La antigua Real Cartuja de Ara Christi (Valencia) y las Hijas de la Caridad

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Anónimo · Año publicación original: 1981 · Fuente: Anales españoles.
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Un álbum de fotografías de la Cartuja del Ara Christi fue el que inspiró la publicación de esta bre­ve reseña histórica. El Rev. P. Fer­nando Espiago, zaragozano él, tuvo necesidad de emprender un viaje con motivo de ciertos compromisos ministeriales, y al regresar a Ma­drid tenía necesariamente que pa­sar por Zaragoza. Lo natural era que se detuviera un poco en su pa­tria chica para saludar a sus fami­liares y también a sus amistades. Entre estas amistades figura en lu­gar destacado el Rev. Padre Prior de la Cartuja de Zaragoza, cuya vi­sita era de rigor. Al hacer los dos un recorrido por los claustros del monasterio, pasaron junto a un «stand» con libros, periódicos y re­vistas expuestos al público para pro­paganda de la Cartuja. El P. Prior invitó al P. Espiago a escoger una de las obras como recuerdo de su visita. Este paseó su vista por los títulos de las obras y tropezó con las fotografías de la Cartuja de Ara Christi, de Valencia, y este álbum escogió por tener relación con la doble familia de San Vicente de Paúl. Al regresar a Madrid se acordó el P. Espiago que tenía en su comunidad al último de los quince capellanes que habían asistido espiritualmente a las Hijas de la Caridad durante los cuarenta y cinco años que estas habían residido en dicha Cartuja, el cual tendría sumo gusto en contemplar, nuevamente, siquiera en fotografía, aquellos lugares y pasajes que personalmente y tan de cerca contemplara durante su permanencia en aquel paraíso valenciano. Se lo enseñó, en efecto, proporcionándole una gran alegría y comunicándole además que pensaba conservarlo en el archivo provincial como recuerdo, pero se le había ocurrido que sería más completo acompañarlo con una breve relación de la estancia de las Hijas de la Caridad en la Cartuja, a lo cual yo contesté que me parecía muy bien y que yo mismo no tenía inconveniente en realizar ese trabajo, ya que poseía abundante material recogido durante mi estancia en Valencia. Conformes los dos, me propuse dar principio a la obra cuanto antes. Y en ello estoy, pero dudando entre reducir el trabajo sólo a lo concerniente a las Hijas de la Caridad o extenderlo brevemente a toda la historia de la Cartuja, pues para todo hay material. El tiempo y las circunstancias nos darán la respuesta exacta y conve­niente.

Origen de la Fundación

Don Rafael Roca Miguel, corres­ponsal del diario valenciano Las Provincias, escribió en julio de 1965 un precioso artículo titulado «La antigua Real Cartuja de Ara Chris­ti». En él, después de hablar con cierta extensión de las órdenes re­ligiosas que anteriormente habían habitado en dicha Cartuja, añade: «Finalmente, en 1926, una comuni­dad de monjas de la Caridad de San Vicente de Paúl adquirió el desdichado monasterio para asilo de las beneméritas Hermanas que al llegar a la ancianidad no pueden prestar sus abnegados servicios en los centros benéficos, y con su pre­sencia real en el profanado ceno­bio rinden el mayor acto de des­agravio que puede ofrecerse a la antigua Cartuja de Ara Christi.»

