1.- Sentido y valor de la ancianidad
El tema de cuidar a los cuidadores o cuidadoras se planteó en Roma en las Jornadas del Consejo Pontificio de la Salud de noviembre de 2007. De los estudios y reflexiones que allí se hicieron tomo los datos para nuestra reflexión. La mejoría de las condiciones de salud y los avances científicos en el campo de la sanidad han marcado la prolongación de la vida. El hecho nos ofrece la perspectiva de poder cultivar intereses que suponen un grado más elevado de instrucción, dedicación de tiempo a actividades lúdicas y misiones solidarias. La ancianidad no es siempre sinónimo de dependencia. Hay personas muy longevas con una clarividencia mental totalmente nítida. No obstante, hay algunas personas que ven la ancianidad como una abrumadora fatalidad en lugar de aceptarla como un período lleno de posibilidades que abren la vida al optimismo y esperanza.
En nuestra sociedad está muy difundida la imagen de la tercera edad como fase de declive, en la que se supone la insuficiencia de relación humana y social. A pesar de ello, existe una categoría de personas, capaces de captar el significado que tiene la ancianidad. Hay muchas personas que la viven no sólo con serenidad y dignidad, sino como un período de la vida que presenta nuevas oportunidades de desarrollo y compromiso: más tiempo disponible para la relación, la lectura, el deporte, las manualidades, los jobys, la contemplación, etc… Y existe otra categoría -muy numerosa en nuestros días- para la cual la vejez es un trauma. Se trata de personas que, ante el propio envejecimiento, asumen actitudes que van desde la resignación pasiva hasta la rebelión y el rechazo desesperados. Personas que, al encerrarse en sí mismas y colocarse al margen de la vida, dan principio al proceso de la propia degradación física y mental.
Es posible, pues, afirmar que las facetas de la tercera y de la cuarta edad son tantas cuantos son los ancianos, y que cada persona prepara la propia manera de vivir la vejez durante toda la vida. En este sentido, la ancianidad crece con nosotros. Y la calidad de ella dependerá sobre todo de nuestra capacidad de apreciar su sentido y su valor, tanto en el ámbito meramente humano como en el de la fe. Es necesario, por tanto, situar la ancianidad en el marco de un designio de Dios que es amor, viviéndola como una etapa del camino por el cual Cristo nos lleva a la casa del Padre (cf. Jn 14, 2). Sólo a la luz de la fe, firmes en la esperanza que no engaña (cf. Rom 5, 5), seremos capaces de vivirla como don y como tarea, de manera verdaderamente cristiana. Ese es el secreto de la juventud espiritual, que se puede cultivar a pesar de los años. Linda, una mujer que vivió 106 años, nos dejó un bonito testimonio en este sentido. Con ocasión de su 101 cumpleaños, confiaba a una amiga: «Ya tengo 101 años, pero ¿sabes que soy fuerte? Físicamente estoy algo impedida, pero espiritualmente hago todo, no dejo que las cosas físicas me abrumen, no les hago caso. No es que viva la vejez porque no le hago caso: ella sigue por su camino, y yo la dejo. El único modo de vivirla bien es vivirla en Dios».
