La comunidad vicenciana, realidad viva de fe

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Toda comunidad cristiana es y debe ser, por definición, «rea­lidad viva de fe». Ahora bien, sabemos que el carisma de los I iniciadores es la forma especial en la que ellos se sintieron in­terpelados por Jesucristo para vivir de El, imitarle y proseguir su misión, bajo el impulso de su espíritu y en medio del pueblo de Dios. En el concepto de san Vicente, la llamada para ir a llevar la buena noticia a los pobres y para servirles corporal y espiritualmente, con una caridad sencilla y humilde, va unida con la llamada a «agruparse» fraternalmente con ese mismo es­píritu evangélico de sencillez, humildad y caridad.

No es menos evidente que, dentro de este contexto, la noción de «comunidad», en la medida en que se quiere y se puede aplicarla a las diversas fundaciones de san Vicente y, con mayor razón, a las que se glorían de su patrocinio y de su inspiración, es una noción «analógica». Esas «comunidades» se encuentran en lo «esencial» que acabo de recordar. Y precisamente en eso y en la medida en que lo vivan— serán «realidades vivas de fe». Pero esas comunidades viven tal realidad de manera diferente y, si me es permitido expresarme así, con tonalidades o matices diversos. En efecto, se trata, de una parte, de los sacerdotes de la misión o de otros sacerdotes que, por determinadas razones, se consideran bajo la tutela de san Vicente de Paúl; de otra parte, de las Hijas de la Caridad o de otros institutos que, también ellos, se consideran vicencianos —y son muchos—; o bien de movi­mientos o grupos de laicos, desde las «Damas de la Caridad», fundadas directamente por san Vicente y que hoy ostentan di­ferentes nombres, según los países, dentro de la Asociación Internacional de Caridad, y tantas otras Asociaciones de fieles, de las que la principal es la Sociedad de san Vicente de Paúl, fundada por Federico Ozanam, en el siglo pasado. Todas esas personas «se dan a Dios», empleando una expresión muy vicenciana, con un acento diferente, según el compromiso a que se obligan. Bástenos con recordar cómo nacieron las Hijas de la Caridad. Unas y otras quieren servir a los pobres corporal y espiritualmente y servirlos «juntas», en humildad, sencillez y caridad. Pero las Hijas de la caridad se dan totalmente a Dios para ese fin, ya que habrán de vivirlo con un carácter de radicalidad, de absoluto, llegando a abrazar para mejor lograrlo la práctica de los Consejos Evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, según su estado de vida, y confirmando con votos anuales ese don total dentro de lo que tiene de específico.

En una palabra, el «estado de caridad» —empleando una vez más un término vicenciano— se inscribe en diversos «estados de vida», cuyas exigencias son más o menos fuertes, especialmente a nivel del «estar juntos». Por eso quizá es más de admirar que ese «estar juntos» para atender a los pobres en nombre de Je­sucristo, forme siempre parte del «programa». Es precisamente lo que me escribía el P. Maside cuando me propuso esta con­ferencia, aunque me pedía que insistiera de manera especial en la vida fraterna en comunidad de las Hijas de la Caridad, sin duda porque ella es el tipo más acabado de «comunidad vicenciana como realidad viva de fe», y que, además, a partir de ella podemos discernir mejor el espíritu que debe animar a todos los que consideran a san Vicente (eventualmente también a santa Luisa) como su Patrono. Igualmente podremos discernir los ras­gos esenciales en que se plasma el «estar juntos para la Misión», según el pensamiento de los fundadores, dentro del respeto debido a las diferencias y según la ley de la analogía.

  1. JUNTOS PARA Y EN LA MISION CERCA DE LOS POBRES

Precisamente ese «estar juntos para y en la Misión cerca de los pobres» es lo que hace —y debe hacer— de nuestras «comunidades» vicencianas, cada una según su estilo, pero dentro de un espíritu similar, «una realidad viva de fe». Cristo es el «Misionero del Padre» —así gustaba de evocarle san Vicente—, y toda verdadera misión tiene que hacer referencia a la suya: con El y en pos de El, nos envía a cada uno, en particular y juntos, a llevar la buena noticia a los pobres. Para los fundadores, esto es

