La catequesis en San Vicente de Paúl

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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INTRODUCCIÓN

«Existen personas, declaraba el señor Vicente de Paúl, el 28 de mayo de 1659, que con su gracia y su son­risa contentan a todas las gentes. Dios los ha dotado de este favor: concederles un semblante cordial, dulce y amable, con el cual parecen ofrecer su corazón al mismo tiempo que solicitan el del otro».

Si mi visión no me engaña, esto es lo que advierto en este instante y la gracia que pensaba solicitar de todos Vds. antes de tratar aquí de un tema que, no solamente, según el decir de Bossuet, encierra todo el contenido de la religión, sino que contribuye además a caracterizar nuestras funcio­nes y nuestra misión en la Iglesia: quiero decir nuestra ma­nera de transmitir la palabra de Dios a los pequeños, a los pobres, a los preferidos de Jesús.

Gracias, de antemano, por su delicada atención.

Un hecho significativo: Ese 22 de marzo de 1648, en el Priorato de San Lázaro de París, reinaba una singular efer­vescencia, casi un bullicio. No faltaban razones, como pue­den imaginarse. El Excmo. Sr. Nuncio de su Santidad, Mon­señor Nicolás Ubaldini, arzobispo de Atenas y en funciones en París desde el 25 de junio de 1643, llegaba al priorato para bautizar a un joven de Madagascar que contaba los 20 años. Este original catecúmeno había sido preparado al bautismo por el mismo san Vicente, quien a pesar de sus 67 años y de sus múltiples ocupaciones había instruido con es­mero y habilidad al joven malgache. Partiendo de este acon­tecimiento pintoresco y aleccionador, podríamos, útil­mente y con serenidad, posesionarnos de la herencia que san Vicente nos ha dejado hace más de tres siglos, herencia que vale para hoy y para siempre.

Nuestro inventario comprenderá el examen de tres cam­pos diferentes, vinculados entre sí por caminos y órganos de transmisión muy misteriosos y muy vitales.

1.° Las razones imperiosas y prioritarias que explican que pueda centrarse nuestro esfuerzo en el campo de la ca­tequesis, que es, a la vez, no lo olvidemos nunca, transmisión de lo que hemos recibido y educación de la totalidad del ser humano, para que la semilla divina sobreviva, se haga consciente y obtenga su mayor crecimiento posible.

2.° Las características generales que sitúan y definen a san Vicente en este campo. Las orientaciones que se des­prenden de una catequesis típica, que es: eclesial, en su origen; teológica, en su estructura; popular, en su estilo y en sus destinatarios.

El contenido fundamental, digamos el núcleo fundamental y, valiéndonos del lenguaje vicenciano, «el blanco», a partir del cual y en torno al cual los demás elementos co­bran fuerza y sentido. «Todo autor, declaraba Pascal, tiene un sentido en función del cual las formulaciones opuestas deben armonizarse, de lo contrario carece totalmente de comprensión».

3.° La metodología específica empleada para que la enseñanza sea gustada, deseada, comprendida y asimilada. Esta metodología tendrá en cuenta al catequista, que no es un charlatán ni un címbalo sonoro, y a ese oyente, en su condición peculiar, a quien Dios confiere gracia para escu­char y probablemente para vivir la doctrina de la fe.

En la enseñanza vicenciana, estos tres campos son con­vergentes ya que en él, no existen distorsiones y mucho me­nos rupturas entre la doctrina, la práctica y la pedagogía. Refiriéndonos a una advertencia de E. Bergson, nos encon­tramos ante un hombre «que obra en actitud de pensador, y que piensa en hombre activo». Más exactamente y en fun­ción de su capacidad prodigiosa para la asimilación de lo que es esencial, san Vicente, logra el ideal indicado por A. Malzan: «Transforma la experiencia en existencia». Podría permitirme decir aquí, bajo el velo de una discreta sonrisa, que san Vicente no se parecía en nada a cierto obispo, ex­perto maestro de catequética, que me confesaba en la inti­midad: «nunca fui catequista, pero parece ser que lo que aconsejo y ordeno en esta materia como método a seguir, da buenos resultados». Estaba tan seguro de sí mismo y tan dispuesto a la distracción, que no pudo advertir la sonrisa escéptica y triste que se reflejaba en mi semblante y en mi mirada.

