios hace al hombre capaz de asumir la responsabilidad que le entrega. Lo eleva por encima de sus debilidades garantizándole una ayuda omnipotente. Y cuando en la alianza exige de sus aliados los hombres unos compromisos, les promete por otra parte su asistencia para que puedan cumplirlos.

Y así vemos cómo antes de pedir a Moisés una respuesta de fe, Yahvé le muestra toda la confianza que deposita en él. Le encarga la misión de liberar a los israelitas del yugo de Egipto; y a la pregunta que surge de la incapacidad humana: «Y ¿quién soy yo para ir al Faraón y sacar de Egipto a los hijos de Israel?» (Ex. 3, 11), le responde con la seguridad de la alianza que hace a Moisés capaz de llevar a cabo su misión liberadora. Antes que una invitación a la confianza, la declaración «Yo estaré contigo» es una expresión de la propia confianza de Dios en el hombre escogido por El.

No obstante, la confianza depositada en un pueblo destinado a ser y a actuar como pueblo de Dios, se expone a muchas decepciones. Israel no es fiel a sus compromisos y no responde a las esperanzas divinas. Pues bien, ante las reiteradas infidelidades que quebrantan la alianza, ¿cuál es la reacción de Dios? No está a la medida de las reacciones humanas, porque antes que retirar a la humanidad la confianza que le había otor­gado, Dios ensancha todavía más esa confianza y promete una alianza nueva en la que la fidelidad de sus aliados estará garantizada:

«Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo; os arrancaré ese corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y os haré ir por mis mandamientos…» (Ez., 36, 26-27).

La venida de Cristo para la instauración de la alianza ‘definitiva es la demostración más decisiva de la confianza depositada por Dios en la humanidad. El Hijo de Dios viene a este mundo para edificar, por el ca­mino de su sacrificio, una humanidad nueva que sea capaz de ofrecer a los proyectos divinos la colaboración pedida y de cumplir los compro­misos de la alianza. De esta forma, la confianza puesta por Dios en los hombres puede estar segura de no verse defraudada. La Iglesia fundada por Cristo, sin dejar de ser una sociedad de pecadores, no desfallecerá en su fidelidad: responderá a las esperanzas divinas con miras a la im­plantación del Reino de Dios en el mundo.

En las actitudes de Jesús, pueden subrayarse de manera más especial traducciones concretas de la acrecentada confianza de Dios en la huma­nidad. Así, la llamada dirigida a los discípulos demuestra una confianza verdaderamente audaz, ya que no duda en requerir un abandono de todas las cosas. Otrora Yahvé se contentó con exigir el cumplimiento de la ley; pero Jesús pide que se deje todo para seguirle. Cuenta por lo tanto con una generosidad más radical, más completa. Esa confianza que deposita en la generosidad humana habrá de permanecer como característica de la vocación a la vida consagrada en la Iglesia. Es cierto que va acompañada de una gracia que confiere la fortaleza necesaria para responder a la lla­mada, pero no por eso hemos de dejar de señalar que se trata de una confianza de Dios propia de la nueva alianza.

Otra manifestación de esta confianza es de orden más general. No se refiere sólo a las personas llamadas al don total de sí mismas. Consiste en la bondad manifestada a los pecadores. Si Jesús se deja acusar por sus adversarios de «amigo de publicanos y pecadores» (Mt., 11, 19), es porque quiere revelar la extensión de la misericordia divina. Ahora bien, la bondad misericordiosa implica un aspecto de confianza. Por ejemplo, cuando Jesús dice a la mujer adúltera: «Vete y no peques más» (Jn., 8, 11), perdona a esta mujer confiando en ella en adelante. Estima que puede corregirse de su conducta. En el caso de la pecadora que entró en casa de Simón, esa confianza envuelta en el perdón obtuvo inmediatamente una respuesta, puesto que la mujer dio muestras a Jesús de un amor agrade­cido (Le., 7, 36-50), amor superior al del fariseo. Se puede observar que la confianza lleva consigo una determinación esencial por parte de Dios en favor de los pecadores: muestra que su amor no queda detenido en la situación de pecado, sino que tiende a suscitar un comportamiento mejor.

