Cuestiones planteadas
A la mirada de los cristianos, esclarecida por la luz profética y evangélica, por la persona de Cristo, la exigencia de pobreza se refleja primordial para acceder al centro de la fe y los pobres se revelan los testigos privilegiados del porvenir del hombre en la historia, tal y como ha sido revelado en la plenitud del misterio de Cristo.
A su vez, los movimientos políticos más o menos revolucionarios —marxistas o no, milenaristas o no— deseosos de construir el futuro de los hombres, cifran las esperanzas en los pobres y por eso se centran en ellos. Este futuro, afirman ininterrumpidamente, no se podrá obtener si los pobres no obran eficazmente. Para ello se requiere que éstos cobren conciencia de su situación «alienante», comprometan su pensamiento en la acción y actúen, si es preciso, por la violencia revolucionaría.
Digámoslo brevemente: cada vez que en el correr de la historia se fija la mirada en la pobreza, es el porvenir del hombre lo que está en juego, en juicio. Cada vez que se centra el interés en los pobres, es el sentido del hombre lo que está en proceso.
Pobreza y pobres apelan a la conciencia humana —cristiana o no— para descubrir y orientar el sentido de la esperanza, para afrontar el porvenir del hombre, programado en los móviles y doctrinas de la acción política de los partidos revolucionarios o inscrito en el programa del «reino de Dios» y en las «bienaventuranzas».
Este juicio y este proceso ayudan a desterrar el centrar la pobreza y a los pobres en una visión, en una opción, moralistas y legalistas, orientadas en orden al «tener», al «poseer». Al mismo tiempo abren a una y a otros a la luz profética y a la luz evangélica, al sentido de la creación y al movimiento de la encarnación, a la dimensión socio-económico-política y al sentido de la existencia del hombre, a la solidaridad humana y a la fraternidad evangélica. Sólo así se pueden hacer inteligibles el dinamísmo de la vida y el dinamismo del evangelio en orden al objetivo de todo proyecto humano. El hombre —cristiano o no, revolucionario o no— debiera cobrar conciencia de que, a través de la «construcción del mundo en la economía de la creación» y a través de la «encarnación liberadora en la economía mesiánica», la pobreza instaura una crítica radical del «tener», del «poder». Esta crítica intenta suprimir la dominación y, en consecuencia, el servilismo en las relaciones humanas. No obstante, la contextura interna, la columna vertebral de la pobreza no se centra en el tener, en el poseer, en el uso y abuso de los bienes de este mundo. Su línea de fuerza, por el contrario, abre a la «luz del mundo» (Jn 8, 12) para realizar una crítica en lo más genuino de la existencia humana.
Nos es fácil percibir —a pesar de la diferencia de las coordenadas socio-culturales y religiosas, de la diversidad de sensibilidad y de registro de expresión del siglo XVII y del mundo de hoy— que estas cuestiones planteadas implican la preocupación mayor de Vicente de Paúl. Ellas se relacionan con un aspecto, cuya importancia es capital en la espiritualidad vicenciana: el juicio de los pobres.
Dos preocupaciones ineludibles
Conscientes de que la «buena nueva» traída por Jesucristo no se confunde con ninguno de los proyectos sociales —políticos, económicos— sea quien sea el grupo de hombres que los proclamen, sino que los supera a todos, pero sabedores también con Péguy de que «lo espiritual está corriendo en el cauce de lo temporal», se trata de buscar en la inteligencia de la fe la luz que ilumina el verdadero rostro de los pobres y esclarece la significación de la pobreza.
Al hablar de pobreza, dos preocupaciones deben orientar nuestro espíritu. Esta doble preocupación no sólo nos vacuna contra la hipocresía, que quiere recuperar con palabras la carencia que existe en la vida, sino que nos ayuda a abordar constantemente a la pobreza y a los pobres en una perspectiva evangélica, en el misterio de Cristo. Si ambas preocupaciones renacen continuamente, es porque ellas mismas se reinventan incesantemente, al mismo tiempo que abren el espíritu del hombre a una búsqueda continua y lo transforman.