Rectificar la imagen actual negativa de la ancianidad es una tarea cultural y educativa que nos compromete a todas las generaciones. Tenemos la responsabilidad para con nuestros mayores de hoy, de ayudarles a captar el sentido de la edad, a apreciar sus propios recursos y así superar la tentación del rechazo, del auto-aislamiento, de la resignación a un sentimiento de inutilidad, de la desesperación. Por otra parte, existe la responsabilidad para con las generaciones futuras, que consiste en preparar un contexto humano, social y espiritual en el que toda persona pueda vivir con dignidad y plenitud esa etapa de la vida. En su mensaje a la Asamblea mundial sobre los problemas del envejecimiento de la población, Juan Pablo II afirmaba: «La vida es un don de Dios a los hombres, creados por amor a su imagen y semejanza. Esta comprensión de la dignidad sagrada de la persona humana lleva a valorizar todas las etapas de la vida. Es una cuestión de coherencia y de justicia. Es imposible, en efecto, valorizar de verdad la vida de un anciano, si no se da valor de verdad a la vida de un niño desde el momento de su concepción. Nadie sabe hasta dónde se podría llegar si no se respetara la vida como un bien inalienable y sagrado».1
2.- Hacia una sociedad y comunidad intergeneracional
La construcción de la tan deseada sociedad de «todas las generaciones» permanecerá en pie sólo si se funda en el respeto a la vida en todas sus fases. La presencia de tantos ancianos en el mundo contemporáneo es un don, una riqueza humana y espiritual nueva. Es un signo de los tiempos que puede ayudar al hombre actual a recuperar el sentido de la vida, más allá de la mentalidad egoísta imperante. La experiencia prueba que los ancianos pueden aportar al proceso de humanización de nuestra sociedad y de nuestra cultura mucho tiempo de su existencia, más preciosa que nunca, y les ha de ser solicitada la entrega de su tiempo, valorando lo que podríamos definir como los carismas propios de la vejez:
- La gratuidad. Dentro de una sociedad marcada por la rentabilidad y la eficacia, las personas mayores disponibles para la acogida y la escucha pueden atraer la atención de las personas excesivamente centradas en sus problemas y ayudarlas a salir de sí mismas potenciando la solidaridad y la capacidad de realizar gestos gratuitos. La ancianidad es el tiempo de la disponibilidad, de hacer caer en la cuenta a una sociedad «demasiado ocupada» de la necesidad de romper con la indiferencia que rompe el altruismo.
- La memoria. En un mundo donde solo cuenta lo inmediato y el instante presente, las personas ancianas están llamadas a llenar de sentido los acontecimientos del pasado. Las generaciones más jóvenes van perdiendo el sentido de la historia y, con éste, la propia identidad. Vivimos en una sociedad que minimiza el sentido de la historia y elude la tarea de la formación de los jóvenes. Ignorar el pasado conlleva el riesgo de repetir más fácilmente los errores de otras épocas. Es lo que está sucediendo a nivel político… La caída del sentido histórico lleva consigo un obstáculo grande al diálogo entre las generaciones.
- La experiencia. Los progresos de la las Ciencias y la Técnica tienden a suplantar el valor de la experiencia acumulada por las personas ancianas a lo largo de su existencia. Vivimos hoy en un mundo en el que las respuestas de la ciencia y de la técnica parecen haber reemplazado la utilidad de la experiencia de vida acumulada por los ancianos a lo largo de toda la existencia. Esa especie de barrera cultural no debe desanimar a las personas de la tercera y de la cuarta edad, porque ellas tienen muchas cosas que decir a las nuevas generaciones y muchas cosas que compartir con ellas.
- La interdependencia y capacidad de relacionarse. Nadie puede vivir solo; sin embargo, el individualismo y el protagonismo desbordantes ocultan esta verdad. Los ancianos, con su búsqueda de compañía, protestan contra una sociedad en la que los más débiles quedan con frecuencia abandonados a sí mismos, llamando así la atención acerca de la naturaleza social del hombre y la necesidad de comunicación, de restablecer la red de relaciones interpersonales y sociales entre los miembros de la familia, de la comunidad, de la Iglesia y del mundo.
- La contemplación que lleva a una visión más completa de la vida. A veces vivimos contra reloj… Siempre ocupadas. Esa situación nos incapacita para la contemplación serena. Los afanes y excesivas tareas, la agitación y la precipitación nos conducen con frecuencia a una vida poco ordenada interiormente: se olvidan los interrogantes fundamentales sobre la vocación, la dignidad y el destino del hombre. La tercera edad es la edad de la sencillez, de la vuelta a lo esencial, en definitiva de la contemplación. Los valores afectivos, morales y religiosos que viven los ancianos constituyen un recurso indispensable para el equilibrio de las sociedades, de las familias, de las personas y de los grupos. Le experiencia les lleva a la fidelidad al a la amistad, a la no-búsqueda del poder, a la prudencia en los juicios, a la paciencia, a la sabiduría, a gozar de la interioridad, al respeto de la Creación, a la edificación de la paz… El anciano capta muy bien la superioridad del «ser» respecto al «hacer» y al «tener». Las sociedades humanas y las familias religiosas serán mejores, se enriquecerán, si saben aprovechar los carismas de sus generaciones ancianas.
