La Asociación de Caridades de san Vicente de Paúl, don de Dios para la Iglesia

Francisco Javier Fernández ChentoAsociación Internacional de CaridadesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1987.
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Raíz teologal de la Asociación

El volver a las fuentes no es sólo una necesidad en los momen­tos críticos de las instituciones de la Iglesia, sino una necesidad pe­renne cuando la institución cree tener vocación de prolongarse en la historia. La Asociación de Caridad, fundada por san Vicente, ha vivido una larga y fecunda historia y, por lo que se ve, sigue con la voluntad de seguir haciendo historia.

A san Vicente se le considera como uno de los fundadores que han recibido la inspiración de sus fundaciones indirectamente. No oyó voz alguna venida del cielo que le dijese lo que tenía que ha­cer; ni tuvo visión sobrenatural alguna en la que intuyese, al me­nos, lo que tenía que fundar; ni tenemos elementos para pensar que recibió luces extraordinarias en su entendimiento o fuerzas es­peciales en su voluntad. San Vicente actuó con las dotes que Dios le concedió y que él supo cultivar, ayudado, por supuesto, de la gracia ordinaria de Dios. No se dan en san Vicente los fenómenos místicos que encontramos en otros fundadores.

Fueron las situaciones concretas, los acontecimientos cotidianos los que conmovieron su sensibilidad, los que le hicieron reflexionar y le empujaron a la fundación de sus obras. Este modo de proce­der, menos místico, acentúa ciertamente la acción del hombre, le hace más próximo a nosotros, pero no aminora la procedencia di­vina de su inspiración. La inspiración y la decisión de hacerla re­alidad no son hechos meramente episódicos, se insertan en la ex­periencia espiritual que san Vicente está viviendo. Son jalones de un camino que san Vicente está corriendo como respuesta a una llamada de Dios. Por eso dirá de todas sus obras, también de la Asociación de Caridad, la primogénita entre sus grandes obras, que son obras de Dios y él, mero instrumento de la Providencia divina para realizar en el tiempo un designio que existía en Dios desde toda la eternidad. Para san Vicente era evidente que fue Dios quien quiso renovar o potenciar la presencia de la mujer cris­tiana en la obra del servicio a los pobres. En la plática del 11 de julio de 1657 decía a las Señoras:

“Vuestra Compañía es obra de Dios y no de los hombres. ¿A quién hay qu’e referir el designio de la Compañía más que al Padre de las misericordias y al Dios de todo consuelo, quien os ha esco­gido como vehículo de su consuelo y misericordia?”

Evocar el origen divino de la Asociación tiene hoy importancia. Jesús se hizo hombre, pero mantuvo siempre viva su referencia al Padre. Es el Salvador enviado por el Padre. La Iglesia, a su vez, misterio de salvación, si salva al mundo lo salva desde Dios. La Asociación de Caridad, si ejerce la caridad, debe ser la caridad de Dios la que comunique y exprese.

Casi siempre se plantea la cuestión sobre el equilibrio y armo­nía entre la transcendencia y la inmanencia. También hoy. En buena hora nuestra sensibilidad reacciona con fuerza ante los pro­blemas sociales, ante la pobreza y sus formas, ante todo lo que degrada, posterga y oprime al hombre. En general, todos coinci­dimos en estos sentimientos. Incluso la mayor parte de los Esta­dos, y por supuesto la Iglesia, empeñada en encarnarse plenamente en las realidades humanas para salvar desde ellas al hombre. No es posible otra salvación, como dijo Pablo VI en la Evangelti nun­tiandi. También vuestra Asociación, a juzgar por los documentos que en estos últimos años habéis publicado.

Pero ¿podemos afirmar con igual fuerza nuestra sensibilidad ante los valores transcendentes, espirituales, sacudidos como esta­mos, personal y ambientalmente, por el secularismo y la moderni­dad? Lo menos que se puede decir es que corremos ciertos riesgos:

  • riesgos de olvidar lo trascendente;
  • riesgos de minusvalorarlo;
  • riesgos de sustituirlo.

