La caridad en los Santos Padres

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Autor: Alberto Escallada, O. P. · Año publicación original: 1993 · Fuente: XX Semana de Estudios Vicencianos.
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Permítanme, al inicio de mi intervención en esta vigésima Semana de Estudios Vicencianos, una pequeña expansión personal. Mi primer pensamiento: el que me he prometido y exigido expresar aquí antes de ningún otro, es el de si podré devolver algo de lo que debo a San Vicente de Paúl.

Para explicar esto, me tengo que remontar en el tiempo a épocas pasadas. A excepción de unas clases con las que aprendí a leer y escribir en casa, debidas a una tía mía, las primeras enseñanzas re­cibidas en mi vida las debo a las Hijas de la Caridad. En el Colegio de San José de Guarnizo, en Cantabria, están sepultados, ya para siempre, los primeros recuerdos de esta índole. Hay personas, al mar­gen y más allá de lo estrictamente académico, que forman parte de ellos, y que son de contenido no sólo religioso, sino también cultural o simplemente humano. Sor Afra, sor Victoria, sor Rosario, sor Julia, sor Me Teresa, sor Feliciana…, son nombres, rostros y, ante todo, personas que, cada una desde un ángulo peculiar y diverso, constituyen otros tantos paradigmas, porque fueron las primeras en mi vida y porque fueron de huella profunda. Y junto a las personas, detalles, lugares, acontecimientos, objetos incluso. La Capilla del Colegio, la imagen de la Milagrosa, los rayos que salían de las manos de ésta y su corona cuajados de bombillitas que se encendían en ocasiones so­lemnes, la chasca a cuyo ritmo aprendí lecciones y cantos, el ejercicio de las flores en mayo: primera experiencia —como espectador— de la belleza armoniosa y simétrica de lo que luego supe que era el ballet, el «pan de ángel», aquel armario lleno de juguetes en el lado izquierdo de mi clase de párvulos, las tocas blancas (todas iguales y todas distintas), que —ellas solas— aun vistas por detrás permitían saber quiénes las llevaban…

Son recuerdos. Pero muchos de ellos, en su momento fueron emo­ciones y sentimientos. Y no me siento precisamente inclinado a des­deñar nada de eso con lo que pudo estar ligado para siempre el hontanar de una vocación religiosa a la que sirvo muy mediocremente, pero de la que me siento profundamente contento. Pueden suponer y acertarán, que sólo he descrito lo exterior y periférico. Unido a cada una de estas realidades iba el bagaje profundo, la enseñanza indeleble, lo que marca el espíritu: eso que tienen bastante de inefable, y que cada uno de nosotros guarda solo para sí.

Más tarde fueron otros los modos como llegaron hasta mí los reverberos de la caridad de las hermanas. Más serios. Era a través del bien que recibían personas para mí tan queridas como mis padres o mis hermanos. Cómo hacía pensar a mi padre el que sor Basi, aquella buena hermana del Sanatorio de Pedrosa, tomara como un descanso el estar arrodillada, en sus ratos de oración. Cómo estaba ella pendiente de los pequeños acontecimientos que afectaban a mis familiares para poner en cada uno de ellos, en el momento exacto, la palabra adecuada, el consejo preciso. Y aquellas inefables exhortaciones de sor Afra, que abrazó a mi padre en una ocasión gozosa que ambos retuvieron siempre en la memoria; exhortaciones, digo, antes de comenzar la Misa de cada día, y que respondían, he pensado después, a una in­coercible vocación de evangélica predicadora…

Cuando he vuelto a ser amablemente invitado a esta comparecen­cia, a la que este año sí me ha sido posible acceder, mi primer pen­samiento ha sido éste: ¿Podré devolver algo de lo mucho que debo a San Vicente de Paúl? Eso quisiera que fuera mi modesta colaboración. Para curarme en salud, y no dejar las cosas dependiendo del éxito o no de mi pretensión, quede constancia aquí y ahora de mi profundo agradecimiento a aquel cúmulo de cosas del pasado y a esta invitación que me permite estar aquí en el presente. Agradecimiento, en resu­midas cuentas, a San Vicente de Paúl.

