En la visión, en la mística, de los pobres de Vicente de Paúl hay un aspecto que se debe analizar con detalle y explotar con esmero: es el juicio de los pobres.
Progresivamente los pobres van a ser para Vicente de Paúl un «signo», una «presencia», una «llamada» de Cristo, que le proporcionan el beneficio de una concienciación, le comprometen en una responsabilidad, le dan una vocación. Pero ante todo y sobre todo, el encuentro con los pobres le hace descubrir el evangelio de Jesucristo, enviado a los pobres. Consciente de esta mediación de los pobres, utilizada por Dios, el buen padre Vicente no olvida informarnos discretamente del contenido de estos seres aparentemente insignificantes: su presencia y su miseria le proporcionaron, simultáneamente, una nueva vivencia de fe, un modo de ver las cosas inspirado por el evangelio, una praxis al servicio de los empobrecidos y explotados de esta tierra.
La inspiración verdadera, donde Vicente de Paúl descubre el juicio de los pobres, no es otra que la presencia del misterio de Cristo en los pobres. En ella encontramos las directrices que orientan y motivan su estrategia dinámica de la caridad, su mística de los pobres, al mismo tiempo que impiden a los pobres convertirse en miserables: Jesús no se contentó con predicar su mensaje a los pobres, los sirvió. Más todavía, es a ellos a quienes dedica su vida, todo su interés. Este Jesús acompaña y hace suyos los padecimientos de la vida cotidiana de los afligidos de esta tierra; el Hijo de Dios está presente en los pobres. Si a la mirada humana estos pobres aparecen toscos, ignorantes y apenas ofrecen rostro y sensibilidad de seres racionales, sin embargo fuerzan a descubrir que la verdadera religión se encuentra en ellos. Y si «se vuelve la medalla», si se les mira «a la luz de la fe», aparecerán como imágenes de Jesús «que quiso ser pobre y que nos es representado por los pobres»; finalmente, Cristo, al estar presente en los pobres, considera como hecho a su persona todo lo que se hace a los pobres. A quienes los sirven les procuran algo más que «recompensas eternas». Incluso en este mundo otorgan una «dicha especial», una «protección particular». Quienes sirven a los pobres no temen la muerte.
Los pobres, de quienes Vicente de Paúl habla con sus interlocutores y a quienes quiere introducir en sus existencias, no desempeñan la función de blanquear conciencias para irresponsabilizarlas. Los pobres no son para él corno un slogan, una categoría de análisis, una idea, un vertedero de la piedad y de la ideología, encubridor, en definitiva, de un egoísmo nauseabundo y de un ansia de poder insatisfecho. Sino los pobres como una realidad de despojo, explotación, dependencia, dolor, desnutrición y muerte. Al ser testigos e imágenes de Jesús, éste los constituye abogados acusadores y defensores de su propia causa. A lo largo del proceso los pobres se levantan para convocarnos ante el tribunal de Dios y de la sociedad. Pueden condenarnos en cada minuto, pero también tienen poder para liberarnos y salvarnos. Sus argumentos, que son desnudamente un exponente de su vida, constatan nuestro despilfarro con su escasez, nuestro dominio con su servilismo, nuestra indiferencia con su abandono. Estos seres, aparentemente despreciables, sin derecho a la mirada de la sociedad, son, en realidad, grandes señores y nosotros somos sus servidores. El poder de los pobres es inconmensurable, porque pueden aclarar nuestra mirada miope. Nos invitan a ver las cosas como son en Dios, en Cristo.
Los pobres, en el misterio de Cristo, nos revelan lo que somos y lo que debiéramos ser. Los pobres juzgan lo que hemos hecho y lo que hubiéramos debido hacer, lo que hacemos y lo que deberíamos hacer. Portadores inconscientes de las exigencias de la «justicia de Dios», inauguran en nosotros otro ritmo de existencia, otra manera de existir en los demás, de habitar en Dios.