Ciñéndonos al campo de la caridad, todos sabemos los pro­blemas que en torno a ella se plantean: relaciones entre la justicia y la caridad, Evangelio o. carta de los derechos humanos, salvación de Dios o salvación del hombre por sí mismo, etc. Entiéndaseme bien. No es mi intención despreciar o minusvalorar todas estas cuestiones, ni negar las consecuencias óptimas que de ellas se pue­den derivar. Solamente quiero hacerme eco de una preocupación, manifestada hace algunos años por Pablo VI pero que la conside­ro actual:

“Hay quienes se dan por bien pagados, ejerciendo un servicio al prójimo, declarando al mismo tiempo la superfluidad de la cari­dad para con Dios. Todos sabemos, dice el Papa, qué fuerza nega­tiva ha adquirido esta actitud. El sentido social ha sustituido al sentido religioso. La caridad teologal viene sustituida por la simpa­tía y compasión humanas, bellas en sí mismas, pero vacías de todo contenido espiritual cristiano. ¿Qué consistencia real, qué mérito trascendente puede tener esa actitud en la cual las relaciones para con Dios, el drama de la Redención, el misterio de la gracia y de la Iglesia son silenciados sistemáticamente y pospuestos a los co­mentarios que suscita la situación social o el momento politico?”

Valores centrales de la Asociación

En estos últimos años posconciliares se ha hecho un gran es­fuerzo por encontrar fórmulas que expresen con claridad la identi­dad de las instituciones y de las personas que en ellas han com­prometido sus vidas o parte de ellas. Se ha seguido, por tanto, un doble camino: partir de las personas o partir de la institución, pero siempre haciendo referencia a la intención, propósito y espíritu de los fundadores.

Siguiendo esa doble vía, una Voluntaria de la Caridad se pue­de describir así: es una mujer cristiana que, fiel al mandato del amor, opta por honrar la caridad de Cristo sirviéndole en la per­sona de los pobres, animada por el espíritu evangélico de humil­dad, sencillez y caridad.

Si nos fijamos en la Asociación en cuanto tal se puede describir como una Asociación de caridad organizada para un mejor servicio a los pobres, según el estilo que impone la práctica de las vir­tudes evangélicas de humildad, sencillez y caridad.

Son descripciones escuetas, quizá incompletas, pero suficientes, a mi modo de ver, para descubrir en ellas los valores constitutivos de la identidad de la Voluntaria vicenciana y de la Asociación de Caridad, fundada por san Vicente.

Estos valores son los valores centrales, permanentes, insustitui­bles, incambiables. Son los valores que continuamente interpelan y exigen una expresión adecuada y actualizada, según los momentos históricos y circunstancias en las cuales ejerce su apostolado. Estos valores son los que principalmente entran en juego ante el reto que la Asociación tiene hoy y tendrá siempre.

Una consecuencia necesaria es que la Asociación, como la Igle­sia y las instituciones eclesiales, debe estar en estado de “conver­sión” permanente, de renovación continua, teniendo en cuenta los signos de los tiempos, las llamadas de la Iglesia, de los pobres, creando las formas de servicio y la organización más eficaces, siendo capaces de emprender caminos nuevos y tener el coraje de despojarse de lo que ya no sirve y no es, desde una concepción correcta de la caridad evangélica, creíble hoy.

Todo esto tiene fundamento en las enseñanzas y vida de san Vicente, en las formulaciones jurídicas y pastorales que nos dejó en sus múltiples reglamentos.

Sé que ustedes siguen en ese camino. Merece que se estudie atentamente el Documento Base que ustedes han publicado. Creo que en él se traza el camino que deben seguir. Es este documento, por decirlo con una expresión evangélica, el vino añejo en odres nuevos.

Lo variable e invariable

A veces nos preguntamos qué es lo invariable y qué es lo va­riable en la herencia vicenciana. Frecuentemente hablamos de ha­cer una nueva lectura de san Vicente y de la tradición vicenciana.

