La ciudad y la administración de París (siglo XVII) (III)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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mapa_ilustrado_del_vintage_de_paris_siglo_xvii_poster-rb7fcd725a40e4a44857cdb5efb49e4a7_vi8dp_8byvr_512La construcción privada. Es la que constituye el tejido mismo de la ciudad. La actividad de construcción (o de reconstrucción) es intensa en el París del Gran Siglo, tanto en el viejo núcleo urbano, donde la escasez de lo parcelario lleva al amontonamiento de las fachadas estrechas y altas, que en los nuevos barrios más aireados, donde la dimensión de las parcelas permite fachadas más amplias y la floración de los palacetes. También así, todos estos edificios están sometidos a la misma reglamentación, con toda seguridad más necesaria todavía para los primeros que para los segundos. Al día siguiente del incendio de Londres de 1666, las autoridades parisienses se preocupan de proteger la capital de una catástrofe parecida. Una ordenanza de la oficina de las finanzas de 1667 prescribe «hacer cubrir, en adelante, los lienzos de pared de tablas, clavos y yeso, por dentro y por fuera, de manera que puedan resistir al fuego». Luego en 1672, el lugarteniente de policía proscribió el uso de la madera en la construcción de las chimeneas y prohibió colocar piezas de madera cercanas a los hogares y conductos: se introduce la obligación de realizar envigados cuyas dimensiones son estrictamente reglamentarias. Y esto sirve también para las casas ya construidas, cuyos propietarios deben por envigados los las vigas que pasan por debajo de los hogares. Disposición por otra parte reiterada en 1698 por una nueva ordenanza que prohíbe adosar chimeneas a lienzos de madera. También, en su ordenanza de 1667, la oficina de finanzas limita por igual, por razones de solidez, la altura de las fachadas (muros o lienzos de madera) a ocho toesas (16 metros). Por el mismo motivo, el texto prohíbe «las puntas de aguilón, formas redondas ni cuadradas», e impone las cubiertas «en grupa de pabellón». La solidez de los muros preocupa también a los maestros generales de las edificaciones del Rey, que presiden una jurisdicción independiente del Châtelet, la cámara de la albañilería. En 1685, un juicio del maestro de la construcción define con precisión los materiales y las técnicas que deben obligatoriamente utilizar los albañiles para dar a los muros la solidez indispensable. Luego, como consecuencia de varios accidentes mortales producidos por caídas de cornisas (una de las cuales, en 1708, causó la muerte a tres personas en la calle Mazarino. El mismo magistrado va a reglamentar en una ordenanza de 1712 la construcción de estos elementos de arquitectura. En cuanto a los otros salientes no proscritos, algunos de los cuales están reglamentados, deben haber sido autorizados por la autoridad de vialidad competente –desde 1635, la oficina de finanzas-, que se cuida de que no constituyan un peligro o un estorbo para los viandantes. No obstante, a partir de la creación de los cuatro comisarios de la vialidad (1693) para la instalación de los salientes que dependen de la pequeña vialidad (tejadillos, rótulos, peldaños de entrada, postes, mostradores, bancos móviles, tenderetes móviles, el permiso es la competencia de estos solos oficiales. No queda a la oficina de finanzas más que la autorización de los salientes pendientes de la gran vialidad. Del mismo modo que es él quien da los permisos y alineamientos antes de construir, con la asistencia técnica del comisario a la vialidad del sector. Es la ocasión de la oficina vigilar la protección de la vialidad pública, y dado el caso la verificación de su trazado. No existe texto que imponga una amplitud mínima a las calles de París. Hasta 1783 no se fijará en treinta pies (10 metros). Pero ya, la calle Dauphine tenía estas medidas, por entonces muy imponente. Mientras que en el viejo núcleo urbano la estrechez continúa reinando por todas partes.