3. Cuidar a los mayores y cuidarse a sí mismo
La etapa del adulto mayor va de los 65 años hasta la muerte. Normalmente esta etapa se subdivide en dos: en la primera seguimos activos, normalmente desde los 65 años a los 80. A partir de estos años nos adentramos en la segunda, llamada por algunos la cuarta edad, y es muy frecuente vernos forzados a la inactividad por el creciente deterioro físico y/o síquico. Cuidar a los mayores, cuidándose a sí mimo lleva consigo:
3.1.- La toma de conciencia de las imitaciones y características de esta etapa.
Esa toma de conciencia nos ayuda a todas. Por eso a continuación vamos a recordar algunos rasgos de esta etapa son los siguientes:
a) En el nivel psicosomático se van perdiendo lentamente las energías, de manera que hay que ir dejando poco a poco la actividad. A veces, el paso a la inactividad es desencadenado de golpe por alguna crisis de salud. El paso a la inactividad necesita ser alentado y motivado para que pueda ser manantial de posibilidades y favorecer el cultivo de las dimensiones contemplativas de la vida.
En su «Oración de un anciano enfermo» dice Esteban Gumucio, sacerdote misionero de los sagrados Corazones: «Casi sin darme cuenta, voy descubriendo verdades escondidas y pasos que no era capaz de dar por mi propia iniciativa. De pronto, en medio de la torpeza de la enfermedad y de la condición senil, Tú me regalas gratuitamente la pacífica gracia de aceptar mi vaciamiento. Tú estás conmigo aquí, ahora; y brota desde mi interior una calma, una especie de seguridad humilde que me invita a abandonarme en tus manos, Señor» (ib., 133).
Al cuidador/a le compete cuidar la salud, estar pendiente de las medicinas, quitar importancia a las consecuencias y secuelas de los achaques, la inmovilidad, los dolores, etc… motivar y alentar actividades atractivas, creativas y sugerentes: ejercicios de memoria, juegos, etc… De esta forma el cuidador/a también se cuida a sí mismo. Es necesario tomar conciencia de las limitaciones propias y ajenas y aceptarlas como algo natural y normal. Por eso se necesita la colaboración de personal laico, buscar tiempos de descanso y, a veces, hasta facilitar cambios de ambiente para evitar el cansancio y el desgaste.
b) En el nivel sicológico, el pasado va tomando el primer plano por sobre el futuro. Es más lo ya vivido que lo que queda por vivir. A medida que se va entrando en la inactividad forzada, el futuro pierde toda fuerza de atracción y se corre el peligro de centrarse totalmente en el propio yo y las enfermedades que nos acechan. Según Erikson, la crisis que se afronta en esta etapa final de la vida se caracteriza por la disyuntiva entre la serenidad y la desesperación. Como ya no queda futuro, el adulto mayor se ve enfrentado a su pasado: o lo acepta tal como ha sido (y logra la serenidad) o lo rechaza (y cae en la desesperación, porque, al no tener futuro disponible, ya no lo puede cambiar). En cada persona concreta se da normalmente alguna combinación de ambas actitudes extremas, con predominio de una u otra.
Al cuidador/a le compete fomentar la serenidad, organizar actividades estimuladoras, facilitar la escucha y la comunicación, derrochar comprensión y poner al hermano o hermana anciana en comunicación con Dios, la Iglesia y el mundo para hacerle sentir parte activa de la misión.
c) En el nivel espiritual se dan las condiciones para la integración serena de la vida ya vivida, con sus logros y sus fracasos; lo que supone el reconocimiento honesto tanto de la acción de la gracia de Dios en nuestra vida como de nuestro pecado, y por lo tanto, el agradecimiento admirado de las maravillas que Dios ha obrado en nosotros y con nosotros en los demás, y la entrega confiada en sus manos bondadosas, misericordiosas y perdonadoras con el abandono y la confianza de un niño.