A propósito de la negación de Pedro, hemos evocado antes el diálogo en el que Jesús pide a su discípulo una declaración de amor inspirada por la confianza. Hay que poner de relieve, no obstante, que la confianza del discípulo en el perdón de su Maestro había ido precedida por la con­fianza del Maestro. Esta confianza del Maestro es la que mantuvo a Pedro en su destino de jefe de la Iglesia.

En su dirección descendente, de Dios a los hombres, la confianza reviste una importancia primordial: dirige toda la obra de la Salvación y confiero al amor divino una nota extraordinaria de generosidad. La gran diferencia entre la generosidad divina y la generosidad humana radica en la absoluta gratuidad de la primera. El hombre necesita de Dios para realizar su des­tino y, por consiguiente, está obligado a tener confianza en El. Pero Dios no tiene ninguna necesidad del hombre y la confianza que deposita en él es puro don de su amor. La confianza divina no tiene otro motivo que la voluntad de promocionar la personalidad humana.

Al ser una manifestación extrema del amor más gratuito, esa confianza de Dios muestra hasta qué punto en las relaciones de Dios con el hombre todo se explica por el Amor; da igualmente a comprender por qué en las relaciones de alianza la confianza recíproca constituye un principio fun­damental. Dios posee la prioridad en todo y más especialmente en la con­fianza. La confianza divina es el modelo y la fuente de la confianza hu­mana. Una plenitud de amor mutuo no puede realizarse si no es gracias a la reciprocidad de la confianza.

 

II. La confianza en la vida de comunidad

1. La confianza de Cristo, principio de nuestra confianza mutua

Puesto que la confianza desempeña un papel esencial en las relaciones entre Dios y los hombres, y que aparece como una expresión fundamental del amor, no se podría en manera alguna subestimar su valor en las ma­nifestaciones del amor cristiano y de manera más especial del amor mutuo en comunidad. En efecto, el amor que une a los cristianos entre sí, y aun más a los religiosos, se configura en las relaciones de amor que se han revelado en la obra de la Salvación. La alianza de Dios con su pueblo es el lazo que une entre sí a los miembros de ese pueblo; la reconciliación de la humanidad con Dios, operada por Cristo, es la que suscita la recon­ciliación entre los hombres. Al desplegar un amor animado por la con­fianza, Dios ha establecido el principio de la confianza que ha de carac­terizar las relaciones de amor entre las personas humanas.

Cristo ha presentado de manera explícita su propio amor como prin­cipio del amor que ha de unir a sus discípulos: «Un precepto nuevo os doy que os améis los unos a los otros como ya os he amado… Este es mi Precepto…» (Jn. 13, 34; 15, 12). Así como El ha amado otorgando su con­fianza, así invita a sus discípulos a que reflejen en sus relaciones mutuas ese clima esencial de confianza recíproca que El ha querido establecer.

La importancia primordial que Jesús ha atribuido a la confianza en sus manifestaciones de amor, tiene como consecuencia la importancia de esa misma confianza en toda comunidad que vive en su nombre. De por sí bastaría la experiencia de la vida en común para poner de relieve ese valor de la confianza. Allá donde reina una mentalidad de desconfianza recíproca, la unión comunitaria se hace imposible; no puede haber allí verdadera «alma común». Las que se encierran entre los muros de la des­confianza viven separados u opuestos unos a otros. Además de este hecho que la experiencia puede comprobar, las actitudes de principio adoptadas por Cristo indican en definitiva las condiciones para el desarrollo de la caridad.

Entre las aplicaciones del mandamiento nuevo, debemos enunciar esta. «Tened confianza unos en otros, como yo os he manifestado mi confianza». Jesús ha contestado por adelantado a cualquier objeción que pudiera ha­cerse a ese principio de la confianza de unos en otros: Si El mismo otorgó su confianza aun a aquellos que, a veces, no parecían merecerla, con cuánta mayor razón no deben sus discípulos anudar relaciones de con­fianza mutua.

Quedan, pues, invitados los religiosos a tomar ejemplo del modelo con­creto de confianza que Cristo les ofrece según el Evangelio. Vamos a destacar algunas propiedades de esa confianza: es audaz, comprensiva de la flaqueza humana, se apoya en la acción de la gracia.