  1. A) Una «experiencia» y una «mística»
  2. El fruto de una experiencia

Es sabido que, históricamente, la Misión común fue la que engendró la vida coman_ Es algo que no debemos perder de vista, sobre todo cuando queremos renovar en profundidad nuestra vida comunitaria. Desde la fundación de la primera Cofradía de la Caridad, en Chatillon, se invitó a aquellas señoras a que se agruparan para asistir corporal y espiritualmente a los pobres enfermos de aquella región. Y la razón era para que «el buen Jesús sostenga este orden y colme de sus bendiciones divinas a los que en él trabajan, porque El mismo ha dicho que en el día del juicio escucharán estas suaves palabras: «Venid, benditos de mi Padre, recibid el Reino que ha sido preparado para vo­sotros desde el comienzo del mundo»». Queda claro que la or­ganización no es sólo técnica sino que tiende a que se cumpla mejor el designio de Dios sobre nosotros. Lo mismo ocurrirá con los sacerdotes de la Misión, que irán juntos de aldea en aldea, y con las Hijas de la Caridad quienes, el 29 de noviembre de 1633, se reunirán en torno a Luisa de Marillac para vivir su ideal en comunidad fraterna.

Como consecuencia de esto, hoy vemos, a lo largo de las Constituciones, cómo ese hilo conductor de la «comunidad para el servicio o para la misión» aparece sin cesar a modo de orien­tación unificadora en la fe y el amor. La misma idea de fondo, aunque expresada de diversa manera, la encontramos en los re­glamentos actuales, lo mismo que en los de ayer, de las distintas asociaciones vicencianas. Se nos dice que es una señal distinta, un apoyo esencial, una parte integrante de nuestra vocación y de nuestra vida misionera. Y ciertamente es una gracia concedida a nuestro tiempo el haber sacado a la luz ese rasgo de nuestra identidad. Entre una representación demasiado «conventual» de nuestra vida comunitaria, y una representación demasiado vaga, estilo «equipo de trabajo», o de «comunidad-comunión» que halla su fin en sí misma, resalta y se reafirma la convicción de que es Dios mismo quien nos ha llamado y reunido, que en El estamos congregados, respondiendo a su llamada. Aquí la misión con los pobres y para los pobres funciona como polo de atracción que da sentido a todas las cosas, especialmente a nuestra vida fraterna. Por ello es también

  1. Una fuerza

Esta fuerza no es otra que la del impulso misionero que nos atrae y nos reúne, y que actúa en dos sentidos: de la misión al grupo, del grupo a la misión, sirviendo de apoyo recíprocamente, así como de fuente recíproca de vida y energía.

En efecto, si no hay unidad entre nosotros, perdemos esa alma común que tenemos y perdemos nuestra identidad; caemos en el individualismo y en la yuxtaposición, cosas ambas tan ruinosas para la acción apostólica. Por dispersos que nos halle­mos, atendiendo a las necesidades de la misión, sabemos que estamos, y así nos sentimos, siempre unidos a nuestra comuni­dad, en cierto modo sostenidos por ella, delegados por ella, con la responsabilidad por nuestra parte de su razón de ser. Si no se puede vivir sin razón para vivir, todavía menos se puede vivir juntos sin razón para vivir juntos. Y la razón que tenemos nosotros para ello, reside precisamente en el anuncio y la revelación de Jesucristo a los pobres.

A la inversa, lejos de dejar que nuestro grupo se convierta en ghetto o en «invernadero cálido», hacemos de él un lugar en el que se pude hacer nuevo acopio de fuerzas, en el que se puede compartir, en un clima fraternal, con miras a la Misión y a partir de ella; con miras también a ser una presencia más auténtica en el mundo de los pobres, a llevar a él una evangelización que esté verdaderamente dentro de la línea de nuestra vocación. Sin una I nalidad misionera, no se puede dudar de que caeríamos en la desagregación de nuestras vidas comunitarias, como también en la de nuestras vidas personales.

Quiere esto decir que ambas realidades van unidas: o se man­tienen juntas o se desmoronan juntas. Sólo una visión de fe profunda nos permite tener presente su verdadero sentido, res­pondiendo a

  1. B) Una llamada continua

Se trata, ni más ni menos, de una llamada a una renovación, a una conversión incesantes, en función del fin que nos reúne y de la urgencia que lo caracteriza.