Plantearnos esta cuestión es dar por cierto que existen elemen­tos esenciales y secundarios, incluso efímeros, cuyo destino es mo­rir para que dejen lugar a otros nuevos o subsistan con mayor vi­gor los esenciales y, sobre todo, para que la caridad de Cristo brille con todo su esplendor en el mundo.

Decir que necesitamos leer de nuevo a san Vicente es confesar que o no hemos comprendido su mensaje en toda su hondura o que todavía adivinamos tesoros ocultos o que son posibles otras traducciones sin traicionar el mensaje. Todo es muy cierto. Basta ver cómo se ha leído a san Vicente y cómo se le está leyendo. Es normal. Sucede con todo y toda obra que, aunque nacidos en un contexto histórico determinado, se proyecta hacia el futuro como algo vivo y no se reduce a simple memoria o recuerdo de historia muerta.

La dificultad surge en el discernimiento, es decir, en los crite­rios determinantes de lo variable e invariable y en la carencia de prejuicios. No es lo mismo leer a san Vicente a la luz de la pará­bola del buen samaritano que desde una concepción marxista de la historia.

Para el historiador italiano Daniel Menozzi, san Vicente es un modelo de cómo se ejerce la caridad en la Iglesia de la Contrarre­forma. En su libro Chiesa, poven, societá nell’etá moderna e con­temporanea afirma que la religión es ciertamente un estímulo para practicar la caridad, pero es, al mismo tiempo, vehículo de la ideo­logía que impone a los pobres valores morales consecuentes a los intereses políticos y sociales de las clases dominantes. Cita con fi­delidad objetiva los hechos de la fundación de la Asociación de Caridad pero selecciona ciertos rasgos que convienen a su tesis, como son: el que los pobres asistidos por las Señoras “deben con­fesar y comulgar” o el que escojan “dos pobres Señoras, de vida honesta y devota” para que se ocupen de los pobres que necesitan cuidados continuos y que las Señoras, por sus obligaciones de es­posas o domésticas, no pueden ejercer. Afirma que las Hijas de la Caridad nacerán de esta experiencia. Y llega a esta conclusión: las Hijas de la Caridad, con su incansable trabajo, sustituyen a los grupos dominantes en lo que éstos no pueden o no quieren hacer. Esto por una parte. Por otra, las Hijas de la Caridad son un ejemplo de una mentalidad sobre la caridad que prevé para ciertos grupos dominantes la posibilidad de delegar la plenitud de vida cristiana en el ámbito económico-social a grupos restringidos y es­pecializados.

De muy distinta manera leyó a san Vicente el franciscano pa­dre Cipriano W. Emanuel. En su obra Las fundaciones de la Ca­ridad de san Vicente de Paúl, valoración de sus ideas, teorías y métodos, afirma: “La grandeza de san Vicente se debe no tanto a la originalidad de sus ideas y métodos, sino a la extensión y varie­dad de sus obras, a su extraordinaria habilidad y juicio práctico en ordenar las ayudas, organizar asociaciones de hombres y mujeres de todas las clases sociales para hacerlas más eficaces. Comprendió cuánto se puede hacer con la caridad bien organizada… Su carác­ter eminentemente práctico, junto al conocimiento profundo que tenía de la naturaleza humana y la disposición natural para estu­diar cualquier asunto en todos sus aspectos fueron las cualidades que le permitieron dar a sus organizaciones normas sencillas y prácticas y acomodadas a las necesidades reales de los pobres y susceptibles de adaptación según lo exijan las circunstancias, de suyo variables.” La última conclusión de su libro dice textualmen­te: “Acaso lo más saliente en todas las actividades sociales desarro­lladas por san Vicente sea que puso por base de todas ellas el ele­mento sobrenatural.”

