A ella exclusivamente hay que atribuir el que esta Casa sea la que menos ha sufrido, de todas las de la Provincia. En efecto, ninguno de sus miembros se ha visto precisado a derramar su sangre, y en la parte material, los daños son de escasa importancia. ¿Por qué?… ¡Designios de Dios! «Miserebor cujus misereor, et misericordiam prcestabo cujus miserebor. Igitur non volentis, neque currentis sed miserentis est Deus» (Rom. IX-15 y 16). Y tanto más resalta la misericordia de Dios sobre esta Casa que por lo que a mí toca, ni tan solo tengo el mérito de querer y correr. Desde el primer instante me entregué en sus manos paternales y me contenté, aleccionado por las máximas de N. S. Padre, con seguir paso a paso a la Divina Providencia, sin adelantarme jamás a ella.
Así aconteció que nuestros amados Hermanos Estudiantes obtuvieran permiso para ir a Palma de Mallorca, con el objeto de celebrar el Bicentenario de la fundación de aquella venerable Casa, venciendo repugnancias ¡Designios de Dios! El barco que tomaron a las siete de la tarde era el último que salía de Tarragona. A las 10 se declaraba la huelga general. Excusado es decir que si los acontecimientos, sobrevienen con todo el personal en casa, no nos hubiéramos salvado de la muerte sino por una serie de milagros. Humanamente, nos hubiera sucedido, lo que a tantas otras Comunidades numerosas, que en la imposibilidad de ocultarse perecieron todos sus miembros.
LA EXPULSIÓN
Cuando sobrevino la catástrofe, la Comunidad de Espluga quedaba reducida a dos Hos. Seminaristas Coadjutores, dos (los. Coadjutores, el Padre Morgades, el Padre Riera y el Superior.
El día 2 de julio a las siete y media de la tarde, cuando ya terminábamos de cenar, se presentaron en la Portería como unos cincuenta hombres armados, capitaneados por el alcalde Antonio Sans (a) «el Caragol».
—¿Qué desean V.V?
—Tenemos orden de que desalojen el Convento inmediatamente.
—-Bien, pero supongo nos darán tiempo para sacar alguna muda y lo indispensable para el aseo personal, o… ¿no hace falta?
—Bueno, pero no se lleven nada más consigo, hay que dejarlo todo aquí.
Entonces los Hermanos recogieron la ropa indispensable para todos, el P. Riera sumió el Santísimo y yo recogí y distribuí el poco dinero que quedaba en la Procura.
Cuando estuvimos listos, recomendé a los milicianos qu1e sobre todo cuidaran el edificio y la Biblioteca, pues eran de mucho valor y siempre podrían ser de gran utilidad o para ellos o para nosotros. Asintieron todos a la recomendación y sería algo profunda la impresión que les hizo, cuando he sabido que en cierta ocasión, uno de ellos propuso al Comité quemar los libros, porque hablaban de Dios, a lo que replicaron secamente los otros: «Ya sabes que lo que más nos recomendó el Padre Lacorte, fue que conserváramos los libros. La Biblioteca no se quemará». Y no se quemó. Más adelante hubo el proyecto de instalarla en el Hospital, para Biblioteca popular. Allí se trasladó toda la estantería, que por cierto fue desapareciendo como por encanto, pero los libros en sus tres cuartas partes quedaron amontonados en el Convento, donde los hemos hallado en buen estado.
Dispuestos todos a partir, el P. Morgades se dirigió a su casa, el 119 Cortés a casa de las familias Bernat y Montañola, los restantes fuimos a casa de nuestro médico Dr. Joaquín Bosqué. Todos fuimos cariñosamente recibidos y nunca agradeceremos bastante a estas familias el valor que tuvieron de darnos tan benévola como desinteresada acogida en aquellas horas de terrores y angustias.
