La evangelización de los pobres por la catequesis
La presencia de los pobres, el contacto personal con ellos, amplió el ángulo de visión de la conciencia de Vicente de Paúl: le hizo cambiar las perspectivas de su vida y velar por «hacer eficaz el evangelio». Para nosotros permanece, aún hoy, el testigo privilegiado de esta toma de conciencia. Esta concienciación impide pasar al pobre de servicio en servicio, convertirlo en un vertedero de la sensibilidad enfermiza o en una piedra de pedestal de los políticos. Al mismo tiempo obliga a estar atento al rostro concreto de los pobres. Recordemos las palabras de Vicente de Paúl al cardenal Richelieu según J. Anouhil en el filme Monsieur Vincent: «Desde que he empezado a actuar en eso que usted llama obras grandes, no he visto el rostro de ningún pobre, no conozco a ningún pobre por su nombre. Y esto, precisamente, me da miedo».
Al ser llamado por Dios para ayudar a los pobres a salir de su miseria, Vicente responde. ¿Cómo va a ejercer esta responsabilidad? ¿Cómo va a encarnarla y a encarnarse en ella?
La actividad evangelizadora de Vicente de Paúl se origina a partir de dos experiencias fundamentales: Gannes-Folleville y Chátillon-les-Dombes. Ambas experiencias orientan e impulsan su fidelidad a Dios, su re-creación, su encarnación. Con respecto a los demás le conducen a evangelizar sus vidas por la verdad, que salva, y por la caridad que completa y verifica esta evangelización.
El abandono y la miseria en que se encuentran los pobres, descubiertos en Gannes-Folleville, confirmados durante las misiones dadas en las tierras de los Gondi y posteriormente por los misioneros en las provincias de Francia, le hacen cobrar conciencia de la necesidad de instruirlos lo más rápidamente posible. Para iniciarlos en la conversión adulta, Vicente aplica la estrategia de los actos de la misión. El deseo y la preocupación de eficacia le inducen a buscar continuamente nuevas formas para evangelizarlos. Para conseguirlo, tratará siempre de iluminar, persuadir, convencer, ganar sus espíritus. «Buena, sencilla, familiarmente», predicará y mandará predicar, «de tal manera que todos puedan comprender y sacar provecho». «La caridad en la predicación… obliga a acomodarse a todos para ser útil a todos». ¡Qué no hará él para comunicarse y entregarse a todos y a todo!
Anunciar el evangelio a los pobres
La evangelización de los pobres no es cuestión marginal o predominantemente sociológica, incluso si tiene su incidencia en lo socio-económico, sino que es hoy —como ayer— y desde el evangelio el signo privilegiado, la mediación central y, quizás, la única prueba satisfactoria e irrefutable de Dios y de su «reino». El evangelio impulsa a no poder apartarse de la cuestión central de la evangelización-redención de los pobres, so pena de renegar de él. Esto significa que la, cuestión medular para Jesús y el hecho clave de su vida es el «reino de Dios». Sólo desde ahí se puede entender su mensaje de las bienaventuranzas y su actividad.
Atento a la misión de Jesús y al eje central del evangelio, Vicente de Paúl se apasiona por el «reino de Dios», anuncia la buena noticia a los pobres en un mundo en el que están de por vida marginados, condenados. Por ello la misión tiene para él un objetivo fundamental: «predicar el evangelio», «dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que el reino de Dios está cerca y que es para los pobres» «. Continuar la misión de Cristo, es anunciar su mensaje de la «buena nueva», desarrollar todo lo que contiene de verdad y de amor, hacerlo vivir a través de las realidades sacramentales, donde la palabra y la gracia continúan desplegándose. Su culminación se encuentra en la eucaristía, celebrada en «memorial» del Señor, en la caridad vivida en la profundidad de unión con la Trinidad y en comunión con los demás. Cristo es a la vez palabra de Dios y pan de vida. Palabra y vida que son para los pobres expresión inequívoca del amor real de Dios para con ellos.