Son dos ejemplos de lecturas distintas. Se pueden multiplicar los ejemplos. No es mi intención dar juicios de valor sobre los dos ejemplos indicados, pero sí deducir algunas conclusiones, por otra parte obvias:

  • El hecho de la variedad de lecturas y su complejidad.
  • La necesidad de una actitud crítica ante las conclusiones que cada lectura ofrezca. Puede suceder que las conclusio­nes sean inadmisibles, pero puede suceder que, al menos, sean toque de alarma.
  • Cualquier lectura que de san Vicente se haga debe partir de los contenidos esenciales de su vocación.

Esta última conclusión nos lleva a hacernos la siguiente pre­gunta: ¿cuáles son los contenidos esenciales de la vocación vicen­ciana?

Contenidos esenciales de la vocación de san Vicente

San Vicente ha tenido la gracia de ser llamado por Dios para seguir e imitar a Cristo, evangelizador de los pobres y fuente y mo­delo de caridad. Toda su vida y sus obras son la respuesta a esta llamada. Por eso, la Misión y la Caridad no sólo proceden de una misma inspiración, sino que se complementan mutuamente. La Caridad empujó a la Misión y la Misión impulsa hacia la Cari­dad. Los misioneros, según las Reglas comunes, deben fundar la Caridad después de cada misión. Pero la idea existe desde el inicio de la Misión, cuando firma el contrato con los señores de Gondí en 1625. La idea no es abandonada por san Vicente ya anciano. En la conferencia a los misioneros del 6 de diciembre de 1658 les dice:

“Si hay alguno entre nosotros que crea que ha venido a la Mi­sión para remediar las necesidades espirituales y no las temporales le diré que tenemos que asistir a los pobres y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del divino juez: venid, benditos de mi Padre, etcétera. Hacer esto es evangelizar de palabra y obra. Es lo más perfecto. Es hacer lo que hizo nuestro Señor y tienen que practicar los que le representan.”

A continuación les recomienda la obra de los enajenados de san Lázaro y la de los Niños expósitos. En esta misma linea hay que situarse cuando a las Señoras y a las Hijas de la Caridad les exhorta a que den la ayuda espiritual. Sencillamente, él quiere imi­tar a Jesús, en el modo como el Señor actuó.

Es obvio, conviene decirlo: san Vicente imita a Cristo en sus actitudes fundamentales y no le copia en el modo concreto como el Señor actuó. Por consiguiente, lo propio es que nos fijemos nos­otros en las actitudes básicas de san Vicente y no le copiemos el modo concreto como él actuó. Yo creo que lo que nos interesa es el san Vicente organizador más que la organización de san Vicente. Nos interesa el san Vicente humilde, su humildad personal y apos­tólica, y no el modo como él expresó su humildad.

Nos interesa, como dije antes, siguiendo al Vaticano II y al nuevo Código de Derecho Canónico, las intenciones, los propósitos y el espíritu de los fundadores.

Fijémonos ahora en la virtud de la caridad. San Vicente quiere ser instrumento fiel de la caridad de Cristo, sin límite alguno en su intención, pero ciertamente limitado en su comprensión y realiza­ción. No podemos dudar de que se ha logrado un gran progreso en la comprensión de la caridad, ni podemos ignorar la crítica que se ha hecho al modo de practicarla personal y asociativamente. Yo no puedo adivinar qué cauces asumiría el santo ante esta crítica y cómo se situaría ante una comprensión más perfecta de la caridad. Pero sí podemos estar seguros de que, por el principio en el que se inspira y por su realismo, haría todo lo posible por responder a esas nuevas exigencias. Y lo haría con discernimiento porque, como nos dice el P. Congar, san Vicente supo prescindir de algu­nas novedades que, según su pensar, no favorecían la práctica de la caridad, alma y vida de la Iglesia.

Es en el ámbito de la caridad en donde se da el gran desafio a los seguidores de san Vicente y en donde nos jugamos la fidelidad al don recibido.

Juan XXIII escribió en 1960: “Estamos persuadidos —dice el Papa— de que el don que san Vicente recibió de Dios, aunque de ámbitos amplísimos, no se ha agotado. Su vigor se debe extender más y con mayor eficacia en el futuro, principalmente por los tra­bajos de aquellos que se dicen sus seguidores.”