La caridad en los Santos Padres

Los sentimientos que me ocupan al iniciar esta tarea que se me encomienda son encontrados. De una parte, el solo título de esta reflexión que se me asigna ya da idea de la dificultad de tratarlo, no ya exhaustivamente, pero ni de modo siquiera sea medianamente sa­tisfactorio. Tratamos de abarcar un período tan amplio como es, en Occidente el que llega hasta San Gregorio (♱ 604) y San Isidoro (♱ 636); y en Oriente, hasta San Juan Damasceno (♱ 749), e integrado consiguientemente por personalidades muy numerosas y profunda­mente dispares. De otra parte, me parece que es un paso imprescindible y enormemente sugestivo en el programa elegido para esta Semana de Estudios Vicencianos. Y esto por una doble razón: 1. Porque lo que se dijo acerca de la Sma. Virgen («de Maria nunquam satis») con evidente exageración, sí que se puede decir sin ella acerca de la caridad. «De caritate nunquam satis»: y esto es verdad, por la simple razón de que «Dios es caridad», y por tanto la misma inefable e insondable condición es aplicable al Uno y a la otra. El arsenal de los Padres por lo demás es tan copioso e interesante en doctrina, que siempre es ventajoso hacer un alto en él. 2. Porque los Padres han sido, en la tradición cristiana y como testigos privilegiados de ella, instrumentos del Espíritu Santo para explicar las Escrituras y precisar las normas de la verdadera religión. Sin caer en la patrolatría de provocar o tolerar la ruptura entre su época y la continuación de la historia de la Iglesia, siempre conducida por el Espíritu Santo, no podemos dejar de reco­nocer que son para ella algo así como los clásicos de una cultura determinada, si bien en este caso se trate de un orden de cosas peculiar, pilotado por la acción del Espíritu Santo. Sabido es, por lo demás, que se requieren como condiciones o características de esa clasicidad: la antigüedad, la santidad de vida, y la ortodoxia y comunión con la Iglesia, sobre todo con la de Roma.

He preferido, por eso, el método siguiente: espigar de entre los numerosos textos de los Padres —a los que daremos constantemente la palabra— aquéllos que contienen afirmaciones que iluminan, desde ángulos diversos, la realidad de la caridad, recogiéndolos bajo unos pocos epígrafes. Siempre lo que digamos será una ínfima parte de lo que se podría decir. Es de esperar que, como resultado de esa ilu­minación plural y diversa, podamos conocer un poco más y mejor el don supremo de la caridad.

1. La Caridad, ámbito de los cristianos

Solamente la doctrina de San Agustín (♱ 430), ya daría de sí para una gran obra acerca de la caridad. Todos los grandes temas sobre el amor están ampliamente tratados por él. Pero si alguno merece des­tacarse, ese sería el de la caridad como santo y seña del cristiano. «La caridad es la única que discrimina a los hijos de Dios de los hijos del demonio. Aunque todos se signen con la señal de la Cruz de Cristo, aunque todos respondan amén, y canten todos alleluia y se bauticen todos; entren en la Iglesia y fabriquen basílicas: no se distinguirán los hijos de Dios de los demás, sino sólo por la caridad. Los que tienen caridad, han nacido de Dios; los que no, no han nacido de El (…). Esta es la perla preciosa del Evangelio que un negociante buscaba, y halló una sola, y, vendido todo su haber, la compró. Es la piedra preciosa, la caridad, sin la cual todo cuanto tuvieres nada aprovecha, y si ella sola tuvieres, tienes de sobra. Ahora ves con fe, después verás con visión. Si amamos ahora que no vemos, ¿qué efusiones de amor tendremos cuando veamos? Pero entre tanto, ¿en qué debemos ejer­citarnos? En el amor fraterno. Puedes decirme: «No veo a Dios»: pero ¿puedes decirme: «no veo al hombre»? Ama al hermano. Si amas al hermano que ves, al mismo tiempo verás a Dios, porque verás la misma caridad, y Dios mora dentro»1.

Dirá en otro lugar: «Si pues nada puede haber en la Escritura santa más eminente que la caridad, es evidente que los preceptos supremos sean los de la caridad (…). Todos los seres humanos extraños al camino de la verdad, sean paganos, judíos, herejes o malos cristianos, pueden ostentar otros dones; mostrar la caridad no pueden: No hablemos de dones exteriores, como el sol creado para iluminar a los buenos y a los malos; ni de dones comunes, no sólo a buenos y malos, sino a bestias: como ser, vivir, sentir, oír y todos los oficios de los sentidos. Dones son de Dios, pero mirad con quiénes y con cuántos son comunes, aun con aquellos a quienes no quisieras parecerte. Ingenio agudo lo poseen también hombres pésimos, la destreza artística aun los diso­lutos, las riquezas también los ladrones; mujer e hijos, igualmente muchos perversos. Preciosos dones de Dios, nadie lo niega, pero fijate a quiénes son comunes. Más aún: atiende a los dones de la misma Iglesia. El don de los sacramentos, en el Bautismo, en la Eucaristía, en los demás, ¿acaso no es gran don? Y éste lo alcanzó Simón el Mago. La profecía, ¿acaso no es don grande? Y sin embargo profetizó Saúl, rey malo, que profetizó mientras perseguía a David. No digo «después de haber perseguido…», sino «mientras perseguía fue pro­feta» . Así a los que digan «en tu nombre profetizamos» no se les responderá «mentís», sino «no os conozco; alejaos de mí obradores de iniquidad». Porque, aun teniendo todo el don de la profecía, si no tengo caridad, nada soy. ¿Quién «obra la iniquidad» sino quien carece de caridad, ya que la caridad es la plenitud de la Ley? En toda la escritura, el camino mejor, el lugar eminentísimo pertenece a la ca­ridad. No aspiran a ella más que los buenos, y no la comparten los malos. Pueden compartir el Bautismo, los otros sacramentos, pueden compartir la oración; estos muros y esta concurrencia la pueden com­partir: pero compartir la caridad no pueden. El camino altísimo de la caridad se reserva sólo para quienes pertenecen con propiedad al reino de los cielos. Por tanto, el precepto de la caridad está sobre los cielos, sobre las Escrituras, pues a ellas se subordinan los libros y le sirve toda lengua de los santos y todos los movimientos de los que sirven a Dios, a los que sirven al alma y al cuerpo. Nada encontrará en los libros más eminente que la caridad»2.