  1. Una finalidad

No basta, en efecto, estar «juntos». La verdadera vida co­munitaria florece allí donde la finalidad es «el otro», en todos los sentidos que esta palabra tiene para nosotros: el Señor, los pobres, los miembros de nuestra comunidad misionera. Si es cierto que ésta se va estructurando poco a poco, a través de un lento y paciente caminar, también lo es que esto no puede lograrse sino en torno a la Misión, con miras a ella, en torno y con miras al servicio de los pobres.

Será entonces cuando quedaremos unificados, a la vez,

  • en el sentido de nuestra «unidad de vida», puesto que todo —y en particular la vida fraterna— se vivirá en torno al eje centralizador de nuestras existencias vicencianas: Cristo en los pobres, los pobres en Cristo;
  • y en el sentido de la «unidad en la vida», ya que nuestros espíritus y nuestros corazones tenderán juntos hacia el mismo bien, hacia y en el amor del mismo bien: la pro­moción humana y evangélica de nuestros hermanos los más desprovistos y carentes de todo, que consideraremos como
  1. Una urgencia

¿Qué cosa más urgente puede haber que la buena nueva lle­vada a los pobres? «Tenemos que correr hacia los pobres como se corre a apagar un fuego». La fuente de nuestras relaciones fraternas es, precisamente, esa escucha que prestamos juntos al grito de los pobres. La renovación continua, cuya importancia hemos visto, no consiste tanto en discutir indefinidamente acerca de ella, como en acoger el don de Dios que se manifiesta, por lo que a nosotros se refiere, en el sufrimiento del pobre. «El pobre pueblo se muere de hambre y se condena».

Por otra parte ¿no somos todos «unos pobres»? Tenemos una necesidad radical de Dios, todos necesitarnos unos de otros, in­cluso de los pobres, para adherirnos cada vez más a Jesucristo según nuestra vocación propia. Bien sabemos la plenitud de sig­nificado que Juan Pablo II ha dado a la palabra «solidaridad» en su encíclica sobre la cuestión social. En ese sentido, los pobres nos «engendran», incluso como comunidad. Son verdaderamente nuestros «amos y señores»: en la medida en que esa comunidad, como tal, está unánimemente orientada hacia la Misión, llega a ser fuente de relaciones alegres y cordiales, porque, continua­mente, ahondamos y concretamos la finalidad común que nos reúne.

Eso es lo que expresan nuestros «proyectos comunitarios». Dichos proyectos pretenden ser, precisamente, la concreción del designio de Dios sobre nosotros y de la manera en que queremos responder juntos a él, en fe. Constituyen un vínculo que une la comunidad en su misión común,

  • haciendo referencia a las llamadas de los pobres y a las formas de servirles que han de ser actitudes prioritarias en determinado contexto humano y eclesial,
  • haciendo referencia al carisma vocacional,
  • haciendo referencia a la Pastoral en la que estamos in­sertos en cooperación con todas las fuerzas vivas de la iglesia local y universal, especialmente con el laicado.

A través de todo esto se expresa, pues, el mundo dinámico (Ir nuestras relaciones fraternales corno realidad viva de fe. Es­tamos unidos y enraizados en Jesucristo, manantial y modelo de (da caridad y, por lo mismo, de la subsistencia de toda comu­nidad misionera.

Profundicemos ahora este aspecto, bajo el título de

  1. UNA SOLA ALMA Y UN SOLO ESPIRITU Y empecemos por dirigirnos, con San Vicente,
  2. A) De la santísima Trinidad al dinamismo misionero
  3. Referencia a los fundadores

Repetidas veces he tenido ocasión de citar y comentar el célebre texto del «Consejo de la Compañía de las Hijas de la Caridad» del 19 de junio de 1647 (cf. Ecos de la Compañía de julio-agosto 1984, y noviembre y diciembre de 1988). No puedo dejar de insistir brevemente en ello aquí, al hablar de la «co­munidad vicenciana como realidad viva de fe». En efecto, en estas palabras de san Vicente encontramos el espíritu que debe animar a esa comunidad. Y si el texto se refiere directamente a las Hijas de la Caridad, podemos y debemos todos sacar provecho de él, a partir de las tres ideas clave que expresa a propósito de la santísima Trinidad como alma de nuestra vida comunitaria:

Una comunión de personas

La santísima Trinidad es el misterio primordial, en sí misma y en el sentido de que todos los hombres estamos llamados a participar en la perfecta comunión de las personas divinas en su total reciprocidad.