LA PERSECUCIÓN
El P. Morgades ya lleva contada su odisea en las páginas de «Germanor». El Hno. Cortés pasó desapercibido, hasta que fue conducido a Barcelona por el Dr. Bosqué, fingiendo que lo llevaba enfermo en su auto. Al cabo de unos meses pudo traspasar la frontera. Los demás estuvimos seis días en casa del Dr. Bosqué, recibiendo de toda la familia todo género de atenciones y consuelos. De día en día las noticias eran más alarmantes. Un…día nos anunciaban la captura y detención de los elementos más sanos y pudientes del pueblo. Otro, el asalto de ambos Conventos, de la Casa Rectoral y de la Parroquia, incendiando y destruyendo todos los objetos del culto y repartiendo entre la chusma ropas y demás enseres. En vista del cariz que tomaban los acontecimientos el P. Riera y el que esto escribe dejamos la sotana, él por un terno, de paisano que ya le habían dado cuando estuvo en Bellpuig, yo por una, chaqueta y un pantalón que me prestó la familia Montañola y que aun después de arreglado por la Sra. Natividad, esposa del Doctor, podíase decir de mí «que el difunto era mayor.»
Excusado es decir que ni podíamos hacer ni recibir visita alguna. El terror había invadido todos los ánimos. Al cabo de seis días el Dr. Bosqué recibió órdenes terminantes de deshacerse de nosotros. Después de muchos forcejeos con el Comité y aduciendo que eran criados, el Dr. Bosqué pudo obtener salvoconductos para los Hos. Coadjutores; salvoconductos, por lo demás, que sólo sirvieron para llevarlos sanos y salvos a la Cárcel de Lérida,, donde permanecieron unos seis meses hasta que los Comités de los respectivos pueblos pudieron entregarlos a sus familias. En ellas han vivido, menos el llorado Hno. Güell, quien falleció repentinamente pocos meses antes de terminarse la guerra. ¡Descanse en paz! Espero un día podrán salir a la luz, para edificación de todos, sus notas biográficas. Para el P. Riera y para mí, fue inútil cuanta saliva gastó y pasos dio el infatigable Dr. Bosqué. Teníamos que abandonar el pueblo para ser asesinados en medio del bosque de la carretera, cosa corriente entre los feroces marxistas, por otra parte ¡tan partidarios, se decían, de la abolición de la guerra y de la pena de muerte.
La noche del 8 de julio era la última que se nos daba de plazo y no hubo más remedio que buscar un escondite. El pobre Dr. Bosqué anduvo toda la tarde de casa en casa, pero… en aquellos momentos de pánico ¿quién iba a encargarse de nosotros? Providencia de Dios fue que, por fin la familia Buera se prestara gustosa a tenernos escomidos exponiéndose a correr nuestra suerte y entonces planeamos
EL ÉXODO
Habiendo recibido el Dr. Bosqué un aviso telefónico para que fuera al vecino pueblo de Albi, con objeto de celebrar una consulta médica, determinamos marchar todos en su auto, o sea: él ,su esposa, el P. Riera y el que suscribe, con la idea de saltar nosotros dos al pasar por delante de Casa Buera y refugiarnos en ella. Luego el Dr. Bosqué hubiera declarado al Comité que nos abandonó en la carretera general. Pero el hombre propone y Dios dispone. Cuando a las diez de la noche ya habíamos subido los cuatro al auto y este había empezado a arrancar, el presidente del Comité A. Sans (a) el «Caragol»; sin saber cómo ni de donde se presentó y montó en el para- fango del coche, armado con su fusil. ¡Momentos de angustia! ¿Qué hacer?… Nos encomendamos a Dios y ¡adelante: Pasamos por delante de Casa Buera y la Sra. Trinidad que nos esperaba con la puerta entreabierta, hubo de contemplar como pasábamos de largo, custodiados por el capitoste del pueblo. ¡Seguramente los lleva a matar! pensó ella, Pues no, lo que él quería era saber con certeza que el Dr. Bosqué nos sacaba del pueblo y nos abandonaba en la carretera. Lo demás vendría por sus pasos. Llegados al control del puente sobre el Francolí, el «Caragol» bajó del coche y presenció como este se perdía en lontananza. Nosotros empero, cuando llegamos a la carretera general, a la altura de la Estación, paramos el coche y quedando en él, para su custodia, la esposa del Dr. Bosqué, nos apeamos los tres, vadeamos el río y sin más percance que los ladridos de un perrazo, que nos dio el susto consiguiente, nos internamos en Casa Buera, donde fuimos recibidos con los brazos abiertos y como enviados del Cielo’ cuando ya se creía todo perdido. El Dr. Bosqué volvió al auto y efectuó su visita al Albi. Pocos días después hizo correr la noticia que nos había visto colgados de un pino. De este modo nadie pensó más en nosotros.