El Papa alude a los progresos de la técnica, de las artes, pero al mismo tiempo pone de manifiesto las nuevas formas de pobreza que surgen por doquier.

La cuestión es, pues, cómo situarse en el momento actual, des­de una comprensión actualizada de la caridad cristiana, sin perder de vista la experiencia vicenciana.

Los problemas que surgen son muchos y de envergadura. Me limito a señalar algunos:

  1. Cómo encontrar los espacios para ejercer la caridad en las sociedades en las que los Estados pretenden acapararlo todo y marcar todo servicio social de la propia ideología.
  2. Cómo colaborar con todos los movimientos u organizacio­nes locales, nacionales e internacionales que se preocupan del hombre, de sus derechos. No nos olvidemos que una de las características vicencianas es la capacidad de aunar voluntades para el servicio de los pobres, de aglutinar es­fuerzos, vinieran de donde vinieran.
  3. Cómo asumir, desde la perspectiva cristiana, las diversas concepciones del servicio social, de tal manera que, sin de­jar de ser plenísimamente humano, sea también religioso.
  4. Cómo sensibilizamos ante las nuevas formas de pobreza sin olvidar las antiguas, todavía vigentes en muchos luga­res, y cómo dar a todas ellas la respuesta adecuada, eficaz, según las posibilidades.
  5. Cómo adoptar, incluso, el nuevo lenguaje del hombre secu­larizado sin traicionar a los contenidos evangélicos.
  6. Cómo superar los reparos que puedan surgir ante valores procedentes de ideologías no cristianas, pero en el fondo convergentes en servir al hombre, en crear una conciencia social sobre la dignidad del hombre, en defender bienes de la humanidad, etc. Porque la caridad de Cristo también tiende a lo mismo.

La tarea no es fácil. Requiere serio discernimiento, pero es quehacer imprescindible si queremos ser fieles al don recibido y, al mismo tiempo, saber actualizarlo.

En realidad, es la línea que está siguiendo el Magisterio de la Iglesia desde Juan XXIII hasta Juan Pablo II.

Características de la caridad vicenciana

Lo que voy a decir ahora es propio de la caridad cristiana. Si he añadido el calificativo de vicenciana es porque en san Vicente estas características han tenido un significado notable.

Algunos textos vicencianos nos incitan a presuponer la caridad. Como consecuencia de este supuesto, se pone el acento en los po­bres, la organización, el servicio, etc. Yo no creo que principal­mente san Vicente sobresalga por estos valores, ciertamente indis­cutibles.

Sin duda, vista la actividad vicenciana desde la perspectiva de estos valores, el santo aparece más cercano a nuestra sensibilidad actual. Son valores fácilmente constatables y quizás se vea en ellos si no la originalidad del santo, sí una de las razones por las que ha entrado en la historia de la Iglesia o en la historia de la caridad en la Iglesia.

Sin discutir un ápice esos valores, creo que san Vicente sobre­sale y es verdadero personaje en la historia de la Iglesia y de la caridad en la Iglesia, porque se comprometió a vivir la caridad de Cristo en todas sus dimensiones con un espíritu también evangé­lico.

1. Para san Vicente es evidente que la justicia es el umbral de la caridad. No creo que entrara en discusiones sobre las relaciones entre ambas virtudes. Tampoco le inquietaría si la caridad de ayer se ha convertido en justicia hoy. La razón es que en la conciencia de san Vicente han desaparecido los límites entre el deber y él po­der. El criterio que en él prevalece es el de la entrega total a Dios y a los pobres. “Démonos a Dios” era casi un estribillo en sus plá­ticas. “Los pobres son mi peso y mi dolor” (es un sentimiento tan profundo). Los pobres están por encima de todo.