Por nuestra condición de misioneros, tenemos esencialmente que anunciar esta buena noticia e invitar a todos nuestros her­manos a que reciban y vivan en plenitud el bautismo que les introduce en la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu santo. Además, como vicencianos, no podemos sino proclamar con todas nuestras fuerzas ese designio infinitamente misericordioso de Dios.

Pero san Vicente nos dice: antes de hablar de la Trinidad, mostrádsela a vuestros hermanos mediante vuestra caridad y, de manera muy especial, de vuestra caridad entre vosotros, no te­niendo más que un corazón y un alma. El hecho de que nosotros mismos vivimos de esa buena noticia que anunciamos a los po­bres, tendría que ser evidente, porque esa vida divina de perfecta comunión, que se nos ofrece en Jesucristo y por su Espíritu, nos hubiera invadido e irradiara de nuestras comunidades misioneras.

Una vida de comunicación en que todo se comparte Escuchemos a san Vicente:

«…Y lo mismo que en las Personas de la santísima Trinidad las operaciones, aunque sean diversas y se atribuyan a cada una en particular, tienen relación una con la otra, sin que por atribuir la sabiduría al Hijo y la bondad al Espíritu santo se pretenda que el Padre esté privado de estos atributos, ni que la tercera Persona carezca del poder del Padre o de la sabiduría del Hijo, de la misma forma es preciso que entre las Hijas de la Caridad la que esté encargada de los pobres tenga relación con la que cuida de los niños, y la que cuida de los niños con la que atiende a los pobres…» (Coste XIII, 633; s. X, 766).

No se puede expresar mejor la comunicación que tiene que haber entre nosotros —también debemos tenerla, por supuesto, con los pobres—, a imagen y para participar en la vida de ese Dios-Trinidad que, en su Hijo, ha querido compartir nuestro destino humano para salvarnos del pecado que es, precisamente, división, separación. Y ya vemos cómo san Vicente saca con­secuencias muy concretas, muy realistas de consideraciones tan elevadas, siempre dentro del ámbito de una vida entregada a Dios para servir a los pobres en comunidad de vida fraterna.

Los frutos del Espíritu

Por último san Vicente añade:

También me gustará que las Hermanas se configurasen en esto con la santísima Trinidad, que, como el Padre se entrega total­mente al Hijo y el Hijo se entrega totalmente al Padre de donde procede el Espíritu santo, de la misma manera, ellas sean to­talmente la una de la otra para producir las obras de caridad que se atribuyen al Espíritu santo, a fin de parecerse a la santísima Trinidad…» (Coste XIII, 633; s. X, 766).

Este pasaje es magnífico y quizá es en él donde mejor queda expresado el vínculo que, a imagen de la santísima Trinidad, ve san Vicente entre nuestra unión fraterna y nuestra misión cerca de los pobres. Esta será el fruto de nuestra unión como el Espíritu santo, el amor en persona, a quien se atribuyen las obras de caridad, es el fruto de la unión del Padre y del Hijo, la respiración común del Padre y del Hijo.

Santa Luisa hablará en el mismo sentido y repetidamente hará alusión a estas palabras de san Vicente:

«Salude en ni nombre a todas nuestras Hermanas —escribe, por ejemplo, a Juana Lepintre, el 1 de junio de 1649—, y dígales que les recomiendo se acuerden siempre de las enseñanzas del señor Vicente, sobre todo la tolerancia y la cordialidad para honrar la unidad de la divinidad en la diversidad de Personas de la santísima Trinidad…» (Con. y Esc. c., n.° 289, p. 286).