  1. LAS RAZONES QUE CONTRIBUYEN A PODER CENTRAR NUESTRA ATENCIÓN SOBRE LA CATEQUESIS

Sólo me contentaré con indicarlas: resulta fácil perder-las de vista. Son cuatro:

  1. La coyuntura cultural, profana y religiosa

No hay duda posible: a fines del siglo xv, hacia los arios 1440, un cierto Johannes Genfieisch, más bien conocido ba­jo el nombre de Gutenberg, nacido en Maguncia entre 1394 y 1398, se instala en Estrasburgo en 1434. Seis años des­pués, en 1440, se le ocurre descomponer la tipografía sepa­rando los caracteres. Ya en 1448, asociándose a J. Fust, im­prime la famosa Biblia, conocida como la de las cuarenta y dos líneas. Todos los escolares saben esto: lo que ignoran es hasta qué punto el descubrimiento de Gutengerb de nada hubiera servido sin otros dos hechos que llegaron a su hora para contribuir a fecundar la intuición del célebre inventor:

  1. a) Un soporte ligero y económico: el libro. La obra literaria, grabada en pergamino o en papel de lujo, sólo pue­de dirigirse a una institución, a un magnate o a un monas­terio. La consecuencia inmediata era la posibilidad de lectu­ra que sólo podía hacerse por persona interpuesta: la mayo­ría de la gente escuchaba y se beneficiaba pasivamente.

Recordemos que el precio de coste de estos libros valio­sos era tan inabordable como los mismos pergaminos de aquel año. La Biblia de Gutenberg había utilizado 117 pieles de cordero al precio de 170 ó 180 francos actuales la pieza, precio global de la obra, ¡19.980 francos! Para la publicación de unos Evangelios, eran precisas cinco pieles de cordero: coste, 800 francos. Para los 30 ejemplares de la Biblia de Gutenberg, fueron necesarias 5.000 pieles de cordero.

Afortunadamente, a partir del siglo XII, los países euro­peos disponían del papel, soporte más ligero para el libro, material más cómodo, menos costoso. Este material bienhe­chor nos llegaba de China. Permitió la difusión de impresión a una velocidad tal que en 1480, cien ciudades disponían de una imprenta, y en 1500 el número de estas últimas lle­gaba a ser de 250.

  1. b) La alfabetización

Mas ¿de qué servirían los libros, aun en perfectas con­diciones de impresión y de coste reducido, si el número de lectores fuera escaso? En Francia, a principios del siglo XVII, sobre los 20 millones de habitantes con que cuenta el país, no llegan a dos millones los que saben leer y llegan a firmar en los registros matrimoniales. Un inmenso esfuerzo de alfabetización debe ser emprendido. Todos aquí sabemos de cierta aldeana de Suresnes que guardando sus rebaños apren­dió a leer pidiendo ayuda a los que pasaban y le parecían saberlo: su nombre es Margarita Naseau, y encabeza la serie larguísima de Hijas de la Caridad que desde hace más de tres siglos y medio siembran por doquier las semillas inco­rruptibles de la palabra eternizadora de Dios.

¿Quién iba a preveerlo? Este fenómeno complejo: la imprenta, soporte económico para el libro, la alfabetización, apertura para el espíritu como para el cuerpo, va a engen­drar un monstruo peligroso: la opinión pública. En cuanto la alfabetización alcance al 30 o 40% de la población, ve­remos surgir ese fenómeno revolucionario. Es fácil adver­tirlo en Inglaterra, allá por el 1648; en Francia, por el 1780, y aún en Rusia, por el 1917.