Cuando las Señoras se sienten desanimadas ante las dificulta­des que supone el llevar adelante algunas de las obras emprendi­das, san Vicente no tiene reparo alguno en decirles:

“Puesta nuestra confianza en Dios, hay que hacer todo lo que se pueda… Os diré lo de san Pablo: ¿Habéis dado más de lo super­fluo? ¿Habéis ya resistido hasta verter vuestra sangre? Siempre se puede más.”

2. Ya hemos aludido a la dificultad de mantener el equilibrio entre la trascendencia y la inmanencia. Para san Vicente la caridad es inmanente y trascendente. Necesariamente debe mantener la dimensión humana y la dimensión religiosa. La caridad vicenciana crea un doble movimiento: el amor a Dios empuja irresistiblemente hacia el amor a los pobres. El amor a los pobres, a su vez, nos lanza hacia el amor a Dios. Si somos capaces de amar, decía el evangelista Juan, es porque Dios nos amó primero, pero al mismo tiempo afirma: si decimos que amamos a Dios y no a nuestros hermanos somos unos embusteros. El mandamiento que hemos recibido consiste precisamente en esto: quien ama a Dios ame también a su hermano.

No es dificil encontrar el mismo pensamiento en san Vicente sin salirnos de la doctrina que él ofreció a las Señoras de la Ca­ridad:

“i Y qué amor podemos tener a Dios si no amamos a los que él amó? No hay ninguna diferencia, Señoras, entre amarle a El y amar a los pobres, entre servir bien a los pobres y servirle a El.”

3. La caridad es inspiración y acción, llamada de Dios y res­puesta del hombre.

La caridad, decía san Vicente, es infinitamente inventiva, pero también es consumirse por Dios. A un misionero le escribía:

“Consumirse por Dios, no disponer ni de bienes, ni de fuerzas sino es para consumirlas por Dios. Esto es lo que hizo nuestro Se­ñor, se consumió por amor al Padre.”

Conocidos son otros pensamientos de san Vicente: “Hay que amar a Dios con el sudor del rostro y el cansancio de los brazos”, etcétera.

4. La caridad es plenitud de salvación y armonía en la diversi­dad. La “Gaudium et Spes” nos dice que el Verbo de Dios nos revela que Dios es amor y al mismo tiempo enseña que la ley fun­damental de la perfección humana y por consiguiente de la trans­formación del mundo, es el mandamiento del amor.

La salvación será fruto de la caridad, dirá muchas veces san Vicente. Además, dará plena unidad y plena armonía a los diversps deberes de las Señoras de la Caridad:

“Lo importante es no tener sino un solo corazón, una sola voluntad y ni más tiempo que para servir y amar a Dios. Si una Se­ñora se complace en su marido es por Dios. Si se preocupa de sus hijos es por Dios. Si se dedica a sus negocios es por Dios.”

El ejercicio de la caridad desde la laicidad

Es otro valor central del don recibido por la Asociación de Caridad: practicar la caridad desde su condición de laica cristiana.

Recuerdo todavía con emoción la conferencia de la señora Co­lette Dubois pronunciada ante los miembros de la Asamblea Ge­neral de la Congregación de la Misión en 1969.

La señora Colette Dubois nos dijo: “Nosotras somos las muje­res laicas de la gran familia vicenciana. Estamos en la Iglesia por­que hemos sido bautizadas. Somos miembros de las Caridades porque Cristo nos ha llamado, como laicos, a este movimiento de Caridad.” Nos lo recordó la señora Delva en la Asamblea General de 1980. La idea de la laicidad de la Asociación la recogen los Es­tatutos.

No es ninguna novedad. Después del Vaticano II, una más cla­ra concepción de la Iglesia, como pueblo de Dios, ha hecho que los laicos hayan adquirido el puesto que por su bautismo y con­firmación les corresponde. El nuevo ordenamiento canónico, en­trado en vigor en noviembre de 1983, nos da el llamado Estatuto del laico en la Iglesia católica. Es la primera vez que sucede en un ordenamiento canónico de la Iglesia católica, tanto a nivel de per­sonas —el laico como persona— o a nivel asociativo —las asocia­ciones laicales.