Ni el mismo Bautismo, dirá audazmente San Agustín, aprovecha para nada al hombre, si no cambia el corazón mediante la caridad: «He aquí que el hombre bautizado recibió el sacramento de nacer. Un sacramento tiene, una gran sacramento, divino, santo, inefable. Con­sidera qué es formar un hombre nuevo, con el perdón de todos los pecados. Atienda, sin embargo, el hombre al corazón; vea si en él termina lo que en el cuerpo empezó; examine si tiene caridad, y diga entonces, «he nacido de Dios». Porque si no la tiene, tiene el carácter impreso, pero es un desertor. Que tenga la caridad, porque de otro modo no debe creerse nacido de Dios. Y si replica: «pues recibí el sacramento», oiga al Apóstol: «Si conozco todos los sacramentos, y poseo toda la fe, pero no tengo caridad, nada soy»»3. Y, como resumen y síntesis de todo, dirá: «Oye pues de una vez un breve precepto: Ama y haz lo que quieras (dilige, et quod vis fac); ya calles, clames, corrijas o perdones, calla, élama, corrige y perdona por amor. Sea lo íntimo la raíz del amor; de él no puede brotar más que el bien»4.

2. La Caridad une a Dios

El Diccionario de la Real Academia da dos primeras acepciones de «cola» con etimología profundamente diversa. La primera deriva del latín cauda (: extremidad posterior del cuerpo y de la columna vertebral…), y la segunda del latín y del griego kolla (: pasta fuerte, traslúcida y pegajosa… que sirve para pegar. Pegar: adherir, conglu­tinar una cosa con otra). Es sugerente partir de esta segunda noción, de sonido exactamente igual en español que en griego, que induce a pensar que el modo como la caridad une a Dios es «pegando» lite­ralmente a él. En Rom 12, 9, dirá San Pablo «que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno5. Como buenos hermanos sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo». A la luz de esta brevísima digresión nos puede resultar muy interesante un texto antiquísimo de San Clemente Romano (♱ 101), que escribe «La caridad nos une a Dios»6. Nada tiene de extraño que, según el mismo Padre, se puede afirmar que «la altura a la que [la caridad] nos lleva es inenarrable»7. Si esta es la fuerza unitiva, encoladora, de la caridad, lógicamente se sigue que la ene­mistad —lo que desune o desencola— con los demás es obstáculo también entre Dios y el hombre. De ahí que se lea en la Didajé (apr. 90/100): «El domingo, cuando os reunís para la fracción del pan y la acción de gracias no se junte con vosotros cualquiera que esté en controversia con su amigo»8. Y se da la razón: «para que vuestro sacrificio no sea manchado». Y de manera análoga, en San Ignacio de Antioquía (♱ 107): «Donde hay división e ira, allí no habita Dios»9. O, formulado en positivo, se leerá en la Epístola a Diogneto (s. II): «Los cristianos aman a todos»10; y San Ireneo (♱ apr. 202) empleará, recreándose en ellas, tres palabras clave: «unión, concordia y paz»11. La fuerza unitiva con Dios, como un vertiginoso remolino que parte de Dios y todo lo sume en Dios, está magistralmente expuesta por el Pseudo-Dionisio Areopagita (apr. 500): «El que es causa de todo, lo ama todo por la excelencia de su bondad, todo lo hace, todo lo per­fecciona, lo contiene todo y todo lo convierte a él; es el amor divino bueno, del bien y a causa del bien»12.

3. Amistad con Dios

De muchas formas distintas es afirmada la caridad como amistad con Dios. Este tema encontrará en Santo Tomás la formidable apo­yatura de la filosofía aristotélica. Pero son numerosísimos los testi­monios, entre los Padres, que examinan y ponderan este tema. Traigo aquí solamente uno, establecido con criterio comparativo, a partir de la experiencia humana de la amistad: «Si entre los hombres este amor mutuo, esta amistad, sobrepuja y es preferible y superior a todo deleite, cuando la amistad y el amor mutuo es con Dios, ¿qué ingenio, qué lengua podrá explicar la dicha y la felicidad de un alma así? No hay entendimiento capaz; sólo la experiencia nos lo hará comprender»13.

4. Amor a Dios y al prójimo

Nada tiene que ver con los Padres cualquier intento de acentuar la separación o el hiato entre Dios y el prójimo, por lo que al amor se refiere. No se puede negar que, a pesar de ser a este respecto tan clara la doctrina revelada, sin embargo también se hacen es­fuerzos por alejar, separar, duplicar el precepto. «El segundo es semejante al primero» de los textos evangélicos se ha solido inter­pretar, por el contrario, como un conato de aproximar, juntar, in­cluso identificar los preceptos hasta no hacer de los dos sino uno sólo, mirado desde dos puntos de vista o dos perspectivas. La «no­vedad» del mandamiento del amor, nada nuevo por cierto pues estaban contenidas sus dos partes respectivamente en el Deutero­nomio y en el Levítico, residiría precisamente en juntar e identificar los preceptos relativos a Dios y al prójimo; resumir en sólo estas obligaciones toda la Ley y los profetas, y anteponer la obligación del amor al prójimo a todo lo demás.

