El juicio de los pobres (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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El evangelio se Interpreta a través de Cristo

Jesucristo no vino a fijar la revelación, sino que la centró definitivamente en la «incalculable riqueza» de su persona y así «esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en Dios, creador de todas las cosas» (Ef 3, 8-10).

La clave para interpretar el mensaje del evangelio no puede ser otra que la misma persona de Cristo. Es necesario, en conse­cuencia, referirse a Cristo y de él pasar a interpretar su enseñan­za. Sólo a través de esta referencia se puede descubrir el sentido, el dinamismo, las exigencias de la pobreza evangélica. Al mismo tiempo este criterio de interpretación ayuda a purificar de toda idolatría a todo proyecto humano, a discernir en los movimientos de pobreza, en los movimientos comprometidos en favor de los pobres, las exigencias y esperanzas evangélicas de la «seducción mística» de los mismos, mezcla de anarquismo, de espiritualismo y de fermentación política. Esto es tanto más acuciante e impor­tante, cuanto que el mensaje evangélico es el eje sobre el que gira la doctrina y la praxis de la vida cristiana.

Desgraciadamente, lo que con frecuencia está ausente de la interpretación del mensaje evangélico, referente a la pobreza y a los pobres, es la referencia a la persona de Cristo, a su vida. Pero es la persona de Cristo quien imanta, unifica, esclarece, explica la diversidad de los textos evangélicos. Pascal nos ayuda a reconocer el valor de esta regla de interpretación: «Para com­prender el sentido de un autor es necesario concordar todos los pasajes contrarios… Todo autor tiene un sentido con el cual todos los pasajes están concordes o no tiene en absoluto ningún sentido… En Jesucristo todas las contradicciones (de la Escri­tura) están concordadas». Con sencillez y precisión Vicente de Paúl declara: «la regla de la Misión es Cristo».

El Cristo, en quien la diversidad de tonos de la Escritura registra los acordes sonoros de la sinfonía del evangelio, es el que «se hace pobre para enriquecernos» (cf. 2 Cor 8, 9). Gracias a este empobrecimiento enriquecedor somos introducidos en el «reino de Dios» y somos enriquecidos (cf. Ef 3, 8-12). El nos permite unir los dos extremos de la enseñanza bíblica sobre la

riqueza y la pobreza y restituir el dinamismo genuino del cris­tianismo.

Enseñanza de Cristo sobre la riqueza y la pobreza

La pedagogía de Dios que «va de comienzo en comienzo a través de comienzos que no tienen fin», según la expresión de san Gregorio Nacianceno en el comentario al Cantar de los cantares, intenta iluminar nuestro pensamiento, orientar nuestra vida.

Esta pedagogía de Dios, referente a la riqueza, a la pobreza, es evolutiva. Puede encantar o desencantar, pero no se puede dudar de que intenta educar nuestra conciencia, a través de las diversas etapas de la historia de la salvación hasta llegar a Cristo.

Enseñanza de Cristo sobre riqueza y pobreza

  1. a) Inversión en la escala de valores referente a la riqueza y a la pobreza

La mejor manera de captar esta pedagogía evolutiva, es rela­cionar los dos extremos de la misma. Para ello comparamos el texto del Deuteronomio (28, 1-15), en el que se promete «rebosar de bienes» a quien «obedece a los mandamientos de Dios» —la riqueza es un bien, un título de nobleza, signo de la amistad de Dios con sus amigos, sus fieles  y el texto de Lu­cas (6, 20. 24), que presenta a los pobres concretos, herederos de las bendiciones, y lanza las maldiciones a los ricos. En esta relación de contrastes Cristo invierte la escala de valores referente a la riqueza.