La primera preocupación es un deseo de realismo objetivo
La pobreza no puede ser abordada con palabras ni a nivel de hechos materiales: palabras y hechos deben ser insuficientes. Es evidente que no se puede abordar la pobreza más que con palabras alusivas, que se refieren a la vez al misterio de Cristo, de la iglesia, de cada cristiano, de cada hombre. En esta perspectiva podemos comprender la significación de la divisa de Vicente de Paúl: «nada me agrada si no es en Jesucristo» y la confesión de Pascal: «amo la pobreza porque él la amó».
La segunda preocupación es un deseo de realismo subjetivo
Quien habla de pobreza, debe alimentar su lenguaje con una experiencia de fe, más exactamente, de la experiencia de la pobreza como una verdad de fe. De lo contrario sus palabras no tienen ninguna consistencia. Esto quiere decir que la pobreza no es un dato aislado, sino que introduce en la verdadera vida cristiana, en la vida de Cristo. Dos pensamientos de Pascal nos dan la clave, más exactamente, la luz que nos permite acceder a otro orden del conocimiento: «sólo conocemos a Dios por Jesucristo» y añade: «no solamente no conocemos a Dios más que por Jesucristo, sino que no nos conocemos a nosotros mismos más que por Jesucristo; solo conocemos la vida y la muerte por Jesucristo. Fuera de Jesucristo no sabemos qué es nuestra vida ni nuestra muerte, ni qué es Dios, ni qué somos nosotros mismos».
Estas dos preocupaciones impulsan al cristiano a abordar a la pobreza evangélica, cristiana, a través de la participación en el misterio de Cristo. Esta participación le hará estar atento a la inteligencia de su fe y le impedirá endulzar, suavizar, pulir lo abrupto y la aspereza de los términos evangélicos, su paradoja. El cristiano participará en el combate por la justicia y la promoción de todos los hombres, de todo el hombre, por hacer más habitable la tienda de Dios en este mundo, pero en este terreno de diálogo, de encuentro, con el increyente, velará por no oscurecer la luminosidad de la fe, por no desvirtuar el sabor de la sal evangélica, en el afrontamiento del misterio. Sólo entonces podrá dar a los textos evangélicos su vitalidad, su palpitación, su radicalismo.
El sentido de la pobreza y de los pobres se revelan en Dios y a través de Jesucristo
Para llegar a descubrir el sentido de la pobreza, de los pobres, es necesario referirse al movimiento de la encarnación de Cristo. Este mesías, es Dios encarnado en la historia. Por esta encarnación, a través de este movimiento de «anonadamiento», Jesucristo es un ser histórico y al mismo tiempo el «prototipo supremo de toda pobreza». De una pobreza que no afecta sólo al tener sino al ser de su humanidad. Dios se revela en la pobreza a través de Jesucristo.
El rostro de Cristo, que debe imantar nuestra atención, esclarecer nuestra mirada, orientar nuestra acción, es el descubierto por san Pablo en dos textos, suficientemente claros y excesivamente ricos.
En la carta a los cristianos de Filipos escribe: Cristo, «existiendo en la forma de Dios, no juzgó tesoro codiciable mantenerse igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En la kenosis de su encarnación, Cristo nos enseña hasta dónde llega su amor por los hombres y hasta dónde le conduce su participación en la miseria humana. Por eso en su descenso llega hasta la muerte y experimenta en ella lo más profundo de la pobreza radical, de la soledad y de la limitación humanas.
El himno de Filipenses está introducido por estas palabras: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2, 5). Introducirse en este movimiento de encarnación, es comprometerse en un proceso de transformación, de liberación, de salvación. Este compromiso consiste en descender hasta lo más bajo, hasta ponerse a existir con los pobres a través de un movimiento, de una actitud, de un comportamiento de anonadamiento.
