La AMM Y La Iglesia Del Vaticano II

Francisco Javier Fernández ChentoAsociación de la Medalla MilagrosaLeave a Comment

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Autor: Desconocido .
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Primera parte: Hacia la Iglesia del Vaticano II

Introducción

Les propongo un breve viaje a la historia, a la historia de la Iglesia, para conocer lo que quiso hacer la Iglesia sobre sí misma en el Concilio Vaticano II, para en un segundo lugar de esta primera parte, detenernos en lo que deberíamos hacer en la AMM, como lo hizo la Iglesia.

Búsqueda y realización de una nueva Iglesia

Juan XXIII anunció el 25 de Enero de 1957, en la Basílica San Pablo Extramuros, la convocatoria de un Concilio. Concilio que se inició en el Vaticano con el nombre de CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, el 11 de Octubre de 1962.

Si durante la preparación conciliar se reflexionó sobre qué debería ser y hacer el Concilio, fue a finales del primer periodo cuando se comenzó a ver lo que debería ser el Concilio.

El Cardenal Suenens, de Malinas, al concluir el primer periodo de sesiones pidió que el Concilio tratase sobre la Iglesia, en base a estas dos ideas:

En primer lugar el Concilio debe responder a la pregunta: Iglesia, ¿qué dices de ti misma?. (Debe mirarse AD INTRA: en qué consiste su misteriosa naturaleza; su obrar: id y enseñad; por ello estas son sus tareas evangelizadoras: evangelizadora, catequética y docente, santificadora y celebrativa. Es lo que se recogerá fundamentalmente en la LG)

En un segundo lugar la reflexión debe dirigirse AD EXTRA: «La Iglesia en cuanto entabla diálogo con el mundo». Y enumera algunos problemas sobre los que el mundo espera una palabra de la Iglesia: la vida de la persona humana, la justicia social, la «evangelización de los pobres», la paz internacional y la guerra. (Se trató sobre todo en la GS). La Ecclesia Christi es la Lumen Gentium.

Estas palabras del Cardenal Suenens fueron alabadas por el Cardenal de Cracovia, Mons. Wojtyla y fueron recogidas por Pablo VI, recién elegido Papa (21 junio 1963), en la apertura del segundo periodo conciliar (29 -9- 1963)

Estas son las TRES IDEAS que Pablo VI propuso al Concilio:

  • Diálogo de la Iglesia con el hombre y con el mundo (tema central de la Ecclesiam suam)
  • La Iglesia como misterio
  • El cristocentrismo.

A la luz de estas tres categorías, la Iglesia se descentraba de sí misma para referirse:

A los hombres de nuestro tiempo, destinatarios de su misión, aceptados como seres libres capaces de dar y aportar al Evangelio (el diálogo)

Al origen último en el que radica su último fundamento (misterio trinitario manifestado en la historia como designio de salvación)

Al fundamento histórico, fundador en el tiempo [origen] y fundación permanente en cada generación y en cada alma (Cristo)

Estas miradas a la Iglesia, de todos los Padres Conciliares, hicieron posible todos los documentos conciliares que transformaron la visión que la Iglesia tenía de sí misma y en consecuencia sobre los demás.

Como resumen podemos decir que el Vaticano II es todo él un Concilio eclesiológico. En palabras del Papa Pablo VI (7 Diciembre 1965):

«La Iglesia ha tratado de realizar un acto reflejo sobre sí misma para conocerse mejor, para definirse mejor, y disponer, consiguientemente, sus sentimientos y preceptos. Es verdad. Pero esta introspección no tenía por fin a sí misma…

La Iglesia se ha recogido en su íntima conciencia espiritual, para hallar en sí misma, viviente y operante en el Espíritu Santo, la palabra de Cristo y sondear más a fondo el misterio, o sea, el designio y la presencia de Dios por encima de sí mismo y para reavivar en sí la fe… El Concilio ha tenido vivo interés por el estudio del mundo contemporáneo. Tal vez nunca como en esta ocasión ha sentido la Iglesia la necesidad de conocer, de acercarse, de comprender, de penetrar, de servir, de evangelizar a la sociedad que le rodea».

No es motivo de nuestro trabajo exponer todas las materias y doctrinas sobre las que el Concilio reflexionó, aclaró, determinó.

Presento brevemente algunos puntos más destacados:

Hemos dicho que la Iglesia reflexionó sobre sí misma y sobre su misión. Pero una Iglesia que no dejaba de mirar a Jesucristo:

Cristo nuestro principio. Cristo nuestra vida y nuestro término… Que no se cierna sobre esta asamblea otra luz si no es Cristo, luz del mundo; que ninguna otra verdad atraiga nuestros ánimos fuera de las palabras del Señor, único Maestro; que ninguna otra aspiración nos anime si no es el deseo de serle absolutamente fieles; que ninguna otra esperanza nos sostenga sino aquella que conforta, mediante su palabra, nuestra angustiosa debilidad: y ‘he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos’ (Mt. 28,20)» (Pablo VI, inicio 2º periodo conciliar)

Esta Iglesia que celebraba a Jesucristo, al Hijo de Dios, se nos presenta como MISTERIO entroncado en la Trinidad. De esta visión histórico-salvífica y trinitaria situará el Concilio la misión de la Iglesia en el corazón del plan salvífico de Dios, por lo que puede afirmar que la Iglesia es por naturaleza misionera y que todos los miembros del Pueblo de Dios deben asumir su propia responsabilidad.

El orden de los capítulos de la LG «espina dorsal» del Concilio, supuso una auténtica ‘declaración de intenciones’, pues no será la Jerarquía (c.III) quien ocupe el primer lugar en el misterio de la Iglesia, sino todo el Pueblo de Dios (c.II).

Referente a los Laicos el Concilio no se conformó con insertarles en una Iglesia al mismo tiempo misterio de comunión y Pueblo de Dios. Además de dar la primacía al «simple» hecho de ser discípulo y seguidor de Cristo por el Bautismo, los Padres Conciliares quisieron establecer una definición de «laico» que incluyera la afirmación de su condición de miembro de la Iglesia con plenos derechos y deberes en la comunidad eclesial por su participación, por el BAUTISMO, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo. Es decir, que por el primer Sacramento, el laico queda unido existencial e inseparablemente a Jesucristo. El bautizado tenía que pasar del anonimato a ser protagonista en la historia de la Iglesia.