Hemos hecho resaltar antes la audacia de que dio prueba Jesús al llamar a sus discípulos a que le siguieran, exigiendo de ellos que re­nunciaran a todo. Es la misma audacia que hoy encontramos en el inicio de toda vocación religiosa. Cuando Cristo llama a uno a la vida religiosa muestra hasta qué punto llega su confianza en la generosidad del que ha llamado, porque lo juzga capaz de poner todo el ideal de su vida en el seguimiento de su Persona y de sacrificarlo todo por amor suyo. Entonces, es lógico que todo religioso merezca por parte de sus hermanos esa misma actitud de confianza audaz; merece que se le juzgue capaz de responder a su vocación, de llevar una vida entregada al Señor y de contribuir a la santidad de la comunidad.

Por otra parte, vemos en el Evangelio que la confianza de Cristo se hace todavía más patente en relación con los pecadores. No es que se trate de una confianza ciega, ingenua, que se haga ilusiones sobre la conducta de las personas o que se niegue a ver las deficiencias para fijarse sólo en las buenas cualidades. Jesús no cierra los ojos ante las debilidades morales de los hombres, pero se abstiene de condenar a los pecadores, a los que considera capaces de conversión y de enmienda. Esa actitud de comprensión y de estima hacia los que se han adentrado por un mal camino, pero que pueden salir de él, es la que debe inspirar la conducta de los discípulos de Jesús. Ahora bien, de ordinario, en una comunidad, las faltas que cometen los religiosos no son las que carac­terizan una vida hundida en el pecado. Con mayor motivo, entonces, esas faltas no pueden constituir una causa para retirar la confianza o la es­tima a esos religiosos. Viendo a Cristo mantener su confianza, el religioso tiene que adoptar una actitud semejante hacia sus hermanos, tener con­fianza en ellos a pesar de sus errores o sus fallos.

Los dos aspectos —el de la audacia y el de la misericordia— de la confianza se justifican finalmente por el poder de la gracia que actúa en cada hombre y le permite responder a las llamadas divinas. Esa es la razón por la que la confianza manifestada por Cristo está inspirada en una lucidez superior, una mirada que contempla el porvenir a la luz de la gracia. Los adversarios que rechazaban a los pecadores y los condenaban, se limitaban a considerar los aspectos visibles de una con­ducta pasada y presente y no tenían para nada en cuenta las posibilidades de transformación que la gracia redentora otorga al hombre. Se creían más perspicaces, como Simón el Fariseo en relación con la pecadora que ungía los pies de Jesús. «Si éste fuera profeta, conocería quién y cuál es la mujer que le toca, porque es una pecadora» (Le., 7, 39). En su respuesta, Jesús muestra que realmente posee una mirada profética, porque ahora ya, esa mujer no es una pecadora, y manifiesta mucho amor después del perdón de sus faltas que acaba de obtener. Jesús tuvo razón en confiar en ella: la gracia le ha permitido superar en amor al Fariseo que atrincherado en la justicia de la ley, tenía poco amor en el corazón.

No hay duda alguna de que la mirada que Jesús posa en una comunidad va animada por esa confianza. En efecto, el Maestro prodiga sus gracias a los que ha llamado a una vida consagrada a su servicio. Cada religioso tiene la seguridad de recibir la gracia suficiente para su perseverancia y recibe además otras muchas que le permiten levantarse de sus caídas, corregirse de sus imperfecciones y adelantar sin cesar en el camino de la santidad que ha escogido. Al mismo tiempo que conservan la certeza de esa gracia personal, todos y cada uno deben creer en una gracia análoga concedida a sus hermanos y manifestarles tina confianza proporcionada a tal gracia. Si no se detuvieran más que en las faltas visibles de sus hermanos, correrían el riesgo de reproducir en sí mismos la actitud errónea del Fariseo Simón y de desconocer el gran amor de que sus hermanos son capaces a pesar de sus defectos, mientras que personalmente tendrían muy poco amor. Las posibilidades ilimitadas de la gracia que actúa en los otros reclaman una confianza que desborde los límites de algunas comprobaciones visibles.

2. Dificultades de la confianza

Diversas causas pueden dificultar una actitud de confianza. Entre ellas están las tendencias de algunos temperamentos inclinados a la timidez. El tímido es el que tiene miedo de los demás. Corre el riesgo de dejarse pa­ralizar por ese miedo y tiende a encerrarse en sí mismo. Considerar a los demás como un peligro para nuestra propia persona, no es, evidentemente, abrir la puerta a la confianza. ¿Cómo vencer esa timidez? La gracia que cada religioso recibe para su vida de comunidad le estimula a no dejarse detener por su temperamento y a abrirse a los otros. Especialmente en la convicción de la confianza que Cristo le demuestra encontrará un motivo decisivo para tener confianza en sus hermanos: la audacia de Jesús tiene Que entrar en su propio comportamiento y hacerle franquear las barreras de una naturaleza inclinada al temor.

