Un álbum de fotografías de la Cartuja del Ara Christi fue el que inspiró la publicación de esta breve reseña histórica. El Rev. P. Fernando Espiago, zaragozano él, tuvo necesidad de emprender un viaje con motivo de ciertos compromisos ministeriales, y al regresar a Madrid tenía necesariamente que pasar por Zaragoza. Lo natural era que se detuviera un poco en su patria chica para saludar a sus familiares y también a sus amistades. Entre estas amistades figura en lugar destacado el Rev. Padre Prior de la Cartuja de Zaragoza, cuya visita era de rigor. Al hacer los dos un recorrido por los claustros del monasterio, pasaron junto a un «stand» con libros, periódicos y revistas expuestos al público para propaganda de la Cartuja. El P. Prior invitó al P. Espiago a escoger una de las obras como recuerdo de su visita. Este paseó su vista por los títulos de las obras y tropezó con las fotografías de la Cartuja de Ara Christi, de Valencia, y este álbum escogió por tener relación con la doble familia de San Vicente de Paúl. Al regresar a Madrid se acordó el P. Espiago que tenía en su comunidad al último de los quince capellanes que habían asistido espiritualmente a las Hijas de la Caridad durante los cuarenta y cinco años que estas habían residido en dicha Cartuja, el cual tendría sumo gusto en contemplar, nuevamente, siquiera en fotografía, aquellos lugares y pasajes que personalmente y tan de cerca contemplara durante su permanencia en aquel paraíso valenciano. Se lo enseñó, en efecto, proporcionándole una gran alegría y comunicándole además que pensaba conservarlo en el archivo provincial como recuerdo, pero se le había ocurrido que sería más completo acompañarlo con una breve relación de la estancia de las Hijas de la Caridad en la Cartuja, a lo cual yo contesté que me parecía muy bien y que yo mismo no tenía inconveniente en realizar ese trabajo, ya que poseía abundante material recogido durante mi estancia en Valencia. Conformes los dos, me propuse dar principio a la obra cuanto antes. Y en ello estoy, pero dudando entre reducir el trabajo sólo a lo concerniente a las Hijas de la Caridad o extenderlo brevemente a toda la historia de la Cartuja, pues para todo hay material. El tiempo y las circunstancias nos darán la respuesta exacta y conveniente.
Origen de la Fundación
Don Rafael Roca Miguel, corresponsal del diario valenciano Las Provincias, escribió en julio de 1965 un precioso artículo titulado «La antigua Real Cartuja de Ara Christi». En él, después de hablar con cierta extensión de las órdenes religiosas que anteriormente habían habitado en dicha Cartuja, añade: «Finalmente, en 1926, una comunidad de monjas de la Caridad de San Vicente de Paúl adquirió el desdichado monasterio para asilo de las beneméritas Hermanas que al llegar a la ancianidad no pueden prestar sus abnegados servicios en los centros benéficos, y con su presencia real en el profanado cenobio rinden el mayor acto de desagravio que puede ofrecerse a la antigua Cartuja de Ara Christi.»
Efectivamente, los superiores mayores de la Compañía de las Hijas de la Caridad en España venían buscando un lugar de reposo para sus Hermanas gastadas en el servicio de los pobres, y la Providencia les puso en contacto con los dueños de la abandonada Cartuja, que lo eran don José Antonio Medina y su esposa, doña Araceli. Estos, excelentes cristianos y llenos sus corazones de sentimientos de caridad, al enterarse del destino que querían dar al edificio y a sus dependencias, se alegraron en gran manera, y no sólo aceptaron la proposición de los superiores, sino que hasta les hicieron donación de toda la propiedad, ya que ellos disfrutaban de una posición desahogada y no la necesitaban para vivir. Realizadas con prontitud todas las diligencias legales para el traspaso y preparadas algunas dependencias para acomodar a las Hermanas, el día 8 de julio de 1926 entró en la Cartuja el primer grupo de Hijas de la Caridad, que tomaron posesión del monasterio y cargaron con la responsabilidad de administrar y mejorar el rico tesoro que les habían regalado los caritativos donantes. La primera etapa después de la ocupación fue sumamente difícil, pues todo estaba por hacer, pero pronto fueron llegando Hermanas de diversos puntos de toda la nación que, aunque achacosas y de avanzada edad, aún podían echar una mano para ayudar a sus compañeras en su trabajo. Se entiende en lo referente a la casa, porque para el cultivo de la huerta y jardín buscaron un buen hortelano de la población ayudado por algunos enfermos del Sanatorio Psiquiátrico de Valencia que diariamente venían al monasterio a trabajar bajo sus órdenes, hacía producir a la tierra todo lo que la comunidad había de necesitar para su sustento. Estos enfermos mentales, jóvenes y en buen estado de salud física, no sólo trabajaban con alegría y entusiasmo, sino que hasta quedaban agradecidos, porque encontraban en ello una ocasión de vivir largas horas fuera de su habitual residencia, eran mejor alimentados que sus compañeros de enfermedad y hasta recibían en recompensa algún dinero para sus necesidades o caprichos personales. En cambio las Hermanas, sin tener que acudir diariamente a la plaza o al mercado, podían disfrutar todo el año, según las estaciones, de los diversos frutos que producía la finca con sus árboles frutales, como naranjos, perales, higueras, cerezos, melocotoneros, ciruelos, albaricoqueros, olivos, algarrobos, almendros, viñedos, o con el cultivo de patatas, judías, habas, un poco de trigo, alcachofas, verduras, alfalfa y otros. Estos frutos a veces eran tan abundantes que podían venderlos en parte o llevarlos a la Casa Provincial de Pamplona.
La comunidad fue aumentando paulatinamente, hasta el punto que en ocasiones llegaron a formarla no menos de 60 Hermanas. La observancia regular era perfecta y los oficios se desempeñaban a conciencia a pesar de ser enfermas la casi totalidad de sus componentes. Al frente de todo este pequeño mundo, y responsable de actuación, había siempre una Hermana nombrada por los superiores mayores con el título de Superiora o Hermana Sirviente, cuyas órdenes todos debían acatar y obedecer. En los cuarenta y cinco años que estuvo habitada la Cartuja por las Hijas de la Caridad, fueron nueve las superioras que se sucedieron en el cargo.
Los misioneros Paúles, capellanes de la comunidad
Los superiores de las Hijas de la Caridad en España, al hacerse esta fundación, eran el M. R. P. Joaquín Atienza, Director nacional, y Sor Juana Antonia Alvira, Visitadora. Una de las preocupaciones de los dos, tal vez la principal, era cómo podrían ser atendidas espiritualmente las Hermanas estando tan lejos de Valencia y siendo tan pocos los sacerdotes en las cercanías. La solución natural que se les ocurrió fue el que se encargaran de ellas los sacerdotes de la Congregación de la Misión, pero existía una pequeña dificultad: Los Padres del reino de Valencia pertenecían a la Provincia de Barcelona, y los súbditos del P. Joaquín Atienza a la de Madrid. Por consiguiente no se podía establecer una residencia en este lugar sin el consentimiento del Superior General y del Provincial de Barcelona. Este consentimiento se hubiera conseguido fácilmente, pero el P. Atienza juzgó más sencillo no formar comunidad, sino enviar Padres desde Madrid a ejercer un ministerio en la Cartuja, perteneciendo siempre a la Casa Central de Madrid.
Los Padres que han actuado como capellanes desde el principio son los siguientes:
P. Angel. Martínez, 1926-1935. P. Agapito Alcalde, 1931-1935. P. Rafael Vinagre Torres, 1935-1937. P. García, 1937-1939. P. Domingo Villanueva, 1944-1944. P. Francisco Jul Fern, 1940-1947. P. Francisco Jul Fern (bis), 1949‑1953. P. Manuel Fuertes Garc, 1940-1953. P. Martín Pablo, 1946-1949. P. Vicente Tajadura. 1954-1955. P. Lucrecio Prieto, 1953-1955. P. Enrique Giménez, 1955-1965. P. Toribio López Alonso, 1949-1970. P. Claudio Muñoz, 1965-1971. P. Aquilino Sánchez, 1970-1971.
Servicios de los capellanes
- Diarios: Misas 7,15 y 8,30. Comunión a las Hermanas enfermas a las 7.
- Semanales: Conferencias los sábados a las 10. Los domingos, misas a las 7,15 y a las 9.
- Mensuales: Retiro-plática a las 10 (en un día señalado por la Superiora).
- Anuales: Exposición mayor en los días señalados según concesión episcopal. Los primeros viernes, mes de octubre, 8,40 horas los días 25, 26 y 27 de noviembre, y otros días según petición nuestra. Exposición menor «ad libitum».
En los ejercicios espirituales, ayudar al director en las confesiones y dirección espiritual.
- Servicios permanentes: Ayuda espiritual a las Hermanas especialmente enfermas en caso de defunción y funerales.
- Témporas: Confesores extraordinarios de las Hermanas en las 60 casas de Valencia, Alicante y Castellón.
- Bétera: Servicio quincenal.
- Especiales: Acudir a las llamadas particulares de casas o Hermanas por razón de ministerios.
- Ejercicios espirituales: En la época de verano, Hijas de la Caridad de diversas casas de la Provincia practicaban aquí los ejercicios espirituales, para lo cual se presta admirablemente esta antigua Cartuja, dulce mansión de paz, silencio y soledad. Estas tandas de ejercicios solían ser muy numerosas —nunca bajaban del centenar el número de ejercitantes— y las solían dirigir otros Padres de la Congregación designados por los Superiores. Los capellanes solamente ayudaban para las confesiones y dirección espiritual.
Anécdota personal que no desentona del conjunto
Relacionándolo con lo dicho anteriormente acerca de los ejercicios espirituales, creo podrá servir de edificación el caso siguiente: En los años 1962-65 estaba yo destinado en la residencia de Zaragoza y los Superiores me encargaban de vez en cuando alguna tanda de ejercicios a Hermanas en las provincias de Cataluña, Baleares, Burgos, Vitoria y Valencia, concretamente en la Cartuja de Ara Christi. Durante los ejercicios, como Director, me entregaba de lleno a atender a las ejercitantes, pero esto no me impedía observar también a las enfermas de la comunidad, quedando edificado de su conducta y hondamente afectado por la dolorosa situación de algunas de ellas. Terminada una de las tandas, salí de la Cartuja con el maletín en la mano paseando tranquilamente hacia la carretera para coger un autobús que me llevara a Valencia y meditando sobre lo que dejaba detrás. En el decurso de mis meditaciones surgió en mi mente la siguiente idea o resolución: Si algún día yo puedo y los Superiores me lo consienten, vendré a cuidar espiritualmente a estas Hermanas ancianas y enfermas y a terminar entre ellas mis días. ¿Fue todo un sueño?