Palabras y provocación a la AMM

Después de este breve recorrido sobre el deseo y la conquista de una nueva conciencia de ser Iglesia, señalo unos aspectos que deberían hacernos reflexionar cómo la AMM también tiene que mirarse a sí misma y mirar el entorno que le rodea.

En primer lugar propongo un aspecto que realizó el Vaticano II, y a continuación la provocación que nos hace a la AMM:

  • Recuperar la importancia de la Palabra,
    • En algún lugar la AMM ha dado más importancia a los actos de piedad que a la Palabra de Dios. Es la Palabra de Dios quien debe mantener la piedad, devoción y apostolado de la AMM.
  • Invitación a la Santidad: vocación común de los fieles
    • La AMM camino de Santidad, por el seguimiento de Jesús, desde el amor a María y servicio al Pobre.
  • Apertura de la Iglesia a la acción de los laicos por su vocación y misión común
    • Responsabilidad de los asociados de la AMM en la vida y misión de la Iglesia
  • Descentrar la Iglesia para centrarla y entenderla en el misterio de Dios Uno y Trino
    • La AMM viviendo la donación de Dios
  • La Iglesia redescubre a María como figura de la Iglesia, hija de la Iglesia
    • La AMM a superar la inclinación de sacar a María de la Iglesia, a aislarla del pueblo de Dios
  • Valoración de las diversas vocaciones en la Iglesia
    • Nuestra vocación secular en la Iglesia desde la AMM para ser luz de las familias y de la sociedad secular.
  • La Iglesia, como carisma y sacramento de la unidad
    • La AMM con su devoción a María, madre de todos, llamada a ser cauce de unión en la familia vicenciana.
  • La Iglesia, «pueblo de Dios»
    • La AMM debe vivir la realidad de «pueblo»: Obispos, religiosos, laicos. No sólo mujeres, también hombres. No sólo adultos – ancianos, también jóvenes
  • La Iglesia en el mundo y para el mundo, no segregada
    • La AMM, en el cumplimiento de su misión, debe ejercer su actividad, más en medio del mundo que en el interior de la comunidad eclesial.
  • El Bautismo, sacramento de la iniciación cristiana, itinerario de fe
    • La AMM camino de fe, no de mera devoción, para conocer y vivir las exigencias Bautismales.

Segunda parte: Vocación y misión del laico

Habiendo visto el deseo que tiene la Iglesia de conocer qué es y para quién es y los planteamientos que nos lanza a la AMM, siguiendo lo que la Iglesia ha pensado de sí misma, reflexionemos ahora sobre lo que desea que todo bautizado, personal y comunitariamente, (es decir: grupo, asociación, movimiento..) realice.

La Iglesia que nace del Vaticano II ha continuado reflexionando sobre sí misma y sobre su misión en el mundo. La ha hecho a través de reflexiones, como la exhortación de Pablo VI: «Evangelii Nuntiandi» (la Evangelización en el mundo actual) y la Encíclica de Juan Pablo II «Redemptoris Missio» (La Misión del Redentor) y la inmensidad de Sínodos de Obispos. Hacemos memoria de dos sínodos:

  • 1985, a los 20 años de la Conclusión del concilio: «La Iglesia, bajo la Palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo».
  • 1987: «Vocación y misión de los Laicos en la Iglesia y en el mundo a los 20 años del Concilio Vaticano II», que produjo la exhortación Christifideles Laici de Juan Pablo II.

Recordemos, así mismo, la preparación al año Jubilar (2000) con el trienio de celebraciones, anunciadas en la N.M.A y en la conclusión de dicho jubileo con la TMI.

En las diversas Iglesias locales también se han dado reflexiones muy importantes para ver cómo debe ser el rostro de la Iglesia en ese continente y cómo debe ser su misión en él. Recordemos los Sínodos por Continentes y las Conferencias del Episcopado Latinoamericano, como Medellín o Puebla, que han influido en el resto de la Iglesia.

Todos estos acontecimientos y reflexiones han hecho posible un mayor conocimiento de lo que es la Iglesia y están ayudando a hacer posible que la Iglesia cambie de rostro.

En esta segunda parte voy a ofrecer una reflexión que ayude a centrar a nuestra AMM en la naturaleza y misión de los Laicos en esta Iglesia que nació con más fuerza y claridad del Vaticano II. Estos son los apartados de la reflexión. Utilizo las mismas palabras de la ChL:

  • «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos». LA DIGNIDAD DE LOS FIELES LAICOS EN LA IGLESIA – MISTERIO
  • Sarmientos todos de la única vid. LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES LAICOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA – COMUNIÓN
  • Os he destinado para que vayáis y deis fruto. LA CORRESPONSABILIDAD DE LOS FIELES LAICOS EN LA IGLESIA – MISIÓN

La dignidad de los fieles laicos en la Iglesia — Misión

I.1. Dignidad

El laico es un BAUTIZADO. Es lo más hermoso que podemos decir del Laico.

En el mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (1987) se afirma:

«Hemos tratado de profundizar en la identidad del cristiano laico, su dignidad y sus responsabilidades. Todos los cristianos, laicos, clérigos y religiosos, tienen una misma dignidad, siendo ‘un único pueblo reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’. Tal dignidad brota del Bautismo, gracias al cual la persona es incorporada a Cristo y a la comunidad eclesial y llamada a una vida de santidad»

La DIGNIDAD del laico radica en su Bautismo, sacramento de fe, fuente de la radical novedad cristiana, no en lo que está realizando en la Iglesia o en el mundo. Por el Bautismo se incorpora a Cristo y a la Iglesia, formando una comunidad con todos los que creen en Jesús. Es decir, «sólo dentro de la Iglesia como misterio de comunión se revela la ‘identidad’ de los fieles laicos, su original dignidad. Y sólo dentro de esta dignidad se pueden definir su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo» (ChL 8)

Al presentar el Vaticano II a la Iglesia como Pueblo de Dios compuesto por todos los cristianos, llamados por igual a la santidad y partícipes, en virtud de su Bautismo, de la triple condición profética, rectora y sacerdotal de Jesucristo, se ha producido la «nueva visión del Laico».