La acción de san Vicente, si absolutamente hablando no supu­so novedad en cuanto a la originalidad, sí en cuanto dio nuevo vigor a la presencia activa de la mujer cristiana en el ejercicio de la caridad. Una prueba de ello es que tal Movimiento laical todavía está vivo. Ustedes son una muestra. Además es la obra vicenciana que más adeptos ha tenido y sigue teniendo.

En el aula conciliar, más de un obispo citó a san Vicente como uno de los promotores del movimiento laical en la Iglesia. Pero todo es historia y, si se quiere, historia pasada.

Lo que no ha pasado, ni deberá pasar, es el sentido eclesial que la Asociación debe mantener. Sentir con la Iglesia. Sentirse Iglesia. Habéis recogido estos sentimientos en vuestro Documento Base. Queréis ser una voz dentro del coro de voces de la Iglesia. Habéis hecho vuestras las palabras de Juan Pablo II a los movimientos laicales de Francia:

“Es irremplazable el apostolado de los laicos, responsables de encarnar la presencia de Cristo en la vida cotidiana… Misión exul­tante, que no es obra de la técnica ni de la economía, sino renova­ción espiritual para hacer una nueva humanidad.”

Las palabras de Juan Pablo II son un eco de lo que nos dijo el Concilio en el Decreto sobre la actividad de los laicos.

Me interesa resaltar el valor de signo dado desde la laicidad. San Vicente decía a las Señoras:

“Hay algunas personas que al ver cómo muchas de ustedes si­guen constantemente al Señor por este camino estrecho del ejercicio del amor a Dios y al prójimo, querrían también hacer lo mismo. Es algo que querrían hacer, pero como lo encuentran dificil no lo hacen.”

La Iglesia, como signo, también depende de todos sus miem­bros y de sus instituciones.

La cuestión es cómo ser signos creíbles. Jesús tuvo este pro­blema. También san Pablo. Todos sabemos cómo impresionaron a san Vicente las objeciones de aquel hugonote de Marchais: no creía que la Iglesia estuviera dirigida por el Espíritu Santo al ver cómo las pobres gentes del campo estaban tan desasistidas espiri­tualmente, cuando en París había tanta abundancia de sacerdotes.

También la Asociación ha tenido y tiene problemas de credibi­lidad. Es signo de la Caridad, ¿pero es plenamente creíble?

Todos sabemos que la cuestión de la credibilidad es muy com­pleja. Son muchos los elementos que entran en juego: la institu­ción misma, el modo o estilo de actuar, el servicio, las personas a las que se sirve y, sobre todo, los observadores, que no siempre tienen ni las ideas ni los ojos limpios.

No me es posible ahora entrar de lleno en esta cuestión. Creo, sin embargo, que por exigencia de la fidelidad al don recibido no se puede minusvalorar. Ninguna institución de la Iglesia puede hoy cerrarse sobre sí misma. Todo trasciende y debemos asumir la res­ponsabilidad que a cada parte de la Iglesia nos corresponde en el conjunto de la responsabilidad eclesial.

El primer panegirista de san Vicente, Enrique de Maupas, dijo que san Vicente había cambiado el rostro de la Iglesia de Francia. Lo hizo atrayente y creíble. Es seguro que las Caridades contribu­yeron a ello.

Pablo VI se preguntó en cierta ocasión qué respondería la Igle­sia del futuro a quienes le preguntasen dónde estaba ella en las horas dramáticas de la historia contemporánea, qué hacía ella mientras el mundo vivía cambios tan brutales en las costumbres. Pablo VI soñaba que se podría responder:

“La Iglesia amaba. Mientras el mundo lucha por el poder, la Iglesia ama. Mientras los hombres discuten sobre las ideas, la Igle­sia ama. Cuando se sube a la luna y se corren los espacios sidera­les, la Iglesia ama.”

Termino con unas palabras de san Vicente, dirigidas a las Se­ñoras de París:

“Este es vuestro oficio, Señoras, ésta es vuestra herencia.”