Efectivamente, los superiores ma­yores de la Compañía de las Hijas de la Caridad en España venían bus­cando un lugar de reposo para sus Hermanas gastadas en el servicio de los pobres, y la Providencia les puso en contacto con los dueños de la abandonada Cartuja, que lo eran don José Antonio Medina y su esposa, doña Araceli. Estos, ex­celentes cristianos y llenos sus co­razones de sentimientos de caridad, al enterarse del destino que que­rían dar al edificio y a sus depen­dencias, se alegraron en gran ma­nera, y no sólo aceptaron la pro­posición de los superiores, sino que hasta les hicieron donación de toda la propiedad, ya que ellos disfru­taban de una posición desahogada y no la necesitaban para vivir. Rea­lizadas con prontitud todas las di­ligencias legales para el traspaso y preparadas algunas dependencias para acomodar a las Hermanas, el día 8 de julio de 1926 entró en la Cartuja el primer grupo de Hijas de la Caridad, que tomaron pose­sión del monasterio y cargaron con la responsabilidad de administrar y mejorar el rico tesoro que les ha­bían regalado los caritativos donan­tes. La primera etapa después de la ocupación fue sumamente difícil, pues todo estaba por hacer, pero pronto fueron llegando Hermanas de diversos puntos de toda la na­ción que, aunque achacosas y de avanzada edad, aún podían echar una mano para ayudar a sus com­pañeras en su trabajo. Se entiende en lo referente a la casa, porque para el cultivo de la huerta y jar­dín buscaron un buen hortelano de la población ayudado por algunos enfermos del Sanatorio Psiquiátri­co de Valencia que diariamente ve­nían al monasterio a trabajar bajo sus órdenes, hacía producir a la tierra todo lo que la comunidad había de necesitar para su susten­to. Estos enfermos mentales, jóve­nes y en buen estado de salud fí­sica, no sólo trabajaban con ale­gría y entusiasmo, sino que hasta quedaban agradecidos, porque en­contraban en ello una ocasión de vivir largas horas fuera de su ha­bitual residencia, eran mejor ali­mentados que sus compañeros de enfermedad y hasta recibían en re­compensa algún dinero para sus necesidades o caprichos personales. En cambio las Hermanas, sin tener que acudir diariamente a la plaza o al mercado, podían disfrutar to­do el año, según las estaciones, de los diversos frutos que producía la finca con sus árboles frutales, como naranjos, perales, higueras, cerezos, melocotoneros, ciruelos, albarico­queros, olivos, algarrobos, almen­dros, viñedos, o con el cultivo de patatas, judías, habas, un poco de trigo, alcachofas, verduras, alfalfa y otros. Estos frutos a veces eran tan abundantes que podían vender­los en parte o llevarlos a la Casa Provincial de Pamplona.

La comunidad fue aumentando paulatinamente, hasta el punto que en ocasiones llegaron a formarla no menos de 60 Hermanas. La obser­vancia regular era perfecta y los oficios se desempeñaban a concien­cia a pesar de ser enfermas la casi totalidad de sus componentes. Al frente de todo este pequeño mun­do, y responsable de actuación, ha­bía siempre una Hermana nombra­da por los superiores mayores con el título de Superiora o Hermana Sirviente, cuyas órdenes todos de­bían acatar y obedecer. En los cua­renta y cinco años que estuvo ha­bitada la Cartuja por las Hijas de la Caridad, fueron nueve las supe­rioras que se sucedieron en el car­go.

Los misioneros Paúles, capellanes de la comunidad

Los superiores de las Hijas de la Caridad en España, al hacerse esta fundación, eran el M. R. P. Joa­quín Atienza, Director nacional, y Sor Juana Antonia Alvira, Visitado­ra. Una de las preocupaciones de los dos, tal vez la principal, era có­mo podrían ser atendidas espiritual­mente las Hermanas estando tan lejos de Valencia y siendo tan po­cos los sacerdotes en las cercanías. La solución natural que se les ocu­rrió fue el que se encargaran de ellas los sacerdotes de la Congre­gación de la Misión, pero existía una pequeña dificultad: Los Padres del reino de Valencia pertenecían a la Provincia de Barcelona, y los súbditos del P. Joaquín Atienza a la de Madrid. Por consiguiente no se podía establecer una residencia en este lugar sin el consentimiento del Superior General y del Provin­cial de Barcelona. Este consenti­miento se hubiera conseguido fácil­mente, pero el P. Atienza juzgó más sencillo no formar comunidad, sino enviar Padres desde Madrid a ejer­cer un ministerio en la Cartuja, perteneciendo siempre a la Casa Central de Madrid.

Los Padres que han actuado como capellanes desde el principio son los siguientes:

P. Angel. Martínez, 1926-1935. P. Agapito Alcalde, 1931-1935. P. Rafael Vinagre Torres, 1935-1937. P. García, 1937-1939. P. Domingo Villanueva, 1944-1944. P. Francisco Jul Fern, 1940-1947. P. Francisco Jul Fern (bis), 1949‑1953. P. Manuel Fuertes Garc, 1940-1953. P. Martín Pablo, 1946-1949. P. Vicente Tajadura. 1954-1955. P. Lucrecio Prieto, 1953-1955. P. Enrique Giménez, 1955-1965. P. Toribio López Alonso, 1949-1970. P. Claudio Muñoz, 1965-1971. P. Aquilino Sánchez, 1970-1971.