El otro texto de san Pablo se encuentra en una de sus cartas a los fieles de Corinto: «Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2 Cor 8, 9). Cristo renuncia a su riqueza divina para enriquecer a los hombres. Su ser de hombre se encuentra en una dependencia fundamental del Verbo. Solo por la comunión con el movimiento de empobrecimiento de Cristo, a través de todo el ser del hombre, el cristiano puede llegar a descubrir el sentido de la pobreza evangélica, cristiana y a participar en ella.
Estas dos disposiciones de Cristo son explicadas por san Juan en su evangelio. Jesús se declara fundamentalmente dependiente. No sólo afirma que no puede hacer nada por su cuenta (cf. Jn 5, 19. 30) sino que no busca su gloria (cf. Jn 7, 18; 8, 50) ni hacer su voluntad (cf. Jn 6, 38). Su quehacer es hacer siempre lo que le agrada al que le ha enviado (cf. Jn 8, 29). Su doctrina tampoco es suya, sino de quien le ha enviado (cf. Jn 16). Su enseñanza, lo mismo que su vida, que entrega (cf. Jn 10, 17-18) llegada la hora fijada (cf. Jn 2, 4; 7, 30; 8, 20; 12, 23. 27; 13, 1; 17, 1), son la manifestación y la realización perfecta de la voluntad del Padre (cf. Jn 7, 16-17).
Esta existencia de Cristo, que es una pobreza en la existencia, da el secreto de la enseñanza de Cristo sobre la pobreza. En esta perspectiva, el renunciamiento, el desprendimiento, no solo se refieren y alcanzan el tener, sino al ser (cf. Jn 15, 12-14; 2, 25-26; Lc 14, 27; 17, 33; Mt 16, 24-25).
La visión paulina y joánica de Cristo están completadas por los sinópticos, especialmente por san Lucas.
En la perspectiva de Lucas, Cristo es el mesías pobre. Pobre en las circunstancias que rodean su nacimiento en Belén (cf. Lc 2, 6-7. 16) y en la ofrenda ofrecida por su rescate en la presentación en el templo (cf. Lc 2, 24). Su vida en Nazaret se pasa en la oscuridad. Durante su vida pública no tiene donde reclinar su cabeza (cf. Lc 9, 58), vive de lo que le dan (cf. Lc
3), convive con los pobres, los enfermos, los fuera de ley (cf. Lc 15, ls; 17, 11-20) y con los pecadores (cf. Lc 5, 30-32; 7, 34. 36s; 15, 1-2; 19, 1-10). No hay que extrañarse que fije su mirada en la viuda pobre (cf. Lc 21, 2-3) y cuente la parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 20). En la cruz asume el sufrimiento total y repite la súplica de los pobres de Yahvé (cf. Lc 23, 33-34. 46; Sal 31; Mt 27, 35. 43-46; Sal 22).
Este mesías pobre, es el evangelizador de los pobres. Si Marcos nos presenta a Jesús en Galilea pregonando el programa de su ministerio con estas palabras: «Proclamaba la buena nueva de Dios: el tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la buena nueva» (Mc 1, 14-15), si Mateo amplía este programa del reino, que Jesús instaura, en las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1-12), sólo Lucas explicita con nitidez e insistencia, sonoridad y fuerza, que el mensaje de salvación plena, de liberación total, proclamado por Jesús en Nazaret es para todo pobre, para todo necesitado, para todo desdichado.
Lucas nos presenta a Jesús, ungido mesiánicamente por el Espíritu, como el profeta de los últimos tiempos que anuncia la «buena nueva» a los pobres. El Cristo pobre de Lucas, es el cvangelizador de los pobres. El les trae un «año de gracia del Señor» (Lc 4, 19; cf. Is 61. 1-3; Lev 25, 10; Dt 15, 12-18; Ex 21, 2-11; Jer 34, 8-16). Va a realizar en su favor lo que el segundo Isaías había anunciado a los pobres desterrados del exilio de Babilonia (cf. Is 61, 1-3):
El Espíritu del Señor sobre mí
porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la buena nueva,
a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar libertad a los oprimidos,
proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19).
