El París del Gran Siglo es una ciudad prodigiosa. Capital intelectual de Europa, es también la primera por el número de sus habitantes. De 220 000 en 1600, pasa al doble en la mitad del siglo, y sobrepasa el medio millón en 1700. En este siglo que afirma la superioridad de la civilización urbana, París representa la ciudad por excelencia. Pues bien, hasta el alba del siglo XVII, la enorme capital ha seguido siendo una ciudad medieval de las calles estrechas y tortuosas. Las escasas transformaciones trazadas por los Valois no han logrado más que tocarla ligeramente. Será con Enrique IV cuando va a comenzar verdaderamente la modernización de París.
La administración de la capital. Está colocada bajo el control directo del poder real. Está demasiado cerca para que las autoridades administrativas parisienses puedan hacer pantalla entre el gobierno y la ciudad. Enrique IV y Sully, y después Colbert, de encargan de los embellecimientos de París. Otra instancia superior, el paramento de París pretende mezclarse también en la administración de la capital. Pero su papel es limitado en lo sucesivo. Compuesto del preboste de los comerciantes, de cuatro magistrados, del procurador del Rey y de la ciudad, del escribano y del recaudador, el despacho ciudadano parisino es, en el siglo XVII, un organismo estrechamente sometido al poder real. La elección cada dos años del preboste de los comerciantes apenas es un simulacro: se elige al personaje designado por el Rey. El cuerpo electoral se constituye por el preboste que procede de los cuatro magistrados, de los veintiséis consejeros de ciudad y de los dieciséis oficiales custodios de barrio (que serán en adelante oficiales), y también de los treinta y dos notables (dos por barrio, sacados al azar de entre los cuatro nombres propuestos por los ocho notables reunidos a este fin para cada oficial). El mismo colegio electoral procede todos los años a la renovación de dos magistrados cada cuatro. Pero no es en realidad más que un adelanto de ancianidad, una de las dos plazas que van al más antiguo de los consejeros y oficiales, y el otro en general a uno de los notables. En todo ello, el personaje esencial es el preboste de los comerciantes. Elegido por el Rey entre sus grandes servidores, es su agente a la cabeza de la municipalidad. Esta es titular de competencias importantes, pero limitadas a ciertos dominios: atribuciones financieras y fiscales (tasas, consumos, rentas sobre el Ayuntamiento); control del aprovisionamiento de París por agua, responsabilidad del río, de los puentes, de los muelles, fuentes y desagües, bulevares; seguridad y limpieza de las calles; trabajos de urbanismo ordenados por la realeza… Estas funciones son la fuente de numerosos conflictos de competencias con las demás autoridades. Además, la oficina de atención al ciudadano no siempre dispone de los medios de cumplirlas correctamente, por no tener un personal de policía más que para la vigilancia de los accesos al Sena, de las murallas y la provisión de trigo y de leña flotada. Sus relevos en la ciudad son los jefes de barrio secundado por los cincuentenarios y decenarios (designados por los notables del barrio). En cuanto al Ayuntamiento, existen dieciséis barrios inmutablemente. La división en veinte barrios en 1702 no cambió nada: las cuatro nuevas oficinas serán inmediatamente compradas por las dieciséis. Durante casi todo el Gran Siglo, los dieciséis barrios del Ayuntamiento han coincidido sensiblemente con los dieciséis barrios de policía del Châtelet. El divorcio interviene en 1702 cuando Luis XIV, con ayuda de la policía, vuelve a dividir la ciudad en veinte barrios, entre los cuales se reparten los comisarios del Châtelet (en número de cuarenta desde 1586), ellos mismos asistidos por los inspectores de policía. No teniendo más que un rol honorífico el preboste de París, el verdadero jefe del Châtelet es el lugarteniente civil. Sus funciones judiciales se doblan en una misión de administración de la capital que se combina tan mal que bien con la acción del resto de las instancias que tienen competencia en materia de policía (es decir de administración). El lugarteniente civil trata cuestiones de lo más variado. Entre otras la viaria: edificios que amenazan ruina, alineamiento de las casas colocadas en las esquinas de las calles. En ciertos momentos la misma persona acumula las funciones de lugarteniente y de preboste de los comerciantes: así François Miron, en 1604-1605. Esto da más coherencia a la administración de la capital, pero la realeza renuncia a este sistema después de 1637. Finalmente, ante el imbroglio de las competencias de policía en París, Colbert obliga a Luis XIV a una clarificación. En 1667 el lugarteniente civil se ve acantonado en sus tareas judiciarias, mientras que se crea el lugarteniente general de policía, comisario para París del Rey y de su Consejo, lo que le confiere, sin título, una estatura ministerial. Muy pronto, supo imponerse frente a las instancias rivales, aprovechando la impresión que reinaba en la repartición de las competencias para alargar lo más posible la lógica de sus poderes, por lo demás aumentados repetidas veces por el Rey. Se convierte en el más responsable en el mantenimiento del orden, pero también del conjunto de la administración. Ello no impide a la oficina de los finanzas ejercer el servicio de limpieza de las calles, y en particular de conceder los alineamientos. Excepto los que dependen del la oficina de la Ciudad (en particular sobre los bulevares), así como los alineamientos de esquinas. Son de la competencia del lugarteniente de policía, que hace practicar un lienzo cortado en las casas de ángulo. En cuanto a los peligros inminentes, lugarteniente de policías y tesoreros de Francia lo conocen en competencia y por prevención. La voluntad luis-catorceava de unificar la administración de la capital implicaba la desaparición de los justicias señoriales que llegaban a formar una multitud de enclaves de importancia muy variable. El edicto de supresión, adecuado de una indemnización, entra en funcionamiento en 1674. Pero, ante la amplitud de las protestas, el Rey da en parte marcha atrás. Establece en recintos restringidos, a los justicias del arzobispo, del capítulo Notre Dame, de las abadías Saint-Germain-des- Prés, Mntmartre, Saint-Martin-des- Champs, Sainte-Geneviève, Perioratos du Temple y de Saint-Jean-de-Latran (orden de Malta). Otros tantos islotes que escapan a la acción del lugarteniente de policía y constituyen refugios para delincuentes.