La razón de esta orientación evangélica, totalmente distinta a la del Deuteronomio, se encuentra en la perspectiva y exigen­cias del «reino», de la esperanza mesiánica. Por eso Cristo afir­ma: se requiere vender todo para adquirir la piedra preciosa, arra de la pertenencia al «reino» (cf. Mt 13, 45) y es imposible servir a dos señores: Dios y el dinero (cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13). La seducción de las riquezas es asfixiante, ahoga la Palabra, impide la verdadera vida (cf. Mt 13, 22) y hace olvidar la sobe­ranía de Dios (cf. Lc 12, 15-21). No se puede, en consecuencia, entrar en el «reino», ser discípulo de Cristo, es decir, ser cris­tiano, si no se renuncia a todos los bienes (cf. Lc 14, 33; 12, 33; Mt 19, 16-26; Lc 18, 18-27; Mc 10, 17-27).

Cristo, en definitiva, nos exorciza contra los demonios fami­liares de la riqueza. El primero de ellos nos hace ver en la rique­za el punto de apoyo absoluto, último, y nos hace olvidar que somos «gerentes», no propietarios, de los bienes (cf. Lc 12, 15-21).

El segundo de estos demonios familiares termina por anestesiar la sensibilidad y arrancarnos el alma cristiana (cf. Mt 13, 22). Pero la vida cristiana es anonadamiento, don, ofrenda (cf. Jn 15, 12-15). Este paso de la posesión, de la captación, de la conquista humana, propio de las riquezas, al desprendimiento, al don, a la entrega, reclama una ruptura. Cristo nos enseña cómo realizarla

  1. b) Dinamismo de la pobreza evangélica

La enseñanza evangélica concreta y universal, concretada en tres parábolas registradas en el evangelio de Lucas, nos propor­ciona las directrices, a través de las cuales, se descubre el doble dinamismo que orienta a la pobreza evangélica, cristiana:

La parábola de un hombre rico y de un pobre, llamado Lá­zaro (cf. Lc 16, 19-31), nos presenta dos situaciones diferentes y yuxtapuestas, dos experiencias, dos visiones del mundo. El hom­bre rico tiene su «consolación» en la riqueza y se apoya en ella El pobre, Lázaro, no posee nada y no puede apoyarse más que en Dios. La muerte invierte las situaciones de ambos.

Es menester señalar la proximidad en que se encuentran y el abismo que los separa. Materialmente están próximos y alejados. Cristianamente están próximos: el pobre es verdaderamente el prójimo del rico. Cuanto más se encuentra uno en la miseria, en la deficiencia, en el abandono, tanto más quienes están cercanos a él se constituyen en prójimos. Esta noción de la proximidad en la responsabilidad no se puede olvidar. En ella se encuentra la revelación fundamental de la enseñanza de Cristo. De ninguna manera podemos decir, desde que vemos a una persona en la miseria, que no es nuestro prójimo.

La parábola del administrador infiel (cf. Lc 16, 1-13) nos revela la ambigüedad a la que están sometidas las riquezas. Pue­den ser materia de propiedad, punto de apoyo, o pueden ser materia de don. Sólo cuando las utilizamos en esta última pers­pectiva, les damos el valor y la significación que tienen en Dios.

La parábola del samaritano compasivo (cf. Lc 10, 29-37) nos esclarece sobre quién es mi prójimo. La respuesta está formulada sin ambigüedades: prójimo es quien me conduce, quien me «condena», si se me permite la palabra, a ser caritativo, miseri­cordioso, donador con él, es decir, con quien se encuentra en la miseria y no puede salir de ella sin mi ayuda.

  1. c) La pobreza evangélica se encuentra en el centro de una mística

La enseñanza de Cristo, a través de estas parábolas, se en­cuentra en un cambio de actitud. Instintivamente tenemos una actitud de propietario, de acumulador. Acumulamos para estabilizarnos, instalarnos, para estar más seguros de nuestra existencia. Frente a esta actitud de apropiación, Cristo propone susti­tuirla por la actitud de donación, de entrega de nosotros mismos a los demás a través del don que realizamos. La donación es un modo de ser más que un modo de actuar. Ella desarrolla un movimiento que orienta a la existencia cristiana en otra orienta­ción totalmente distinta. En ella se encuentra el dinamismo del cristiano al participar en el movimiento de Cristo que «se empobrece para enriquecernos con su pobreza».