Al cuidador/a le compete facilitar el desarrollo y la profundización de la vida espiritual a través de lecturas, talleres de Vida ascendente, reflexión bíblica, litúrgica, magisterio de la Iglesia y en nuestro caso, profundización en la Historia y carisma de la Compañía. Para estos talleres se pueden utilizar vídeos, películas, comentarios de libros, oraciones comunitarias bien preparadas, visitas a exposiciones religiosas y sobre todo motivar la oración personal y el encuentro de tú a tú con el Señor Jesús.
3.2.- Tener presente y vivo el Evangelio propio para esta etapa
Según los especialistas en Pastoral, la Buena Noticia para esta etapa final de la vida se caracteriza por dos rasgos: la fe que puede llegar a su plenitud y aspirar a alcanzar la libertad de la fe como puro don.
a) La plenitud del desarrollo de la fe sólo se alcanza normalmente en esta etapa de la vida. Fowler describe esta plenitud como fe universalizadora. Los creyentes (de cualquier religión) que han llegado a esta etapa son personas que encarnan contagiosamente el espíritu de una comunidad humana inclusiva y plenificada; personas que crean en torno a sí zonas liberadoras, porque viven en la participación de un poder que unifica al mundo y lo transforma; por eso, se las siente como levadura y fermento en medio de la masa de las estructuras e instituciones (lo que hace que normalmente se las honre más una vez muertas que en vida); son personas que aman la vida, pero sin apegarse a ella. Según Fowler han llegado a esta plenitud recientemente Juan Pablo II, el Mahatma Gandhi, Martin Luther King, la Madre Teresa de Calcuta, Dietrich Bonhoeffer y Thomas Merton. Nosotras bien podemos añadir, aunque no de tiempos tan recientes, a San Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac, Sor Rosalía Rendu, Santa Catalina Labouré y otros.
b) En esta etapa se hace posible una experiencia de verdadera libertad. La experiencia de los años hace ver las cosas con mayor realismo, y se va con más facilidad hacia el núcleo verdadero de lo que está en juego en cada situación. En la dimensión espiritual de la fe se hace cada vez más clara la distancia que hay entre Dios y las mediaciones (humanas, creaturales) de nuestra relación con él, la distancia entre el Dios trascendente y las creencias, prácticas, actividades e imágenes en las que se encarna para nosotros. Pero, a la vez, se hace muy clara la conciencia de que al Dios trascendente sólo lo podemos encontrar en estas mediaciones inmanentes.
Se trata de la imagen bíblica del Reinado de Dios, de la idea del monoteísmo radical de la Biblia y de la correspondiente fe, que nunca se detiene en las creencias, prácticas y símbolos que encarnan la relación con Dios, sino que los trasciende permanentemente en dirección a Él solo como Realidad Suprema de la vida. Es momento de vigilancia para evitar suplantar al único Dios con ídolos: la política, el ego, la familia, la Compañía, las actividades que hemos realizado… La vigilancia y el combate espiritual no pretenden destruir la realidad de estos otros centros de valor y de poder, sino sólo relativizarlos en referencia a Dios, el único y verdadero tesoro.
Los cuidadores/as de mayores deberemos evitar actuar creyéndonos demasiado importantes, o pretendiendo justificar nuestras pobres existencias con las obras que hacemos, como si estuvieran en nuestras manos las soluciones a los problemas. Trabajaremos, sí, pero lo haremos con la humildad de quienes aceptan, con alegría y desposeimiento, que todo lo que somos y hacemos tiene un valor relativo, no siempre es lo más acertado, se comprende más como signo que como fuerza, y puede perderse en él.