Limitaciones y crecimiento urbano. La realeza a mediados del siglo XVI se inquietaba mucho por el gigantismo de la capital. Por medio de una ordenanza de 1548, enrique II había prohibido toda construcción nueva en los suburbios. Pero medio siglo de guerra civil ha cambiado las cosas: París está exangüe, cuando entra Enrique IV en 1594. El objetivo del Rey es de revigorizar su capital y hacer de ella el símbolo de su poder soberano. De donde la creación en el recinto, en terrenos todavía vacíos de las plazas Regio y Delfín. Así como la incursión, en 1607 en el eje del Pont-Neuf y a través de la huerta de los grandes agustinos de la calle Dauphine: operación confiada a un sindicato de promotores, dirigido por Nicolas Carrel. En cuanto al proyecto de plaza de Alleaume concierne a terrenos agrícolas que dependían del gran prior del Temple. Como están en el interior de las murallas, y a su contacto, Enrique IV quiere crear allí la entrada más magnífica de París: una plaza semicircular de arquitectura uniforme, punto de partida de ocho calles radiales, con nombres de provincias de Francia. Un promotor se encarga de comprar los terrenos y se obliga respetar los planes y alzado que le serán dados por Sully. Pero la muerte del Rey lo detiene todo. Bajo Luis XIII la construcción es emprendida con una verdadera fiebre. Por los términos de un contrato firmado en 1614 con los representantes del Rey, el contratista Marie y sus asociados, los financieros Poulletier y Le Regattier deben asegurar la formación de la Isla Saint-Louis, construir sus muelles y sus puentes, mediante lo cual reciben la propiedad de los terrenos que construir. Otra gran urbanización, la del Pré-aux-Clercs, sobre los terrenos del antiguo hotel de la reina Margarita, realizado por un grupo de financieros reunidos por Le Barbier. Su ejemplo es seguido por otros propietarios del vecindario (los pequeños agustinos, la Universidad, la abadía de Saint-Germain-des-Prés), lo que provoca una brusca urbanización del arrabal Saint-Germain. Paralelamente, en la orilla derecha, el especulador Charlot adjudicó las marismas del Temple (donde Enrique IV quería crear el barrio de la plaza de Francia). Y en el interior de la extensión de las murallas, llamada recinto de las fosas amarillas se edifica el barrio de Richelieu. Para perfeccionar su Palais-Cardinal, el ministro necesita de un rápido desplazamiento del recinto. Por su iniciativa, el Rey pasa contrato en 1631con un financiero (testaferro de Le Barbier) quien se encarga de los trabajos, mediante el derecho de adjudicar los terrenos así encerrados en la ciudad. Con la excepción del arrabal Saint-Germain, todos estos barrios nuevos de la primera mitad del siglo XVII creados bajo el impulso o de acuerdo con la realeza, están situados en el recinto. Sus habitantes pertenecen sobre todo al mundo de la toga y de la finanza: familias en pleno ascenso social, formando la clientela del Rey y de sus ministros. Evidentemente, estas adjudicaciones aristocráticas son incapaces de absorber el auge demográfico de la capital: una ola de construcciones se extiende por los arrabales, lo que no tarda en inquietar al poder. En 1627, Luis XIII prohíbe toda construcción nueva fuera de las murallas. Prohibición repetida en 1633 y 1638. Y el Rey manda entonces plantar límites en el extremo de los arrabales. En vano. Se empadronará en 1670 cerca de 1 300 casas edificadas más allá de los límites, a lo largo de las carreteras que parten de la capital. Los arrabales forman en derredor largos tentáculos. Temiendo por París «la suerte de las más poderosas ciudades que han encontrado en sí mismas el principio de su ruina», Luis XIV, en 1672, castiga a los contraventores y renueva las mismas prohibiciones. Una nueva delimitación interviene en 1674.: no tendrá más éxito que la precedente. Desde luego, no se construirá detrás de los límites, pero las construcciones van a proliferar entre los arrabales. Opuesto al crecimiento exterior de París, el gobierno de Luis XIV sigue en revancha favorable a las operaciones intraurbanas: tales el allanamiento y adjudicación, detrás de Saint-Roch, la «bute» formada por los cascotes de las fortificaciones (y donde se levantaban los molinos de los que recibe el nombre); y luego, sobre todo, las dos plazas dedicadas al gran Rey.







One Comment on “La ciudad y la administración de París (siglo XVII) (I)”
Estoy buscando a capellanes españoles de María Teresa de Austria en Francia