Como ejemplo clásico de victoria sobre la timidez puede citarse el acto que consiste en pedir un servicio, un favor. El tímido estaría tentado a no pedir nunca nada por miedo a molestar. Es cierto que conviene evitar aque­llas peticiones de servicio que pudieran ser una carga para el otro, o bien inoportunas. Pero hay servicios o favores que, en comunidad, es normal pedirse recíprocamente. Pensar que el otro no está dispuesto a aceptar una pequeña molestia, no es precisamente tener por él la estima a que tiene derecho. El religioso que ama profundamente a sus hermanos, tiene con­fianza en su generosidad y les pide ayuda cuando lo necesita.

Otro obstáculo a la confianza reside en el egocentrismo. Un afecto desor­denado a uno mismo impide reconocer suficientemente el bien del otro y sus cualidades. Se traduce por una confianza radicada demasiado exclusiva­mente en uno mismo, con tendencia a evitar cualquier tipo de colaboración por parte de los demás. Es la mentalidad que hace que una persona piense que para que las cosas estén bien hechas, tiene que hacerlas ella misma. En este caso, también es el ejemplo de Cristo el que debería abrir el buen camino. Cristo hubiera podido prescindir de toda colaboración, ya que El sólo po­día operar la salvación de los hombres. Pero, lejos de desconfiar de ellos, aunque conocía sus imperfecciones, se fía plenamente. Llega hasta con­fiar a sus discípulos el porvenir de su Iglesia. Siendo esto así, ¿cómo podría el religioso reivindicar para sí un puesto central que sería la prue­ba de una autosatisfacción y descartaría la ayuda de los demás? Jesús le invita más bien a que intente la colaboración, convencido de la capaci­dad de los otros.

Todo lo que es egoísmo se opone a la confianza en los demás. Pero la fuerza de amor que Cristo ha introducido en el mundo es más poderosa que todas las tendencias del egoísmo. Esa fuerza es la que induce al reli­gioso a reconocer los valores de sus cohermanos y a promocionar su pleno desarrollo, otorgándoles su confianza. La lucha por conseguir una mayor confianza no puede debilitarse, lo mismo que no puede debilitarse la lucha por conseguir un mayor amor.

Lo que a veces paraliza la confianza de los religiosos es una experiencia desafortunada que hayan podido vivir en la comunidad: decepción causada por un hermano del que esperaban mucho; sentimiento de haber sido enga­ñados al depositar en él la confianza. Ocurre que, a causa de esa decep­ción experimentada por él, un religioso se repliegue sobre sí y se proponga como regla de conducta una desconfianza general: «no me fío de nadie». Esa reacción deja la impresión de un muelle que ha saltado roto y que no es posible reparar: entorpece toda vida de comunidad verdadera, porque moralmente aísla a uno de los que le rodean y ya no le permite con­tactos abiertos y sinceros. La desconfianza mantiene vivo un continuo recelo, lo que es signo de enemistad.

Para no tropezar y caer en ese escollo, ¿cómo debe reaccionarse ante una decepción? Empecemos por reconocer que en las relaciones humanas interpersonales, las decepciones son inevitables. No se puede esperar que los demás respondan siempre a la idea que de ellos nos hemos forjado: no son perfectos, aun cuando tengan que tender a la perfección. Cada uno de nosotros, por nuestra parte, estamos siempre expuestos a decepcionar a nuestros hermanos a causa de nuestros propios defectos, nuestras limi­taciones, nuestra falta de atención, nuestras actitudes influenciadas poiel egoísmo y el orgullo… Conviene, pues, evitar el tomar demasiado a lo trágico las decepciones que podamos experimentar, el agravarlas aún más por sospechas o interpretaciones infundadas, el querer ver con de­masiada facilidad intenciones hostiles donde sin duda no ha habido más que inadvertencia o torpeza.