La pobreza evangélica no es un sentimiento ajustado desde el exterior. Supone una movilización general de todo el ser del hombre. Por eso la pobreza es a la vez introducción y signo de la vitalidad de la gracia, del ser nuevo, nacido en el cristiano por la recreación en Cristo, «nueva criatura».

Toda la mística de la pobreza consiste en introducirse en el movimiento de Cristo, que se empobrece para enriquecernos. Sólo por la comunión con este movimiento del empobrecimiento enriquecedor de Cristo, se accede a otro orden del conocimiento, distinto del conocimiento ordinario: lo visible se descifra a través de lo invisible.

Además del conocimiento, la mística de la pobreza es una actividad. En ella se encuentra el resorte, el dinamismo de la existencia cristiana. Lo interesante no es «poseer» y «dominar» en nuestra abertura de seres humanos a los demás, ni encerrarse en sí mismo, que sería contrario al espíritu de Dios y al espíritu del hombre, sino «tener hambre y sed de justicia». Nadie pue­de comprender la pobreza si no tiene este hambre y esta sed de justicia. No se trata de «comprometerse», de afiliarse a un par­tido, sino de continuar la misión de Cristo pobre, presente en los pobres, en beneficio de los pobres. Este elemento activo es indis­pensable para preservar a la pobreza de todas las caricaturas, al mismo tiempo que impide separar pobreza y pobres.

La pobreza evangélica no es solamente una ascesis, ni una moral «codificada», «regulada», por la que el rico se despren­dería de lo que ya no le cabe en la cartera, para poder practicar la pobreza y hablar de ella en un orden moral, humanitario, caritativo, naturalista, ecologista, y por la que el religioso la reduciría en el sentido económico a una relación entre institución y persona, en el orden teológico identificaría pobreza y obediencia y en el orden psicológico transformaría una vivencia de la fe en un acto material, que intenta compartir la inquietud cons­tante de los pobres. La pobreza evangélica debe estimular en el ser del hombre todo lo que tiene de más genuinamente divino. Un ser entregado a la pobreza puede hacer frente a todo pro­yecto humano, socio-económico-político, por ser el testigo privi­legiado de Cristo pobre.

Vicente de Paúl, un pobre y un profeta

La solemne declaración de Mons. Enrique de Maupas du Tour, en la primera oración fúnebre pronunciada en honor de Vicente de Paúl: «El ha cambiado casi totalmente el rostro de la iglesia», más que halagar a nuestra sensibilidad, sacude nues­tra atención perezosa y soñolienta. En definitiva nos obliga a una reflexión benéfica, capaz de hacernos descubrir el dinamismo que explicaría la variedad, la profundidad, la permanencia de la obra vicenciana, el sentido vicenciano de la unidad en la diversidad. Al mismo tiempo nos haría comprender por qué los sencillos lo adoran, incluso si se unen a los rumores pasajeros y divergentes contra Vicente, los grandes lo consultan, los maestros de la vida espiritual lo tienen por «un hombre prudente», los par­tidos se lo discuten sin que ninguno de ellos consiga encon­trarle entre sus partidarios, los revolucionarios y ateos le llaman su santo.

Para acceder al sentido de un autor, para caracterizar la fisonomía de un hombre, es menester discernir «el talento que regula todos los demás». Este talento, este criterio diríamos nos­otros, al referirnos a Vicente de Paúl, pobre y profeta de los pobres, es la presencia del misterio de Cristo en los pobres.