Con frecuencia encontramos esta misma idea en cartas y meditaciones de la Fundadora, casi siempre referidas al anonadamiento del Hijo de Dios y la prolongación de la encarnación en el pobre, y al servicio corporal y espiritual a Jesucristo en la persona de ese pobre, servicio hecho con humildad, sencillez y caridad. Los fundadores nos dan y nos piden

  1. Una visión clara de nuestro testimonio comunitario y de nuestro «estar juntos para la Misión», a partir de lo que acabamos de decir. Por ejemplo:

En su conferencia a los sacerdotes de la Misión sobre la caridad, san Vicente expone, una vez más, el vínculo que existe, que debe existir, entre la Misión y el testimonio comunitario:

«…si tenemos la vocación de ir a encender este fuego divino por toda la tierra, si esto es así, ¡cuánto he de arder yo mismo con este fuego divino! ¡Cómo he de inflamarme en amar a aquellos con quienes vivo, edificando a mis propios hermanos por el ejercicio del amor e impulsándoles a que practiquen los actos que de él emanan! En la hora de la muerte, veremos lo mucho que hemos perdido sin remedio, si no todos, al menos los que no tienen ni practican como es debido esta caridad fraterna. ¿Cómo se la daremos a los demás si no la tenemos entre nosotros? Observemos bien si existe, no ya en general, sino cada uno dentro de sí , y si ha alcanzado el grado que debía; pues si no es ardiente, si no nos amamos mutuamente como nos amó Jesucristo y no producimos actos semejantes a los suyos, ¿cómo vamos a esperar que podremos llevar ese amor por todo el mundo?…» (Coste XII, 263; s. X114, 554).

En el mundo de la increencia, en el que vivimos hoy y que ha sido objeto de esta Semana Vicenciana, ¿cómo podríamos olvidar que la Misión empieza con la vida comunitaria, que es ya una «misión en obra», manifestación visible de la comunión a la que Dios nos llama en Jesucristo, por el Espíritu?… Tenemos aquí una dimensión «profética», en los dos sentidos de la palabra:

  • Por una parte, la comunidad es signo del mundo futuro que se prepara a través de todas las peripecias de esta vida terrena.
  • Por otra, la comunidad es, por el hecho mismo, un men­saje esencial que nos envía el Dios amor, un mensaje de su designio sobre nosotros. El ecumenismo de los co­razones prepara el ecumenismo de los espíritus. Una co­munidad vicenciana, tanto por su labor entre los pobres, como por su propia vida, tan ligada a esa labor, es es­pecialmente apta para contribuir a la gran causa ecu­ménica. Ya había percibido esto san Vicente en sus re­laciones con los protestantes, y, en nuestros días, el Padre Portal, por ejemplo, nos muestra el mismo camino en sus relaciones con Lord Halifax, el Cardenal Mercier…, etc.

Nunca lo repetiremos bastante: estamos juntos en nombre de Jesucristo, en nombre de la Fe en Jesucristo, Evangelizador de los Pobres. La comunidad es, en su género, un «ser vivo» y participa a la vez en la riqueza y en la fragilidad de todo ser. ¡Cuántas tensiones hay que superar para que la vida prevalezca sobre la muerte, para que el dinamismo se imponga a la inercia, para que la unión sea más fuerte que las divisiones y las mez­quindades de toda clase…! El apoyo sólido no puede encontrarse más que en la fe, en una comunidad considerada y vivida como «realidad de fe». Por importantes y necesarios que sean los me­dios y los recursos humanos para el compromiso misionero y para la vida comunitaria que constituye su soporte, nuestras Co­munidades deben ser, en verdad y ante todo, una proyección de la Iglesia en lo concreto de la vida de los hombres. Y así como la Iglesia es una, santa, universal y apostólica o más exactamente, santa, universal y apostólica, porque es «una» en razón de la unidad que produce en ella el Espíritu Santo, lo mismo ocurre con cada una de las células de la Iglesia, especialmente cuando esta célula de Iglesia participa en su misión primordial de llevar la buena nueva a los pobres. Podemos hacer nuestras estas pa­labras de las Constituciones de las Hijas de la Caridad (C., 3, 44).

«La Comunidad local, célula viva de la Iglesia, permite a la Compañía estar presente allí donde cada Hija de la Caridad, unida a sus Compañeras, realiza su vocación».