¿Cuáles van a ser las primeras obras difundidas? Los es­critos de los filósofos de la antigüedad, necesarios para los alumnos y los profesores; los libros religiosos; la Biblia; los catecismos. Notemos ya que la prensa empieza a aparecer en el siglo XVII, pero habrá que esperar hasta el siglo XIX para que logre conquistar sus cartas de nobleza y proclame su vocación educadora conquistando su prestigio en el cam­po de la información. Nos encontramos aún muy lejos de la afirmación: «¡Es verdad!, ¡lo he leído en el periódico!». La expresión que impera por los tiempos que nos interesan, sería: «¡Es verdad!, está escrito en la Biblia o en los Evan­gelios!».

  1. La concurrencia protestante

Si logramos fijar nuestra atención en el campo religioso, notamos inmediatamente que la difusión, el abaratamiento del libro, el crecimiento del número de lectores, van a ser factores decisivos para la erosión lenta e irreversible de la autoridad eclesiástica. Grande será la tentación, para saber lo que se precisa creer y practicar, para saber cómo dirigirse a Dios, de que se eviten las consultas a las personas o a la Escritura Revelada. Bastarán los libros que cualquier indivi­duo puede publicar. Inquieta ante las exigencias de su misión educadora y protectora, la Iglesia, ya desde 1571, funda la Congregación del Índice, que en 1917 pasará a depender del Santo Oficio, para desaparecer en 1966.

Desde los orígenes del cristianismo, no faltaron las he­rejías. San Pablo llega hasta reconocerles cierta utilidad 6. Este fenómeno, sin embargo, no dejaba de ser local, de ca­rácter indeciso, episódico y efímero. Desde Montano hasta los Valdenses o los Bautistas, estas herejías carecían de pola­rización. Se vinculaban con el nombre de un «profeta» y con sus seguidores. No disponían de un «credo», formulario posi­tivo de fe o de creencia. La herejía, podríamos decir, el cis­ma, va a adquirir en el siglo xvi un aspecto y una consis­tencia singulares.

Las divergencias, los desvíos religiosos, lograrán gracias a la imprenta y a la «opinión pública», adquirir una consis­tencia y hasta una ordenación doctrinal plasmadas en for­mulaciones lapidarias. Los «Credo» negativos o positivos van a convertirse en vinculaciones entre las nuevas iglesias. Estas características nuevas se afirman particularmente en el an­glicanismo, en el luteranismo, en el calvinismo y provocan por ineluctable contagio «El catecismo Católico del Concilio de Trento».

A partir de esta condensación en un «Catecismo» va a surgir una nueva educación de la fe. Se efectúa una variación en el registro de la transmisión: hasta entonces, esta transmi­sión había sido oral, a partir de la célula familiar, amparada y protegida por las instituciones feudales o parroquiales; a partir de ahora, la transmisión de la fe pasa por el libro y se verificará en las conciencias individuales.

En cambio, en la metodología pedagógica afecta por igual los terrenos profanos y religiosos. Lleva consigo tam­bién peligros al mismo tiempo que posibles enriquecimientos. La fe, expuesta a nuevos peligros, tendrá que ser más per­sonal. Podrá penetrar lo más profundo del ser humano. Ilu­minará zonas ocultas hasta entonces. El peligro y la tenta­ción evidentes se encierran en este interrogante: ¿cómo con­vertir la religión en realidad más profunda, más interior, más personal, sin que se desvirtúe por excesos de individua­lismo, de humanismos, de menor trascendencia?

El peligro, podríamos decir, la trágica ruptura, no tarda en llegar, a fines del siglo XVI. La «Concordancia» de Moli­na (Lisboa 1588) pone de manifiesto la orientación hacia una religión humanizada, razonable, reducida a mera complementariedad de una felicidad humana.

¡Pero todavía no se ha llegado a tanto!

Lo que primero surgen son las modificaciones pedagó­gicas. Erasmo, educador de la conciencia ilustrada del si­glo xvi al XVIII, plantea los fundamentos de esta nueva for­mación en sus «Coloquios» y en sus «Adagios».

