La aflicción de los locos (I)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Margaret Flinton · Año publicación original: 1974 · Fuente: CEME.
Tiempo de lectura estimado:

«Sí, hermanas mías, es Dios mismo quien ha querido servirse de las hijas de la caridad para cuidar a estos pobres enajenados. ¡Oh!, vos­otras todas. Pero qué gran favor es para aque­llas que se dedican a ello el tener un medio tan bueno de servir a Dios y a Nuestro Señor su Hijo».
San Vicente de Paúl.

Una de las últimas flores de la corona de Luisa de Mari­llac es el servicio de los pobres locos. San Vicente se com­placía en recalcar en las primeras hermanas que esto era como un fruto de su fidelidad por lo bien que habían realizado sus oficios anteriores.

«Dios, dice, viendo que ellas asistían a los pobres tan es­meradamente, yéndolos a buscar a sus casas, como hacía Nues­tro Señor tan frecuentemente, ha dicho: estas hijas me agra­dan; han llevado a cabo bien este trabajo; quiero darles un segundo».

Este fue el de los pobres niños abandonados.

«Como El ha visto que vosotras lo habéis realizado con tanta caridad, ha dicho: «quiero darles además otro empleo».

Y he aquí la asistencia a los pobres criminales o presos. Después, el de los pobres ancianos del Nombre de Jesús. Finalmente, el último, «las pobres gentes que han perdido la razón».

Desde hacía mucho tiempo san Vicente se preocupaba por los locos

En 1632, cuando vino a instalarse con su pequeña co­munidad a san Lázaro, encontró allí a algunos «encerrados» sobre los que muy pronto se inclinó su alma sacerdotal. En seguida supo discernir entre ellos a aquellos que, situa­dos allí como voluntariamente peligrosos para la sociedad, debían depender del correccional, y de aquellos que más bien debían ser cuidados como enfermos, irresponsables parcial o totalmente de sus acciones culpables.

«Roguemos a Dios que conceda a los sacerdotes de la com­pañía el espíritu de conducta en esta clase de trabajos, cuando se dediquen a ellos, y que fortifique a nuestros pobres hermanos y los anime con su gracia, para aliviar las penas y sufrir las fatigas que tienen a diario entre nuestros huéspedes, de los cuales unos están enfermos del cuerpo y los otros del espíritu, los unos estúpidos y los otros atrevidos, los unos insensatos y los otros maliciosos; aquéllos están aquí para recobrar su salud, y éstos para corregirse de su mala vida».

Amando a los unos y a los otros con el corazón incluso de Nuestro Señor, después de haber tanteado sus llagas morales, él se dedicó a reeducarlos, a hacerlos mejores, co­municando a sus sacerdotes, a sus hermanos encargados más directamente de asistirlos su optimismo y su sentido sobrenatural acerca del estado de ellos.

«No es tan poco cosa, como se cree el aplicarse a socorrer a estos afligidos; porque esto agrada a Dios. Sí, es una de las obras que le son más gratas el cuidar a estos locos; y es tanto más meritorio en cuanto que la naturaleza no encuentra en ello una satisfacción y en cuanto que es un bien que se hace en secreto y hacia unas personas que no saben agradecérnoslo».

Los amaba tanto que un día llegó a decir que, si tenía que abandonar San Lázaro, lo que más añoraría serían estas pobres gentes.

En esto, su celo no fue pequeño, pues como siempre, desbordaba el marco de su actividad personal, para exten­derse por donde quiera que una miseria le era conocida. El «Grand Bureau des Pauvres» tenía entonces en París un gran hospital, donde se reunían más de cuatrocientos pobres de uno y otro sexo: pobres ancianos, tiñosos, locos.

Desde 1639, Vicente va a recomendarles una misión y para mejor grabar en su espíritu las verdades principales de la religión y las oraciones más usuales, redacta una pequeña hoja que, impresa, será reproducida en millares de ejemplares, después de haberla ensayado en el manicomio: «El ejer­cicio del cristiano» podía ser comprendido por los más sencillos y por los más ignorantes.

Como siempre, una vez más, no se contenta con pasar. Continúa el bien comenzado, si no personalmente, al menos por otras personas a las que ha infundido su ardor. Los sacerdotes de la Conferencia de los martes van a ir, a con­tinuación de él, a catequizar a estos miserables. Unos años más adelante serán sus hijas las que se instalarán para vivir allí.

Luisa de Marillac acepta que sus hijas vayan al manicomio

Santa Luisa no era la última en compartir los sentimien­tos de Vicente de Paúl por los pobres locos.

Humanamente, la obra no tenía nada de atrayente. Vi­cente mismo, un día hizo de ello un cuadro poco brillante:

«En el manicomio están todas las personas locas y ena­jenadas, espíritus extremadamente mal hechos que viven siem­pre refunfuñando. Hay continuas disputas. ¡Oh! Incluso no hay nada. No os lo puedo decir. En fin, hay tan poca sociabi­lidad que ellas no pueden ni siquiera vivir dos juntas y ha sido necesario separarlas, cada una hace de su capa un sayo».

Allí es donde el «Grand Bureau des Pauvres», análogo a la administración de la asistencia pública de nuestros días, ha reclamado la presencia de las hijas de la caridad, sobre todo para la enfermería.

Construido en el emplazamiento actual de la glorieta Bon Marché de París, el hospicio del manicomio era en rea­lidad la leprosería Saint-Germain-des-Prés transformada en hospital por el cardenal de Tournon en 1557. Este se lo vendió a Guillermo Gellinard, secretario del duque de Or­léans. Dado finalmente a los señores Echevins de París, se convirtió en el hospital de los pobres fundado bajo la direc­ción de MM. del Grand-Bureau. Allí se recogían según los estatutos a:

«los hombres viejos y decrépitos y otros pobres incorre­gibles o inválidos, lisados o impotentes, las mujeres enfermas de epilepsia… a los alienados de bienes y de espíritu».