Servicios de los capellanes

  • Diarios: Misas 7,15 y 8,30. Comu­nión a las Hermanas enfermas a las 7.
  • Semanales: Conferencias los sába­dos a las 10. Los domingos, misas a las 7,15 y a las 9.
  • Mensuales: Retiro-plática a las 10 (en un día señalado por la Supe­riora).
  • Anuales: Exposición mayor en los días señalados según concesión epis­copal. Los primeros viernes, mes de octubre, 8,40 horas los días 25, 26 y 27 de noviembre, y otros días según petición nuestra. Exposición menor «ad libitum».

En los ejercicios espirituales, ayu­dar al director en las confesiones y dirección espiritual.

  • Servicios permanentes: Ayuda es­piritual a las Hermanas especial­mente enfermas en caso de defun­ción y funerales.
  • Témporas: Confesores extraordi­narios de las Hermanas en las 60 casas de Valencia, Alicante y Cas­tellón.
  • Bétera: Servicio quincenal.
  • Especiales: Acudir a las llamadas particulares de casas o Hermanas por razón de ministerios.
  • Ejercicios espirituales: En la épo­ca de verano, Hijas de la Caridad de diversas casas de la Provincia practicaban aquí los ejercicios es­pirituales, para lo cual se presta admirablemente esta antigua Car­tuja, dulce mansión de paz, silen­cio y soledad. Estas tandas de ejer­cicios solían ser muy numerosas —nunca bajaban del centenar el nú­mero de ejercitantes— y las solían dirigir otros Padres de la Congre­gación designados por los Superio­res. Los capellanes solamente ayu­daban para las confesiones y direc­ción espiritual.

Anécdota personal que no desentona del conjunto

Relacionándolo con lo dicho an­teriormente acerca de los ejercicios espirituales, creo podrá servir de edificación el caso siguiente: En los años 1962-65 estaba yo destinado en la residencia de Zaragoza y los Su­periores me encargaban de vez en cuando alguna tanda de ejercicios a Hermanas en las provincias de Cataluña, Baleares, Burgos, Vitoria y Valencia, concretamente en la Car­tuja de Ara Christi. Durante los ejercicios, como Director, me en­tregaba de lleno a atender a las ejercitantes, pero esto no me im­pedía observar también a las en­fermas de la comunidad, quedan­do edificado de su conducta y hon­damente afectado por la dolorosa situación de algunas de ellas. Ter­minada una de las tandas, salí de la Cartuja con el maletín en la ma­no paseando tranquilamente hacia la carretera para coger un autobús que me llevara a Valencia y medi­tando sobre lo que dejaba detrás. En el decurso de mis meditaciones surgió en mi mente la siguiente idea o resolución: Si algún día yo puedo y los Superiores me lo con­sienten, vendré a cuidar espiritual­mente a estas Hermanas ancianas y enfermas y a terminar entre ellas mis días. ¿Fue todo un sueño?