San Vicente estima esta manera de pensar y de hacer pensar. La enseñanza se convierte en diálogo, es decir, en una alternancia de preguntas y de respuestas. Esta alternan­cia, al exigir el uso de la memoria, llegará a imponerse du­rante siglos. El método fue menos apreciado por la gente religiosa en el curso de estos últimos treinta arios. La edición de los Catecismos: el de Trento, el de Pablo VI, el de Juan Pablo I y en último lugar el de Jean Guitton, cuya primera edición de 1978 se agotó rápidamente, este fenómeno habla de por sí y no exige mayores comentarios.

Sin embargo, la progresión constante e irreversible del protestantismo, no solamente preocupa sino que angustia a san Vicente: «quizás, le oiremos declarar, que dentro de 150 años no exista ya el catolicismo en Occidente. ¿Qué hacer, sino llevarlo a otras tierras?». Y le vemos poner su Congre­gación a disposición de la «Propaganda Fide» fundada en 1622. Los misioneros irán por el mundo entero y ensancha­rán sus corazones a las dimensiones del catolicismo venidero.

Será preciso, además, utilizar los métodos protestantes, como lo hacía Francisco de Sales, para el ataque. Conviene recuperar la pedagogía catequista que los herejes han en­contrado en el catolicismo. ¡Los que son picados por la víbora, buscan en el mismo veneno la fuente de su cura­ción! La vida retorna con la misma realidad que pretendía infundir la muerte. Los salmos 13,3 y 129,3 denunciaban ya el camino lento y pernicioso del veneno de la serpiente (véa­se el comentario que nos deja Francisco de Sales, ya en 1608, en la Introducción a la vida devota, edición de Annecy, III, 240). Vicente de Paúl, más experimental y conoce­dor de la medicina, recuerda que el mal puede ser curado por el mismo mal. En otra ocasión, no deja de recordar que el veneno de la serpiente puede ser excelente.

  1. Los conocimientos necesarios

Por otra parte, la condición de los que aprenden exige que se acumulen una masa tal de conocimientos que pudie­ran extraviarse por una frondosidad inextricable de detalles sutiles. El programa de las verdades que han de enseñarse es muy sencillo y reducido 11. Se compone de cinco capítulos:

  1. a) La palabra de Dios y la predicación se definen en orden a la salvación. San Vicente, y no es el único, distingue tres categorías diferentes de predicación: la predicación que se orienta hacia los que in­tentan poner en práctica el evangelio;

la predicación que se orienta hacia los que ya saben algo y necesitan instrucción y aliento; el catecismo que enseña a los niños y adultos, a los fieles e infieles, las «realidades de la fe».

  1. b) La ignorancia de las verdades de la fe es causa de condenación cuando existe posibilidad de conocimiento. Más adelante, san Vicente ha de precisar su pensamiento: las verdades necesarias, de necesidad de medio, son: los misterios de la Encarnación y de la Santísima Trinidad; el número de los elegidos es reducido.
  2. e) Una fe viva e ilustrada exige más que la asistencia a la misa, a las vísperas, la práctica de la confesión. Estas prácticas no excusan de la ignorancia en cuan­to a las verdades de la fe. ¿Qué se puede esperar de una práctica ignorante de lo que hace?

La naturaleza de la fe: contiene más que una cre­dulidad o la conquista de un mero saber. Su realidad no depende de los merecimientos de la persona; tampoco puede consistir en la adquisición de una doctrina o resultante de una tradición familiar. Es don de Dios. Para acogerlo es preciso ser acogedor, estar atento y vaciar el alma de lo que pueda man­charle, es decir, el vicio y el pecado.

El contenido del catecismo: el librito que san Vicente muestra a su auditorio se compone de cinco partes: fin del hombre, Dios y la Santísima Trinidad, Mandamientos de Dios y de la Iglesia, Sacramentos, Prácticas cristianas, es decir, actos religiosos y oraciones que ejercitan la vida divina en el cur­so del día.