DE LA CECA A LA MECA
Sí señor, y aun el P. Riera llegó al valle de Andorra quedando libre por completo. Yo empero, hube de quedarme en la Meca del marxismo, o sea en Barcelona. Nuestra vida en Casa Buera fue tranquila y confortable, gracias al esmero de la Sra. Trinidad, a la bondad sin límites de su esposo Ramón, al buen humor e ingenio del hermano de la Sra. Trinidad, Sr. Jacinto y al mutuo aprecio de su otro hermano Sr. Juan, hombre culto, afable, caballero y nuevo Job; en la paciencia con que sobrelleva su penosa enfermedad.
Con todo, la tranquilidad fue relativa, pues los sabuesos marxistas solían husmear por las casas de elementos derechistas ya, en busca, de objetos de valor ya a la caza de personas. Corno consecuencia de estas visitas, hubimos de acomodarnos en las bolsas del carro y cubierto todo lo demás con paja, nos trasladamos al pajar, distante del pueblo como cuatro kilómetros. A este pajar el buen P. Morgades en su carta califica de «típica Masía catalana» pero no es más que un pajar cubierto, con cocina y establo al lado. Allí estuvimos encerrados cosa de un mes con tan mala fortuna que un vecino de Blancafort, cuyas tierras llegaban hasta las paredes del pajar, rondaba por allí de continuo, incluso los domingos, cosa que nos cohibía en extremo, hasta privarnos de la libertad no sólo de hablar fuerte pero hasta de toser y estornudar. En pleno Agosto y Septiembre, hubimos de dormir sobre la paja, acompañados de graciosos animalitos que se atrevían a retozar por nuestra cara y de otros que nada tenían ciertamente de gracioso. Para mayor comodidad todo bien cerradito, para que no pasara el fresco. Yo creo que sudé todo el ácido úrico de mi sangre, pues no me he resentido más del mal de piedra. a pesar de lo mal que he venido observando el régimen alimenticio. El día lo pasábamos en aquella nueva, y voluntaria cárcel rezando, y solamente de noche nos permitíamos salir a la era, donde contemplábamos el cielo estrellado y oíamos de los labios de Jacinto hermosas poesías o ingeniosos comentarios a los dichos y hechos de Don Quijote y su gracioso escudero. De vez en cuando el buen Jacinto, que era a la vez nuestro paño de la; grimas, nuestro cocinero y nuestro guardián, se ponía serio y me decía: «Padre Lacorte, ¿Llegará día en que podamos contar todo esto?»— Sí, hombre, sí, día llegará que lo contaremos y aun nos reiremos. —¡ No sé, no sé!»
Así transcurrían días y días, hasta que por el mismo procedimiento tuvimos que volvernos a casa ante el temor de los registros por los pájaros («pallissés»). Por lo demás tampoco era refugio muy seguro ya que los vecinos acostumbran visitar dichos pajares con mil pretextos. Una tarde, oí que se abría la puerta del establo y creyendo yo que sería Jacinto, continuaba sentado en la cocina, cuando oí la voz del hijo del vecino de Blancafort que iba subiendo los seis o siete peldaños que separan la cocina del establo. Como un rayo brinqué a la era y me metí por el boquerón en el pajar. El P. Riera que estaba allí descansando recibió un susto regular, pero aun era mayor el mío por el temor de haber sido descubierto por el chico o por algún transeunte del camino contiguo a, la casa., Afortunadamente no hubo ni uno ni otro y por aquella vez sorteé con éxito el peligro.