El tema puede ilustrarse de forma abrumadora con testimonios de los Padres. Alguna vez tratando de la estricta visión de Dios, pero más frecuentemente en contexto de caridad, de acogida. En­contramos, por ejemplo, en Clemente de Alejandría (♱ apr. 211/ 215): «Viste a tu hermano, has visto a tu Dios»14. Con la segunda de las matizaciones apuntadas, Tertuliano (♱ apr. 222/223): «Viste a tu hermano, viste a tu Dios»15. Y San Ambrosio (♱ 374): «Cuando y como recibes a un huésped, recibes a Dios»16. Aunque por faltar alguna de las condiciones más arriba indicadas no puede conside­rársele como Padre en sentido estricto, no quiero dejar de aducir un testimonio formidable de un autor del s. IV, Evagrio Póntico (♱ 399), que en un libro atribuido a San Nilo el Sinaita (♱apr. 430) afirma: «Bienaventurado el monje que piensa que todo hombre es Dios, después de Dios»17. Tengo que confesar que ante la interpretación del texto de San Pablo «de Dios nadie se ríe» oída alguna vez, en el sentido de que sólo de Dios nadie se puede reír, he preferido la «modernidad» de la interpretación evagriana a la de exégetas modernos. Pero quizá ninguna afirmación alcanza la ro­tundidad de esta de San Cirilo de Alejandría (♱ 444): «Toda la fuerza de la piedad para con Dios se contiene en esta única palabra: `Amarás a tu prójimo como a ti mismo»»18. Y el mismo tema, con la afirmación explícita de la inseparabilidad dentro del amor, en San Agustín: «Si amas al hermano, ¿puedes amarle y no amar a Cristo? ¿Cómo, si amas los miembros de Cristo? Cuando amas a los miembros de Cristo, amas a Cristo; al amar a Cristo, amas al Hijo de Dios; cuando amas al Hijo de Dios, también amas al Padre. No es posible separar el amor»19. Y también: «Ved que obrar contra el amor es obrar contra Dios. Que nadie diga: «Peco contra el hombre cuando no amo a mi hermano; es fácil pecar contra el hombre. Contra solo Dios no pecaré». ¿Cómo puedes no pecar contra Dios si pecas contra el amor? Dios es amor»20. Y la dirección señalada por el amor de Dios hacia el hermano, tiene doble sentido: de Dios al hermano, del hermano a Dios. «Si Dios es amor, quien ama el amor ama a Dios. Ama, pues, al hermano y estate seguro. No puedes decir: «amo al hermano, pero no amo a Dios». Pues así como mientes si dices: «Amo a Dios» y, sin embargo, no amas al hermano, igualmente te engañas cuando dices: «Amo al her­mano», si estás convencido de que no amas a Dios. Es necesario, si amas al hermano, que ames al mismo amor, y Dios es caridad. Luego es necesario que ame a Dios quien ama al hermano»21. Bien pueden verse prefiguradas en estas expresiones aquélla tan audaz de Sta. Teresa: «Acá, solas estas dos cosas nos pide el Señor: amor a El y al prójimo. Es en lo que hemos de trabajar, y guardándolo con perfección, haremos su voluntad y estaremos unidos con El. La más cierta señal que, a mi parecer, hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (…); mas el amor del prójimo sí. Estad ciertos que mientras más en este amor os vierdes aprovechados, más lo estáis en el amor a Dios; porque es tan grande el que El os tiene, que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca el que le tenemos a El. En esto yo no puedo dudar»22.

5. Dar al necesitado

Es el comienzo de la caridad. Su perfección está en «dar la vida por los amigos» (Jn 15, 13). «Ved cómo comienza la caridad —dirá San Agustín—. Si aún no eres capaz de morir por el hermano, sé, a lo menos capaz de darle de tus bienes. Hiera la caridad tus entrañas para que no lo hagas por jactancia, sino por la enjundia íntima de la misericordia, de modo que te intereses por él cuando está necesitado. Si no eres capaz de dar a tu hermano de lo que te sobra, ¿podrás dar tu vida por él? (…). Si la caridad del Padre no mora en ti, no naciste de Dios»23. Pero es quizá San Juan Crisóstomo (♱ 407) el Padre más sensible al aspecto de la caridad más abiertamente vuelto a la necesidad ajena, a la realidad de la pobreza que ha de ser socorrida por la caridad. Las homilías de este Padre son una cantera inagotable para lo que llamamos hoy la dimensión social de la caridad. Afirma sin ambages que «no hay fortuna que no esté cimentada en la injusticia»; que «todos los males proceden de los fríos conceptos `mío’ tuyo’; que «la, co­munidad de bienes es más natural que la propiedad privada»24. Las circunstancias que le tocaron en suerte golpearon fuertemente el co­razón del gran obispo, y su respuesta fue magnífica. Ante todo, ve el Crisóstomo en la caridad compendiada la totalidad de lo cristiano. «Tengamos esta inclinación a la caridad, y se seguirán todos los bienes. Quien tiene un alma benigna y misericordiosa, si adquiere dinero lo dará; si ve a alguien en calamidad lo lamentará; si se topa con alguien injustamente oprimido, se pondrá de su lado; y si lo encuentra agra­viado le tenderá la mano. Teniendo el tesoro de un alma humana y misericordiosa, de ella se derrama todo bien en favor de los hermanos y se promueve el gozo de los premios de Dios»25.