Este juicio de los pobres condujo a Vicente de Paúl a conocerlos y a amarlos, desde la profundidad de su participación en sus vidas humanas, con una generosidad vivida en la verdadera fraternidad, iluminada por los dogmas de la creación, de la encarnación, de la redención. Este Dios de la creación lanza a Vicente hacia el mundo de los otros, los más pobres. Le enfrenta con los males, que éstos padecen, y le impulsa a combatir las causas, que los provocan. Este Jesús de la encarnación, de la redención, a quien no se encuentra, sino en el esfuerzo por buscar contacto con todos los hombres y por vivir con todas sus consecuencias la misión de la fraternidad, le hace optar por los pobres. Esta opción es para él un distintivo de quien se acerca al evangelio para descubrir y continuar la misión evangelizadora y redentora de Jesucristo. En realidad, todo esto no es más que el acercamiento amoroso al sufrimiento de los hombres, y principalmente, de los pobres. Es una vida comprometida en la práctica de la voluntad de Dios, descubriéndola dolorosamente en la realidad personal y social, haciendo de ella el compromiso por el anuncio y la realización del «reino de Dios y su justicia».
Por ello, en la base de la mística vicenciana hay, en primer lugar, un cobrar conciencia de la responsabilidad. Esta concienciación con respecto a los pobres es para Vicente una intuición profunda y creadora: él ve en los pobres a sus bienhechores. Esta intuición inicial se traducirá en institución: los sacerdotes de la Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad, las «Caridades»; acción: la obra socio-caritativo-religiosa; fórmula: «los pobres son nuestros señores y maestros». Maestros de vida y de pensamiento. Junto a ellos la inteligencia se esclarece, el pensamiento se rectifica, la acción se ajusta, la vida se modela desde el interior.
El fundamento más dinámico, más imperecedero, utilizado por Vicente de Paúl para formular doctrinalmente esta intuición, es el dato bíblico. El nos presenta a Jesús insistiendo que lo fundamental es cumplir la voluntad del Padre (cf. Mt 7, 21).
Voluntad, que significa conocer a Jesús en el proceso de hacer las obras del «reino»; en la práctica de realizar todo para que la fraternidad bajo un mismo Padre cobre rostro humano, se haga carne en la carne viva y dolorida de los pobres. Voluntad del Padre, centro de atracción de la vida, de la preocupación, de la misión de Jesús, que se cifra en anunciar y hacer realidad el «reino de Dios», en un mundo donde reinan otras realidades. Pero este reino tiene un punto referencial clave, que cualifica la vida de Jesús: los pobres. De ahí que Vicente nos presente a Cristo como la esperanza de «los pobres de Yahvé». A partir de esta visión: Cristo enviado a los pobres, Vicente de Paúl presenta a Cristo pobre, Cristo presente en los pobres y los pobres presentes en Cristo.
Los pobres son, en consecuencia, el lugar privilegiado del encuentro con Dios, la imagen de Cristo, un «sacramento» de su propia presencia. Su cometido es mantener viva en ellos la «marca de Jesucristo», quien en su encarnación, en su vida pública y en su pasión asumió la pobreza, el sufrimiento. Como siempre Cristo descifra la realidad de los pobres: «Nada me agrada si no es en Jesucristo», declara Vicente de Paúl. Los pobres sólo le agradan en Jesucristo. A la mirada de Vicente los pobres merecen el más profundo respeto, porque su mirada es iluminada por la luminosidad de la fe; el mejor servicio, realizado «con alegría, coraje, constancia y amor», hasta llegar a compartir solidariamente con ellos su dolor, su desamparo, su marginación. Pero el servicio no trae el poder; el servicio expone, el servicio es un riesgo, cuando pone los signos concretos de liberación de los pobres.
¿Cómo resumir el secreto de Vicente de Paúl, su visión, su juicio de los pobres? Toda fórmula sería inexacta, porque ocultaría, sin quererlo, la profundidad que intentaría desvelar. Si quisiéramos presentar su secreto, tomaríamos prestadas algunas palabras de este pobre de Dios y de este amigo de los pobres: «Dios ama a los pobres y, en consecuencia, ama a quienes aman a los pobres, porque cuando se quiere a alguien, se tiene afecto por sus amigos y servidores. Pero la pequeña Compañía de la
Misión trata de ocuparse con afecto de servir a los pobres, que son los predilectos de Dios, y de esta manera tenemos motivos de esperar que por amor a ellos Dios nos amará. Vayamos, pues, hermanos míos, y dediquémonos con nuevo amor a servir a los pobres e, incluso, busquemos a los más pobres y a los más abandonados; reconozcamos delante de Dios que son nuestros señores y maestros y que somos indignos de ofrecerles nuestros pequeños servicios».