Estamos ante una Iglesia que es, ante todo, Pueblo de Dios, y que este pueblo de Dios se desdobla en su estructura en «Ministerio de dirección» (Papa, Obispos, Sacerdotes como colaboradores de los Obispos) y los demás cristianos, o Laicos. Y lo mismo que el ministerio del Obispo está dentro del Pueblo de Dios, con la característica propia: el carisma de la dirección, también el Laico tiene su Carisma propio: «los fieles, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde. El carácter secular es propio y peculiar de los laicos».

A ellos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándoles según Dios. (LG. 31, GS.43

Estos textos de la Iglesia apuntan ya a unas novedades con respecto a la teología vivida antes del Vaticano II:

La fuente de la dignidad del cristiano es el Bautismo quien ocupa el primer lugar en el misterio de la Iglesia es todo el Pueblo de Dios y no la Jerarquía, así de desprende del orden de los capítulos de la LG

la Iglesia toda tiene una única y misma misión y el laico participa, con pleno derecho, en ella el Laico no toma parte en la misión de la Jerarquía, sino que ejercita su misión con su propia característica, aunque todos: Jerarquía y Laicos, participan de la única misión de Cristo.

Ser laico es tener al Señor de la vida como Dueño y no ser el brazo ejecutor de las decisiones de la Jerarquía. El laico no se define por la pertenencia a un grupo eclesial, sino por su pertenencia, en la Iglesia, a Dios.

I.2. Breve evolución histórica sobre la realidad «laico»

El N.T. no utilizó «Laico», sino KLERÓS, (conjunto de la Comunidad) y «LAÓS», («pueblo escogido» congregado para el culto divino.

La distinción que se daba en la Iglesia primitiva no era entre Clero y Laicos, sino entre Bautizados (Cristianos) y no bautizados, entre los que pueden participar en la Eucaristía porque han acogido a Jesús como al Mesías y los que no tienen esa fe en el Dios de Jesús.

Todos los bautizados se consideran elegidos para un servicio o ministerio, aunque a la hora de la ejecución no todos realizan lo mismo. Tampoco los responsables de un servicio se sitúan en una condición privilegiada, ya que la única jerarquía que se reconoce es la Santidad.

En la misma Iglesia del Nuevo Testamento se comenzó a dar una ruptura por la influencia del paganismo y del Antiguo Testamento, en referencia a la «Sacerdotalización de los Ministerios». Así apreciamos el nacimiento de una clase de personas: CLERO, que se distingue de los demás por la posesión de unos poderes en cuanto gestor de lo sagrado en beneficio del pueblo. Ellos serán «pontífices». El pueblo será el destinatario de los servicios religiosos administrados por el Clero.

Esta ruptura se agranda con el nacimiento del Monacato (s. IV) y la Vida Religiosa después. Las masas entraron en la Iglesia sin haber realizado el proceso de una verdadera conversión al Evangelio y piensan los Monjes que sólo ellos pueden vivirle perfectamente. De aquí que consideren a los Laicos como sujetos pasivos, destinatarios o receptores de los servicios y cuidados tanto de los Religiosos como del Clero.

Con el Vaticano II se produce un vuelco radical de esta situación al presentar a la Iglesia como Pueblo de Dios, Comunidad, compuesto por todos los cristianos, llamados por igual a la santidad y partícipes, en virtud de su Bautismo, de la triple condición profética, rectora y sacerdotal de Jesucristo, superando la concepción de Iglesia centrada en la Jerarquía como sujeto único de la acción misionera.

Cuando el Concilio en el esquema de la L.G. acepte el capítulo dedicado al Pueblo de Dios antes que el de la Jerarquía, dirá Congar: «es el paso profético más decisivo de la Eclesiología al reconocer la primacía de la calidad de cristiano o la ontología de la gracia inaugurada por el Bautismo, por encima de todo estructura jerárquica

La última toma de postura del magisterio sobre el Laicado es la exhortación de Juan Pablo II «Christifideles Laici» (1988), fruto del Sínodo de 1987.

Reconoce el carácter realmente sacerdotal de todos los bautizados, «también» de los laicos.

El contenido de ChL destaca los aspectos positivos de la realidad teológica del laico:

  • Su plena pertenencia a la Iglesia y a su misterio (8)
  • El hecho de ser realmente Iglesia (9)
  • Importancia del Bautismo y de la novedad cristiana (10)
  • Su participación en el ministerio, oficio, sacerdotal, profético y real de Cristo (14)
  • Dimensión secular de la propia Iglesia (15)
  • Validez de los ministerios y los nuevos carismas (21)

La participación de los fieles laicos en la vida de la Iglesia – Comunión

La ChL ha utilizado la imagen de la viña para describir el misterio de la Iglesia como un misterio de Comunión. Y advierte que

«Los fieles laicos no son simplemente los obreros que trabajan en la viña, sino que forman parte de la misma viña» (8).

La imagen de la vid no sólo habla de la intimidad de los discípulos con Jesús, sino de la comunión vital de los discípulos entre sí: todos son sarmientos de la única vid. Y esta comunión se hace visible en la Iglesia, comunidad de creyentes. Ella misma es misterio de comunión, «porque el amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu, llamados a revivir la misma comunión de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia» (ChL. 8d)

II.1. Sentido de la «eclesiología de comunión».

II.1.1. ¿Qué significa Comunión?

«Qué significa la compleja palabra ‘comunión’?. Se trata fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esta comunión tiene lugar en la palabra de Dios y en los Sacramentos. El Bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión en la Iglesia. La eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana. La comunión del cuerpo eucarístico de Cristo significa y produce, es decir, edifica la íntima comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia» (ChL. 19 a)

Por ello podemos decir que la Eclesiología de Comunión es un «proyecto de Iglesia» que encierra estos aspectos:

La comunión Intratrinitaria como modelo regulador de las relaciones humanas y como principio interno, fundante, de la Iglesia (cf. LG 2-4)

El tránsito de la Iglesia sociedad a una Iglesia comunidad

La relación entre una Iglesia universal e Iglesias particulares

La participación responsable del pueblo de Dios en la vida de la Iglesia como expresión de los diversos carismas y ministerios.