Una razón esgrime frecuentemente el Crisóstomo: quien pide en el que pide, el necesitado en el menesteroso, es Cristo mismo. «Dios entrega a su Hijo con toda verdad; pero tú no das ni un trozo de pan al que fue entregado y muerto por ti. El Padre, por tu causa, no le perdonó a él, siendo como era su verdadero Hijo; pero tú le desprecias viéndole desfallecido de hambre, mientras gastas sin tino en tu pro­vecho unos bienes que no son tuyos, sino suyos. ¿Qué mayor bajeza puede haber? El fue entregado por ti, muerto por ti, anduvo hambriento por ti; y mientras derrochas sus bienes en tu comodidad, y a él no le das nada. No tuvo bastante con sufrir por ti la muerte y la cruz, sino que quiso ser pobre y peregrino, ser encarcelado y padecer la flaqueza humana. Y todo por atraerte a su amor. Como si te dijese (…): Sólo pido un poco de pan, un techo donde cobijarme, unas palabras de consuelo. ¿Es que nada de esto te habla al corazón? ¿No te mueve la compasión natural? Pues si nada de ello te ablanda, piensa que soy yo mismo y no el pobre el que está desnudo y padece necesidad. (…) No te digo ‘sácame de la pobreza’ o ‘dame tus riquezas’; y eso que por ti me hice pobre. Sólo te pido un trozo de pan, abrigo, un poco de consuelo en mi necesidad. Si estoy preso en la cárcel, no te obligo a que me libres de la prisión; sólo te pido que visites al que está preso por ti. (…) Por esto, pudiendo proporcionarme alimento ando men­digando y tiendo mi mano a tu puerta. Es que deseo que tú me socorras, porque te amo indeciblemente. Por eso gusto de tu mesa, como es costumbre entre los que se aman, y me glorío con tu hospitalidad. Después, ante todo el orbe, alabaré tu nombre y me gozaré en decir a todos que fui socorrido por ti»26. Y ha de mostrarse en esta bene­ficencia un espíritu universal. Hay que socorrer al necesitado, sea quien sea: «La limosna debe darse a todo necesitado, y no sólo al que es bueno o es monje, porque la limosna es caridad para todos»27. E igualmente, todos han de socorrer: «No hablo sólo a los ricos, sino también a los pobres; ni sólo a los libres, sino incluso a los esclavos; ni a los hombres sólo, mas también a las mujeres. Nadie se crea exento de este dulce ejercicio de la caridad, ni excluido de este lucro, sino ofrezcan todos algo. Y no sea obstáculo la pobreza; por muy pobre que seas, no lo serás tanto como aquella pobre viuda que echó toda su fortuna en el gazofilacio del Templo (Lc 21, 1-4)»28. Y se ha de socorrer de cualquier manera que se pueda: «Practicad todos los modos que podáis de limosna. ¿Puedes con dinero? No seas remiso. ¿Puedes con tu ayuda? No digas entonces que no tienes riquezas, porque tienes lo que equivale. ¿Puedes, al menos, ayudar al pobre con tus servicios? Pues hazlo así. (…) ¿Que no puedes ayudar al prójimo más que con tus consejos? Gran cosa es esa, incluso la mejor de todas, tanto mejor cuanto mayor es su utilidad. No libras del hambre al cuerpo, sino de muerte gravísima al alma»29.

6. Detalles y matices de la Caridad

No raramente disculpando en nosotros mismos o en otros la au­sencia de caridad o, mejor, la presencia de una caridad mediocre, hemos acuñado una frase ingeniosa: decimos que tal o cual persona es, o que nosotros somos, un diamante en bruto. Se ha yuxtapuesto la referencia a la piedra preciosa de suyo más valiosa, a un elemento de depreciación o contravalor cual es la falta o ausencia de talla. Una piedra preciosa vale mucho menos «en bruto» que tallada. Pues bien: Hablando con precisión la caridad no es ni puede ser «en bruto». El archiconocido himno de I Cor 13 a la caridad va tallando, una tras otras, las numerosas facetas del amor. Toda la descripción presidida por la afirmación: «La caridad es…», con lo que cualquier pretexto queda radicalmente invalidado. Eso, o así, es la caridad. Dado su carácter de inefable, pues coincide con Dios, bien podemos afirmar que la descripción paulina no es exhaustiva, ni puede serlo. Siempre es y será susceptible de aumento la ya larga lista. Descubrimos en los Padres matizaciones e intuiciones muy enriquecedoras. Expongo al­gunas.