Esteban Gumucio expresa así esta libertad de la fe: «Si miro la muerte en negativo como dejar de vivir, dejar esta condición tan identificada con mi ser, no necesito preparación. El no ser no se prepara. Si miro la muerte en positivo, como encuentro definitivo con el Señor, es un regalo que me sobrepasa. Es toda bendición, gratitud e iniciativa de Aquel que es fuente misteriosa e infinita de toda vida. Lo que me cabe, entonces, es vigilar con el amor vivo: es acoger cada día el Amor que viene. Más que preparación, lo que se me pide es estar abierto a su Adviento, a su humilde y venturosa venida. Vigilar es vivir con cuidado delicado, no de miedo, como el servidor que enterró su talento. Necesito cuidar mi delicadeza hacia Jesús que está viniendo constantemente a mi vida, a la vida de la Comunidad y de nuestra Iglesia, pueblo de Dios. Esta delicadeza que ahora Él me pide, al término de la vida, consiste en cooperar con la acción del Espíritu Santo que me quiere despojar de todo apego, de todo aquello que es asimiento, propiedad egoísta, falsos tesoros que tiendo a fabricarme cada día… No poner mi confianza en nada sino en Él» (Bienaventurados los ancianos, pp. 240-241)
3.3. Acentos de la fe en esta etapa: en qué tengo que creer
Los consagrados cuidadores/as de mayores consagrados nos vemos desafiados en esta etapa a creer con una fe cada vez más pura y desnuda. La Iglesia nos recomienda que potenciemos y ayudemos a nuestras hermanas a potenciar estos acentos de la fe:
a) Creer en Dios, más allá de toda representación y mediación creatural (pero siempre a través de ellas). Recordamos el ejemplo de Santa Luisa de Marillac que en los Ejercicios Espirituales de 1657 promete aceptar la fe desnuda, sin sentir la experiencia de la presencia sensible de Dios.
b) Entrar en los sentimientos de Jesús tal como lo hicieron San Pablo (Fil 2,5) y nuestros Fundadores más que en su actividad por la causa del Reino de Dios. Aprender a vivir la filiación divina en la confianza plena y crecer en el espíritu filial de infancia: confianza y abandono.
c) Creer que Dios me ama tal como he sido y tal como soy, cada vez más frágil e inactiva, aparentemente más inútil, confiando en que en mi debilidad se manifiesta su fuerza (2 Co 12,9). Creer, por lo tanto, que Dios me invita a nacer siempre de nuevo –de lo alto, del Espíritu-, como a Nicodemo (Jn 3,3-8), a recuperar permanentemente el amor primero (Ap 2,4-5).
d) Cultivar la esperanza que, según Erikson, es la virtud propia de esta etapa final de la vida humana y que, en el caso de nuestra fe, se tiñe con los colores escatológicos del Reinado de Dios hacia el cual vamos. Así, la esperanza culmina en la confianza en que Dios me espera y me salvará, lo que me permite mirar de frente la muerte que se acerca. Nos sostiene en nuestra misión la esperanza que nace de la fe en el Resucitado. Gracias a Él, lo que parece pérdida se va transformando en ganancia, porque «se siembra algo corruptible, resucita incorruptible; se siembra algo despreciable, resucita glorioso; se siembra algo débil, resucita pleno de vigor» (1Co 15,42-43)
e) Creer también en los hermanos/as, que se harán cargo de mí cuando ya no pueda valerme por mí mismo y vaya perdiendo inexorablemente mi capacidad de autonomía; creer que «otros me llevarán» (ver Jn 21,18).
4.- Retos desde la fidelidad al carisma
4.1.- Lucha contra las tentaciones propias de la edad
Es importante para los cuidadores/as de consagrados mayores tengamos presente cierta catalogación de las tentaciones más comunes en esta etapa de la vida:
a) La autoconcentración, que concretamente se presenta como el vivir aferrado a mis proyectos de antaño; el vivir centrado en el pasado, en lo ya vivido, sea en los éxitos acumulados, sea en el pecado y en los fracasos. El reto o desafío es la llamada y esfuerzo hacia una constante apertura a Dios y a los demás para lograr la construcción de la Comunión en la Comunidad local, a imagen de la Santa Trinidad.