Este texto, programa mesiánico de la acción liberadora y salvadora de Cristo, contiene toda la moral, toda la política, toda la mística del mensaje de Jesús de Nazaret referente a los pobres. Jesús explicitará y realizará su contenido durante su vida a través de su amor compasivo en beneficio de los desdichados (cf. Lc 7, 18-23).
La buena nueva, que proclama a los pobres, es el anuncio de la llegada del reino de Dios. Este reino, les dice, es «para vosotros», «es vuestro» (cf. Lc 6, 20-23; Mc 1, 14-15; Mt 5, 1-12). Lo que da sentido a las bienaventuranzas, programa central del mensaje de Jesús (cf. Lc 6, 20-23; Mt 5, 1-12), es el reino de Dios. El contexto profético de las bienaventuranzas ayuda a comprender la profundidad de su arraigamiento en el ministerio de Jesús y a reconocer en ellas una expresión de la «buena nueva» que anuncia a los pobres. Entonces se comprende la significación del anuncio: «el reino de Dios es vuestro» (Lc 6, 20).
«El reino de Dios» o «de los cielos», según la expresión de Mateo (cf. Lc 10, 9. 11; 21, 31; Mc 1, 15; Mt 4, 17; 5, 3; 10, 17), que Jesús promete a los pobres, corresponde al reino de Yahvé, del que el profeta anuncia la buena nueva (cf. Is 52, 7-8; 61, 1-3). Ello significa que la intervención de Dios en la historia, por la que ejerce efectivamente su «justicia real», es decir, toma la defensa de los pobres y les concede la salvación, ha llegado. Esta intervención escatológica de Dios sitúa a los pobres ante una nueva situación.
Comprender el ministerio de Jesús (cf. Lc 4, 16-22), en el que el anuncio de su mensaje (kerigma) va unido inseparablemente a sus signos o acciones —que aseguran su significación profunda y la ilustran concreta y eficazmente (cf. Lc 7, 18-23)—es reconocer en él la intervención de Dios en la historia. Jesús inaugura una nueva era de Dios en el mundo. La presencia y el objetivo del reino se realiza en favor de los «pobres», de los «afligidos», de los «hambrientos»… El reino de Dios es para ellos. El reino de Dios les pertenece. Dirigido a los pecadores, «el anuncio del reino es una llamada a la conversión» (cf. Mc 1, 14-15). Dirigido a los pobres, este anuncio se expresa en una «invitación» a la alegría, al gozo» (cf. Lc 6, 20-23; Mt 5, 1-12). En la perspectiva de Lucas los pobres son los «primeros clientes», los primeros beneficiarios, los predilectos del reino de Dios.
Esta perspectiva, que inserta a los pobres de Cristo en el movimiento de los pobres de Yahvé, proclamado en los salmos, alertado e iluminado por los profetas, ha sido suntuosamente explotada y presentada por Bossuet en el sermón de la «eminente dignidad de los pobres».
La «eminente dignidad de los pobres» está sometida hoy a «sospechas» y a «ambigüedades». No obstante las ambigüedades y las sospechas que encierra, ella nos ilumina y nos permite abordarla hoy bajo el aspecto del juicio de los pobres.
Los pobres de Yahvé y los pobres de Cristo, los pobres de ayer y los de hoy, no se definen en razón de los medios de producción, de las estructuras socio-económico-políticas, de la conciencia de clase, de la ideología de una sociedad, aunque se llame cristiana, incluso aunque todos estos elementos produzcan y mantengan su situación de pobreza. Su existencia de hombres en la historia se define solamente en relación al reino de Dios y a las bienaventuranzas. Por eso no hay por qué separar en demasía, aunque haya que distinguirlos, al «pobre de espíritu» (Mt 5, 3) del pobre económica y socialmente hablando (Lc 6, 20). Semejante separación haría correr el riesgo de hacer del primero un «bienaventurado» y del segundo un desdichado. Si hay que distinguirlos, es para unirlos en el único designo de Dios. La miseria de los pobres, ayer como hoy, apela al juicio divino, porque pone en juego la «justicia real» de Dios. Los pobres, económica, socialmente hablando, tienen el privilegio de apelar a la potencia de Dios y proclamarla.