a) Preferible a la libertad

Admirable enseñanza la de San Ambrosio (♱ 397) cuando compara la caridad con la libertad: «El Apóstol me enseña que más allá de la libertad está el servicio: ‘Siendo libre, dice, me he hecho servidor de todos para ganar a muchos’ (1 Cor 9, 19). ¿Qué es lo que está más allá de la libertad, como no sea tener el Espíritu de la gracia, tener caridad? La libertad hace libre para con los hombres, la caridad hace amigo para con Dios»30.

b) Caridad, corrección, exigencia

La caridad es no sólo compatible con la corrección, sino que la requiere, la exige. «No pienses que amas a tu hijo cuando no le castigas —dirá San Agustín—, o a tu prójimo cuando no le corriges. Eso no es caridad, sino desidia. (…) ¿Quién hay que no corrija a su hijo? ¿Qué hijo hay a quien su padre no lo castigue? (Heb 12, 7). Parece mostrarse crueldad, pero es sin hiel»31. Más aún, acompaña a la caridad una exi­gencia, que San Agustín ilustra con tiernísimas imágenes: «Donde hay caridad, hasta el que exige resulta dulce, y aun suponiendo trabajo, es éste aliviado o anulado por la caridad. ¿No vemos entre los animales mudos e irracionales, en los que no hay amor espiritual, sino carnal y natural, cómo piden las crías con afecto leche de los pechos de sus madres? Y aunque golpeen la ubre al mamar, no obstante, mejores le son a las madres esos golpes que si no mamasen y exigiesen lo que por amor maternal se debe. Frecuentemente vemos que los terneros ya grandes golpean con la cabeza las ubres de las vacas, y aunque con el impulso levanten los cuerpos de las madres, sin embargo no son repelidos a coces, sino que, por el contrario, si falta el ternero que mame, con mugidos les llaman a las ubres. Me hice pequeño, dice S. Pablo, en medio de vosotros como madre que criando acaricia a sus hijos. Entonces, os queremos precisamente cuando exigís»32.

c) Caridad y verdad

A pesar de la afirmación paulina «la caridad se alegra con la verdad» (I Cor 13, 6) es innegable que la relación caridad-verdad ha aparecido frecuentemente como problemática. En mi experiencia per­sonal y en contexto de vida cristiana un tanto selecto, como sin duda lo es el medio de la vida religiosa, no raramente la apelación al famoso «pro bono pacis», termina envolviendo antes o después algún proce­dimiento sinuoso, no recto, en cuya maraña entra como ingrediente más o menos fácilmente detectable, la mentira. El estilo eclesiástico sabe mucho de esto: es habitual en él.

Resulta impresionante este juicio de San Juan Crisóstomo, que podría ser suscrito, tal cual, hoy mismo: «¿No habéis visto lo que sucede en los ejércitos en tiempo de tregua y armisticio? ¿Cómo deponen todos las armas, y así, desarmados, van al campamento contrario? Mas luego que vuelven a tomar las armas y se ponen centinelas y vigías, se pasan la noche en vela, y se encienden hogueras indicadoras. Todas estas son ya señales, no de paz, sino de guerra. Pues esto sucede entre nosotros. Como enemigos en armas: eso parecemos. Nos guardamos unos de otros, nos vigilamos, susurramos al oído, y cuando alguien se acerca, callamos y cambiamos de conversación. Por eso me lamento, porque viviendo entre hermanos necesitamos estar alerta para no sufrir daño, y encendemos fuegos y montamos guardia y ponemos vigías. Y la causa de esto es la continua insinceridad y mentira, los engaños y fraudes, la caridad des­terrada, una guerra sin cuartel. Por este motivo, te encontrarás con muchos que se fían más de los paganos que de los cristianos. ¿No es esto una vergüenza? Lloro de tanta amargura. Los veo que están unos contra otros, los veo a dentell. das, despedazándose, unos por dinero, otros por am­bición, otros por nada, ridiculizándose y burlándose mutuamente, infli­giéndose mil heridas, dejando el nombre de hermanos desnudo y vacío. Con el diablo nos aliamos contra los hermanos y lo tomamos por jefe y volvemos los disparos contra el hermano. ¿Qué disparos? los que salen de la boca y de la lengua»33. Esta misma preocupación por la verdad en la caridad la muestra el santo obispo de Constantinopla en la dimensión, tan querida a él, de la caridad social: «Entras en la iglesia —dirá a las matronas— con el cuello y las manos cargados de joyas. Si viniese Pablo, terrible y amable a la vez: terrible para los pecadores y amable para los virtuosos, levantaría la voz y diría: «conviene que las mujeres se adornen, pero no con oro y perlas y telas preciosas» (1 Tim 2, 9). Y si luego entrase un gentil y viese allá en lo alto de la iglesia a las mujeres con tantos adornos, y oyese estas palabras de Pablo, ¿no diría «esto es una farsa, una comedia»?»34. Es el primer gran inconveniente que Crisóstomo ve en el lujo: que él contradice lo cristiano, haciéndolo incoherente: «Es motivo de burla, y, lo que es peor, de escándalo para los gentiles; porque ven que los cristianos no practican lo que profesan. En vez de distribuir lo que les sobra entre los hermanos necesitados, lo gastan en caprichos y extravagancias».