II.1.2. Riqueza y polivalencia de la noción de Comunión

El Sínodo extraordinario de 1985 (20 años de la conclusión del Concilio) desplazó la categoría PUEBLO DE DIOS, que predomina en la LG., y se centró en la de COMUNIÓN, que es la utilizada en Ch.L.

La Eclesiología de comunión es el fundamento de la correcta relación entre unidad y pluralidad, que lleva aparejada la doctrina de la participación y corresponsabilidad de todos los fieles, integrando así todos los aspectos de una eclesiología del pueblo de Dios.

II.1.3. La comunión eclesial DON y TAREA:

  • es DON: un gran don del Espíritu Santo, que los fieles laicos están llamados a acoger con gratitud y, al mismo tiempo, a vivir con profundo sentido de la responsabilidad» (ChL. 20 d)
  • y es TAREA que el laico está llamado a desarrollar participando en la misión de la Iglesia, a través de los diferentes carismas y ministerios.

II.2. Vocación del laico en la Iglesia como «misterio de comunión»

II.2.1. Centralidad del Bautismo

Todos los bautizados participan del carácter sacerdotal de Cristo. Es aquí donde radican los aspectos positivos de la realidad teológica del laico: su participación en el sacerdocio de Cristo, su plena pertenencia a la Iglesia y su ministerio. En palabras de la ChL. 15 a: «En razón de la común dignidad bautismal, el fiel laico es corresponsable, junto con los ministros ordenados y con los religiosos y religiosas, de la misión de la Iglesia».

Es bueno recordar, que participar de la misión de la Iglesia no es lo mismo que participar de la misión del Sacerdote.

Todos los bautizados participan del triple munus de Cristo:

Así como los sacerdotes y religiosos participan de este triple munus, pero cada uno de forma peculiar, porque todas las vocaciones en la Iglesia son complentarias, «los seglares tienen su parte activa en la vida y en la acción de la Iglesia, como partícipes del oficio de Cristo sacerdote, profeta y rey. Su acción dentro de las comunidades de la Iglesia es tan necesaria, que sin ella el propio apostolado de los pastores no puede conseguir la mayoría de las veces plenamente su efecto» (AA 10)

Destaquemos, una vez más, la «dimensión de la unidad» desde la hondura de la vocación cristiana, a partir de la cual surgen los diferentes carismas y ministerios en la Iglesia y la «multiplicidad de espiritualidades». Todos somos cristianos y bautizados dentro de la Iglesia; todos participamos del sacerdocio común de Jesucristo y pertenecemos en amor y libertad al reino de la gracia; todos pertenecemos al único pueblo de Dios, en el que estamos cimentados, unidos, transformados, pero cada uno lo realizamos desde nuestra condición laical, clerical o religioso.

Los Laicos participan del triple munus desde su ‘índole secular’

La exhortación (ChL. 15 b-c,f) proclama que lo propio del laico es la dimensión secular de su misión:

«La común dignidad bautismal asume en el fiel laico una modalidad que lo distingue, sin separarlo, del presbítero, del religioso y de la religiosa (…), la índole secular a la luz del designio salvífico de Dios y del ministerio de la Iglesia. (…)Todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad propia de actuación y de función que, según el Concilio, es ‘propia y peculiar’ de ellos. Tal modalidad se designa con la expresión ‘índole secular’.

II.2.2. Los Laicos en el mundo

Ordenar e iluminar las realidades temporales.

A los laicos, por su «carácter secular» les corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios» (LG 31)

Además de laico utilizamos el término SEGLAR para designar al bautizado no sacerdote o religioso. Decimos seglar por su relación con el saeculum. Los laicos viven en el siglo, poseen una vida familiar y social, desempeñan su propia profesión y contribuyen a la santificación del mundo a modo de fermento. De ahí que les corresponda iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados» (LG 31)

La «secularidad» del laico: dimensión «teológica» y no sociológica (cf. ChL 15)

Lo propio del laico no es la materialidad de todo lo que configura su «índole secular», sino la instauración en el mundo del Reino anunciado por Jesús, la ordenación de todas las realidades temporales o seculares conforme al designio salvífico divino y la promoción de los valores que configuran una sociedad cristiana: la paz, justicia, libertad, convivencia cívica, el sentido de la familia que acoge y comparte, la responsabilidad ciudadana y laboral, la atención a los más pobres, desvalidos de nuestra sociedad, etc.

Según esto, la índole secular del laico, como «lugar» de su vocación cristiana y eclesial debe ser vista como concepto teológico y no sociológico. Es el lugar donde se realiza su dimensión eclesial y apostólica bajo la acción del Espíritu, que suscita en cada uno los dones o carismas para la edificación de la comunidad. Lo que identifica o especifica al bautizado no es ser o no ser clérigo, sino la función/vocación que asume, estando en el mundo, dentro de la comunidad cristiana, como miembro de la Iglesia y para la edificación del Cuerpo de Cristo.

¿Cómo debemos mirar «el mundo»? («Nueva» mirada sobre el mundo)

La Iglesia es don de Dios a favor del mundo. Más aún: la Iglesia es mundo. No decimos: mundo pecador en oposición a Cristo, la gracia, la Iglesia, sino mundo como familia humana, como creación de Dios, como realidad a redimir y santificar.

Y si el mundo no se identifica con la Iglesia, tampoco ésta puede mirar al mundo desde fuera o desde arriba, o desde una posición de dominio. Tiene que mirarse como un don de Dios a favor del mundo. Podrá ser incomprendida o rechazada, pero nunca dejará de ser don o regalo para el mundo y bajo forma mundana» (E. Bueno, 275)

En la historia se ha dado esta paradoja:

  • El mundo se ha sentido como no-Iglesia
  • El mundo ha considerado a la Iglesia fuera de su ámbito y por ello ha querido configurarse como mundo precisamente frente a la Iglesia.