Una vez en casa, la Sra. Trinidad hizo un viaje a Barcelona y por él pudimos saber cómo vivían y morían nuestros Hermanos en la Ciudad Condal. A fin de cuentas determinamos marcharnos allí, empezando el P. Riera quien había conseguido de su hermano un salvoconducto. Como el P. Riera me notificara en una postal que no había tenido necesidad del paraguas (salvoconducto) en todo el viaje, me animé a partir sin documento alguno, el domingo siguiente, 27 de septiembre, para lo cual utilicé el consabido carro de paja, hasta la casilla del Seva y de allí a Montblanch a pie por la vía. En Mont-i blanc’n subí al tren y me senté entre un joven y una joven que disputaban con un tercero, afiliado del P. O. U. M. Yo vi la situación y ayudé a los dos jóvenes a poner como no digan dueñas a P. O. U. M. tratándolo de troskista, traidor, etc., etc., lo que me valió sus simpatías. Llegado que hube a Picamoixons, me despedí de ellos y al apearme oí que la joven reñía a su compañero: «Lo ves, tanto hablar y aun hemos de empezar a revisar los salvoconductos». El aliento se me paró en la garganta, pera también de este peligro me libró el Señor.
Llegué felizmente a Barcelona y la Sra. Carmen Carreras, en cuya casa comí, me condujo enseguida a la familia Descals, la cual junto can la familia Eusebio Carbonell, han sido fieles y abnegados instrumentos de la divina Providencia sobre los miembros de la Congregación dispersos en Barcelona. Ellos han sido nuestros guías, nuestros procuradores y sobre todo la ayuda y consuelo más eficaz de nuestros presos y finalmente el punto de enlace de todos los Misioneros.
La señora de Descals, Doña María Sanmartín, me coloró inmediatamente en una cristiana familia zaragozana, la cual no pudiendo albergar a su confesor el P. Binimelis M. asesinado ya en aquellas fechas, se brindó a albergar a otro Padre paúl en consideración al aprecio y gratitud que sentían por el llorado Padre Binimelis. Este no pudo aceptar el ofrecimiento que se le hizo a su debido tiempo por cumplir con otros compromisos y yo hube de ser el agraciado que le sustituí, cayendo tan bien en aquella casa que no me he movido de ella hasta mi vuelta a Espluga.
EN CASA DE LA FAMILIA PARDELL
Cuando yo entré el 27 de septiembre de 1936 en casa de la familia Pardell, ésta se componía de la Sra. doña Francisca Alba, Vda. de Pardell, las señoritas María y Pilar sus hijas y accidentalmente un sobrino carnal de doña Francisca, don Antonio Casals y Alba, funcionario de Correos, una amiga de la familia con su hijo de 17 años, huéspedes de la misma y la criada. Aquí vine a sumarme yo y como primera precaución acordamos no decir a nadie, ni a los huéspedes, ni a la criada, ni a los vecinos, más aun, ni al hijo de don Ramón Pardell que vive en casa de su esposa, ni a otra hija, doña Angeles que también vive casada en Barcelona, la calidad de mi persona. El sobrino, hombre piadosísimo y extremadamente prudente, me propuso hacerme pasar como un señor de Zaragoza, amigo de su hermano Pedro y de oficio corredor de los almacenes «El Pilar» de la calle Alfonso. Esta consigna fue aceptada y mantenida por todos hasta el final de la guerra, lo que me valió vivir en paz completa y seguridad absoluta.