Y también: «Cuando os paseáis llevando esos trajes de valor inmenso, de un fasto satánico, pensad en los estómagos que a esa hora estarán hambrientos, en los cuerpos harapientos y desnudos. ¡Cuánto mejor sería dar de comer a los hambrientos, que agujerear el lóbulo de la oreja, y colgar de él vanamente el alimento de diez mil pobres!»35. Esta misma exigencia de veracidad le proporciona criterios de actuación en otros campos. Así, por ejemplo, huir de lujos incluso en las iglesias: «¿A qué viene cargar de vasos de oro la mesa de Jesucristo, si el mismo Cristo muere de hambre en la persona de sus pobres? Dale primero de comer, y de lo que sobre adornarás su mesa. ¡Das un cáliz de oro, y no haces la limosna de un vaso de agua! ¿A qué fin adornar su mesa con bordados de oro, si a él mismo no le das un pobre vestido con que cubrirse?… No digo con esto que no se pongan tales adornos, sino que se tenga en cuenta su relación con la limosna; más aún, que se atienda a ésta pri­mero»36.

d) Caridad y «vacío»

Los seres vivos somos, unos para otros, ante todo y sobre todo «presencias». La muerte es, ante todo y sobre todo, «ausencia». El hecho de morir nos convierte, de «presencias» en «ausencias». La indiferencia y el «vacío», tienen el mismo efecto. Convierten una presencia en ausencia. Son como la muerte. Matan. De ahí que «el que odia a su hermano es homicida», es profundamente certero, con la sola matización de que «odiar» se satisface aquí con la indiferencia. San Juan Crisóstomo lo expresa de manera magistral: «No se te ocurra mentarme aquella escalofriante expresión «¿a mí qué me importa?: no tengo nada que ver con él». Con solo el demonio no tenemos nada que ver; con todos los hombres tenemos que ver, y mucho. Tienen la misma naturaleza que nosotros, habitan la misma tierra, tienen un mismo Señor, las mismas leyes, y son llamados a los mismos bienes. Luego no digas que no tenemos nada que ver con ellos. Tal expresión es satánica, y su maldad diabólica. No digamos tales cosas, sino tengamos cuidado de nuestros hermanos»37.

e) Caridad y constancia

La caridad no se cansa nunca. Sabe recomendar cada día, y sabe que siempre hay algo nuevo que intentar para hacer el bien al prójimo. San Juan Crisóstomo: «¿Qué excusa ni defensa puede haber para no­sotros si descuidamos la salvación de nuestros semejantes? Se lo dijiste una vez y no te hizo caso; pues díselo dos veces, tres veces…. Cada día nos habla Dios y no le oímos, y no por eso cesa de hablarnos. Imita tú también esa solicitud con el prójimo. Para eso estamos juntos y habitamos en las ciudades y nos reunimos en las iglesias, para que mutuamente nos llevemos las cargas y nos corrijamos mutuamente nuestros pecados»38.

f) Caridad y maternidad

Un, a mi modo de ver, insospechado venero de teología acerca de la caridad, se esconde en un texto de LG, del Vaticano II referido a María. Se hacen estas dos afirmaciones en el c. VIII: 1. La verdadera devoción a María consiste, en síntesis, en imitar sus virtudes39; y 2. Una virtud de María propuesta con ejemplaridad —por consiguiente, para su imitación—, es precisamente su amor maternal40. Las vicisi­tudes por las que este último texto pasó fueron tales que legitiman el pensar que se propone en él que la caridad debe poseer connotaciones de amor maternal. Este tema, de gran interés —creemos—, que aquí sólo esbozamos41, trae su resonancia ya desde los Santos Padres. San Agustín dice: «Hermanos, aceptemos de buen grado el cuidado ma­ternal. No sin motivo la madre siente cuidado por nosotros cuando los demás se alegran: llamo madre a la caridad»42. Y más en concreto y en particular, abordando el peligro en que se halla la unidad de la Iglesia: «Ante los que se repartían la Iglesia e intentaban constituir partidos a costa de la unidad, la madre caridad, que residía en el Apóstol, da a luz infantes, muestra sus entrañas, rasga en cierto modo con palabras sus pechos, llora a los hijos que ve ser arrancados de su seno, intima a volver a la unidad…»43. No podemos extendernos aquí en más consideraciones, pero dejo abierto ante ustedes el panorama grandioso de una llamada a la caridad, al amor, más que de pedagogo, más que de hermano, más que de padre. Al amor maternal44.