El tiempo fue pasando, me des­tinaron a Sevilla, se dividió la Pro­vincia de Madrid en tres y me tocó quedar en la de Salamanca, siendo mi nuevo Superior provincial el Pa­dre Miguel Pérez Flores. En el ve­rano de 1970, con motivo de las va­caciones, tuve ocasión de pasar por Valencia para visitar a algunos de mis familiares, y en una de las ca­sas de Hijas de la Caridad me co­municaron que el P. Toribio López estaba gravemente enfermo en el hospital. Fui a visitarle y saqué la impresión de que su vida iba lle­gando al final. No tuve tiempo para visitar la Cartuja y regresé a Sevi­lla. Un mes más tarde me llegó la noticia de la muerte del P. Toribio López, capellán de la Cartuja, pre­cisamente el que más tiempo ejer­ció ese cargo —nada menos que veintiún a ñ o s—, y entonces f u e cuando más intensamente se reavi­vó en mi espíritu aquel sueño o ilusión que experimenté años an­tes en los ejercicios a las Herma­nas. Expuse mi caso con todo de­talle al P. Julián Tobar, que era a la sazón el Visitador de Madrid, pa­ra ver si me admitiría en su Pro­vincia con la condición de ser des­tinado a la Cartuja de Ara Chisti, y a vuelta de correo me contestó que me recibiría con los brazos abiertos y con la condición que le indicaba. El primer paso estaba dado. Ahora faltaba el segundo: Co­municárselo a mi Visitador, que era el P. Flores. Este se mostró un tan­to reservado y me pidió tiempo pa­ra pensarlo. Después me dijo que sí, pero que debía esperar hasta el 17 de junio próximo, que se me cumplirían los tres años de Supe­rior en Sevilla. Le hice ver que no me interesaba, porque para esa fe­cha ya la vacante estaría cubierta y no tenía objeto el cambio. Así quedaron las cosas, pero a los po­cos días pasó él por nuestra casa y, al retirarnos por la noche, se acercó a mi habitación y me dijo que podía preparar el viaje para Madrid cuando quisiera. Al día si­guiente avisé a mi nuevo Visitador, puse en orden mis cosas y el 17 de noviembre de 1970 llegaba a Gar­cía de Paredes, 45, Madrid. El P. Ju­lián Tobar me recibió corno había prometido, con los brazos abiertos, y no sólo confirmó mi destino, sino que después de un día de descan­so, él mismo, en su coche de Visi­tador y dándome un gran paseo por Albacete, Murcia, Cartagena y Alicante, me llevó a Valencia, lle­gando ya entrada la noche a la Car­tuja de Ara Christi. Era la víspera de la festividad de Cristo Rey. A la mañana siguiente concelebramos la misa de las Hermanas con toda solemnidad los PP. Julián Tobar, Claudio Muñoz y un servidor, dan­do gracias a Dios por tan feliz desenlace. El P. Visitador se despidió luego de toda la comunidad para regresar a Madrid, y yo tomé po­sesión de mi habitación en la Car­tuja alabando al Señor porque mi sueño, visión o promesa se había convertido en realidad. Mi vida en el nuevo ambiente se deslizó feliz entregado de lleno a los servicios enumerados anteriormente, orienta­do por la experiencia y buenos con­sejos del ejemplar compañero que me había tocado en suerte, el Pa­dre Claudio Muñoz. Pero mi dicha no iba a ser completa ni duradera, pues mi resolución, como dije an­tes, fue venir a cuidar espiritual­mente a estas Hermanas ancianas y enfermas y a terminar entre ellas mis días, como lo consiguió el P. To­ribio López, que a los veintiún años de servicio el Señor le llamó a re­cibir la recompensa, y sus restos mortales descansaban en el mismo cementerio de la comunidad.

Mi felicidad duró justamente un año; a los diez meses de mi llega­da empezó a circular el rumor de que las Hijas de la Caridad se iban a retirar de la Cartuja poniéndola a la venta. ¿Las causas? Nunca sal­taron a la calle. Solamente los que estaban al frente, los Superiores, fueron los depositarios del secreto. Pero el rumor siguió creciendo y por fin se convirtió en realidad. Un mes antes de la clausura, el Con­sejo Provincial empezó a distribuir Hermanas por las diversas casas de la Provincia, y el 13 de noviem­bre de 1971 no quedó ser viviente en la Cartuja. Aquella tarde, la úl­tima Superiora, Sor Micaela Este­pa, después de recoger todas las llaves de los departamentos, cerró la puerta principal y se retiró a su antigua casa, el Sanatorio Psiquiá­trico Provincial de Valencia, pero con la pesada carga de lo que de­jaba atrás, puesto que la Cartuja de Ara Christi quedaba en venta y no se la podía abandonar del todo. Los dos capellanes, PP. Claudio Mu­ñoz y Aquilino Sánchez, también durmieron ya aquella noche en su residencia de Madrid, García de Pa­redes, 45.

A medida que iba escribiendo es­tas cuartillas acudían a mi mente nuevas ideas y nuevas dificultades que solamente Sor Micaela Estepa podía resolver. Le escribí unas le­tras exponiéndole mi problema, y casi a vuelta de correo tuve con­testación: Una carta sumamente in­teresante cuyos datos y noticias eran material suficiente para com­pletar la narración que se me ha­bía propuesto. He aquí su conte­nido:

Valencia, 21-XI-80.