Para comprender cómo Vicente de Paúl llegó a ser un pobre, para discernir su mística de los pobres, la estrategia dinámica de su caridad, es indispensable descubrir el contenido y el dina­mismo de su experiencia humano-cristiana. Sólo así se podrá des­cubrir, captar la originalidad de su doctrina, de su profecía. Sin esta preocupación, no sólo se reduce y se vacía el dinamismo vivo e intenso de la personalidad de Vicente, sino que se arriesgaría no descubrir el sentido y la significación de sus palabras referentes a la pobreza y a los pobres.

La experiencia de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl

La experiencia de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl no se puede encerrar, encajonar en unas cuantas frases por muy pulidas y brillantes que sean. Esta experiencia evolutiva camina al ritmo de los acontecimientos imprevistos e imprevisibles. Para caracterizarla, lo menos imperfectamente posible, fija­remos nuestra mirada en el momento clave que señala esta evo­lución y a partir del cual se acelera su ritmo, crece en progre­sión y aumenta en extensión.

Cuando Vicente entra por primera vez en París, en 1608, se encuentra en la miseria. Desde hace ocho años, este sacerdote errante de la diócesis de Dax, persigue la fortuna, pero ésta parece huirle y reírse de él. Para esta fecha dos de sus cartas (24 de julio de 1607, 28 de febrero de 1608), llamadas de la «cautividad», podrían fácilmente cautivarnos, más difícilmente podrían tranquilizarnos. Como otros muchos gascones, que abun­dan y «vegetan, agrupados en buhardillas, poniendo en común su arrogancia, su penuria y su suerte», Vicente encuentra alo­jamiento en la habitación de otro gascón, el juez de Sore, en el arrabal Saint-Germain, quizás el arrabal más miserable y de peor fama de París Y, e intenta buscar fortuna. El nombramiento de limosnero (1610) en el fastuoso palacio de la reina Margarita, esposa repudiada de Enrique IV, no es suficiente para enrique­cerle, ni para permitirle vivir según el deseo de su sueño. La pobreza, en que se encuentra envuelta su existencia, le impulsa a buscar un «honorable beneficio», capaz de hacerle deshacerse de esta envoltura molesta. La miseria, en definitiva, no es para él, de 1581 a 1617, más que el resultado de no saber defenderse en la vida y los pobres, estas miserias ambulantes, no interesan, ni preocupan excesivamente a Vicente de Paúl. Al menos, no interpelan a su existencia ni le plantean un problema.

El descubrimiento de los pobres

Al mismo tiempo que obtiene en el aspecto económico el deseo de su sueño por la acumulación de beneficios y la entrada en la casa señorial de los Gondi, Vicente, entre 1613 y 1617, se agita en una «noche oscura» del espíritu. Para re-estructu­rarse en su fe, se esfuerza en testimoniar por sus actos que cree en estas palabras de Jesús: «Cuantas veces hicisteis un servicio a uno de estos pequeñuelos a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). Los servicios realizados en favor de los desdichados, en quienes Cristo está presente, apaciguan su espíritu y lo iluminan. En esta situación «se decidió un día a tomar una resolución firme e inviolable para honrar más a Jesucristo e imitarle más perfectamente de lo que hasta entonces lo había hecho, que fue dar toda su vida por su amor al servicio de los pobres». Vicente descubre la presencia de Cristo en los pobres, el sentido de los pobres, cuando se da a ellos y asume su propia pobreza. El su­frimiento que le causa su propia existencia, le lleva a percibir más profundamente el rostro de los desdichados y esta percep­ción le hace ser un excelente testigo y un cliente privilegiado de los pobres. En ese momento su caminar cambia de ritmo y sus perspectivas de sentido: una luz nueva invade su alma. «Su alma, nos dice Abelly, se encontró sumergida en una dulce libertad… fue llenada de una luz tan abundante que como él lo ha confesado en varias ocasiones le parecía ver las verdades de la fe con una luz totalmente especial». Dios transforma a este caza­dor-de-beneficios-eclesiásticos en un profeso de los pobres y hará de él, a través del genio económico y financiero de este intendente general de la caridad parisina, un profeso de la pobreza. A partir de ese día la voz de Vicente de Paúl, a través de su enseñanza, será el clamor de un profeta de los pobres de la Iglesia moderna.