Final

Ya que tuve la osadía de comenzar con una expansión personal, voy a redondearla con una pequeña reflexión final. Los teólogos han dado muchas vueltas al viejo tema griego de lo especulativo y lo práctico, la doxa y la praxis. La revelación judeo-cristiana está cons­tituida por palabras y hechos: y esto es sumamente revelador. Nada puede quedar, en cristiano, en mera especulación. Nada. Pero cuando del tema del amor se trata, si realmente hemos hablado de la caridad, aquí todo ha de resolverse en la práctica. Como lo contemplativo es el summum en la línea de lo práctico. De ahí que la teología se pretenda a sí misma más contemplativa que especulativa y más afectiva que práctica. Por eso, se ha dicho, todo acto de Teología, acerca de cual­quiera de sus partes, ha de culminar en contemplación y en amor. Y si, de hecho, el teólogo no lo impide, siempre produce tales actos. Con razón, por eso, el propio San Agustín nos invita, en estos temas prácticos, a «interrogar a los hechos más que a creer las palabras»45. Pienso que cualquier tema de los iluminados por la doctrina de los Padres, tomado en serio, da para toda una vida. Porque no se trata de hacer de él una gnosis, sino de llevarlo a la práctica. Eso es lo que viene a decimos San Juan Crisóstomo en estas palabras, a las que me adhiero, mediante las que hago también mi propia invitación a ustedes, y con las que pongo yo fin a las mías: «Mi alabanza es que vosotros pongáis por obra todo cuando se os dice: entonces seré yo dichoso y feliz. No cuando hayáis oído con agrado, sino cuando con toda alegría hayáis hecho cuanto hubierais oído»46.

  1. In I lo. V , 7: PL 35, 2016.
  2. Enarr. in Psalm. 103, I, 9: PL 37, 1343.
  3. In I lo. V, 6: PL 35, 2015.
  4. In l lo. VII, 8: PL 35, 2033.
  5. Kollómenoi tó agathó. La traducción es, pues, literal: unidos, pegados, adhe­ridos, «encolados» a lo bueno.
  6. Agápe kollá emás tó Theó: nos adhiere, nos pega, nos ‘encola»…: Ep. ad Cor I, 49, 5: PG 1, 309.
  7. Ibid. 49, 4: PG 1, 309.
  8. 14, ls: FUNK, Patres apostolici 1, 32.
  9. Ep. ad Philad. 8, 1: PG 5, 704.
  10. 5, 11: PG 2, 1173.
  11. Demontr. praed. evang. 61: Texte und Untersuchungen zur Geschichte der altchristlichen Literatur 31, 1. Heft, p. 45.
  12. De div. nom. 4, 10: PG 3, 708.
  13. San Juan Crisóstomo, In ep. ad Rom. IX, 4: PG 60, 474.
  14. Strom. I, 19: PG 8, 812: también II, 15: PG 8, 1009.
  15. De orat. c. 26: PL 1, 1301.
  16. De Abraham, c. 5, 35: PL 14, 457. «Un huésped»: es decir, cualquiera. Sin distinciones ni preferencias. Aquí no hay nada de demagogia ni clasismo de ninguna índole. Enfoque cristiano, muy superior al de Las preguntas de Atahualpa Yupanqui.
  17. De orat. c. 123: PG 79, 1193.
  18. Comm. in lo. 10, 2: PG 74, 384.
  19. In l lo. X, 3: PL 35, 2055.
  20. In I lo. VII, 5: PL 35, 2031.
  21. In I lo. IX, 10: PL 35, 2052.
  22. Moradas V, 3, 7 y 8.
  23. In l lo. V 12: PL 35, 2018.
  24. In ep. I ad Tim., 4, 12: PG 62, 562-3.
  25. In ep. ad Rom. XIII, 2: PL 60, 640.
  26. In ep. ad Rom. XV, 6: PG 60, 547-8.
  27. In ep. ad Heb. X: PG 63, 88.
  28. De eleem. 3: PG 51, 265.
  29. In Act. Apost. 25, 4: PG 60, 196.
  30. Ep. Simpl. 37, 23: PL 16, 1090.
  31. In I Io. VII, 11: PL 35, 2035.
  32. In l lo. IX, 1: PL 35, 2045.
  33. In ep. ad Rom. VIII, 8: PG 60, 464-5.
  34. In Psal. 48, 5: PG 55, 507. Ha de tenerse en cuenta que predica esta homilía en Constantinopla, ante la fastuosa corte imperial de Eudoxia.
  35. In Matth. LXXXIX, 4: PG 58, 786.
  36. In Matth. L, 4: PG 58, 509.
  37. Hom. de star. I, 12: PG 49, 33.
  38. Hom. de stat. VIII, 7: PG 49, 43.
  39. LG 67, final.
  40. LG 65, final.
  41. Remito a A. Escalada, El «afecto materno» en la devoción a María, en La figura de Marfa, Ed. San Esteban (Salamanca 1985) 277-286.
  42. In I lo. 1, 11: PL 35, 1986.
  43. In I lo. II, 4: PL 35, 1992.
  44. La tarea evangelizadora de San Pablo supone «un amor fraternal siempre cre­ciente». «¿De qué amor se trata?» —se pregunta Pablo VI—, y él mismo se responde como jerarquizando sus modalidades: «Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre»: Evang. Nunt., 79.
  45. In I lo. VI, 14: PL 35, 2029.
  46. Hom. de star. II, 4: PG 49, 38.

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