Aun admitiendo que el otro haya caído en falta, no se puede por eso retirarle toda confianza. Hemos recordado más arriba cuál era la reacción de Cristo ante el pecador: no niega el mal cometido, pero sigue teniendo confianza, porque con su gracia da la fortaleza necesaria para obrar mejor en adelante. Nos muestra cómo supera Dios todas las decepciones que le causan los hombres con sus ofensas y cómo también nosotros hemos de saber superar nuestras propias decepciones.

La decisión de mantener o devolver la confianza no lleva consigo, en manera alguna, el cerrar en adelante los ojos a cualquier defecto que haya podido manifestarse y que acaso pudiera dar de nuevo ocasión a otra falta. No se trata de tener una confianza alimentada de ilusiones y ce­rrada a la evidencia. La experiencia desafortunada de que uno haya po­dido ser víctima tiene que hacernos abrir más los ojos, aunque convenci­dos de que la gracia está presente y opera en nuestro hermano. Lo que se desprende en tal caso es la necesidad de cierta prudencia, que teniendo en cuenta la debilidad humana, tome las medidas necesarias para no ser víctima de acciones que hubiera que lamentar.

Es, pues, normal que tras una decepción, se demuestre una mayor lu­cidez para evitar, en tanto sea posible, que se repita la sorpresa desagra­dable. No obstante, esa lucidez debe intensificarse al mismo tiempo en un sentido sobrenatural, con una mirada más deliberada de fe y de caridad, que se esfuerce por coincidir con la mirada de Cristo. En lugar de dejarse coger por sentimientos de desconfianza, el religioso tratará, pues, de fortalecer la confianza que tiene en sus hermanos, esforzándose por reconocer en ellos una vida animada por la gracia, siempre capaz de pro­gresar a pesar de sus debilidades. Recordará que, después de cada una de sus faltas, él mismo se propone actuar mejor, y alimentará esa misma esperanza, ese mismo optimismo hacia aquellas con los que entra en contacto en su vida diaria. El crecimiento de su confianza en medio de las dificul­tades o por encima de las decepciones, es una prueba de la verdad de su amor en la vida comunitaria.

 

3. El clima de confianza

Una comunidad sólo puede vivir en armonía gracias a un clima de con­fianza mutua. Querer instaurar un amor mutuo sin confianza recíproca es una utopía. Porque es una ley que se cumple en cualquier sociedad.

El drama de las naciones sometidas a una dictadura es con frecuencia el resultado del clima de desconfianza que se ve favorecida sistemática­mente por el control policial; un espionaje diseminado por todas partes corta de raíz los contactos francos y confiados. Cada uno llega a desconfiar de todos, por miedo a la delación. En un régimen semejante, los hombres están profundamente divididos entre sí y fácilmente se mira a cualquiera como un enemigo posible. Es una experiencia que nos sirve de lección y, por contraste, nos hace comprender el valor de la confianza mutua.

En la comunidad religiosa, todo tiende a favorecer esa confianza, es­pecialmente la calidad personal de los miembros, todos y cada uno es­cogidos y llamados por el Señor, y el principio de caridad, tan esencial al cristianismo, que se encuentra en la base de la vida comunitaria. He­mos subrayado ya el aspecto sobrenatural de la confianza, aspecto por el que esta confianza está más profundamente enraizada en el alma y per­mite superar más fácilmente los obstáculos que a ella se oponen.

La transformación experimentada por la vida religiosa tras el Con­cilio, favorece aún más el clima de confianza mutua. Podemos citar de manera particular el concepto más fraterno de la autoridad que hace que todos respiren más a gusto, y la mayor flexibilidad en las reglas que ensancha el campo de la responsabilidad personal para dirigir la propia conducta. Una autoridad severa y rigurosa, reglas múltiples y muy res­trictivas parecían, en efecto, inspiradas por cierta desconfianza hacia los religiosos y hacia el uso que podían hacer de su libertad. El Decreto Per­fectae Caritatis ha puesto de relieve la importancia de la fraternidad y, dentro del cuadro general de esa fraternidad, ha situado la tarea de los superiores que, si bien conservan el derecho de decidir y de ordenar, de­ben depositar su confianza en sus hermanos y estimular su cooperación.

Y desde este punto de vista, lo que se dice acerca del modo de ejercer la autoridad es igualmente válido para las relaciones mutuas entre los miembros de la comunidad. Recordemos tres aspectos de las obligaciones de los superiores enunciadas por el Concilio: deben hallarse en todos los religiosos y pertenecen a la instauración del clima de confianza. Son: el espíritu de servicio, el respeto a la persona, el compromiso a la colaboración.