En el siglo xx esta mezcla nos parece extraña, pero hay que recordar que el mundo del siglo XVII no conoció ninguna medida legislativa concerniente a los locos antes del 7 de setiembre de 1660: una orden del parlamento declaró que el hospital debía asignar una sala particular a los enajenados a los que se les daría un tratamiento especial. Generalmente no se creía posible su curación. San Vicente ha sido un verdadero precursor en el campo de la Psicoterapia, al tratar de mejorar su estado como lo hizo con los pobres «encerrados» de San Lázaro, a los que hizo dar un edificio aparte, y a los que confió a sus misioneros para que les pro­porcionasen distracciones sanas y ejercicios de piedad apro­piados a su enfermedad. La medicina oficial de la época se debatía en polémicas y sus procedimientos terapéuticos, la mayor parte de las veces resultaban estériles. Vicente sólo podía dejarlos a un lado; también se le reconoció «direc­tor del primer sanatorio psiquiátrico que fue destinado, en Francia, al tratamiento de los locos». Socialmente, los es­fuerzos de san Vicente eran de una gran trascendencia por­que instauraban un modo de asistencia nuevo: un sanatorio psiquiátrico basado en una indicación terapéutica, sobre la fe en la posibilidad de curar las enfermedades y las anomalías mentales.

Ni él, ni santa Luisa, se asustaron de la tarea que se les quería confiar en el manicomio: juntos prepararon a sus hi­jas para esta bella misión.

Ver en los locos la sabiduría encarnada

Es un apostolado aceptado con alegría, a la que se añade cierto orgullo espiritual por la idea de que, hasta ahora, ninguna de las comunidades femeninas se había aplicado a esta obra, siendo así que Nuestro Señor había querido «pa­sar como escándalo para los judíos y locura para los gentiles».

Una hermana, de las primeras que fueron destinadas al servicio de los locos, recordó en su declaración para la bea­tificación de san Vicente de Paúl que, cuando fueron envia­das al hospital del manicomio, que estaba bastante mal re­glamentado, Vicente «les insinuó una tan alta idea de la gra­cia que Dios les hacía… que se sintieron inflamadas y animadas a darse al servicio a los pobres locos, a pesar de las penas y las dificultades».

El alma de santa Luisa, tan bien preparada para oír la llamada de Dios en todos sus miembros sufrientes, compar­tía estos sentimientos. Ella anunció el proyecto de esta obra a sor Bárbara Angiboust, expresándole la esperanza de que «tendremos muy pronto hermanas nuestras en el manico­mio para gobernar a los locos y a los pobres mujeres enfermas en lo que se pueda».

Recayendo sobre ella la tarea de elegir personal. Luisa reflexionó, invocó la asistencia del Espíritu Santo antes de encomendar la responsabilidad de tal misión a Ana Harde­mont, que titubeó, aunque, como lo asegura una carta de Luisa a san Vicente, «no estaba lejos de la disponibilidad para recibir bien la proposición del manicomio». Luisa, por­que era necesario alentarlas, pide al santo que «tenga a bien hablar a las hermanas para darles a conocer el bien que se puede hacer y la manera cómo hay que comportarse».

San Vicente habla a las primeras hermanas

29 de septiembre de 1655: Una «asamblea» familiar como las precedentes: las hermanas han venido de las parroquias… Vicente de Paúl debía dar lectura a las reglas, pero antes, quiere decir algo sobre la obligación de entregarse a Dios para observarlas bien. Y, hablando de la abundancia del co­razón, muestra la primera razón: la bondad de Dios, la voluntad de Dios, el placer de Dios y la alegría de Dios… después, que todo va bien cuando se le es fiel… que ellas son sencillas al venir hacia Dios y al tender hacia El.

Habiendo leído el primer artículo, exclama a conti­nuación:

«¡Oh!, mis hermanas, os lo digo una vez más, jamás ha habido una compañía que haya alabado más a Dios que voso­tras. ¿Hay alguna que se dedique a los pobres locos? No la encontraréis y sin embargo vosotras tenéis esta dicha. Los señores del «Gran Bureau» han pensado que, para la buena marcha de esa gran casa de los pobres locos, sería preciso la presencia de las hijas de la caridad. En efecto, no dejan de presionamos hasta que nosotros las enviemos. ¡Ah!, hijas mías, ¡qué obligación tan grande os incumbe ante Dios!».

Tres semanas después vuelve a insistir:

«Hace falta, hijas mías, que sepáis que Nuestro Señor ha querido experimentar en su propia persona todas las miserias imaginables. Las palabras de la Escritura nos dicen que ha querido pasar como escándalo ante los judíos y como locura ante los gentiles para mostrarnos que vosotras podéis servirle en todos los pobres afligidos. Por esto es por lo que ha querido entrar en tal estado, para santificarlo como a todos los otros. En esta creencia es donde vosotras debéis prestarle servicio, y, cuando vayáis a verlos, regocijaros y deciros a vosotras mis­mas: «Yo me doy a estos pobres para honrar en ellos a la per­sona de Nuestro Señor, voy a ver en ellos a la sabiduría encar­nada de Dios, que ha querido pasar por tal, sin serlo en realidad». Es preciso que sepáis que El está en estos pobres pri­vados de la razón tanto como en todos los otros».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *