LA COFRADÍA DE LA CARIDAD (VI)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

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UNA APUESTA POR LAS MUJERES

La cofradía estará compuesta de mujeres, tanto viudas, como casa­das y solteras, de conocida piedad y virtud, en cuya perseverancia se pueda esperar con seguridad, con tal, sin embargo, que las casa­das y las muchachas tengan permiso de sus maridos, o de sus padres y madres; y para que con la muchedumbre no venga la confusión, el número podrá ser solamente de veinte personas, hasta que se adopte otra determinación».

Como hemos visto anteriormente el suelo de Francia estaba sembrado de cofradías por todas las diócesis, parroquias y aldeas. En este sentido las cofradías vicencianas no suponen una nove­dad. El que se dediquen al socorro de los pobres enfermos, tam­poco, porque la mayor parte de las cofradías existentes tenían esa finalidad. Entonces, ¿cuál es lado novedoso que la diferencia de todas las demás?

Lo primero que hemos de afirmar es que se trata de una cofra­día novedosa en un aspecto muy importante. ¿En qué consiste esa novedad? En que está compuesta únicamente de mujeres. No es frecuente encontrar una cofradía que esté compuesta exclusi­vamente de mujeres en aquella época. Al contrario es mucho más fácil encontrarla formada únicamente de hombres. Quizás aquí está una de las claves de la actuación de Vicente a lo largo de su vida: la importancia de la mujeres, como colaboradoras, en todas sus grandes obras de caridad. Pero no solamente de las mujeres, sino también del laicado en general.

San Vicente de Paúl, ya desde el primer momento hace una apuesta por las mujeres, confía en ellas, les da responsabilidades, las pone al frente de sus obras. El santo de la caridad no puede prescindir, en su obra caritativa, de unos seres llenos de sensibi­lidad frente al otro y sobre todo frente al más desamparado, el pobre, el enfermo. Pocos santos pueden izar esta bandera de un feminismo cristiano, en un siglo en que el hombre acumulaba el poder, la gloria y la acción.

Al día siguiente, es decir, el 21 de agosto de 1617, 8 señoras se reúnen y se organizan para servir a los pobres. El 23 de ese mismo mes san Vicente les proporciona un primer reglamento. Son admirables la sencillez, la precisión, la concreción de ese reglamento: Chátillon fue «la primera localidad en que se esta­bleció la Caridad». Partiendo de este lugar, vicenciano por exce­lencia, las Caridades no cesaron de expandirse. Todas ellas tuvie­ron como punto de partida el Reglamento definitivo que el señor Vicente redactó y promulgó solemnemente para las primeras Damas de la Caridad en la capilla del Hospital de Chátillon. Esa proclamación y erección de la Cofradía tuvo lugar el 8 de diciembre de 1617, poco antes dejar definitivamente su parro­quia, la víspera de Navidad. Los laicos son por segunda vez quienes estimulan a san Vicente. Pero aquí, hemos de decirlo, en voz bien alta, esos laicos son mujeres.

Los dos pilares que sostendrán la acción de san Vicente deben su existencia a estas mujeres laicas. Esto debiera constatarse con toda claridad. Cierto día, años más tarde, el 11 de julio de 1957, en una manifestación confidencial, dijo a las señoras de París: «Hace ya alrededor de ochocientos años que las mujeres no tienen ninguna ocupación pública en la iglesia; antes existían las que tenían el nombre de diaconisas…, y he aquí que la Providencia se dirige actualmente a algunas de vosotras para suplir lo que se necesitaba para los pobres enfermos del hospital».

En 1939, escribiendo a santa Juana Fremiot de Chantal, afir­maba: «Que nuestra pequeña Compañía se ha instituido para ir de aldea en aldea a sus expensas, predicar, catequizar y hacer que el pobre pueblo haga confesión general de toda su vida pasada; trabajar en el arreglo de las diferencias que allí encontremos, y hacer todo lo posible para que los pobres enfermos sean asistidos corporal y espiritualmente por la cofradía de la Caridad, com­puesta de mujeres, que establecemos en los lugares en que hacemos la misión, y que lo desean». Siempre las mujeres, como las grandes colaboradoras en la obra vicenciana.

En Chatillon-les-Dombes encontramos esta colaboración entre las señoras y el señor Vicente. Pero todavía hay un elemen­to nuevo: la plena responsabilidad confiada a los laicos y a las mujeres en particular. A lo largo de toda su vida encontraremos esta cooperación. Vicente jamás ha hecho nada solo.

Él siempre ha atribuido, su obra caritativa y sus fundaciones a la Providencia. Decía con frecuencia que «nunca habían pen­sado en ello». Sí, es exacto. Pero Vicente tuvo una especie de instinto especial, un sexto sentido, para encontrar esa Providen­cia en los acontecimientos y en las personas con las que se ha encontrado en su caminar. Dios se le hacía visible a través de ellos. Les revelan la voluntad del Padre y la manera de servir a los pobres. Esta es una de ellas: la apuesta por las mujeres. Un sano feminismo cristiano.

Esta apuesta por las mujeres como sirvientas de los pobres hemos de considerarla como la reintegración del ministerio de las mujeres en la Iglesia. Años más tarde, en 1636, no sin encan­to y humor, dirá a las damas: «En lo cual tendréis una especie de dispensa de aquella prohibición que os hizo el apóstol san Pablo en la primera a los corintios, capítulo 14: Que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no le está, pues, permitido hablar; y luego añade: No es decoroso que la mujer hable en la asamblea». Pues bien san Vicente les levanta esta prohibición en un rasgo de humor gascón.

José Manuel Sánchez Mallo

CEME, 2008

 

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