El espíritu de servicio implica dar prioridad a los demás con res­pecto a uno mismo. Jesús recomendaba a sus discípulos que aceptaran el último lugar más bien que pretender el primero (Mc. 10, 43-44). Para que el servicio sea profundamente sincero, es necesario que quien sirve reco­nozca el valor personal de aquel a quien sirve. Es decir que la servicialidad ha de ir animada por la confianza en el otro; si no, no pasaría de ser actitud de fachada.

La porfía por servirse mutuamente —que en sí es ya una manifestación impresionante del buen entendimiento en comunidad— adquiere toda su profundidad con la intención de vivir en confianza mutua, actitud en la que cada uno trata de promocionar el bien del otro, de beneficiar al otro más que a sí mismo.

En cuanto al respeto a la persona y a la justa libertad a que tiene derecho, podría ser también una actitud exterior bastante fría si no estuviese guiado por la voluntad de otorgar confianza. Cuando Dios creó a la persona hu­mana con la dignidad de su libertad, lo que hizo fue esencialmente un acto de confianza en su criatura, hasta el punto de dejarle la potestad de decidir por sí misma la orientación de su destino. Aun corriendo el riesgo de que la persona humana se le opusiera y le negara su amor, tuvo la esperanza de que mediante una adhesión más I bre, podría entregarse más pro­fundamente a El. Pues así como en Dios el respeto a la persona humana y a su libertad va impregnado de confianza, así también ha de ser en las rela­ciones entre los hombres.

En la vida comunitaria, el respeto a la persona implica dejar un espacio libre a cada miembro, una mentalidad de tolerancia recíproca dispuesta a reconocer el derecho que tiene cada uno a ser diferente. Al dejar expre­samente al otro la posibilidad de desarrollarse según su originalidad, en la diversidad, el religioso pone su confianza en la autonomía con la que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, cada cual realiza su propia vocación.

El compromiso a la colaboración lo recomienda con insistencia el Con­cilio a los superiores: «Lleven a los religiosos a que en el cumplimiento de los cargos y en la aceptación de las empresas, cooperen con obediencia ac­tiva y responsable» (P. C., 14).

Esta invitación a los superiores tiende a que el ejercicio de la autoridad se parezca a la forma con la que Dios, en la alianza, ha requerido la cola­boración humana, y a aquella con la que Cristo instituyó a sus apóstoles como colaboradores. Una vez más, promocionar la responsabilidad del otro es darle muestras de la confianza a la que tiene derecho.

En tal espíritu de colaboración deben entrar todos los miembros de la comunidad. Ese espíritu requiere que todos sepan reconocer la aportación insustituible de cada uno de los hermanos a la vida de comunidad y a las obras que ésta tiene a su cargo. Invita a todos a que sepan aprovechar las ocasiones de valorar a los demás, de regocijarse de todo lo que pueda desa­rrollar su personalidad haciendo fructificar sus talentos. Se opone a las tentaciones de rivalidad o de envidia que hacen peligrar el buen enten­dimiento mutuo; exige un esfuerzo para superar la negatividad de la crí­tica y la murmuración. Acepta con gusto los riesgos que lleva consigo la confianza en las cualidades, la habilidad y la virtud de los demás.

Cuanto más se manifiesta la confianza, tanto más efectiva es la colabo­ración y mayores son sus frutos. Lo sabemos por propia experiencia: cuando se nos da confianza, somos capaces de comprometernos más a fondo en nuestra acción y tenemos más probabilidades de éxito. Otorgar confianza a alguien, es contribuir a que su vida y su actividad sean más fecundas.

 

Conclusión: amor y confianza

Al igual que las otras disposiciones inherentes al amor, la confianza tie­ne que saber encontrar sus modos de expresión en la vida de la comunidad. Los religiosos no pueden amarse unos a otros sino dándose mutuamente confianza. Concretamente, esta confianza está llamada a manifestarse, a traducirse en palabras y gestos en todas las circunstancias de la vida diaria. Significa un don profundo de la persona, don del espíritu y don del corazón.

Saber que se cuenta con la confianza del otro es una alegría, un estí­mulo, un aliento. Y esa alegría todos y cada uno de los religiosos pueden dársela a sus hermanos, ayudándoles así a responder con mayor generosi­dad a la llamada del Señor.

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