La señora D. Francisca era una verdadera señora, de modales distinguidos, tenía un corazón de oro, una piedad sólida y fervorosa y una paciencia sin igual en su larga cuanto molesta enfermedad de parálisis total. La pobrecita, me llegó a querer como a su propio hijo, tanto que una vez mostró algo de celas a su hija Pilar por si yo apreciaba más a la familia Descals, fundada en las visitas que me veía obligado a hacerla y en las alabanzas que solía prodigar a dicha familia. «Ya ves, Pilar, le dijo.—Don Ricardo quiere más a la familia Descals que a nosotros»
El tiempo que estaba en casa tenía que pasarlo a su lado para prestarle mil pequeños servicios que ella agradecía constantemente y aun añadía que nadie los hacía mejor que yo. Si estábamos solos sus delicias eran hablar de cosas espiri tuales. Tan compenetrados estábamos los dos que la buena ancianita tuvo un pesar muy grande el día, que le comuniqué Que ya tenía ocupación y por lo tanto que no podía gastar tanto tiempo haciéndole compañía. Siempre que salía de casa me advertía invariablemente: «Venga pronto» y eso que era siempre el primero en llegar a casa y nunca me permití el lujo de salir de noche. No es raro pues que yo quisiera como a mi segunda madre a una ancianita tan santa, tan buena y tan simpática. Después de año y medio ce santa convivencia se agravó de tal manera en su dolencia que murió. Su muerte fue la de los justos. Recibió con pleno conocimiento todos los Sacramentos. «¿Rezas, mamá?», le preguntó una vez su hija María.—»Siempre rezo» contestó sin titubear. Por eso cuando perdió las fuerzas de tal modo que le era muy pesado el rezo, exigió de mí y de su hija María que estuviéramos siempre a su lado sugiriéndole jaculatorias, lo que hicimos de muy buena gana. No deseo muerte mejor para mí mismo. Que ella sea nuestra intercesora ante el trono de Dios. De los hijos y sobrino de D. Francisca sólo puedo decir alabanzas, pues todos se distinguen por su piedad y su corazón noble y generoso, como de buenos baturricos. D. Ramón y D. Angeles cuando supieron al fin, que yo era sacerdote y religioso su alegría no tuvo límites.
HOMBRE DE MUCHOS OFICIOS
En la intimidad del hogar fui tratado siempre y por todos como el hermanito mimado de la familia. No puedo decir más pero tampoco debo decir menos. De puertas afuera, no fue menos la solicitud de esta familia para, conmigo. Como quiera que yo era un perfecto indocumentado y en aquellos tiempos era esto extremadamente peligroso, lo primero que me procuraron fue la debida documentación y sindicación para mi seguridad personal. Yo por entonces tenía que salir de casa para dar sensación a toda la, casa que trabajaba y que no tenía por qué estar recluido en casa. Mi oficio empero, como el de otros tanto sacerdotes era recorrer kilómetros y más kilómetros de calles de Barcelona. Por eso cuando D. Ramón, cuyo despacho de carbones frecuentaba para descansar de mis correrías, me preguntó qué oficio debía constar en el carnet o certificado de trabajo y en el carnet sindical, le respondí sin titubear: «corredor». Sí, señor, pensé, corredor de los que corren y no atrapan. Por medio del sobrino de D. Ramón, que era el dependiente de su despacho, me sindiqué en el C. A. D. C. I. y desde entonces corrí por Barcelona con la cabeza alta, sin temor alguno. Este sobrino, hijo de Dña Angeles, sospechando que yo sería, sacerdote, me tenía un respeto y cariño singulares. ¡Cuántas horas pasamos en el despacho hablando de cosas, en aquel entonces, odiadas a muerte! Por fin llegó un día que Manolito Gimeno, así se llamaba, hubo de incorporarse a filas y entonces quedé yo como sucesor suyo en el despacho de D. Ramón gracias a las instigaciones de sus hermanas María y Pilar. Manolito se enchufó en la recién creada Brigada Antigás, pero no le valió, un día tuvo que marchar la Brigada Antigás al frente y allí, en Pueblo de Albostón pudo ejecutar su sueño dorado, pasarse a los nacionales con todo el flamante material antigás. Este fue pues, mi primer oficio real, después del ficticio de corredor. Ahora sin correr atrapaba mi sueldo y aun me quedaba tiempo para aprender a escribir a máquina y la lengua alemana.
Con todo, no me acababa de agradar, haber conseguido una colocación, pues amén del disgusto que daba a la abuelita, tenía miedo de verme precisado a enfrentarme con personas conocidas que pudieran comprometerme. En el negocio de los carbones tuve dos sustos dignos de especial mención.