Si Bossuet proclama en el púlpito: «en la iglesia los pobres son ricos y los ricos sus servidores», preferimos la declaración de uno de los primeros clientes de los pobres, Vicente de Paúl: «El Hijo de Dios, que quiso ser pobre, nos es representado por los pobres». «Nuestra herencia son los pobres». «Son los predilectos de Dios»
Si Vicente de Paúl intenta con ahínco y propone incansablemente aunar todas las variantes del dinamismo vital para buscar y realizar el «reino» de Dios en sí mismo y en los demás, lo hemos señalado, es con el fin de glorificar al Padre continuando la misión de Cristo, evangelizador de los pobres.
Esta misión de Cristo de evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18), se inscribe en lo más hondo de la conciencia de Vicente. Orienta sus opciones, su actividad, su moral, su política. Por eso ese Cristo pobre, presente en los pobres, que se dirige preferentemente a los pobres y se declara su evangelizador, imanta y polariza la conciencia vicenciana.
Apoyado en la triple fuente de inspiración joánica, paulina y lucana, Vicente de Paúl contempla, y nos pide mirar de manera privilegiada, a un Cristo lleno de celo, de ternura o compasión, humilde. Este Cristo, que se refleja en la profundidad de la mirada vicenciana, es un Cristo «escarnecido», «despreciado», «humillado», hasta llegar a asumir al máximum la condición de pobre, sometido a la voluntad del Padre hasta el anonadamiento de la encarnación y de la muerte. La visión de Cristo y de su obra adquieren una atracción irresistible y una densidad inolvidable en la espiritualidad vicenciana.
Este Cristo vino para los pobres y se identifica con ellos. La iglesia, comunidad que continúa el misterio de Cristo, debe extender esta presencia y esta misión. Si no vemos cómo Cristo está en los pobres, ya no podemos discernir, descubrir, cómo la iglesia de Cristo es la iglesia de los pobres, la iglesia pobre. Ante esta actitud evangélica hay en la iglesia —de ayer y de hoy— ideologías mal bautizadas y de ninguna manera convertidas. El mal viene de antiguo y es profundo: desde el siglo XIV, cuando el paganismo, a través del derecho romano, se infiltra y se injerta en la doctrina cristiana, hasta el «marxismo cristiano» de hoy, pasando por el mercantilismo de los siglos XVI y XVII y por el angelismo, que se desliza sinuosamente a través del paso de los siglos.
Vicente se podía haber dejado seducir fácilmente por la fuerza jurídica y la riqueza económica de la iglesia de Francia en el siglo XVII. Pero un «hugonote», que desea «convertirse», le recuerda la realidad. Este denuncia 10.000 sacerdotes que vagabundean por las calles de París y publica el abandono en que se encuentran los pobres. Y esto es precisamente lo que impresiona agudamente a Vicente de Paúl. La línea original de la construcción de la iglesia, iglesia-pobres, parece olvidada, abandonada.
La iglesia de Cristo no es, en consecuencia, para Vicente de Paúl una promesa de poderío, sino «la iglesia de los pobres», «la iglesia pobre». Sólo la preocupación, el compromiso, la acción en beneficio de los pobres pueden exorcizar, expulsar sin hisopos y sin convulsiones a los fantasmas que impiden ver que la iglesia de Cristo sea la verdadera iglesia, la conducida por el Espíritu santo.
El fracaso esencial de la iglesia —la de ayer y la de hoy—sería no dar la «preeminencia» en ella a los pobres. Y mucho más no encontrarlos en sus filas. Consciente de esta «preeminencia» de los pobres en la iglesia, Vicente lanzará su consigna: «Vayamos, pues, hermanos míos, y dediquémonos con nuevo amor a servir a los pobres e, incluso, busquemos a los más pobres y a los más abandonados; reconozcamos delante de Dios que son nuestros señores y nuestros maestros y que somos indignos de ofrecerles nuestros pequeños servicios». Al mismo tiempo nos entrega un secreto de amor y de servicio: «La mejor manera de asegurar nuestra felicidad eterna es vivir y morir al servicio de los pobres, en los brazos de la providencia y en un renunciamiento de nosotros mismos para seguir a Jesucristo». En esta misma línea de pensamiento nos pone enfrente de nuestra responsabilidad: ¡Ah, tendríamos que vendernos nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria! Ansioso de hacer cobrar conciencia a los hombres y de agudizar su responsabilidad social ante la miseria de los pobres, proclama: «Dios nos conceda la gracia de conmover nuestros corazones para con los pobres y de pensar que ayudándolos ¡practicamos la justicia y no la misericordia!. Finalmente, consciente de que en la iglesia y en la sociedad todos vivimos del trabajo de los pobres, exclama: «Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres… Somos responsables, si ellos, los pobres, sufren por su ignorancia y sus pecados; en consecuencia somos culpables de todo lo que sufren, si no sacrificamos toda nuestra vida para instruirlos».