b) El creerme indispensable, según aquello que «si uno no está en las cosas…»; y, por lo tanto, aferrarme a las tareas de primera fila, sin dejar que otros tomen el relevo y hagan las cosas a su manera, no a la mía. El reto es situarse en el camino de la humildad, aprendiendo la lección de ser fermento como la levadura que desaparece para que la masa suba. Aprender a mirar con alegría que otras hagan lo que ya no puedo hacer; reconocer con lealtad que no soy indispensable y que otras/os pueden servir mejor que yo, cambiando el estilo y la forma que yo creía los únicos correctos.
c) Quedar encerrado en la sensación de inutilidad, porque ya no puedo hacer lo que hacía antes; creer que, por lo tanto, ya no tengo valor ni derecho a ser valorado ni querido por los demás. El reto es abrir el corazón al gozo de ‘ser’ totalmente y plenamente para Dios, cuando ya no puedo ‘hacer’ casi nada de lo que visiblemente parece testimoniar su reinado; saber estar presente con el afecto, la cercanía, la oración y, tal vez, con el consejo, junto a aquellos/as que tomaron el relevo.
d) Sucumbir al miedo a la muerte, que nos llevaría a aferrarnos a la vida, sin capacidad de entregarnos confiadamente en las manos de Dios. El reto queda expresado muy bien en una oración elaborada por Esteban Gumucio para pedir fe-confianza ante la muerte: «Jesús, amigo y Señor: Estas últimas noches he soñado con mi muerte (…). Por estos sueños descubro en mí un miedo de acabar sin destino y sin sentido. Noto ahí cómo la fe-confianza no ha llegado aún a esa parte de mí mismo. Quisiera enfrentar mi muerte tal como venga, pero sé que yo no soy capaz de acogerla con la seguridad confiada de quien se sabe llamado a vivir para siempre en Dios. Mis miedos tiene resabios de fariseo; el temor de no estar arrepentido tanto como merecen mis pecados. Yo sé que Tú me aceptas sin condiciones y me perdonas. Ayúdame a creer en Ti más fuertemente que la angustia de morir. Me abandono a tus manos. Señor, acepto cualquiera forma de morir, sabiendo que viene de tu mano. Ayúdame a aprovechar cuidadosamente el tiempo de gracia que me regalas» (Bienaventurados los ancianos, 164-165).
4.2.- Sentirse parte activa de la misión
Para lograr que este sentimiento esté vivo en nosotras y en nuestras Hermanas mayores, hemos de partir cada jornada de la siguiente pregunta: ¿A qué me envía el Señor ahora, cuál es mi misión en esta etapa?… Como en toda etapa de la fe, en ésta también hay una misión, un envío del Señor. Señalo cinco facetas que creo son posibles y realizables por todas:
a) Escuchar a los demás en sus cuitas y confidencias y orar por las necesidades del mundo y de la Iglesia. Es una forma adecuada de vivir el Nazaret propio de la ancianidad, ya sin tanta actividad exterior apremiante y con más tiempo disponible para acoger y escuchar y para orar, con más tiempo para la gratuidad. Dice Esteban Gumucio: «¡Cuánta necesidad de ‘confidentes’ tiene la Iglesia y el mundo de hoy! Sin mayores méritos, por la experiencia vivida y por la oración, el Espíritu Santo nos puede regalar el carisma de dar la paz, de acoger, de comunicar aliento a nuestra comunidad, en los momentos difíciles o de baja presión anímica» (Bienaventurados los ancianos, 202-203).
b) Contagiar a nuestro alrededor el realismo sereno y libre que se logra en esta etapa, ayudando a los demás a no enredarse en pequeñas ramas laterales que les apartan del tronco, a salir del vaso de agua en que se están ahogando… La distancia liberadora que da la edad nos permite percibir lo verdadero y apasionarse por ello, dejando de lado lo secundario.
c) Pasar al segundo plano y acompañar con cariño a los que van tomando el relevo de nuestras actividades, dejándolos en libertad de actuar de acuerdo a su manera de ser y de ver las cosas. Pero, al mismo tiempo, transmitiéndoles, sin imponerla, la fuerza del carisma vivido y las sanas tradiciones que lo apoyan.