Si las confidencias de los campesinos y de los misioneros, lo mismo que las objeciones, que soportan las misiones parroquiales, conducen a Vicente de Paúl a nuevas indagaciones e invenciones, siempre, sin embargo, la pastoral de la catequesis será el método preferido para evangelizar a los pobres. Catequizar a los pobres será un «gozo» y una «pasión» para él. Por eso no tiene inconveniente en declarar: «Todo el mundo está de acuerdo (en afirmar) que el fruto, que se hace en la misión, es por el catecismo».
Para comprender y, en consecuencia, para anunciar el evangelio, hay que vivir como Cristo, con su misma inspiración, con su mismo espíritu, es decir, se requiere pensar en los pequeños, en los pobres, en los humildes. Es menester mezclarse con ellos, como un pobre, para hablarles «buena, sencilla, familiarmente». Nuestro Señor y los apóstoles predicaron de esta manera el mensaje evangélico, constata la sensibilidad evangélica del espíritu de Vicente de Paúl. Y Cristo, que «era todopoderoso, se acomodó a la capacidad de los más débiles» «. No hay que olvidar que para este hombre evangélico la palabra de Dios, la instrucción religiosa, la catequesis «se orientan a la salvación». Para imitar a Jesucristo, es necesario acordarse que su espíritu, lo mismo que la actitud de Dios con los hombres, revelan la «misericordia», la «paciencia», el «renunciamiento».
En realidad, todo el esfuerzo desarrollado por Vicente de Paúl en su actividad evangelizadora tiene un matiz catequético y gira en torno a conseguir un objetivo: secundar el desarrollo de la vida de Jesús en los pobres, revelarles a Jesucristo, hacerles vivir con el mismo espíritu de Cristo, manifestar que el «reino de Dios» está en medio de ellos, que la iglesia es conducida por el Espíritu santo. Sólo en esta perspectiva se podrá comprender la intención, la preocupación de Vicente de Paúl de fundar «una Compañía que tenga por herencia a los pobres y que se dé totalmente a los pobres», en una época en la que la iglesia abandona a los pobres y el sacerdocio no está centrado en ellos, sino en la adquisición y disfrute de beneficios eclesiásticos.
Actitud inspiradora
En la iglesia toda misión se origina en la voluntad del Padre. Por esta voluntad, los hombres son asociados a la misión del Hijo y del Espíritu santo. La acción misionera es la obra de las tres personas, que convocan y asocian a los hombres para salvar a los hombres.
Atento a esta realidad bíblica, Vicente de Paúl concibe la evangelización como una obra de amor, de «comunión» con la voluntad del Padre, que continúa y realiza en el hombre la redención del mundo. En esta continuación de la redención, Dios «suscita a la Compañía de la Misión» y la «envía a los pobres para decirles que quiere salvarlos en Jesucristo e instruirlos en las verdades de fe. La vocación vicenciana es una vida evangélica, originada, centrada en Cristo, solidaria con los pobres.
Pero es suficiente contemplar a Cristo para descubrir que la evangelización se relaciona con una obra de amor y con un movimiento de anonadamiento. Cristo, «fuente del amor humillado», entra en la miseria humana para implantar en ella la fuerza transformadora de la voluntad salvadora del Padre. Al asumir por la comunión en el amor la miseria de la humanidad pobre, Cristo revela hasta dónde llega su pobreza interior, su comunión con este querer del Padre y con el destino de todo hombre. Quien quiere continuar la misión de Cristo debe encarnar esta voluntad de salvación, este espíritu de redención, inscrito en el movimiento de la encarnación.