El primero fue que un día se presentó ante la ventanilla del despacho la señorita doña Pilar Menacho.
—Oiga, camarada ¿tiene carbón cardiff? —¿Cardiff? No nos llega nada de Inglaterra
—¿Y Asturias?
—De Asturias el poco que llega es para fábricas de material de guerra y servicios públicos. —Entonces ¿no tendrá carbón de encina? —No señora, por falta, de trasportes.
—Si al menos me vendiera V. leña… —No damos leña, ni tratamos en eso.
—Pues mire V. que invierno estamos pasando tan cruel… y pensar que tenemos una finca en que hay mucha leña…
—Mire, señorita, es cosa de paciencia y si V. es cristiana, como parece, de resignación a la voluntad de Dios.
—¿No ha estado V. en Espluga de Francolí?
—¿Sí, alguna vez. Con eso de visitar Poblet ¿quién no ha pasado por Espluga?
—Pues mire V. allí tenemos una finca que se llama «Los Nogales» ¡Tanta leña como tenemos allí y aquí tener que sufrir tanto frio!…
Yo me extrañaba que no me reconociera, pero por lo visto, a pesar de la lata mutua no vio más que a un empleado del despacho de «Carbones Zeus» (Provenza, 338) en aquel que tantas veces le había celebrado la santa Misa y le había administrado los Sacramentos en la Capilla de la finca «Los Nogales».
El segundo susto fue mayúsculo. Nada menos que tuve que enfrentarme por dos veces con el Comité del Sindicato del Carbón por un asunto de mi amo, entonces ausente de Barcelona. Encomendándome a Dios me presenté ante el Comité y sacando fuerza de flaqueza sostuve con él tal reyerta, que ahora yo mismo me admiro como salí tan barato y tan airoso. Baste decir que para defender los derechos de mi amo, los traté de todo y como me amenazaran con enviarme un par de «compañeros» para que me dieran el «paseo», los amenacé a mi vez con veinte «compañeros» que se lo darían a todos ellos, si persistían en su injusta demanda. Como mi amenaza iba escudada con el nombre de un tal Riera,, jefe de las Patrullas de Control, se quedaron, helados… y no hubo más. :Vaya!, pensaba yo. ¡Si supierais con quien os las habéis!..,
Como en la zona roja se iba, acabando todo lo bueno, día llegó que se acabó también el carbón y con él mi empleo.
A punto fue que hablando un día con el Dr. Ferrando cuya casa frecuentaba por Conrado, hermano del llorado V. Pintado, y que fue siempre mi inseparable amigo y compañero de paseos, me propuso el Doctor ordenar el archivo de las fichas de su numerosa clientela, para poder cobrar las facturas. Me presté a ello y en seis meses di cima a mi cometido. Por lo demás, como todavía me quedaba tiempo libre, me dediqué a dar lecciones particulares de primera enseñanza. En esto estaba cuando las señoritas María y Pilar, valiéndose de la antigua y estrecha, amistad con D. José Solans, administrador de la Caja de Pensiones y Retiros de Empleados de Gas y Electricidad (P. R. E. G. E.) solicitaron de ésta mi admisión como empleado de (dicha entidad, lo que fue acordado ingresando el 15 de Junio de 1938. Allí trabajé hasta el 15 de febrero de 1939, cobrando un sueldo muy elevado, amén de lote de comestibles y otras gangas. Con todos estos empleos no tenía yo otra intención más que ganar el pan con el sudor de mi rostro y cumplir la Regla que nos manda evitar la ociosidad. Lo demás: evitar el aburrimiento, no contraer deudas y llevar una vida económicamente desahogada, vino por añadidura.
Supongo quedarían contentos de mi trabajo, cuando una semana después de entrar las tropas nacionales en Barcelona, (yo continué trabajando hasta que pude marchar a Espluga) me llamó el Sr. Administrador y me dijo:
—D. Ricardo, tengo que presentar a la Junta la plantilla del personal para su aprobación definitiva. Supongo puedo contar con V. para empleado fijo.