d) Aceptar las limitaciones, los achaques y dolores que vienen con los años, y asociarlos a la pasión de Cristo. Es una forma de vivir con él la el tardecer de la vida en comunión de sentimientos y actitudes llevando una vida crucificada.
e) Profundizar en el carisma y la historia de la Compañía desde el Evangelio
5.- Sugerencias y recursos para la respuesta
5.1.- Profundizar en la Palabra de Dios
La ancianidad es un tiempo precioso para ahondar en la Palabra de Dios y fundamentar en ella nuestra misión de cuidadores/as de las mayores. Hay textos que nos pueden iluminar de manera especial y llenar la vida de sentido en esta etapa. Propongo algunas figuras y pasajes de la Biblia, sin pretensión ninguna de exhaustividad, sólo como indicación de posibles trabajos de reflexión.
a) Elías. Sufre al tomar conciencia de que no es mejor que sus padres y quiere abandonar la ingrata y peligrosa tarea profética y la vida misma (1Re 19,4). Pero Dios lo urge a recorrer el largo camino de 40 días y 40 noches hasta el Horeb, el monte de los orígenes de la fe (19,8-9). Y, una vez que se le hace presente en la brisa suave (19,12), lo reenvía –»vuelve por donde viniste» (19,15)- y le entrega la misión de ungir a Jehú como nuevo rey de Israel y a Eliseo como profeta en su lugar. Y le hace descubrir que no está solo como cree (19,10 y 14), que hay otros siete mil que no han doblado sus rodillas ante Baal (19,18). Elías tiene que descubrir que el mundo no termina con él y su fracaso. Ahora puede entregar su manto y dejar que Eliseo ocupe su lugar y haga las cosas como él pueda.
b) Nicodemo. Se trata de nacer de nuevo, siendo viejo. Pero no entrando en el seno materno sino dejándose sumergir en el Espíritu de Dios. (Ver Esteban Gumucio, Bienaventurados los ancianos, 102-103).
c) Abrahán y Sara. Expresan su disponibilidad a los planes de Dios obedeciendo y poniéndose en camino con una edad muy avanzada. Abram sería bendecido y se convertiría en el padre de una gran nación (Gen. 12:2-5). Con el tiempo esa nación disfrutaría bendiciones muy especiales. Abram no sabía cómo sería la tierra a la que se estaba dirigiendo, y no sabía cuáles serían las bendiciones para su pueblo, pero él confiaba en Dios y obedeció. La fecundidad inesperable en la vejez fue una de las bendiciones que ambos recibieron.
d) Simeón. Es la figura de la serenidad final: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz…». Este hombre justo había esperado años para llegar a este día. Ve en este niño, que no se diferencia de los otros, al que es la luz del mundo que alumbra a todo hombre y le trae la salvación. Esta salvación tan esperada en aquellos tiempos y ahora porque todavía hoy la creación gime hasta ver la completa manifestación del Hijo de Dios.
e) Pedro y Jesús resucitado en el lago. «¿Me amas?». Esta pregunta es como decirle: céntrate en el amor primero y único, que es lo decisivo en la relación de fe con Dios. Sigue la orden: «Apacienta mis ovejas»: apaciéntalas como mías, no como tuyas, dejándolas en libertad. Porque cuando ya no las tengas, si las apacentaste como tuyas, quedarás triste. Ten presente que el Señor te renueva la confianza, te vuelve a entregar la misión, más allá de tu pecado y tu infidelidad que te entristecen. «Y éste (el discípulo amado) ¿qué?»: no te compares, no te concentres en tus preocupaciones y merecimientos, preocúpate de lo esencial que es seguirme.
f) Los discípulos de Emaús. Ahora puedo volver de Emaús a Jerusalén. Me he dado cuenta de cómo ardía mi corazón mientras caminaba con él, sin reconocerlo del todo en estos años; ahora lo he podido reconocer en aquella mesa que yo creía era el final de mi camino, y descubro que es un nuevo comienzo, un nuevo envío a mi comunidad.