Cuando está introducido en este movimiento de vida, cuando se encuentra asociado en esta obra de «religión», de «caridad», de «anonadamiento», Vicente intenta «formar una congregación animada por el espíritu de Dios y que se conserve en las
obras de este espíritu», una compañía en la iglesia de Dios «que tenga por herencia a los pobres y que se dé totalmente a los pobres». Y añade: «Somos los sacerdotes de los pobres, Dios nos ha elegido para ellos. Esto es capital para nosotros, el resto es accesorio». En su deseo de configurarse con Cristo, de vivir con su misma inspiración, proclama: «La obra por excelencia de nuestro Señor ¿no fue evangelizar a los pobres?… Nuestro Señor nos pide que evangelicemos a los pobres, eso es lo que él hizo y lo que quiere continuar haciendo por nosotros… El Padre eterno nos asocia a los designios de su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que lo dio como signo de que era el Hijo de Dios, de que el Mesías, que se esperaba, había llegado…». La continuación de esta misión exige siempre y por todas partes un esfuerzo de disponibilidad, una revolución constante interior, requeridos por los cambios que impone la realidad. Ante la responsabilidad, que surge de esta realidad, el dinamismo, la extraordinaria vitalidad de Vicente se manifiesta al afirmar: «No es suficiente ser salvado, es menester ser salvador como Cristo». Tenemos que «emplear el resto de nuestra vida en la salvación de los pobres», declara sin ambigüedades. Sin el más mínimo atisbo de exaltación, pero sí con un gran realismo evangélico de encarnación confiesa: «La salvación de los pobres y la nuestra personal son un bien tan grande, que merecen conseguirse al precio que sea; y no interesa que muramos con las armas en la mano. Seremos por ello más felices y la compañía no será por eso más pobre… Lo que está en juego es la gloria del Padre eterno, la eficacia de la palabra y la pasión de su Hijo. Ahora podemos comprender la extraña súplica de este hombre que no busca en su ser y en su quehacer más que glorificar al Padre: «Pido a Dios todos los días, hasta dos y tres veces, que nos aniquile, sí no somos útiles para su gloria».
La evangelización de los pobres por la caridad
La otra experiencia clave, en la que se origina la actividad evangelizadora de Vicente de Paúl, es Chatillon-les-Dombes. A partir de esta experiencia, «una caridad mal organizada», cobra conciencia de que para ser eficaz en todos los frentes, donde aparece la miseria, se requiere «organizar» la caridad, «socializarla», hacerla «inventiva». Vicente de Paúl no intenta con ello proponer un proyecto político. Sin embargo, a través de su actuación y su doctrina deja entrever que la caridad es la única ley para construir la vida de la sociedad en la solidaridad y en la equidad, dada la incapacidad de ésta para realizar la justicia en la repartición de los bienes necesarios para vivir. Para él, la función de la caridad es compensar las deficiencias o los fracasos de la práctica política de su tiempo. Pero dejando muy claro que más allá de las relaciones en el ejercicio de la misericordia, es primordialmente el amor el que da sentido a dichas relaciones y establece en unión con Dios. A través de la práctica de la caridad, trata de articular, tan rigurosamente como es posible, la relación a Dios y la construcción de una sociedad más solidaria con los pobres. En definitiva, busca negociar con la sociedad, a través de la caridad, la redistribución de recursos que pueda hacer necesaria la coexistencia imposible de ricos y pobres.
Para comprender la acción caritativo-social de Vicente de Paúl y percibir, a través de ella, su conciencia cristiana, que asume el compromiso social del evangelio en el mundo de los pobres, es menester situar a este organizador de la caridad parisina en el mundo vivo de su tiempo. En este mundo de la primera mitad del «gran siglo» la miseria abunda. Esta miseria está provocada por la baja productividad de la tierra y aumentada, hasta llegar a veces al paroxismo, por la guerra, los impuestos fiscales, las rebeliones populares… La preocupación financiera es acuciante, tanto entre los campesinos como entre los nobles, y la burguesía, principal poseedora del dinero contante y sonante, lucha sagazmente por todos los medios para llegar a «la conquista de la tierra» y forjarse su éxito social. A pesar del gran desorden económico que existe, aparece en la sociedad un desarrollo de fuerza productiva del hombre, un estímulo de promoción, cuyas causas promotoras son el progreso «manufacturero», el despliegue comercial y la economía de circulación y de trabajo.