En razón de este juicio, los pobres revelan y ejercen un juicio sobre todo proyecto humano y «encarnan en la historia el juicio de Dios». Al mismo tiempo rechazan todos los imperativos de quienes quieren decidir de su porvenir y se oponen a quienes quieren hacerlos creer que en el hombre todo se juega en una sociedad de abundancia y de productividad. Los pobres deben combatir frente a las ideologías de los partidos políticos y contra L
los «falsos profetas» (cf. 1 Jn 2, 19) de los falsos mesianismos. El nudo gordiano del juicio de los pobres en la historia, «que coincide con el juicio de Dios» en la misma historia, se centra en saber si el porvenir del hombre se apoya en Dios o en el hombre. Dios se revela «antropocéntrico». El hombre es el centro del mundo. El templo de Dios debe ser tallado «con piedras vivas» (cf. 1 Pe 2, 4). A Dios se le encuentra sin ilusiones, se le ama o se le traiciona, a través del hombre, del pobre (cf. Is 58; Mt 25, 31-46).
Si «el hombre es el ser supremo para el hombre», según la expresión de Marx, hay que saber en qué sentido, por qué es cierto. Pascal nos ayuda a esclarecer esta realidad al recordarnos que «el hombre sobrepasa al hombre» y el profeta Jeremías no olvida declarar dónde se encuentra el apoyo del hombre (cf. Jer 17, 5-27). Si la «economía busca un orden en la construcción del hombre por el hombre», lo que está en conformidad con la economía de la creación —llevada a su término por el trabajo continuo del hombre— la economía de la liberación mesiánica de Cristo, que nos introduce en las perspectivas del «reino de Dios», la sobrepasa al mismo tiempo que la lleva a su término. Esta permite a los pobres levantarse contra todas las idolatrías socio-económico-políticas, que intentan encerrar a los hombres en sí mismos y los impide abrirse a la transcendencia inmanente de la creación y a la inmanencia transcendente de la encarnación, de donde surge toda liberación humana, de donde brota toda salvación cristiana.
El drama espiritual de nuestra época proviene, en gran parte, de abordar los problemas en una perspectiva dualista, que crea una división, una ruptura en lo más íntimo del hombre: natural-sobrenatural, doctrina-acción, liberación-salvación, creación-encarnación…
Filosofía y cristianismo, revolucionarios y cristianos, reivindican hoy, más que en otros tiempos, en razón de la «praxis», la unión entre doctrina y acción. En los compromisos efectivos se encuentra, como por instinto, la juntura que las distinciones ideológicas no llegan a establecer. Pero sólo a una condición: que nuestro quehacer no debe ocultar, olvidar, las razones de nuestro obrar.
Los pobres, iluminados, alertados por los profetas, han rechazado todo dualismo y no han abandonado la conflictividad de la historia, porque la presencia de Yahvé llevaba la promesa a encarnarse. Por eso han surgido en la historia las figuras del «Niño que nos ha nacido» (Is 9, 5), del «Siervo de Yahvé» (cf. Is 42, 2-3; 49, 4-6; 52, 13-53, 13). Jesucristo asume estas figuras. Por eso él, Dios-encarnado-en-la-historia, es el prototipo que sobrepasa los dualismos. El es simultáneamente y por excelencia el pobre y el profeta. Por eso establece un juicio en la historia, que se desarrolla dentro del «reino», que él instaura. Porque los fines de este «reino» sobrepasan a todo proyecto humano, Cristo constituye a los pobres, en quienes está presente (cf. Mt 25, 31-46), jueces de este juicio en la historia.