Una nueva convicción se instala, al mismo tiempo, en lo más profundo de la conciencia de Vicente: no se puede conocer sin amar. Pero el conocimiento se encuentra al término de un intercambio profundo y el amor requiere dar su vida por los de­más. Conocimiento y amor exigen pagar el precio de la abertura, del descubrimiento, del don al «otro»: «Es necesario dar su corazón para obtener el corazón de los otros».

Si este doble movimiento del conocimiento y del amor va a orientar la dinámica generadora del pensamiento y de la vida de Vicente, no se puede olvidar que su experiencia del descubrimiento de Cristo en el pobre es liberadora y transformadora para él. Al liberarse de la esclavitud de sí mismo, de su propio des­garramiento interior, percibe la vida como don y tratará de pro­gramarla y realizarla en adelante como don. Esta experiencia es, al mismo tiempo, unificadora, capaz de integrar, en lo más pro­fundo de la existencia de Vicente de Paúl, el amor a Dios y el amor al pobre, el don a Dios en el servicio a los pobres, a los hombres. Ciertamente esta liberación y esta unificación no se logran sino por un proceso de conversión, por el arrancamiento de la servidumbre para estar desprendido de toda concupis­cencia, porque la experiencia de Dios es transformante. Pero esta transformación no es otra que el vivir del Dios-amor para el hombre (cf. 1 Jn 4, 8-9). El resultado de este proceso es que todo el ser de Vicente resulta comprometido por esta experiencia totalizante e integrante.

Interesa recordar, una vez más, que esta experiencia, al com­partirla Vicente de Paúl con otras conciencias, pasa, de inter-personal, a ser intra-personal —creadora de comunidad— y ter­mina por ser meta-personal, es decir, por adquirir una dimensión social. Para él, oda experiencia de Dios termina en la dimensión social de la acción. Una acción, así entendida, resulta ser una dimensión constitutiva de la experiencia del don a Dios. Don a Dios que se alimenta continuamente desde las instancias concretas de la vida necesitada de los pobres. Buen alquimista de fórmulas espirituales, Vicente funde en una frase los elementos del contenido de su experiencia. A través de ella intenta comu­nicar su experiencia-recreadora y modelar el espíritu de los Misioneros y de las Hijas de la Caridad: «Es necesario darse a Dios para amar a Jesucristo y servirle en la persona de los pobres». Este don, en definitiva, es la respuesta del hombre a Dios fiel, sorprendente y comprometido en la historia humana. Al mismo tiempo introduce al hombre en el dinamismo del espíritu de Cristo y le permite desarrollar las dos virtudes, que caracte­rizan al Hijo de Dios: «la religión en relación al Padre y la caridad en orden a los hombres». Abordada en esta perspectiva se puede descubrir la riqueza y la profundidad de la expresión de Vicente de Paúl: «continuar la misión de Cristo», de ese Cristo que «estará en agonía» en cada hombre «hasta el fin de los días».

Al paso del tiempo un movimiento progresivo y continuo se desarrolla en la conciencia de Vicente: cuanto más se purifica, ve más profundamente. El genio del cristianismo para él, lo hemos señalado, no tiene más que una ambición: «vaciarse de sí mismo para llenarse de Dios». Pero son los pobres quienes le ayudan a realizar este doble movimiento. Al mismo ritmo que la gracia y la miseria de los demás le purifican, vuelve a dar a la iglesia su verdadero sentido: el sentido de los pobres. El ad­quiere una visión evangélica de los pobres y comienza todo un movimiento de acción y de doctrina en beneficio de los desdichados.

 

 

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