La comunión así vivida en la fe desemboca necesariamente en la expansión misionera que forma un todo con ella y le es «connatural» como dirían los teólogos. Misión y caridad están íntimamente relacionadas y deben por tanto vivirse en unidad dentro de lo que llamamos

  1. A) El espíritu vicenciano

Decíamos hace un momento que el Espíritu Santo actúa no solamente en cada uno de nosotros sino también en nuestras comunidades como tales, santificándolas, fortificándolas y sobre todo, uniéndolas cada vez más con miras a su misión. San Vicente hablaba a este respecto de «virtudes de corporación»: sencillez, humildad y caridad para las Hijas de la Caridad, sencillez, hu­mildad, mansedumbre, mortificación y celo para los sacerdotes de la Misión, disposiciones que deben impregnar toda nuestra existencia para que sea conforme con el designio de Dios sobre nosotros.

¿Cómo saber si vivimos de este espíritu? …

Santa Luisa señala signos, criterios concretos en una carta a las Hermanas de Richelieu en octubre de 1652:

«La mansedumbre, la cordialidad, la tolerancia han de ser el ejercicio propio de las Hijas de la Caridad, del mismo modo que la humildad, la sencillez, el amor a la humanidad santa de Jesucristo, que es la perfecta caridad, son su espíritu« (Corr. y Escr. c. 420, p. 397).

Este pasaje es tanto más importante cuanto que santa Luisa sitúa todo esto dentro del marco de la vocación de la Hija de la Caridad en lo que tiene de específico.

«¿Aman su género de vida? ¿lo juzgan más excelente para us­tedes que todos los monasterios y religiones, puesto que Dios las ha llamado a él; se consideran unidas mutuamente por un secreto designio de la Divina Providencia para su santificación; sostiene el fuerte al débil, alternativamente, pero con cordialidad y afabilidad? ¿Recuerdan ustedes con frecuencia la afirmación que nos hizo nuestro muy Honorable Padre en una conferencia, de que teníamos un claustro lo mismo que las religiosas, y que a las almas fieles a Dios les era tan difícil salir de él como a aquéllas del suyo, aunque no se trate de piedras sino de la santa obediencia que ha de ser la regla de nuestros deseos y acciones? Suplico a Nuestro Señor, cuyo ejemplo ha sido el que nos ha encerrado en ese claustro santo, que nos conceda la gracia de no desviarnos nunca de él». (Idem.)

Permítanme que destaque de una manera particular la palabra cordialidad» que es muy rica y que está especialmente en consonancia con nuestra vocación, ya que en el terreno de las relaciones, tanto entre nosotros como con los pobres, expresa el calor que procede del corazón.

I . La cordialidad

Nada más importante como expresión de la cordialidad que la calidad de los intercambios entre nosotros: en ellos podemos compartir todo lo que tenemos y todo lo que somos desde todo punto de vista. Ya sabemos por experiencia qué riqueza puede representar para una comunidad misionera la puesta en común tic nuestras diversidades. Al día siguiente del Consejo en el que san Vicente había expresado lo que hemos referido anteriormente sobre la relación entre la Santísima Trinidad y la vida fraterna, santa Luisa, sin duda todavía muy impresionada, le pregunta si no sería conveniente que las Hermanas se tomaran todos los días un poco de tiempo para contarse unas a otras lo que hubieran hecho, las dificultades que hubieren encontrado, para planear el mejor modo de obrar con los pobres. Ya conocen ustedes la respuesta de san Vicente:

«—¡Dios mío, desde luego!, es necesario esto: gran comuni­cación de una con otra, decírselo todo mutuamente. Nada hay tan necesario. Eso une los corazones y Dios bendice el consejo que así se recibe, de forma que los asuntos van entonces mejor. Todos los días durante el recreo, podéis decir: «Hermana, ¿qué tal le ha ido? Hoy me ha sucedido esto, ¿qué le parece?». Esto hace que la conversación resulte más grata de lo que se puede creer. Por el contrario, cuando cada uno va a lo suyo, sin decir nada a los demás, es algo que resulta insoportable. Hay en la Compañía una Hermana sirviente que les da a las demás una pena tremenda, por tener ese carácter; en cuanto a mí, tengo la experiencia de que donde tenemos unos pobres hombres de la Misión, si hay un superior que es abierto y se comunica a los otros, todo va bien; por el contrario, cuando hay uno que se encierra en lo suyo y actúa particularmente por su cuenta, esto echa un candado a los corazones y no hay nadie que se atreva a acercársele. Así pues, hija mía, hay que hacerlo así, y que no pase nada, ni se haga nada, ni se diga nada, sin que lo sepáis la una y la otra. Hay que tener ese trato en común (esa «mu­tualidad»)» (Coste XIII, 641, s. X. 773).