En esta coyuntura hay que colocar la vida y la obra de Vicente de Paúl. Los inventarios de archivos notariales, que nos permiten conocer su talento económico y financiero extraordinario, nos impide caer en la tentación del angelismo. ¿Por qué olvidar que los bienes económicos pueden convertirse en materia de caridad evangélica? Lo importante es percibir la incidencia e influencia de las dimensiones económicas en el plan socio-político-cultural en la iglesia y en la sociedad. Vicente de Paúl sabe perfectamente por fe y por experiencia que en la iglesia —de ayer, de hoy y de mañana que ha vivido, vive y vivirá en medio del mundo para compartir con él las bienaventuranzas— poder, saber y riquezas no son ídolos a quienes hay que adorar, para que defiendan nuestras seguridades, sino bienes que se deben hacer fructificar al máximum y ponerlos totalmente al servicio de los demás, especialmente al servicio de los pobres. ¿Lo habremos olvidado desdichadamente? Sería olvidar al mismo tiempo la realidad y a los pobres, las exigencias de la creación y de la redención, a Vicente de Paúl, quizás el primer santo en la iglesia de Dios que haya tenido sentido de las realidades económicas.
Este sentido de las realidades económicas nos ayuda a comprender mejor su gran sentido de las coordinaciones y la cooperación en el plano caritativo-asistencial con los llamados «jansenistas». Por eso cuando se entrega a liberar a los pobres de la miseria, Vicente de Paúl invita a otros a dedicarse a la liberación de esta miseria por la caridad, hasta hacerles pagar con sus propias personas. Para hacer comprender la significación de la invitación y evitar que sea rechazada, se esfuerza en transmitir las exigencias de Dios, inscritas en la carne viva y sufrida de los pobres. Los pobres no intentan dar lástima, sino ser testigos de la injusticia de la que son víctimas. Dios, en la fe de Vicente de Paúl, no quiere un mundo que sus adoradores dejarían construirse en detrimento de los pobres. Para él, los adoradores de Dios tienen que vivir la fe en la caridad.
Estrategia dinámica de la caridad
La estrategia dinámica de la caridad de Vicente de Paúl no es más que una de las expresiones de su vida espiritual. Una vida espiritual, digámoslo claramente, compleja y arriesgada, porque compleja y arriesgada es la vida de quien decide, desde las exigencias de la «justicia de Dios» y desde las instancias de la injusticia del hombre para con el hombre, solidarizarse con la causa de los pobres.
Su decisión inquebrantable de no abandonar el mundo, lleva a Vicente de Paúl a no separar nunca la acción caritativo-social del conjunto de la vida espiritual. Esta decisión se justifica y cualifica por la presencia de los pobres, a quienes Jesucristo dirigió preferentemente su mensaje, su vida y su obra. Ella refleja una profunda experiencia de fe en el mundo, donde él vive con profundidad e intensidad el don a Dios en la acción que se define y determina a partir de las instancias concretas de la vida de la necesidad. De ahí que la acción, para Vicente de Paúl, se transforme desde el interior en caridad, amor abierto hacia los otros. En esta perspectiva, la acción vicenciana intenta traducir en rasgos de actuación concreta el misterio de la gratuidad creadora de Dios que se da a los hombres y la entrega de Cristo que se ofrece preferentemente a los pobres. Esta entrega de Cristo y esta gratuidad creadora de Dios impulsan constantemente a Vicente de Paúl, a través de su estrategia dinámica de la caridad, a lanzar un llamamiento a la fraternidad y a trabajar en la organización de la caridad.