La invariable continuidad

Lo que importa ante todo, para que las ovejas no se pier­dan por los pastos venenosos, es la continuidad invariable en la doctrina. El espíritu humano se siente furiosamente traba­jado por la enfermedad del cambio. La inconstancia, la incoherencia, no solamente oscurecen las mentes sino que facilitan la adhesión a los soplos cambiantes que Pablo de­nunciaba ya en su tiempo.

Si existen hoy, por el mundo, más de 3.000 sectas que se reclaman de la Biblia, san Vicente ya en su tiempo pue­de percatarse de las incertidumbres y dudas que introducen en las mentes las fraseologías agresivas e inconsistentes. ¡De cuántas cosas fue testigo desde 1610! Empezando por el doctor tentado contra la fe. El mismo, durante tres o cuatro años supo de los tormentos de dudas tremendas15. Conoció de cerca a los Iluminados de Picardía, a los profe­tas vagabundos, en especial a un cierto Labadie, ex-jesuita, después vicario general de Amiens, más tarde protestante y fundador de sectas. Algunos sacerdotes de la Misión son víctimas de sus imaginaciones vagabundas y dudan de los misterios fundamentales. Hay otros que resbalan por los terrenos movedizos de las sutilidades de la gracia triunfante y vengadora. En un clima semejante, ¿cómo no olvidar lo esencial: la Encarnación, la Creación, la Redención por la Cruz, la habitación trinitaria en las almas?

Fácilmente podríamos pensar que nos encontramos, en ese siglo XVII, ante dos teologías: la primera, rural, fuertemente marcada y cargada de creencias y de supersticiones; la segunda, urbana, filosófica, vaticinante y serenamente bizantina.

¿Cómo hacer frente a una enfermedad tan escurridiza y difusa? San Vicente nos ofrece los instrumentos de comba­te en esta guerra solapada y permanente que emprende el espíritu maligno. Nos ofrece tres normas sicológicas y peda­gógicas:

huir de las novedades. San Vicente siempre temió para sí mismo el verse envuelto en alguna herejía;

mantenerse fiel a las enseñanzas institucionales ga­rantizadas por los Concilios, por los teólogos reco­nocidos que ofrecen garantías: Duval, Binsfeld, To­ledo, Bécan.

Utilizar invariablemente los mismos autores, descon­fiando de los comentarios individualistas que se pre­tenden a veces por amenos, pero que resultan dar pésimos resultados.

  1. CARACTERÍSTICAS GENERALES Y MAESTROS SEGUIDOS

Para poner en juego semejante estrategia, para mantener esta estrategia catequética en evolución dinámica, notamos que san Vicente, ya sea con el fin de justificar su metodolo­gía, ya sea con el fin de ajustarla continuamente, se refiere habitualmente a cuatro maestros: Jacques Gastaud, Adrien Bourdoise, César de Bus y los Doctrinarios, San Francisco de Sales.

Con la mirada puesta en estos cuatro maestros, san Vicente ve, estima, admira, imita y ama a quien es maestro de la Misión, Cristo-Jesús.

  1. Jacques Gastaud

Bien pudiéramos haberlo ignorado: san Vicente nunca lo designa por su nombre. De él, sin embargo, ha recibido su primera orientación catequética. Este buen maestro, na­cido en Niort, Doctor en Teología, trabajó en la recristiani-zación de las cinco parroquias de La Rochelle que le fueran confiadas. Entra después en el Oratorio del P. Bérulle; funda la casa de Toulouse y muere en Niort, el 6 de julio de 1628.

Es probable que san Vicente lo encontrara en su toma de posesión de la abadía de san Leonardo de Chaune (12-28 de octubre de 1610). Llegó hasta pedirle un préstamo de 350 libras.

