Llamamiento a la fraternidad
Vicente de Paúl, abierto a las dimensiones sociales, atento a las realidades económicas, descubre que la «estratificación social» es el «lugar» en el que el evangelio encuentra su realización inteligible y apostólica. Para que los poseedores cobren conciencia de la caridad «socializada» y la ejerzan, es menester recordarles que el dinamismo objetivo de los bienes económicos implica con relación a la conciencia del individuo y a la conciencia de la sociedad una referencia explícita al designio de Dios: hacerlos fructificar para todos.
¿Cómo Vicente de Paúl va a lograr, de acuerdo con el evangelio, hacer vivir la vida bautismal entre los pobres? ¿Cómo va a hacer pasar en moneda corriente las exigencias evangélicas en medio de la sociedad aduladora, dura, con frecuencia despiadada, a veces cruel que le tocó vivir?
La eficacia del evangelio impulsa a realizar la construcción del mundo, según el plan creador y liberador de Dios, según el mandato de la comunión en el amor, en beneficio de todo hombre y principalmente de todo pobre. La urgencia de la miseria, que invade a los hombres hasta llegar a impedirles vivir en la dignidad humana, impone evangélicamente a Vicente de Paúl medir la profundidad de las mutaciones inscritas en las bienaventuranzas. Por ello cuando se convence de que el amor a los pobres encarna, hace presente el espíritu de Cristo, se siente responsable de continuar en el mundo este espíritu de caridad. La realización concreta de las exigencias de este espíritu movilizará todas sus energías y le llevará, incluso, a entrevistarse con Richelieu para pedirle abiertamente el cese de la guerra, oponerse públicamente, casi agresivamente, contra Mazarino en 1649, permanecer exiliado de París durante cinco meses, apelar al papa Inocencio X, el 16 de agosto de 1652, para que intervenga en favor de la paz durante la «Fronda de los príncipes» y escribir a Mazarino, el 11 de septiembre de 1652, para pedirle que salga del reino.
Estas actuaciones, complejas y arriesgadas, son reveladoras de la solicitud de Vicente de Paúl por encarnar y «hacer efectivo el poder sembrar nada para los años siguientes. Los soldados se entregan evangelio», por realizar el «reino de Dios y su justicia». Al mismo tiempo descubren que la realización de la fe pasa, para él, por la caridad. Caridad que va hasta la solidaridad efectiva con quienes están en la necesidad o en la miseria. A partir de las exigencias de esta caridad, Vicente de Paúl entra en la acción política, que pone en evidencia las condiciones de la verdadera fe. Esta acción política de la fe no tiene otro objetivo para él más que la construcción de un mundo en el que todo hombre tenga la posibilidad de alimentarse, de trabajar y de vivir. Al tratarse de una práctica y no de una teoría, intenta poner a la sociedad ante una realidad: los pobres mueren de hambre. Si se hace crítico de la política de guerra de Mazarino, es para ser constructivo en la prospección de una paz que ayudaría a los pobres a salir de la miseria. Esta actitud crítica no es una palabra vacía. Es un compromiso, a su vez expresión de un amor, que, desde la realidad socio-económico-política de su tiempo, incita a Vicente a interesarse por «las pobres gentes del campo» y de la ciudad, a las que la guerra y la insolidaridad van marginando, anulando de la sociedad.
Simultáneamente a esta acción política de la fe, la urgencia de la pobreza desoladora y cruel de su época le impone ahondar en la profundidad de la miseria, oponerse a sus causas, buscar a las personas que trabajen en reducirla. Vicente llega a encontrar nuevas fórmulas de estar y de hacer estar presente en el mundo de los pobres. El contacto con los pobres es su preocupación permanente. Pero no se puede olvidar que este contacto le lleva a luchar contra la pobreza de los pobres y las causas que la provocan.
Si hay algún criterio para suprimir la pobreza, es el amor a los pobres, vivido en la verdadera fraternidad. Solo este amor puede hacer afrontar todas las exigencias del compromiso social en favor de los pobres. Solo este amor puede realizar la comunión con la esperanza de los pobres en contra de la riqueza que separa. Utilizando este criterio, Vicente llega a crear la comunicación entre ricos y pobres. Por eso lanza una llamada a todos los que opone la diversidad de opiniones: jesuitas y Port-Roya-listas, Compañía del santísimo sacramento y órdenes religiosas, ricos y pobres, a fin de impedir sepultar vivos a los seres que todavía respiran. Solo la prodigiosa actividad de Vicente explica la gracia de su arte de persuadir y el carácter único y convincente de su caridad. En ella se comprueba el genio de su caridad y se descubre su mística de la caridad. Este místico de la caridad habla a otro, habla de otro, de Cristo, a quien suplica: «¡Ah! Señor, atraednos hacia vos, concedednos la gracia de entrar en la práctica de vuestro ejemplo y de nuestra regla que nos lleva a buscar el reino de Dios y su justicia; haced que vuestro Padre reine en nosotros y reinad también vos mismo haciéndonos reinar por la fe, la esperanza y la caridad… y por la unión de vuestra divina majestad… ¿Cómo haré para que Dios reine soberanamente en mi corazón? ¿Cómo obraré para extender por todo el mundo el conocimiento y el amor de Jesucristo? Mi buen Jesús, enseñadme a hacerlo y haced que lo haga». Este Cristo, este «dulce Salvador» es a quien presenta a sus interlocutores. De ahí su persuasión y su eficacia. La imitación del «amor compasivo» del Hijo de Dios da sentido y unidad a la fraternidad vicenciana.