El alejamiento entre Iglesia y mundo fue abordado por el Concilio en la LG y GS. Y así tras siglos de desconfianza e incomprensión -cuando no de enfrentamientos- surge un modo nuevo de mirar la realidad humana con ojos cristianos: las realidades terrestres, el trabajo, la historia, el progreso… veían reconocida su relevancia teológica y significación soteriológica.

II.2.3. El Laico en la Iglesia

«El Laico, miembro de la Iglesia que vive en el mundo».

La vocación del laico no se define, únicamente, por su situación intramundana, sino por su situación en la Iglesia, por su condición de miembro de la Iglesia y por lo que en cuanto tal aporta a su puesto intramundano.

Según esto, el seglar no ha de atender únicamente a su situación intramundana, sino que debe añadir también lo que es en la Iglesia y lo que desde la Iglesia aporta a su puesto intramundano y que viene determinado por su misma existencia cristiana.

El seglar, hijo de Dios, contribuye a la «epifanía» de la Iglesia.

Sabemos que el laico toma parte en la vida de la Iglesia: en su vida sacramental, la santidad, la participación en las diversas tareas evangelizadoras, etc. Pero no debemos olvidar que por su vida de cristiano en el mundo, es parte de la manifestación de la Iglesia, y contribuye a hacer que la Iglesia sea la que siempre es y siempre debe ser: la presencia espacio-temporal, históricamente constatable, de la gracia redentora de Dios en Jesucristo.

El seglar, portador de carismas.

La Iglesia, junto a su estructura y organización jerárquica, vive también la experiencia de la comunicación del Espíritu en forma de carismas (I Cor. 12, 4-31; Rom. 12, 6-8). Estos no son privativos de ningún grupo. Los seglares también pueden ser portadores de Carismas. Y el seglar que es portador de un carisma ni deja de ser seglar ni le desplaza de su situación en el mundo.

A la Jerarquía le corresponde descubrir el Espíritu y de fomentarlo allí donde no actúa; tiene el deber y la capacidad para discernir los espíritus o carismas. Y el seglar que es portador de un carisma ni deja de ser seglar ni le desplaza de su situación en el mundo.

Siguiendo la descripción que hace la Christifideles Laici 24, destacamos:

  • Los carismas son siempre gracias del Espíritu Santo y tienen una utilidad eclesial, pues están ordenados al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.
  • Han de ser acogidos con gratitud, tanto por el beneficiario como por toda la Iglesia, pues son una riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el cuerpo de Cristo.
  • Dentro de la multiplicidad de carismas, y pensando en el laico, habría que destacar hoy el carisma de la inserción en el mundo (la «índole secular»), de la acción social, del trabajo, del compromiso político, el pacifismo, la búsqueda ecológica y los nuevos tipos de servicio (R. Berzosa).

II.3. «Llamados a la santidad»

II.3.1.»Universal Vocación a la Santidad»

Conocemos que la llamada universal a la santidad es una de las constantes del Vaticano II. (LG cap. 5, nº 39-42).

La llamada a la santidad pertenece a la entraña de la vocación del laico.

«La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu; la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad. El santo es el testimonio más espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo» (ChL 16 a)

La vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo y exige de todos los bautizados: «el seguimiento y la imitación de Jesucristo en la recepción de sus bienaventuranzas, en el escuchar y meditar la palabra de Dios, en la participación consciente y activa en la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, en la oración individual, familiar y comunitaria, en el hambre y sed de justicia, en el llevar a la práctica el mandamiento del amor en todas las circunstancias de la vida y en el servicio a los hermanos, especialmente si se trata de los más pequeños, de los pobres y de los que sufren» (ChL 16 f)

Hablando el Concilio de la santidad en los diversos estados, desde la perspectiva existencial y teologal dice:

«Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los guiados por el Espíritu de Dios… Pero cada uno debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que engendra la esperanza y obra por la caridad, según los dones y funciones que le son propios» (LG 41)

II.3.2. Urgencia de la santidad para la renovación evangélica de la vida cristiana

«Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser «santos en toda su conducta» …Los santos y las santas han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de toda la historia de la Iglesia» (ChL 16 c)

II.3.3. La santidad es posible en un mundo secularizado

El Sínodo extraordinario de los Obispos (1985), del que participa posteriormente la ChL, insistió mucho en lo que acabamos de enunciar.

Constata el secularismo:

«Entre los signos de los tiempos hay que atender especialmente al fenómeno del secularismo…Consiste en una visión automatística del hombre y del mundo, que prescinde de la dimensión del misterio, la descuida o incluso la niega. Este inmanentismo es una reducción de la visión integral del hombre, que no lleva a su verdadera liberación, sino a una nueva idolatría, a la esclavitud bajo ideologías, a la vida en estructuras de este mundo estrechas y frecuentemente opresivas» (II A, 1a)

En medio de este secularismo existe un deseo de lo sagrado y un anhelo de santidad:

«Precisamente en este tiempo, en que muchísimos hombres experimentan un vacío interno y una crisis espiritual, la Iglesia debe conservar y promover con fuerza el sentido de la penitencia, de la oración, de la adoración, del sacrificio, de la obligación de sí mismo, de la caridad y de la justicia» (II A, 4)

Juan Pablo II ha propuesto a la Iglesia y al mundo una inmensidad de cristianos, y laicos, que han vivido plenamente el ideal de la Santidad. Y la considera tan necesaria en la Iglesia que ha propuesto a la Santidad como eje central, fundamento de la programación Pastoral que nos atañe en este nuevo milenio. (NMI 31)

Los nuevos movimientos, las comunidades de Laicos están haciendo el esfuerzo en proponer a sus miembros la santidad como ideal asequible. Además, no como forma individual, sino colectiva.

III. Corresponsabilidad (misión) de los fieles laicos en la Iglesia – Misión

La vocación del Laico está inseparablemente unida a la Misión. La ChL habla de la «corresponsabilidad de los fieles laicos en la Iglesia –misión», partiendo de la comunión con Jesús, como sarmientos a dar fruto, y de la comunión de los cristianos entre sí, que se convierte en comunión misionera: «os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure» (Jn. 15, 16)

«La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión. Siempre es el único e idéntico Espíritu el que convoca y une la Iglesia y que la envía a predicar el evangelio ‘hasta los confines de la tierra’ (Hch. 1, 8). Por su parte la Iglesia sabe que la comunión, que le ha sido entregada como don, tiene un destino universal.. La misión de la Iglesia deriva de su misma naturaleza, tal como Cristo la ha querido: la de ‘ser signo e instrumento de unidad de todo el género humano’. Tal misión tiene como finalidad dar a conocer a todos y llevarles a vivir la ‘nueva’ comunión que en el Hijo de Dios hecho hombre ha entrado en la historia del mundo» (ChL 32)

Juan Pablo II ha convocado a TODOS los fieles a la «comunión misionera» para «anunciar el Evangelio» a todos los hombres, sirviendo a todas las sociedades y personas. Este servicio se concreta en la promoción de una serie de valores evangélicos, humanos, familiares, culturales, sociales y religiosos, que configuran el orden temporal conforme al plan de Dios (cf. ChL 33-34)

III.1 Comunión y Misión

III.1.1. De una eclesiología de comunión a una eclesiología de misión

Punto de partida:

La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente porque Comunión y misión están unidas a la persona de Jesús. (Juan Pablo II).

El contenido de la misión cristiana es el acontecimiento de Jesucristo en su realidad histórica y en su misterio pascual. Este acontecimiento supera el tiempo y sale al encuentro de cada uno de nosotros. Es un acontecimiento que llama a la libertad humana a transcenderse, a salir de sí, para realizarse en donación total de sí mismo acogiendo a Jesucristo en su misterio pascual.

No podemos separar al laico, sujeto de la misión, de este acontecimiento de la misión, es decir, del acontecimiento Jesucristo, fuente de la libertad humana. De otra forma se termina reduciendo el contenido evangélico a una serie de enunciados intelectuales o de ejercicios de piedad o de comportamientos éticos. Separaríamos fe-vida.

Jesús es el enviado del Padre para la salvación del mundo, que se actúa por el don del Espíritu Santo. En el horizonte de la persona–misión de Jesús toma forma la persona–misión del laico

Eclesiología de Comunión – Misión

No hay mayor testimonio de fe que lo que se arraiga en el acontecimiento pascual de Cristo. En él se fundamenta y toma cuerpo real la misión de los Apóstoles, testigos de la muerte y resurrección de Cristo. Aquí eclesiología de «Comunión» y eclesiología de «misión» se integran mútuamente como nos dice I Jn. 1, 1-4: «lo que existía desde el principio, lo que hemos visto y oído, lo que contemplamos y palparon nuestras manos…os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros»

La COMUNION además de asegurar la permanencia del acontecimiento Cristo, se hace una con la MISIÓN: «Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo…Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»

Creer en Jesucristo es quedar constituido en su testigo, enviado para anunciar con palabras y con hechos la salvación cristiana (Pagola)

III.1.2. Del testimonio al anuncio

¿Cómo pasar de la misión de la Iglesia en cuanto tal a la misión de cada fiel laico?.

La pregunta nos plantea la cuestión del testimonio o del método, no como conjunto de técnicas que se emplean en la acción eclesial, sino como método de vida cristiana, esto es, como la forma mediante la cual el acontecimiento Cristo se comunica al mundo, pasando de persona a persona.

Esta forma deriva de la realidad sacramental y eucarística de la misma Iglesia, cuya naturaleza es ser el instrumento para que el evento Cristo llegue a los hombres.

El método puede pedir técnicas misionales. Pero la más fundamental es la Santidad, que es el presupuesto fundamental y la condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia.

La misión no es una transmisión de una doctrina o la forma de ganar adeptos para la Iglesia, sino la llamada a dar testimonio de una realidad nueva, de una transformación y un estilo nuevos, de un sentido y de una esperanza nueva. No nos apoyamos ni en nosotros mismos ni en la misma Iglesia. Se pide una actitud de conversión permanente porque somos «vasijas de barro» (2 Cor,. 4, 7)

En las primeras comunidades cristianas la fe no era presentada como un sistema religioso sino como una invitación a vivir aprendiendo de Jesús, como un camino para seguirle, como la vía más acertada para vivir con sentido, responsabilidad y esperanza. La fe cristiana es más camino que un sistema religioso (cf. Hch. 10, 25-26)

Pablo VI afirmó: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan; o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio» (EN 41, 21) El cristiano es sobre todo ¡discípulo y testigo de Jesús!. Vocación y misión exigen seguimiento y martirio, en una palabra, Santidad. (cf. ChL 17)

III.1.3. La lógica de la encarnación como lógica sacramental evangelizadora

Dios se comunica por su humanidad, (Encarnación) que pasa a ser «sacramento»

«Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su misterio durante su vida terrena. Desde los pañales de su Natividad hasta el vinagre de su Pasión y el sudario de su Resurrección, todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A través de sus gestos, sus milagros y palabras, se ha revelado que ‘en él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente’ (Col. 2, 9). Su humanidad aparece así como el ‘sacramento’, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora»(Catecismo 515)

Los apóstoles se encontraron con Jesús, hombre, y con el misterio de su muerte. Y a pesar de las dificultades del seguimiento de este hombre misterioso, sintieron que no podían dejarlo: «Señor, ¿a dónde iremos?» (Jn. 6, 68). Con la fuerza del Espíritu pudieron llegar a creer que el que había resucitado era el Hijo de Dios.

Es decir, que la humanidad de Jesús es el medio para reconocer su divinidad, es el sacramento de su divinidad. La Encarnación es el método elegido por la Trinidad para comunicarse, es el método de misión. La lógica de la Encarnación es siempre una lógica Sacramental. Por eso el cristiano está llamado a ser en cualquier ámbito de la existencia humana sacramento del evento de Jesucristo.

Ante la pregunta ¿cómo comunicar hoy a Jesucristo?, ¿cómo imitar al Inimitable para convertirme en su discípulo y testigo?, respondemos que con la lógica sacramental, que se apoya en el Bautismo y la Eucaristía.