—D. José, lo siento mucho y agradezco su confianza, pero no me es posible.
—Pero ¿quiere decir que su empleo de Zaragoza es más retribuido?
—No sé si, es más o menos retribuido, pero desde luego me interesa mucho más.
—Bien, pues lo siento mucho, porque V. era un buen elemento para la Caja.
Lo bueno fue al final. Llegó el día de partir para Espluga y naturalmente hube de despedirme y descubrirme.
—D. José, debo despedirme de V. agradeciéndole su favor y todas sus atenciones, pues he recibido órdenes superiores de reintegrarme a mi puesto.
—¿Órdenes superiores? ¿de quién?
—¡ De mi Provincial!
—¿Cómo? Pero ¿es V. religioso?
—Sí señor, Superior de los Padres Paúles de Espluga de Francolí, donde encontrará su casa y un amigo.
—¡Bien, hombre, bien! V. lo ha hecho muy bien. Le felicite Si todos hubieran hecho una cosa así no hubiera habido tantas víctimas, ni hubieran sufrido tanta necesidad. Por lo demás ya, me decía mi esposa Laura que V. debía ser algún sacerdote y aun que su cara no le era del todo desconocida.
—No. D. José, no le puede ser desconocida porque los dos somos de Barbastro, de luna misma edad y… ¡parientes!
Entonces le expliqué nuestro parentesco. Invitado por él fui a su casa donde vivía toda la familia de Laura. Me descubrí y el asombro fue no menor que la, alegría, al verme todos ellos tantas veces en la oficina y no saber reconocerme.
A CASA
Desde el 26 de enero, (día en que hizo su entrada en Barcelona el glorioso Ejército español, me empezó una fiebre loca por volver a mi querida, Casa de Espluga. Mi imaginación era un volcán reproduciendo el posible estado del personal, del edificio, de los muebles, de los libros, de las Asociaciones y de los amigos del pueblo… Esto me ponía nervioso y tristón.
—¿Qué le pasa D. Ricardo?, me decía la Srta. Pilar. Parece que está V. muy preocupado. ¿No se encuentra bien?.. ¡Pobre Pilar, ella la bondad personificada, no tenía otra preocupación más que mi salud y mi bienestar!
—Y está muy triste y preocupado, D. Ricardo, me decía la Srta. María.—Seguramente ya piensa dejarnos. Pues, hace V muy mal. V. debe quedarse aquí unos meses hasta que pueda resarcirse de los ayunos a que nos forzaron los marxistas. ¿Qué va a hacer V. solo en Espluga? ¿No tiene miedo de volver allí? Cada día y a cada instante el carácter impetuoso y generoso de la Srta. María, me iba, acumulando con su locuacidad pintoresca argumentos y reflexiones las más variadas para disuadirme de volver prematuramente a casa. No por la familia Pardell, a quien con todo agradezco en el alma sus tinas atenciones y sus rectas intenciones sino por la falta de comunicaciones hube de esperar al día 10 de febrero a intentar por primera vez mi regreso.
En efecto, este día, acompañado del P. Balletbó, quien deseaba ver la casa de Espluga y por cuya influencia pude conseguir rápidamente el salvoconducto, nos dirigimos cargados con mis cuatro pesadas maletas a la Plaza, de España, donde Tomamos el autobús para Prat. Aquí debíamos tomar el tren para Reus, pero… hubimos de desistir y en el último autobús ole la noche regresamos a Barcelona.