Organización de la caridad
Vicente de Paúl sabe que la caridad es una en el objeto y múltiple en sus manifestaciones. Por eso él y los misioneros establecen las «Caridades» para completar y verificar la caridad de forma organizada y viva. El vínculo que une esta institución a los miembros, encargados de dar, recoger y distribuir todo género de ayudas, es la presencia de Cristo en el pobre. La motivación profunda, que da sentido a esta ayuda y la orienta, es la miseria de los pobres y el evangelio de Cristo. Se requiere señalar que el objetivo de las «Caridades», para Vicente de Paúl, es hacer cobrar conciencia a los «poseedores» de organizar los bienes en beneficio de los pobres.
Si desde el comienzo de la obra caritativa de Vicente aparece el sentido de la organización, durante la guerra de los Treinta años y de las dos Frondas, esta organización se hará inventiva e ingeniosa 129. Pero Vicente de Paúl no está solo en la empresa caritativa del siglo XVII francés. La diversidad de obras realizadas está sostenida por una voluntad común de personas y de dones, por una respuesta a las mismas llamadas de Dios, a las cuales responden las diversas órdenes religiosas y grupos cristianos. Es hora de deshacernos definitivamente de los «gigantismos», de los «monóculos» creados al exterior y al interior de la Congregación de la Misión, que harían de Vicente lo que no fue: un solitario y un gigante monstruoso o un simple realizador de las obras concebidas por la Compañía del santísimo sacramento. Los documentos de la época nos informan de la diversidad de obras y de la variedad de personas que trabajan en ellas». Una vez más debe admitirse la unidad en la diversidad. No obstante, Vicente de Paúl es el arquitecto del movimiento caritativo del siglo XVII francés que se construye día a día. Es prudente, está en el Consejo de conciencia y puede hacerlo.
Otro aspecto de esta organización de la caridad vicenciana se impone al historiador. Vicente muestra que ningún «tradicionalismo» puede reducir la potencialidad transformadora del fermento evangélico que trabaja la pasta humana. En medio de la miseria que «hace estremecer», intenta una organización de la sociedad más justa y más fraternal. Esta organización la apoya en los acontecimientos de su tiempo y en las exigencias del cuerpo místico de Cristo, que se construye cada día «en el orden de la caridad». El punto eficaz según el «evangelio de la promesa» es para Vicente de Paúl el amor a los pobres, porque a la mirada de la iglesia y de la sociedad, los pobres deben tener siempre una función de «testigos privilegiados de fuerza y de gracia».
Por otra parte, el trabajo, cuando se convierte en nudo privilegiado de relaciones humanas, es para Vicente un medio de construir el mundo según el plan creador y liberador de Dios.
Por esta razón reivindica la fuerza creadora del trabajo para la construcción de la comunidad de los hombres y de la emancipación de las personas. Recordemos que Vicente de Paúl procura pasar lo más rápidamente posible de la acción asistencial a la acción promocional y proyecta liberar a los pobres y hacerles vivir del trabajo organizado y no, como se dice, de la limosna que humilla, incluso si para él esta limosna era una deuda sagrada. Desdichadamente, se olvida que si él impone como principal línea de fuerza esta limosna a los ricos como un deber, es porque ella representa un derecho para los pobres. Lo que está en juego en la perspectiva vicenciana es la subsistencia de los pobres, cuando él apenas puede ayudarles a salir de la miseria por ellos mismos.
El amor a los pobres compromete a Vicente de Paúl a luchar contra toda pobreza, que degrada al hombre y le convierte en marginado de la sociedad. Por eso declara sin ninguna ambigüedad ante los sacerdotes de la Congregación de la Misión: «Si hay algunos entre nosotros que piensen que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para aliviarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les respondo que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano Juez de vivos y de muertos: «Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está preparado, porque tuve hambre y me disteis de comer; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me cuidasteis». Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra». Esta línea de pensamiento, reveladora de la profunda intuición evangélica de Vicente de Paúl, le hace rechazar todos esos dualismos a que tan aficionados están los espirituales y los cristianos de su tiempo.
Ahora comprenderemos mejor a Vicente de Paúl cuando afirma: «Se puede decir que evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñarles los misterios necesarios para salvarse, sino realizar las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio», es decir, generador de vida, fermento de transformación, de liberación, de salvación. La «buena nueva» anunciada a los pobres, el evangelio, es una fuerza de Dios para transformar el mundo y ponerlo al servicio de los hombres, especialmente de los pobres.
Quien entra en el movimiento de la Encarnación, en el dinamismo de ese Cristo, «fuente del amor humillado», que Vicente de Paúl contempla, experimentará que toda obra evangelizadora, toda «praxis» liberadora en Cristo se reduce a un movimiento de amor y a un movimiento de anonadamiento. Entonces comprenderá que la evangelización: «No es política sino evangelio», aun cuando el evangelio incida en lo político y en la política; no es función social, sino fraternal, aun cuando la fraternidad se viva en lo social y en la solidaridad con los hombres, especialmente con los más pobres, con los más disminuidos; no es liberación de una esclavitud, sino de todas, ya que la liberación en Cristo libera al hombre no sólo de la opresión de lo económico, de lo social, de la político, sino también del pecado y de la muerte; no es solamente «defensa del hombre y de sus derechos» sino también afirmación entera del hombre y proclamación de que el hombre-hecho-para-el- hombre es hecho-para Dios.