El tiempo fue pasando, me destinaron a Sevilla, se dividió la Provincia de Madrid en tres y me tocó quedar en la de Salamanca, siendo mi nuevo Superior provincial el Padre Miguel Pérez Flores. En el verano de 1970, con motivo de las vacaciones, tuve ocasión de pasar por Valencia para visitar a algunos de mis familiares, y en una de las casas de Hijas de la Caridad me comunicaron que el P. Toribio López estaba gravemente enfermo en el hospital. Fui a visitarle y saqué la impresión de que su vida iba llegando al final. No tuve tiempo para visitar la Cartuja y regresé a Sevilla. Un mes más tarde me llegó la noticia de la muerte del P. Toribio López, capellán de la Cartuja, precisamente el que más tiempo ejerció ese cargo —nada menos que veintiún a ñ o s—, y entonces f u e cuando más intensamente se reavivó en mi espíritu aquel sueño o ilusión que experimenté años antes en los ejercicios a las Hermanas. Expuse mi caso con todo detalle al P. Julián Tobar, que era a la sazón el Visitador de Madrid, para ver si me admitiría en su Provincia con la condición de ser destinado a la Cartuja de Ara Chisti, y a vuelta de correo me contestó que me recibiría con los brazos abiertos y con la condición que le indicaba. El primer paso estaba dado. Ahora faltaba el segundo: Comunicárselo a mi Visitador, que era el P. Flores. Este se mostró un tanto reservado y me pidió tiempo para pensarlo. Después me dijo que sí, pero que debía esperar hasta el 17 de junio próximo, que se me cumplirían los tres años de Superior en Sevilla. Le hice ver que no me interesaba, porque para esa fecha ya la vacante estaría cubierta y no tenía objeto el cambio. Así quedaron las cosas, pero a los pocos días pasó él por nuestra casa y, al retirarnos por la noche, se acercó a mi habitación y me dijo que podía preparar el viaje para Madrid cuando quisiera. Al día siguiente avisé a mi nuevo Visitador, puse en orden mis cosas y el 17 de noviembre de 1970 llegaba a García de Paredes, 45, Madrid. El P. Julián Tobar me recibió corno había prometido, con los brazos abiertos, y no sólo confirmó mi destino, sino que después de un día de descanso, él mismo, en su coche de Visitador y dándome un gran paseo por Albacete, Murcia, Cartagena y Alicante, me llevó a Valencia, llegando ya entrada la noche a la Cartuja de Ara Christi. Era la víspera de la festividad de Cristo Rey. A la mañana siguiente concelebramos la misa de las Hermanas con toda solemnidad los PP. Julián Tobar, Claudio Muñoz y un servidor, dando gracias a Dios por tan feliz desenlace. El P. Visitador se despidió luego de toda la comunidad para regresar a Madrid, y yo tomé posesión de mi habitación en la Cartuja alabando al Señor porque mi sueño, visión o promesa se había convertido en realidad. Mi vida en el nuevo ambiente se deslizó feliz entregado de lleno a los servicios enumerados anteriormente, orientado por la experiencia y buenos consejos del ejemplar compañero que me había tocado en suerte, el Padre Claudio Muñoz. Pero mi dicha no iba a ser completa ni duradera, pues mi resolución, como dije antes, fue venir a cuidar espiritualmente a estas Hermanas ancianas y enfermas y a terminar entre ellas mis días, como lo consiguió el P. Toribio López, que a los veintiún años de servicio el Señor le llamó a recibir la recompensa, y sus restos mortales descansaban en el mismo cementerio de la comunidad.
Mi felicidad duró justamente un año; a los diez meses de mi llegada empezó a circular el rumor de que las Hijas de la Caridad se iban a retirar de la Cartuja poniéndola a la venta. ¿Las causas? Nunca saltaron a la calle. Solamente los que estaban al frente, los Superiores, fueron los depositarios del secreto. Pero el rumor siguió creciendo y por fin se convirtió en realidad. Un mes antes de la clausura, el Consejo Provincial empezó a distribuir Hermanas por las diversas casas de la Provincia, y el 13 de noviembre de 1971 no quedó ser viviente en la Cartuja. Aquella tarde, la última Superiora, Sor Micaela Estepa, después de recoger todas las llaves de los departamentos, cerró la puerta principal y se retiró a su antigua casa, el Sanatorio Psiquiátrico Provincial de Valencia, pero con la pesada carga de lo que dejaba atrás, puesto que la Cartuja de Ara Christi quedaba en venta y no se la podía abandonar del todo. Los dos capellanes, PP. Claudio Muñoz y Aquilino Sánchez, también durmieron ya aquella noche en su residencia de Madrid, García de Paredes, 45.
A medida que iba escribiendo estas cuartillas acudían a mi mente nuevas ideas y nuevas dificultades que solamente Sor Micaela Estepa podía resolver. Le escribí unas letras exponiéndole mi problema, y casi a vuelta de correo tuve contestación: Una carta sumamente interesante cuyos datos y noticias eran material suficiente para completar la narración que se me había propuesto. He aquí su contenido:
Valencia, 21-XI-80.