Podemos verdaderamente inspirarnos en este texto en el que se ve bien que la Misión está en el centro, pero en el que se ve también toda la confianza que se requiere para «decírselo todo mutuamente», toda la humildad y sencillez evangélicas o pobreza de corazón para ayudamos unos a otros a un crecimiento tan pleno como sea posible, en la línea de nuestra vocación, e incluso un verdadero sentido de la ascesis, para enraizar esto en la fe.

Esta cordialidad gozosa se expresa igualmente en el modo como se ejerce el servicio de autoridad. En esto también es extraordinario ver cómo los Fundadores —sobre todo si se los sitúa en su época, lo que permite, por otra parte, comprender mejor otros aspectos de su pensamiento y de su conducta a este respecto— han «desmitificado» de alguna manera la función del Superior. Este debe ser ante todo un «testigo» que arrastre a los demás. Ya sabemos que la apelación de «Hermana Sirviente» está inspirada en esta idea.

«La Hermana Sirviente —dice san Vicente— tiene que acon­sejarse de su hermana: «Hermana ¿haremos esto? ¿iremos allá?» Y si la hermana responde: «Hermana, me parece que está bien esto», hacedlo. Pero me diréis, ¿la Hermana Sirviente tiene que pedir consejo y ceder ante la otra Hermana? Desde luego, tiene que hacerlo; sí, es preciso que lo haga; tiene que ceder en todo y ser la más humilde; pero tiene que mantenerse firme, si la Hermana quisiera algo en contra de Dios y de las Reglas. La otra hermana tampoco tiene que hacer nada sin de­círselo a la Hermana Sirviente, y respetarla mucho» (Coste IX, 531; Conf. Esp. n. 903).

Y dentro de ese mismo espíritu, santa Luisa escribe a sor Cecilia Angiboust, Hermana Sirviente en Angers:

«De ordinario, en las Compañías, la Hermana Sirviente toma los consejos necesarios y después se encarga de comunicarlo a sus Hermanas; así es como el espíritu de unión se alimenta en las Comunidades, la confianza se introduce firmemente para gloria de Dios y santificación de las almas. De no ser así, queridas Hermanas, el Reino de Jesucristo no podría estar en nosotras; con ello, la paz y su amor se posesionarán de nosotras por entero» (Citado en Directivas Hermanas Sirvientes, p. 14).

«Si es necesario —dirá también san Vicente— que haya una Superiora, una Sirviente, ¡ah!, debe ser para dar ejemplo de virtud y de humildad a las demás, para ser la primera en ponerse a hacerlo todo, la primera en echarse a los pies de su Hermana, la primera en pedir perdón, la primera en dejar su opinión para seguir la de la otra… ¡Ah, quiera la bondad de Dios que sea así!» (cf. Directivas, p. 45).

Se ha dicho de los Superiores que deben tener el carisma de la «síntesis», es decir, integrar serenamente a cada miembro de la Comunidad con sus posibilidades y sus aportaciones, dentro del tejido de las relaciones comunitarias, valorar las diferencias en función de la unidad de vida y de acción, promover el diálogo a nivel comunitario como tal y a nivel interpersonal. Nadie tiene el monopolio —sobre todo en las realidades tan complejas que vivimos hoy— de la verdad y de la «buena respuesta». Pero llegar a una verdadera puesta en común, salir del propio indi­vidualismo no puede ser más que el fruto, en definitiva, de una disposición anclada en la fe, principalmente haciendo que la Comunidad sea:

  1. Un lugar de perdón y de reconciliación

¿Quién más que los vicencianos deberían tener convicciones evangélicas a este respecto?… Como testigos y mensajeros de la Misericordia de Dios, debemos, ante todo, hacer de nuestras Comunidades espacios donde se experimente esta misericordia. No hemos de cerrar los ojos ante las dificultades que supone el vivir juntos; por el contrario, hemos de ser conscientes, asumirlas y no idealizar demasiado la vida fraterna. Tampoco, con una especie de liberalismo, hemos de tolerar todo, por indiferencia, temor, cansancio y menos aún hemos de juzgar a nuestros her­manos. Todo esto muestra que no sabemos en qué consiste la misericordia divina que, conociendo perfectamente lo que hay de negativo en cada ser humano, tiene en cuenta los menores gérmenes positivos, los menores asomos de bien que hay en él y, con una paciencia infinita, no cesa de invitarlo, de ofrecerle la redención en Jesucristo.