Lo que de este sacerdote nos dice san Vicente, en la conferencia del 25 de mayo de 1659, no precisa comentarios: «He visto un buen párroco, cerca de La Rochelle. Como éste oyera que en Toulouse, los Padres de la Doctrina Cristiana predicaban con sencillez, para ser bien comprendidos, concibió un gran deseo de oírlos. Hasta en­tonces, en efecto, sólo había oído sermones fastuosos y tenía pena al ver que eso era inútil para el pueblo. Pidió a su prelado el permiso para ver esta novedad tan conforme con los usos de los operarios de la Iglesia primitiva. Las gentes, decía este párroco, no entienden lo que se les predica. No pueden captar los puntos de doctrina, los pensamientos suti­les, las flores de retórica que abundan en los sermones. Lo que sí está a su alcance es algún ejemplo bueno, una morali­dad clara, bien explicada y adaptada a su entender… Este buen hombre veía los abusos e intentaba remediarlos. Yo lo conocí, y el P. Portail también puede recordar lo que les digo. Murió como un santo. Había obtenido el permiso del Obispo y fue a conocer a esos hombres apostólicos que predicaban con tanta sencillez; los hombres más incultos podían comprenderlos y guardar sus instrucciones. Así ha de proce­der la Misión».

  1. Adrien Bourdoise

El segundo maestro de san Vicente, en catequesis, es Adrien Bourdoise (1584-1655). Lo característico en Bour-doise no es solamente su aspecto malhumorado y bonachón: es su ademán popular, su afectación tosca, su ademán des­greñado y a la vez una ternura cuidadosamente camuflada. Este hombre del pueblo, no a la moda de Mauricio Thorez, nos parece más cercano del abate Pierre que de ese genio prestigioso y organizador que fuera Monseñor Jean Rodhain, que desde más de 30 años me permanece presente y la invi­sible y transparente luz de Dios. Bourdoise, como Mateo Feydeau, párroco de St. Merri, multiplicaba los catecismos para niños y adultos. Los fascículos eran difundidos en todo el entorno de su parroquia, San Nicolás du Chardonnet. Esos libritos de 30 a 40 páginas de formato reducido atraían más y tenían más efecto que la publicación de todas las hojas oficiales. San Vicente utilizará también este procedimiento de folletitos que hace distribuir por millones.

Por esos tiempos, la prensa oficial, El Mercurio o La Ga­ceta, hablaban públicamente de lo que no interesaba al pueblo, de lo que sucedía fuera de las fronteras. Lo que in­teresa a las gentes sencillas, que pueden ser también los gran­des, Richelieu, Luis XIII, el Canciller Séguier, Mazarino, era la vida cotidiana de París, los acontecimientos, la histo­ria inmediata tan movedizá como los gatos y los ratones. Los autores de las «Mazarinadas», al igual que hombres de la dimensión de Pascal, Bourdoise, Vicente de Paúl, tienen todo esto en cuenta.

El párroco de San Nicolás du Chardonnet multiplica los folletos instructivos, los «Reglamentos», las «máximas cris­tianas y eclesiásticas», el «Reglamento en materia de catequesis».

Notémoslo: Vicente de Paúl, no solamente es vecino de Bourdoise (la casa «Les Bons Enfants» está a 150 metros de la Parroquia); comparte las mismas preocupaciones, emplea los mismos métodos, tiende hacia la misma meta: instruir al pobre y educar al clero.

César de Bus y los Doctrinarios

Hemos descubierto marginalmente la existencia de otro grupo edificante y comprometido en la educación de la fe: los «doctrinarios», fundados por César de Bus. Vicente de Paúl pudo muy bien cruzarse en Avignon con ese César de Bus que emprendía, con la fundación de una nueva con­gregación, una empresa catequística de primera magnitud. El catecismo hecho de preguntas y respuestas constituía el arma fundamental en el arsenal apostólico destinado a la reconquista de la fe. Es lo que demuestra con todo rigor la obra evocadora y monumental de Juan de Viguerie.

Hablando de estos «doctrinarios» de Toulouse, san Vi­cente no duda en proponerlos como perfectos modelos que deben imitar los sacerdotes de la Misión.

