P. Juan Roig.—Natural de Verdú (Lérida) nació el 11 de febrero de 1747 y fue admitido en la Congregación el 12 de marzo de 1767, haciendo dos años después los votos el 13 de dicho mes. Luego de ordenarse, trabajó en muchas misiones y ejercicios de la casa de Barcelona. Fue destinado a Guisona en febrero de 1777. Desde 1791 hasta 1795 y de 1799 a 1803 estuvo de Superior en la casa de Mallorca. Falleció, siendo Superior de la casa de Barcelona, el 2 de noviembre de 1821. «Fue sujeto de tal observancia y amor a la vocación—dicen las Memorias—, que después de haber sido por algunos años Superior de la casa de Reus, se le juzgó digno de suceder al Sr. Pí en el cargo de director del seminario, que obtuvo desde el año de 1803 hasta la guerra de independencia, al fin de la cual fue nombrado Superior de la misma casa de Barcelona, la que recobró luego del Gobierno, que la ocupaba en calidad de Hospital, y la habilitó para habitación nuestra y para el uso de nuestras funciones. Su gobierno fue siempre lleno de prudencia y suavidad. Esta suavidad y mansedumbre fue siempre su virtud propia y característica que resplandecía en su cara, en sus modales, en todo su exterior y que le hacía parecer un San Francisco de Sales. Sus correcciones no ofendían, sus negativas no agriaban. En las conferencias, aunque hería al vivo, más con palabras tan suaves y con voz tan baja y compasiva, que hacía enternecer y saltar las lágrimas; hacía compungir y enmendar, sin exasperar a nadie. Se había ejercitado en las funciones del Instituto, y ahora en su vejez era sumamente aplicado a oír confesiones de los muchos eclesiásticos que acudían a él entre semana, y de muchos legos en los días de fiesta, en los que estaba regularmente empleado en este ministerio desde salir de la conferencia por la mañana hasta cerca de las once en que iba a decir misa. Su enfermedad fue un amago de perlesía que le dio hablando en una conferencia al principio del año 1821; mas no pasó adelante. Por Pascua le comenzó una sofocación de pecho que, aunque no le tenía en cama, le tenía retirado en su cuarto, menos un rato que salía a pasear, primero a pie y después con la tartana, de orden de los médicos, hasta que el último mes tuvo que pasarlo en la cama; pero por lo común sentado a causa de la sofocación. Recibió con mucha devoción los santos sacramentos, y exhortándose él mismo y haciendo muchas jaculatorias, especialmente actos de amor de Dios, de que era muy devoto, expiró tranquilamente en el Señor en el Colegio Episcopal de Belén, por estar nuestra casa ocupada para Hospital de apestados en tiempo de la epidemia. Murió a las dos horas de la mañana.»
Juan Roig