¡Cuánto me alegro! ¿Lo ve V.? Dios no quiere que se vaya V. tan pronto. Quédese aquí y descanse ¿tan mal está con nosotras? Estas y otras cariñosas reflexiones me hube de oír toda la cena y aun al día siguiente. Mal de mi grado hube de esperar hasta el 22 de febrero en que hice un segundo intento esta vez con éxito, pero a cota de muchas incomodidades. ¡Todo sea por Dios! En Prat pude tomar un puesto, de pie, lloviendo y con un frío intenso, en un vagón de ganado. Llegamos a Reus a las 10 y media de la noche. Aguantando el chaparrón y cargado con mis maletas no pude hallar una cama n todos los hoteles y fondas. Por fin un vigilante me condujo a una venta, de arrieros donde me acomodaron un mal catre. Allí pasé el resto de la noche dando vueltas y más vueltas a la cabeza, sin pegar un ojo. Mi pobre cuerpo no daba más que medias vueltas, pues enteras no las consentía aquel fementido catre.
Por fin, el día 23 al mediodía llegué a Espluga. ¡Te Deum laudamus! Apearme del tren y abrazarme con el Dr. Bosqué, quien se encontraba allí por casualidad, fue cosa de un abrir y cerrar de ojos. Cargó con mis maletas, me acompañó a su casa y quedéme a comer. ¡Qué alegría la de su esposa y la, de los chicos al verme otra vez sentado en aquella misma mesa, donde mezclábamos el pan con hondos suspiros y lágrimas durante aquella semana de julio de 1936!… ¡Parecía un sueño!…
Después, visitas, sorpresas, nada, que me encontraba como el pez en el agua,. ¡Por fin a Casa! Aquí, francamente, encontré el edificio y los muebles mucho mejor de lo que yo me figuraba. Esto se debe a que los Rojos habilitaron el edificio para escuelas y con el bombardeo último huyeron como ánimas en pena sin cuidarse de volar los Conventos y la Parroquia como parece era su intención.
Eso no quiere decir que hallara la casa tal como la dejamos. ¡De ninguna manera! Pero mal que mal yo te4nía mucho peor. Mi primer trabajo fue hacer sacar todo el ingente y pésimo material escolar que impedía dar un paso en la reorganización de la Casa. Después, el trabajo de colocar las cosas en su puesto, que aunque pocas, estaban tan desordenadas que me han llevado horas y más horas de trajín. Menos mal que en este ajetreo me han ayudado, además del P. Civit, algunos jovenzuelos que pertenecían a la Asociación de los SS. Angeles. A propósito del orden en las cosas, parece que les asombró a aquellos milicianos que nos desalojaron, el orden que hallaron en todas las cosas. Me han contado que cuando instalaban las camas y demás enseres en las Masías para convertirlas en hospital, un miliciano derrochaba ingenio y gusto en la distribución de todo lo necesario y llegó a gloriarse de ello. Entonces los otros que le ayudaban, algo amoscados replicaron: «Sí, hombre, sí, lo haces muy bien pero que conste que todo esto no sale de tu cabeza, pues no haces más que copiar lo que viste en el Convento de los Padres.» Luego vino el trabajo de limpieza del lavadero, imprenta, bodega y cocina. Se cuenta que el día que tomaron posesión los milicianos hicieron alarde de subir con manojos de escobas, como si aquí hubieran de hallar suciedad. Con todo, dijeron que los Padres lo tenían todo muy limpio, pero que para entrar en el de las Hermanas había que arremangarse. Ahora sí, que hacían falta carros de escobas y arremangarse cuanto les viniera en talante, pues la suciedad que sacamos pesa arrobas en cantidad y en calidad… ¡peor será meneallo! Finalmente vino el ti abajo de recuperación. En el Centro Cultural hallé la sillería del cuarto del Obispo, la mesa del Superior y el timbre del Refectorio. En casa Cabeza una mesa del Refectorio. En casa de Federico la escala de la Biblioteca. En Poblet los mejores libros de consulta. Aquí un banco, allá una mesa, en esta casa unos libros, en aquella platos, cubiertos etc. etc. Lo demás del tiempo se ha invertido en las más indispensables reparaciones del edificio eón el fin de preparar decentemente el nido a aquellas avecillas que el temporal marxista dispersó.
Cuando vuelvan escribirán en estos «Anales» su vida nueva continuación de esta Croniquilla sobre «La Casa de Espluga de Francolí y la persecución marxista».
R. Lacorte C. M. Espluga 24—V-1939.