Francisco de Sales (1585-1622)

¡Cómo no reconocerlo en un invisible siempre presente! Francisco de Sales es maestro y sobre todo inspirador de una actitud espiritual que caracterizará toda la empresa vicenciana. Ya sea con la enseñanza sobre la predicación, ya sea con la suavidad de su estilo, ya sea con los objetivos alcanzados, ya sea con la tradición visitandina, Francisco de Sales permanecerá durante cincuenta años el «Bienaven­turado Padre» que san Vicente encuentra siempre serena­mente establecido en la memoria del corazón, la única que confiere ayuda y aliento para vivir.

III. LA METODOLOGÍA

Resultaría oportuno tratar del «pequeño método» de san Vicente. Lo incómodo es que este «pequeño método» resul­ta extremadamente amplio en sus aplicaciones y complejo en sus articulaciones.

Instruir en las verdades de la fe, no es cosa fácil: es tra­bajo de ángeles y requiere más suavidad que la de los hom­bres. San Vicente lo sabía muy bien. Tuvo que tener en cuenta la obstinada distracción de sus interlocutores. En Marchais, por ejemplo, en 1621 se en­cuentra con aldeanas empeñadas en declarar que son tres dioses los que existen y le tiran del roquete para que no prosiga en las inútiles explicaciones que san Vicente preten­de darles.

Si queremos, sin perdernos en palabrerías, seguir meti­culosamente el método de san Vicente, tendremos que dis­tinguir en nuestro análisis: la formación del catequista, la actividad del catequista.

  1. a) La formación del catequista

Como es preciso saber lo que se ha de enseñar, san Vi­cente aconseja —como él mismo lo hace— referirse a los autores y obras de reconocida valía: el catecismo del Conci­lio de Trento, el de san Pedro Canisio, Binsfeld y Bécan y, para los más estudiosos, las obras de santo Tomás, de san Bernardo, de Pedro Lombardo y algunos santos Padres en­tre los cuales destacan san Agustín y san Juan Crisóstomo.

Lo importante es que esta alimentación sea asimilada: los pájaros alimentan así a sus pequeñuelos; preparan la co­mida en sus picos. No hay que dar excesivo alimento ya que el espíritu es lento y el proceder correcto debe inspi­rarse en la conducta de los ángeles.

La distribución de lo útil, la asimilación de lo recibido no depende de la intuición o de la habilidad humanas sino de la gracia de Dios. Las verdades de la fe no pueden sumi­nistrarse como una mercancía de ultramarinos, ni se pueden empachar las mentes como los estómagos de los animales. La doctrina se comunica con la intencionalidad de la fe en docilidad y fidelidad con la intencionalidad y la gracia divi­nas. De esta manera solamente puede presentarse la doctri­na, porque en definitiva es Dios quien se comunica e ilumina interiormente.

  1. h) La actividad del catequista

¿En qué consiste la acción del catequista? ¿Qué plan ha de seguir en su acción? Basta fijarse en san Vicente cate­quista para percatarse de las características de su actividad y desprender las cuatro consignas que le inspiran:

La antropología cristiana

A lo largo de su exposición doctrinal, san Vicente con­serva siempre una visión bíblica del ser humano: es un reci­piente que puede vaciarse y llenarse.

Se apoya en las indicaciones que le ofrece el Antiguo Testamento. Durante toda su vida permanece fiel a esta visión del cuerpo humano que san Bernardo calificaba con tanta rudeza: «semen putridum, vas stercorum, esca vermium».

Buscar lo que Dios depositó en ese ser humano

Cuando el Señor Nacquart se dispone a marchar hacia Madagascar, san Vicente le escribe: «es preciso empezar… intentando hacerles reconocer las huellas que Dios ha deja­do en ellos, esas huellas que la naturaleza desde tanto tiem­po habituada al mal ha ido borrando».