Bendigan a Dios porque les ha hecho herederas y responsables de un don, dado por El a su Iglesia.

Puntos para el trabajo por grupos

1.° Raíz teologal de la Asociación:

“Vuestra Compañía es obra de Dios y no de los hom­bres…” (san Vicente de Paúl).

Existe un riesgo de olvidar la dimensión trascendente de la vida cristiana y el origen divino de la Asociación influencia­dos como estamos por el secularismo. “El sentido social ha sustituido al sentido religioso” (Pablo VI).

2.° Definición de la Voluntaria vicenciana:

Es una mujer cristiana que, fiel al mandato del amor, opta por honrar la caridad de Cristo sirviéndole en la persona de los pobres, animada por el espíritu evangélico de humildad, sencillez y caridad.

3.° Contenido esencial de la vocación vicenciana:

San Vicente de Paúl tuvo la gracia de ser llamado por Dios para seguir e imitar a Cristo, evangelizador de los pobres, fuente y modelo de toda caridad.

Toda su vida y sus obras son la respuesta a esta llamada. Por eso, la misión y la caridad no sólo proceden de una misma inspiración, sino que se complementan mutuamente. La caridad empujó a Vicente de Paúl a la misión y la misión le impulsó a la caridad. Fe y caridad son inseparables. Esta es también la vocación de las Voluntarias.

4.° Carácter laico de la Asociación:

“Nosotras somos las mujeres laicas de la gran familia vi­cenciana”, dijo la señora Colette Dubois a los miembros de la Asamblea General de la Congregación de la Misión en 1969. Esta misma idea la han recordado las presidentas in­ternacionales, señoras Delva y Dilde, en las Asambleas de la C.M. de 1980 y 1986, respectivamente.

5.° Sentido eclesial de la Asociación:

Sentir con la Iglesia y sentirse Iglesia.

Estas ideas están recogidas en el Documento de Base: “Contra las pobrezas, actuar juntos”.

6.° Características de la caridad vicenciana:

a) La justicia es el umbral de la Caridad,. La caridad nunca debe sustituir a la justicia.

b) La Caridad es trascendencia e inmanencia:

El amor a Dios lleva necesariamente al amor a los po­bres.

c) La Caridad es inspiración y acción:

“Hay que amar a Dios con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos” (san Vicente de Paul).

Preguntas para la reflexión personal o cumunitaria

Las preguntas que sugerimos están tomadas de la Conferencia. Por considerarlas importantes y actuales las transcribimos literalmente:

  1. ¿Cómo encontrar los espacios para ejercer la ca­ridad en las sociedades, en las que los Estados pretenden acapararlo todo y marcar todo servicio social de la propia ideología?
  2. ¿Cómo colaborar con todos los movimientos u organizaciones locales, nacionales e internaciona­les que se preocupan del hombre, de sus dere­chos?
  3. ¿Cómo asumir, desde la perspectiva cristiana, las diversas concepciones del servicio social, de tal manera que, sin dejar de ser plenísimamente hu­mano sea también religioso?
  4. ¿Cómo sensibilizarnos ante las nuevas formas de pobreza sin olvidar las antiguas, todavía vigentes en muchos lugares, y cómo dar a todas ellas la respuesta adecuada, eficaz, según las posibilida­des?
  5. ¿Cómo adoptar incluso el nuevo lenguaje del hombre secularizado sin traicionar los contenidos evangélicos?
  6. ¿Cómo superar los reparos que puedan surgir an­te valores procedentes de ideologías no cristianas, pero en el fondo convergentes en servir al hom­bre, en crear una conciencia social sobre la digni­dad del hombre, en defender bienes de la humanidad, etc.? Porque la caridad de Cristo también tiende a lo mismo. La tarea no es fácil. Requiere serio discernimiento, pero es quehacer imprescin­dible si queremos ser fieles al don recibido y, al mismo tiempo, saber actualizarlo. En realidad, es la línea que está siguiendo el magisterio de la Iglesia, desde Juan XXIII hasta Juan Pablo II.

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