Rble. P. Aquilino Sánchez. Madrid.
Con sumo gusto le daré los datos que sepa y usted me pide. Como usted recordará, el 13 de noviembre de 1971 salimos todas las Hermanas, pero yo, aunque residiendo en el Psiquiátrico, seguía con la responsabilidad de la finca hasta el 31 de marzo de 1979, en que Sor Ecónoma entregó las llaves de la Cartuja.
En el 1973 le vendieron la Cartuja a don José Llover, abogado, pero que se dedicaba también a la construcción. Según el acuerdo, se la tenían que entregar a los tres meses, pero pasó el tiempo sin hacerlo, y en 1975 ocurrió un accidente en la carretera de Barcelona: Tiraron 18 metros de pared de la cerca. Fue una verdadera catástrofe. La gente empezó a entrar en la finca, a romper puertas, a llevarse muebles y cuadros ¡pero a camiones! Después empezaron con los ladrillos, no dejaron ni uno; los primeros que se llevaron fueron los de las habitaciones de los Padres capellanes, después los de arriba, a continuación entraron en la capilla de San Bruno, de donde se llevaron hasta las baldosas del suelo. Por fin, Padre, el día de las últimas elecciones robaron 10.000 ladrillos, toda la instalación de luz y rompieron 3.000 cristales.
Yo en los nueve años he hecho 23 denuncias. La guardia civil no pudo coger a nadie. Yo sí me encontré tres o cuatro veces con ellos, pero no podía hacer nada: Corrían y saltaban por el cementerio.
(Nota.—Cuando las Hermanas tomaron posesión de la Cartuja consiguieron permiso del Ayuntamiento del Puig para tener cementerio particular dentro de la finca.)
Me pregunta usted por nuestras difuntas. Nuestras Hermanas difuntas de la Cartuja las pasamos al cementerio del Puig el día 27 de noviembre de 1978. Una vez terminado todo el papeleo reglamentario, se compró un terreno y se hizo una fosa; ésta se cubrió con ladrillos y se revocó por dentro. En ella están todas nuestras queridas Hermanas difuntas. P. Aquilino, me tocó primero enterrarlas y ahora desenterrarlas. Sacamos 48 sacos de huesos y 16 Hermanas enteras. Este trabajo nos llevó tres días. Fuimos llevando los sacos en carros hasta la puerta del refectorio. Las Hermanas enteras, con sus cajas, las pusimos en la puerta de San Bruno tapadas con sábanas. Una vez todo limpio de huesos —por pequeños que fueran— me fui a Rafelbuñol, busqué un camión y los trasladamos al cementerio del Puig. Vino una consejera y algunas Hermanas de casa que ayudaron a llevar sacos hasta la fosa. Esta se ha revestido de mármol dividido en tres planchas: la del centro lleva una inscripción que dice: Hijas de la Caridad (Cartuja de Ara Christi), 27-11-78. El P. Toribio López está en un nicho aparte y también tiene lápida. Los señores de la finca, bienhechores y donantes de la Cartuja a la Compañía de las Hipas de la Caridad, en otro nicho. Que todos descansen en paz.
Padre, ya se puede figurar los ratos que yo me he pasado. ¡Sólo Dios y yo lo sabemos! He pasado por todo, hasta encontrarme a un hombre ahogado en la acequia grande. En fin, nueve años de martirio, luchando con la gente para vender la fruta. Algunos años tuve que pesar la naranja. El último año sacamos millón y medio. En fin, que a mí me tocó esta papeleta y no tuve más remedio que seguir hasta el final.
Como le digo anteriormente, compró la finca don José Llover. Este la vendió enseguida a una sociedad (el Real Automóvil Club). Le adjunto el artículo que han publicado en el periódico Las Provincias por si le viene bien para su trabajo.
Y con esto termina la carta de Sor Micaela, que le agradezco de corazón.