En este clima de responsabilidad, de solidaridad y de amor con los pobres, se destierra para siempre convertirles en instrumentos de proselitismo de cualquier signo. Se podría afirmar que el fondo de la cuestión consiste en expresar la verdad de la fe en actos y no traducirla en palabras. Esta fe, que Vicente de Paúl la vive en el amor a Dios y a los hombres, no es un discurso sobre el mundo, sino una práctica en el mundo en el compromiso con «la causa de los pobres».
Aspectos de la miseria
Nuestras categorías mentales nos llevan a concebir dos formas de miseria: una física y otra espiritual. Si hay que distinguir la una de la otra, no hay por qué separarlas en demasía. Y esto más por exigencia de encarnación, de liberación, que por perfidia de sacralización y de confusión.
Lejos de provocar una obsesión y de alimentar el miedo, la miseria, anclada en los pobres, debe conducir a la sociedad a «dominar» el mundo, hacerlo fructificar al máximum y ponerlo al servicio de todos los hombres, a fin de permitirles vivir y desarrollarse en la dignidad humana. Al ser socialmente una realidad compleja y al mismo tiempo una participación del «misterio» de Cristo, la miseria exige, para descifrarla y poder luchar contra ella, desarrollar tres dinamismos.
Dinamismo del conocimiento, que requiere una información detallada y exacta a fin de descubrir hasta dónde llega la gravedad del mal. Las mediaciones, para llegar a este conocimiento, se encuentran en los análisis precisos de los mecanismos, de las estructuras socio-económicas que desencadenan y mantienen la miseria. Cuando la política del gobierno central, instalada en la guerra y en el despilfarro, convierte a una multitud de campesinos en mendigos errantes, Vicente de Paúl exclama: «Los pobres, que no saben a dónde ir ni qué hacer, que sufren y que se multiplican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor.
Dinamismo de la compasión, que lleva a compartir, a participar solidariamente en la miseria de los «otros». Esta compasión brota del Cuerpo místico de Cristo y hace vivo el espíritu de Jesús. Toda la empresa caritativa de Vicente de Paúl está atravesada, dinamizada, por este espíritu de compartir la existencia de los desdichados, de los pobres. Quienes toman en serio el mensaje evangélico están invitados a participar en la lucha contra la miseria de los pobres por sí mismos y por los demás. Pero esta participación, precisa Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad, debe hacerse en el espíritu «compasivo» con el que Dios ama a los pobres: «Es Dios el que os ha encomendado el cuidado de sus pobres y tenéis que portaros con ellos con su mismo espíritu, compadeciendo sus miserias y sintiéndolas en vosotras mismas».
Dinamismo de la vida, que hace «acudir en socorro de las necesidades como se corre cuando hay fuego», «porque no socorrer es matar». El amor eficaz por los pobres se verifica en las posiciones y compromisos adquiridos en beneficio de ellos. No es suficiente tener inquietud por los pobres, se requiere que esta preocupación sea comunicativa y, sobre todo, que se traduzca en actos. Cualquier otra actitud arriesga ser estéril, cuando no corre el peligro de ser odiosa. Es necesario que la presencia de la miseria, de los pobres, desencadene en los demás un movimiento de vida, cree una conciencia común para vivir las exigencias evangélicas en medio de los pobres.
Colocado en esta perspectiva, Vicente de Paúl descifra la miseria a través de las exigencias de Dios, manifestadas en la Creación, a través de las exigencias de Cristo, realizadas en la Encarnación. Por eso, después de haber exclamado que «el pobre pueblo… muere de hambre y se condena», consume toda su vida en el alivio de esta doble miseria. Sólo entonces, cuando haciendo el bien sea anonadado y consumido, habrá realizado todo lo que podría pretender hacer. «Consumirse por Dios, no tener ni bienes ni fuerzas sino para consumirlos por Dios, es hacer lo que hizo nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre».