La lógica sacramental es la única que no reduce a Jesucristo a puro objeto material que se transporta en el tiempo y en el espacio, sino que hace posible que, Jesús, suceda aquí y ahora. Pero no olvidemos su «lógica de encarnación» para que nuestra encarnación en el mundo sea «sacramento» de ALGUIEN

III.2 El laico y el anuncio del Evangelio

III.2.1. Evangelizar, vocación propia de la Iglesia

Recordemos estos dos principios:

Toda la Iglesia es misionera.

«Evangelizar es la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» (EN 14). La misión constituye la tarea esencial de la Iglesia; no es algo añadido, sino su identidad más profunda, lo que la constituye y hace ser Iglesia.

No es la Iglesia la que, una vez constituida, tiene la misión de evangelizar, sino que es esa misión la que genera y recrea permanentemente a la Iglesia. No es posible una verdadera «espiritualidad misionera» si no se recupera en el interior de la Iglesia la conciencia de la misión como dimensión central y constituyente de la comunidad cristiana.

La missio Ecclesiae está unida a las misiones del Hijo y del Espíritu Santo a partir de la iniciativa fontal del Padre. Antes que la misión de la Iglesia está la missio Dei sobre las comunidades concretas: cada comunidad eclesial es llamada a la existencia para que sirva a la misión del Padre.

El Laico es responsable de la misión:

«La Iglesia entera es misionera y la obra de la evangelización es un deber fundamental del pueblo de Dios» (AG 35).

«Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo» (ChL 33 a)

No es posible alimentar una «espiritualidad misionera» si los miembros de la Iglesia no toman conciencia de que todo cristiano, por el mero hecho de serlo, participa en la condición de enviado de Jesucristo, apóstol, evangelizador, anunciador de la Buena Noticia del Reino de Dios.

III.2.2. La Evangelización en la actual situación

En el mundo donde desarrolla la Iglesia la misión está presente el indiferentismo, secularismo, ateismo. Dice el Papa:

«Se trata de países y naciones del llamado primer mundo, en el que el bienestar económico y el consumismo –si bien entremezclado con espantosas situaciones de pobreza y miseria- inspiran y sostienen una existencia vivida como «si no hubiera Dios»…También la fe cristiana –aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales- tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos del nacer, del sufrir y del morir … El patrimonio moral y espiritual (de otras regiones) corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiple procesos, entre los que destacan la secularización y las sectas» (ChL 34 a-b)

En la RM se nos dice que en las mismas sociedades cristianas hay «zonas» sin evangelizar.

Ante esta situación:

La Iglesia siente la perenne misión de evangelizar:

«La actual situación, no sólo del mundo, sino de tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la palabra de Cristo reciba una obediencia más rápida y generosa. Cada discípulo es llamado en primera persona; ningún discípulo puede escamotear su propia respuesta. ¡Ay de mí si no evangelizare!» (ChL 33 e)

La situación de descristianización de amplias zonas y sectores de la humanidad nos invita a que ampliemos el concepto clásico de Misión – Evangelización y que llevemos «Evangelio» en nuestras actividades dirigidas a:

  • servir a la persona y a la sociedad;
  • promover la dignidad de la persona humana;
  • venerar el inviolable derecho a la vida;
  • defender la libertad de conciencia y la libertad religiosas para, libres, invocar el nombre del Señor,
  • la familia, como primer campo del compromiso de los fieles laicos;
  • la caridad, alma y apoyo de la solidaridad;
  • la participación en la política, destinada a promover orgánicamente el bien común;
  • situar al hombre en el centro de la vida económico-social;
  • evangelizar la cultura y las culturas del hombre. (cf. ChL 5, 36-44)

Urge solidificar las Comunidades:

Urge renovar el entramado cristiano de la sociedad actual, rehaciendo ‘la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales’ en cuya tarea están plenamente implicados los fieles laicos. A ellos «les corresponde testificar cómo la fe cristiana –más o menos conscientemente percibida e invocada- constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad» (ChL 34 c)

III.2.3. Evangelización integral, no sólo de lo espiritual:

La actividad misionera siempre ha tenido en cuenta las necesidades materiales de los destinatarios de la misión y la implantación de un mundo justo y con valores, aunque en algún momento éstas no parecían formar parte del núcleo de la salvación. (cf. EN)

La salvación no puede quedar reducida a lo espiritual o ultraterreno: las realidades temporales, los problemas del mundo, la lucha contra la injusticia y la pobreza van a ocupar un puesto central en la misión de la Iglesia. Porque si Dios antecede a la Iglesia, se hace presente en donde se juega el destino de los hombres. De esta manera el mundo establece, por sus carencias, la agenda de prioridades de la Iglesia, pues ésta está llamada a la salvación de las personas donde viven, esperan y sufren. (E. Bueno)

III.3. Misión y ministerios laicales

Hablamos anteriormente de los Carismas como don del Espíritu a todos los bautizados.

También los ministerios laicales son dones de E.S. para la edificación del Cuerpo de Cristo para el cumplimiento de su misión salvadora en el mundo (cf. LG 4). Están en función de la edificación de la comunidad y de la misión de la Iglesia. Entran de lleno en las coordenadas de Iglesia-Comunión y de la misión de la Iglesia.

III.3.1. Ministerialidad de la Iglesia

Partiendo de que los ministerios son todos participación en el (y del) ministerio de Jesucristo (ChL 21), la Iglesia ha descubierto su propia ministerialidad y el sentido de los ministerios.

Y si, al comienzo, los vio como la posibilidad de facilitar la participación y la corresponsabilidad de los laicos en la misión de la Iglesia, después los ha valorado como expresión del dinamismo de la vida de la propia comunidad (E. Bueno, Eclesiogénesis, pg, 158)

Cuando Pablo VI atribuyó por primera vez los «ministerios» a los Laicos, y reconoció a los laicos como ministros, (Motu Propio Ministeria Quaedam), superó la ruptura de la Edad Media entre clérigos – laicos.