Utilizar las imágenes sencillas como hacía nuestro Señor

«Para eso, dénse a Dios, para hablar con el espíritu de humildad de Jesucristo cuando reconocía que vuestra doc­trina no es vuestra propiedad ni nacida de vuestra inteligen­cia sino del Evangelio. Imitad sobre todo la sencillez de las palabras y comparaciones que Nuestro Señor usaba en la sagrada Escritura hablando al pueblo. ¡Ay! ¡Cuántas maravi­llas pudo haberles enseñado! ¡Cuántos secretos pudo haber­les revelado sobre la divinidad y sus admirables perfecciones! Cristo era la sabiduría eterna del Padre. Y sin embargo, con qué comprensión habla, cómo utiliza comparaciones de uso corriente: un labrador, un viñador, un campo, una vid, un grano de mostaza. Así tienen Vds. que hablar si quieren que el pueblo entienda, ese pueblo a quien anun­cian la Palabra de Dios».

En la práctica vemos cómo san Vicente utiliza por igual las observaciones e imágenes que provienen del mundo mi­neral, vegetal, animal y humano. Llega hasta servirse, para facilitar la meditación y disciplinas la imaginación, de las creaciones de los profesionales de la imaginería.

El estilo y las prácticas del obrar divino: la suavidad

La actividad catequética oculta un misterio, encierra un singular secreto. El catequista sabe muy bien, si sigue sien­do cristiano, que comunicar la fe, lograr que se crea en Dios y se adhiera al Dios viviente revelado es algo imposi­ble. El catequista es servidor del Evangelio. Como tal, su oficio y su tarea son por su propia naturaleza penosos e in­gratos, de evidente oscuridad. Lo único que puede pretender es disponer lo íntimo de las almas para disponerlas a una hospitalidad que dé buena acogida a la Trinidad entera que mora en el cristiano.

Al tomar conciencia de este trabajo sin gloria ni brillan­tez, ¿cómo el catequista no ha de sentir una actitud de re­chazo, de hastío y quizás de negación? Su tarea empieza en su propia persona. Debe ajustarse al proceder de Dios tal como se revela en las Sagradas Escrituras. Sólo pagando el precio de esta imitación evocadora y de escasa brillantez, debe sentirse secretamente interpelado, convidado. En fun­ción de ella se sentirá ayudado y podrá discretamente procurar un trabajo de misteriosa hospitalidad en sus oyentes.

Conoce, porque la Escritura se lo ha revelado, la cons­tante, la infinita paciencia pedagógica de Dios: su Señor ac­túa y seguirá siempre actuando invariablemente. Avanza, según la expresión de san Gregorio Nacianceno, de princi­pios en principios y por principios que no tienen fin. Realiza en el secreto más impenetrable, esta actividad recreadora, moldea a imagen del Hijo de Dios, se prosigue en un clima de paz suavidad, que los teólogos, siguiendo a san Pablo, de­finen como el clima de los dones del Espíritu Santo.

Entonces, con humildad, dócilmente y con escrupulosi­dad, el catequista sabe que al prepararse en sí mismo la mo­rada y el reino del Espíritu de Dios, condiciona sobrenatu­ralmente aquéllos a quienes se dirige; permite, y esa es toda su ambición, que quien en él y mediante él, lo puede todo, realice lo imposible, la divinización del ser humano. Esta divina verdad de la acción catequística no puede lograrse sino por los caminos de una dolorosa y a veces

desgarradora humildad. «Nuestro Señor Jesucristo, declaraba san Vicente, es la suavidad eterna de los hombres y de los ángeles. Por esta misma virtud hemos de caminar hacia Él, conduciendo a los demás».

De esta manera, en su vida mortal, san Vicente revelaba el secreto y el fondo sobrenatural de su catequesis. Inspirán­dome en G. Bernanos, y en el Diálogo de las Carmelitas precisamente, quisiera añadir algo a su revelación: «No hay más que un amanecer, Señor Caballero, y es el de la Resu­rrección…» Sólo existe una catequesis y es la que tiene co­mo principio y fin a Cristo Jesús.

Esto es lo que san Vicente revelaba a los que amaba y le amaban. Como ahora se encuentra en Cristo glorioso, po­demos estar seguros de que no dejará de murmurárnoslo.

DODIN

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