Las mejoras de la vida urbana. El aprovisionamiento de agua es ciertamente es una de las más importantes. Asegurado por pozos privados, situados en los cursos o en los sótanos por porteadores de agua y por fuentes públicas, el avituallamiento de París en agua, hasta principios del siglo XVII, es a todas luces insuficiente. Bajo Enrique IV se instale en el Pont-Neuf la bomba de la Samaritana, construida por el ingeniero flamenco Lintlaër. Lleva el nombre del bajo relieve que la decora, y dobla la cantidad de agua disponible para los Parisienses. Un medio siglo más tarde, nuevo progreso: Colbert hace establecer en el puente Notre-Dame un sistema de extracción muy poderoso, inaugurado en 1671. Se llenan toneles que son vehiculados a través de la ciudad. Además, el mismo año, se ordena la refección de las veintidós fuentes públicas existentes y la creación de otras quince nuevas. Pero, a pesar de estos esfuerzos, el agua sigue poco abundante en París, que anda muy lejos de los grandes manantiales de las fuentes de Roma. Hasta la época napoleónica, con la derivación de las aguas del Ourck, cuando se les proporcionará liberalmente a los Parisienses. El pavimento de las calles no es tampoco una mejora despreciable. Ciertamente, el primer pavimento de París se remonta a Felipe Augusto. Sin embargo, hasta primeros del siglo XVII, no se pavimentaron más que los principales ejes de circulación. Las únicas calles cuyo pavés paga normalmente el Rey son las que forman «la croisée» de Paris, las demás vías están a cargo de los ribereños. Pues bien, al acabar las guerras de religión, incluso las que habían sido pavimentadas, se encuentran en un estado deplorable. Si bien Enrique IV, en 1609, pone el gasto del pavés de París a cargo de le realeza. Medida que fue enseguida suprimida, luego reinstaurada definitivamente por Luis XIII en 1638. Con la excepción del dominio municipal (muelles, puentes, puertos, abrevaderos …), el pavés de París es en adelante mantenido por el Rey. Solo el pago del primer pavés es exigido a los ribereños, tanto en las calles nuevas como en las ya existentes. Pero, la conservación del pavés (mantenimiento en estado, y repavimentación de nuevo de las vías en las que se encuentra ya gastado, se asume íntegramente por la realeza, que pasa regularmente un arrendamiento con un encargado de esta función. El buen estado de la calzada facilita la circulación de los peatones, de los de a caballo, de los vehículos, sillas de porteadores, carrozas, simones, y hasta transportes en común. En 1662 se crean en efecto las famosas carrozas «a cinco sueldos» según una idea de Pascal. La importancia de este tráfico en calles por lo general estrechas, y más recortadas aún por los tejadillos, los puestos y los rótulos, provoca los temibles atascos poéticamente denunciados por Boileau. Además, estas calles ahora bien pavimentadas, se cuida de su limpieza, tarea bien ardua en una ciudad de de medio millón de habitantes, carente aún de las alcantarillas. Ciertamente, una tasa por el barro y linternas existe en principio desde el siglo XVI, pero aún no se ha alzado. A partir del reinado personal de Luis XIV, bajo la activa presión de Colbert y del lugarteniente de policía La Reynie, esta tasa será al final percibida con regularidad, y se asegurará así cierta limpieza a costa de cada barrio. Existe indiscutiblemente un progreso, claramente menos barro en las calles, lo que ha permitido sin duda la moda de los calzados bajos para los hombres. Pero las costumbres antiguas son tenaces y la limpieza de París sigue todavía muy relativa.
La Reyne obtendrá un éxito más espectacular todavía con la iluminación de las calles, que es una de las piezas maestras de su política de seguridad. Hasta la creación del lugarteniente general de policía, la multiplicidad de las autoridades, lo confuso de las competencias y la ausencia de un verdadero administrador real, en posesión el mismo estatuto de comisario que los intendentes de las generalidades, favorecían en la capital la delincuencia y el crimen. La inseguridad es extrema en esta ciudad enorme, donde pululan las clases peligrosas. Nada de salir de noche sin escolta armada. «En París, sede de nuestros Reyes, se roba cono en un bosque», se burla Scaron en 1655. Y se asesina también. Para el único día del 6 de junio de 1644 se han contado catorce asesinatos. En 1664, Gui Patin, escribe: «día y noche se roba, se mata aquí, en los alrededores de París… Hemos llegado a la hez de todos los siglos». Burla suprema, los principales oficiales encargados de hacer reinar el orden y la justicia en París, el lugarteniente civil y el lugarteniente criminal del Châtelet, son asesinados. El primero envenenado por su propia hija (la Marquesa de Brinvilliers), el segundo muerto con su mujer, en casa, a pleno día en el corazón de París, por dos malhechores. Se sabe la respuesta de Colbert: la creación de la lugartenencia general de policía, en la que hace nombrar a La Reynie. Este llega a realizar un magnífico trabajo. Las calles de la capital serán iluminadas por más de 5 000 faroles, lo que incrementa claramente la seguridad nocturna, y suscita además la admiración general. Paralelamente, La Reynie reprime la mendicidad y acosa a los malandrines que envía a Galeras o al ejército. El asalto se da en la «corte de los milagros», verdadera ciudadela, en el corazón de París, de la mendicidad y de la delincuencia, y en la que los sargentos de la patrulla nocturna no se atrevían a arriesgarse. Su jefe, el caballero de la patrulla está ahora subordinado al lugarteniente general. Y este, para mayor eficacia, obliga a las patrullas de noche a variar sus itinerarios. Gracias a la acción de La Reynie y de su sucesor, Marc-René d’Argenson, la inseguridad a retrocedido manifiestamente en París, bajo el reinado de Luis XIV. Pues esto no era más que uno de los éxitos que activar de la lugartenencia general de policía, de la que casi todo la administración.

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