Rble. P. Aquilino Sánchez. Madrid.

Con sumo gusto le daré los datos que sepa y usted me pide. Como usted recordará, el 13 de noviem­bre de 1971 salimos todas las Her­manas, pero yo, aunque residiendo en el Psiquiátrico, seguía con la responsabilidad de la finca hasta el 31 de marzo de 1979, en que Sor Ecónoma entregó las llaves de la Cartuja.

En el 1973 le vendieron la Cartuja a don José Llover, abogado, pero que se dedicaba también a la cons­trucción. Según el acuerdo, se la tenían que entregar a los tres me­ses, pero pasó el tiempo sin hacer­lo, y en 1975 ocurrió un accidente en la carretera de Barcelona: Tiraron 18 metros de pared de la cer­ca. Fue una verdadera catástrofe. La gente empezó a entrar en la fin­ca, a romper puertas, a llevarse muebles y cuadros ¡pero a camio­nes! Después empezaron con los la­drillos, no dejaron ni uno; los pri­meros que se llevaron fueron los de las habitaciones de los Padres ca­pellanes, después los de arriba, a continuación entraron en la capilla de San Bruno, de donde se lleva­ron hasta las baldosas del suelo. Por fin, Padre, el día de las últimas elecciones robaron 10.000 ladrillos, toda la instalación de luz y rom­pieron 3.000 cristales.

Yo en los nueve años he hecho 23 denuncias. La guardia civil no pudo coger a nadie. Yo sí me en­contré tres o cuatro veces con ellos, pero no podía hacer nada: Corrían y saltaban por el cementerio.

(Nota.—Cuando las Hermanas tomaron posesión de la Cartuja con­siguieron permiso del Ayuntamien­to del Puig para tener cementerio particular dentro de la finca.)

Me pregunta usted por nuestras difuntas. Nuestras Hermanas difun­tas de la Cartuja las pasamos al cementerio del Puig el día 27 de no­viembre de 1978. Una vez terminado todo el papeleo reglamentario, se compró un terreno y se hizo una fosa; ésta se cubrió con ladrillos y se revocó por dentro. En ella están todas nuestras queridas Hermanas difuntas. P. Aquilino, me tocó pri­mero enterrarlas y ahora desente­rrarlas. Sacamos 48 sacos de hue­sos y 16 Hermanas enteras. Este trabajo nos llevó tres días. Fuimos llevando los sacos en carros hasta la puerta del refectorio. Las Herma­nas enteras, con sus cajas, las pu­simos en la puerta de San Bruno tapadas con sábanas. Una vez todo limpio de huesos —por pequeños que fueran— me fui a Rafelbuñol, busqué un camión y los traslada­mos al cementerio del Puig. Vino una consejera y algunas Hermanas de casa que ayudaron a llevar sacos hasta la fosa. Esta se ha revestido de mármol dividido en tres plan­chas: la del centro lleva una inscrip­ción que dice: Hijas de la Caridad (Cartuja de Ara Christi), 27-11-78. El P. Toribio López está en un ni­cho aparte y también tiene lápida. Los señores de la finca, bienhecho­res y donantes de la Cartuja a la Compañía de las Hipas de la Cari­dad, en otro nicho. Que todos des­cansen en paz.

Padre, ya se puede figurar los ra­tos que yo me he pasado. ¡Sólo Dios y yo lo sabemos! He pasado por todo, hasta encontrarme a un hombre ahogado en la acequia gran­de. En fin, nueve años de martirio, luchando con la gente para vender la fruta. Algunos años tuve que pe­sar la naranja. El último año saca­mos millón y medio. En fin, que a mí me tocó esta papeleta y no tuve más remedio que seguir hasta el final.

Como le digo anteriormente, com­pró la finca don José Llover. Este la vendió enseguida a una sociedad (el Real Automóvil Club). Le adjun­to el artículo que han publicado en el periódico Las Provincias por si le viene bien para su trabajo.

Y con esto termina la carta de Sor Micaela, que le agradezco de corazón.

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