En la EN 73 enumera una serie de ministerios «propios» de los Laicos: catequistas, animadores de la oración y del canto, servicio de la Palabra, asistencia a los hermanos necesitados, jefes de pequeñas comunidades, responsables de movimientos apostólicos, y otros servicios a favor de la comunidad

Hablando de la ministerialidad de la Iglesia volvemos a repetir que los laicos participan de la misión de la Iglesia: «Las misión salvífica de la Iglesia en el mundo es llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del sacramento del orden, sino también por todos los fieles laicos. En efecto, éstos, en virtud de su condición bautismal y de su específica vocación, participan en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo, cada uno en su propia medida» (ChL 23)

Tengamos en cuenta que los ministerios laicales tienen su lugar eclesiológico propio, no son ministerios sustitutivos de la falta de clero.

Por eso:

  • Evitemos convertir los nuevos ministerios laicales en un sustituto del cura
  • Evitamos un nuevo clericalismo: atribuyendo a los ministerios laicales funciones propias del ministerio ordenado, como presidir la comunidad.
  • Y además, tengamos muy presente su «Dimensión secular»:

Al hablar de los ministerios laicales hay que tener siempre presente la dimensión secular, esto es, la responsabilidad de los laicos en la configuración del mundo: ellos han de introducir la Fe en los diversos ámbitos de la vida social y traer también a la Iglesia sus experiencias del ámbito secular.

La Conferencia Episcopal Alemana señala que la tarea propia de estos ministerios es la de «poner en mutua relación la fe y la situación vital del mundo… La secularidad y ministerialidad son dos dimensiones de la vida eclesial, diferentes pero estrechamente vinculadas en la función de la salvación que la Iglesia desempeña….Sería desastroso que los ministerios laicales se entendieran como fórmulas de huida de los ámbitos políticos y sociales, como ministerios propiamente intracomunitarios»

III.3.2. Al servicio de la comunidad y de la misión

Los ministerios laicales al servicio de la Comunidad y la Misión

Los ministerios laicales están al servicio de la comunidad en alguna de las tres grandes funciones de la Iglesia: Palabra: enseñanza; Culto; Comunión: santificación, gobierno. Pero a diferencia de los ministerios ordenados para quienes la carga pastoral incluye las tres funciones como un todo indivisible, los laicos pueden participar en una de ellas sin participar en las otras dos.

«La misión de la Iglesia es el criterio que determina la esencia teológica de los ministerios encomendados a los laicos. No es un criterio sociológico, como puede ser la dedicación a tiempo completo a determinadas tareas…El ministerio laical es sencillamente una consolidación ante la faz de la Iglesia de aquello que le corresponde radicalmente como laico, en virtud del sacerdocio universal fundamentado en el bautismo, con miras al servicio salvífico en el mundo. Sólo una Iglesia misionera permitirá un desarrollo correcto de los ministerios laicales. Y viceversa: sólo una acertada instauración de los ministerios laicales hará posible una iglesia misionera» (Perea, 386)

La Iglesia local determina sus ministerios

Cada Iglesia local pone en marcha los servicios que cree necesitar para seguir a Jesucristo y anunciar el Evangelio de la salvación. Su institucionalización en la Iglesia local pertenece al Obispo, pues los ministerios son para la edificación de la Iglesia local, que permiten a ésta responder a los nuevos desafíos con multiplicidad de fuerzas y planteamientos diferenciados.

Los ministerios no están para resolver los problemas de administración local, sino para impulsar la vida de la comunidad y su misión evangelizadora.

Provocación a la AMM

1. El Concilio, que nos pidió volver a las fuentes, ha hecho que la Iglesia vuelva a la fuente, Eucaristía y Bautismo, y que Jerarquía y Laicos, miremos juntos cuál es nuestra única y común fuente, la Bautismal, para descubrir mejor lo que cada uno es.

La AMM necesita conocer mejor qué somos en la Iglesia, qué estamos llamados a ser en esta Iglesia conciliar, que quiere ser fiel a Jesucristo, para que en consonancia con la Iglesia, seamos y actuemos de acuerdo a lo que somos.

Desconocer la dignidad del laico, su vocación y misión, es colaborar a que la AMM no pueda responder a los retos de una Iglesia servidora, madre y maestra en los inicios del Tercer Milenio, es seguir manteniendo un laicado dependiente, es impedir que lleve la Iglesia al mundo y el mundo a la Iglesia.

2. A la luz de esta doctrina de la Iglesia sobre sí misma pensemos

  • Si la AMM es fiel a su índole secular, si no se está refugiando en el seno de la «madre» Iglesia al centrar en exceso su participación hacia dentro de la comunidad eclesial.
  • Si somos fieles al mensaje de la Virgen, que difundimos con la Medalla Milagrosa, al dedicar nuestros esfuerzos, de modo especial, a colaborar dentro de la Iglesia, como comunidad, que en transformar o «llevar gracia» a la sociedad.
  • Si estamos dentro de la «comunión» por nuestro hacer pastoral en unidad con la Iglesia Diocesana o Parroquia, o hacemos apostolado buscando nuestra proyección, nuestra particular potenciación como Asociación.
  • Si estamos ofreciendo la «espiritualidad» propia para nuestros días, si estamos potenciando el «ser santos en una sociedad laical».

Recordemos que la AMM tiene unas grandes posibilidades de vivir en el mundo sin ser del mundo por vivir en medio de la sociedad, en medio de la familia y familias desestructuradas por diversas pobrezas espirituales y materiales. Por ello nos podrían preguntar:

¿Qué tipo de «santidad» se cultiva desde la Asociación?.

¿Es la santidad de la alegría de vivir en el mundo, la santidad de la huída del mundo, la santidad en oposición a este mundo, la santidad de «levadura», la santidad de los elegidos o la santidad que se me otorga por mi condición bautismal?.

3. La AMM debe sentir muy dentro de sí la dimensión de la «lógica sacramental». Su devoción a María Milagrosa, las expresiones de culto y devoción que realiza…, ¿la llevan a encarnarse el mundo o la separan de él, son sacramento de la visita de Dios, de María, o son más expresión de un mundo que no le interesa al otro?.

4. Otro reto que se nos plantea en la AMM es cómo vivir y cómo transmitir la fe en Jesucristo, el Hijo de María, en un mundo secularizado, indiferente, ateo… ¿Cultivamos el campo abonado o somos de los que se deciden por el «rema mar adentro»; nos quedamos con las ovejas del redil o vamos tras las descarriadas o las que aún no son del rebaño?

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