Por otra parte, esto no puede ser, ciertamente, sino el fruto de un caminar lento y progresivo. Es algo que hay que ir cons­truyendo todos los días y que depende esencialmente de nuestra docilidad al Espíritu Santo quien «edifica» el cuerpo de Cristo en todos los sentidos de esta palabra: formó el cuerpo físico de Cristo en el seno de la Virgen María; forma su cuerpo eucarístico a partir del pan y del vino, y su cuerpo místico —con cada una de sus células— por tanto nuestras Comunidades vicencianas. A nosotros, a cada uno de nosotros nos corresponde contribuir pa­cientemente, humildemente, a esa «edificación», especialmente al partir de nuestras:

Revisiones de vida en la fe: mirada nueva que dirigimos juntos hacia nuestra vida, en todos sus aspectos, para confrontarla sin cesar con el Evangelio y con nuestro ideal vicenciano y para responder a las llamadas que percibimos. Lo esencial, efecti­vamente, de ese «volver a leer» nuestra vida fraterna y nuestra vida apostólica en su unidad, consiste en caminar en el sentido de una fidelidad cada vez más auténtica a lo que el Señor y nuestros hermanos esperan concretamente de nosotros.

Somos conscientes de que esa mirada nueva no es fácil. No siempre sabemos mirar los hechos de vida con toda objetividad. Y por esto precisamente hay que insistir en la inspiración evan­gélica y vicenciana y en el deseo sincero de dejarnos transformar por el Espíritu, personalmente y juntos, con toda sencillez y humildad, sobre todo hoy, en que se apela tanto a la correspon­sabilidad. En cualquier caso, tenemos que aprender a hacer ver­daderamente «revisiones de vida», cualquiera que sea la forma que adopten, volviendo al famoso tríptico: «ver», «juzgar», «ac-mar», que, a su manera, es tan vicenciano dentro de su realismo, en su intención de eficacia y sobre todo en su deseo de responder a la voluntad de Dios manifestada a través de las llamadas de los Pobres.

Es decir, como conclusión, que la revisión de vida es, en definitiva, oración. Nuestras «Comunidades», como realidades vivas de fe, deben expresarse en la «oración compartida» que los Fundadores enseñaban y recomendaban ya con insistencia, por ejemplo en aquellas repeticiones de oración de las que San Vicente decía, no sin cierto orgullo:

«… era algo nunca oído en la Iglesia de Dios y que luego se ha ido introduciendo en varias Comunidades» (Coste XII, 9; s. X113, 328).

Tenemos que dar nueva vitalidad incesantemente a esta ora­ción compartida que encuentra hoy un renuevo de actualidad. Por lo que a nosotros se refiere, es una manera de «hacer Iglesia» y, más concretamente, una Iglesia misionera, una manera de «hacer Comunidad» y, más en concreto todavía, una Comunidad misionera según su carisma propio. Nos evangelizamos mutua­mente. Ponemos de manifiesto que la Misión no es un asunto individual sino tarea de Iglesia y de Comunidad dentro de la Iglesia. Manifestamos que los Pobres no nos pertenecen y nos ayudamos unos a otros a dejarnos evangelizar por ellos. En esa oración entramos con todos aquellos que nos están confiados, con todo lo que constituye su vida y la nuestra. Nos entregamos al Señor para todo lo que constituye su vida y la nuestra. Nos entregamos al Señor para todo lo que El quiere operar en nosotros y a través de nosotros. Y digo bien «nosotros», una vez más, en cada uno y a través de cada uno individualmente pero también, y en cierta manera sobre todo, en nuestras «Comunidades» y a través de nuestras «Comunidades» vicencianas como «realidades vivas de Fe y de Amor».

Miguel Lloret

CEME

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