5.2.- Mantenerse conectado/a
Es fundamental para mantener activa la mente, el corazón y el espíritu. Leer la prensa o un buen libro, escuchar la radio, ver el telediario, saber lo que pasa en la Iglesia y en el mundo para interesarse por ello, para rezar y presentarle al Señor los problemas del mundo y de la Iglesia. Es una forma de mantener viva la mente y el corazón. Forma parte de nuestro voto de servicio a los pobres.
Las Constituciones (C.35 b) nos recuerdan que las Hermanas mayores y enfermas son parte activa de la misión. Siempre lo han sido en la vida de la Compañía y hoy más, porque el número es mayor que en épocas pasadas. Ayudar a nuestras Hermanas a mantenerse conectadas con las necesidades del mundo, de la Iglesia y de los pobres es una tarea esencial para las que estamos con ellas. Mantener el contacto con la realidad es clave para vencer el aislamiento y mantener la mente activa. Servir en tareas de voluntariado social parroquial y participar en actividades catequéticas, culturales, caritativas y litúrgicas es otra forma de traer gente a su vida.
Hay estudios que ponen de relieve que las consagradas mayores que sirven de voluntarias o participan en las organizaciones de la comunidad parroquial o municipal, disfrutan de niveles más altos de bienestar mental y físico que aquellas que no lo hacen. Hemos de tener presente que ayudar a otros también fomenta la autoestima. Las mujeres mayores, laicas o consagradas, que sirven como voluntarias experimentan que eso las ayuda a:
- Realizar un bien en su propia comunidad,
- Aprender alguna habilidad nueva
- Expandir su red social
Esto es también un estimulante para la salud física y mental. Es también necesario y aconsejable realizar alguna actividad gimnástica de tipo físico que ayuda a mantener el cuerpo más fuerte, así como la actividad mental mantiene su mente lista. Una forma de hacerlo es aprender y desarrollar habilidades, nuevas o conocidas, como:
- Aprender a tocar un instrumento musical
- Talleres de libro-forum después de leer un libro. Aprovechar sobre todo lo relacionado con el conocimiento de la Biblia, el Magisterio actual de la Iglesia y la historia de la Iglesia y de la Compañía. (compartir materiales)
- Jugar al Scrabble (puzles, tres en raya, etc…) o hacer juegos mentales de asociación y relación, crucigramas y otros. Ver material editado de S. M.
- Participar en talleres de manualidades, pintura, talla, esmaltes, gimnasia, coleccionismo.
- Mantenerse al tanto sobre qué está ocurriendo en el mundo: lectura de prensa en papel o en Internet
- Relatar la experiencia vivida, sus recuerdos de Historia viva
Otra actividad importante son las visitas y encuentros: Por ejemplo, una hermana mayor visita comunidades de formación (o una comunidad apostólica de gente más joven) para compartir con ellas sus experiencias. Al hacer esto su mente y su espíritu se mantienen activos.
5.3.- Bibliografía
- Benedicto XVI: Spe Salvi. Salvados en la esperanza.
- Anselm Grün: Armonía interior: Un camino posible, Ed. Bonum, año 2000; Si aceptas perdonarte, perdonarás. Ed Nancea. Año 2001.
- Anselm Grün – María M. Robben: ¿Fracasado? ¡Tu oportunidad! Ed. Verbo Divino, Estella – Navarra 2001
- Esteban Gumucio, ss.cc., Tercera Edad, una llamada de Dios; Bienaventurados los ancianos. Congregación SS.CC. CEI, Santiago de Chile
- Dolores Aleixandre, R.S.C.J: Las puertas de la tarde: envejecer con esplendor. Ed. Sal Terrae, 2007; Contar a Jesús: lectura orante de 24 textos del Evangelio. Ed. CCS, 2003; Dame a conocer tu nombre: imágenes bíblicas para hablar de Dios. Ed. Sal Terrae, 1999.
- José Carlos Bermejo: El cristiano y la enfermedad, Centro de Pastoral Liturgica, Barcelona. Colección Meaux 11. Año 2000






