Juan Mª Odin, Arzobispo de Nueva Orleáns (1800-1870) Capítulo 11

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Author: Sr. Bouy · Year of first publication: 1893-1894 · Source: Anales españoles.

Capítulo 11. Estado de la Congregación de los Misioneros de San Vicente de Paúl o La- zaristas en los Estados Unidos. — Adelantos y pérdidas del Catolicismo.— Algunas noticias sobre el Sr. Simonín.


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Capítulo undécimo

El Ilmo. Sr; Rosatti había, en muchas ocasiones, indicado al Consejo de la Congregación de San Lázaro, en París, las eminentes cualidades de nuestro Misionero Sr. Odín: «Es muy afecto a su vocación había escrito y muy notable por su ciencia teológica. En el Seminario de Lyón, donde hizo sus estudios, era director de las conferencias». Como el Sr. Odín era tan apreciado del Superior General, cuando se trasladó a París llevó el encargo de hacer una relación completa sobre la situación de nuestro Instituto en los Estados Unidos. El Sr. Nozo (1835-1842), que acababa de suceder al Sr. Salhorgne (1829-1835), había elegido para Secretario y para Procurador general a un joven que es­taba llamado, por su alta y vasta inteligencia, lo mismo que por su celo, a gobernar más tarde la Compañía por espa­cio de muchos años y a merecer el ser llamado su restau­rador. Ese era el Sr. D. Juan Bautista Etienne. Ya en 1835 su influencia se dejaba sentir por todas partes, y la Misión de América, comenzada en el año 1816 con los Sres. De Andreis y Rosatti, iba a recibir un apoyo y tal empuje, que habían de contribuir mucho a consolidarla y a llevarla a un desarrollo sorprendente.

El Sr. Odín, en su relación de 1835, establece, de una ma­nera muy exacta, la situación material de la Congregación de la Misión en los Estados Unidos, y los recursos morales con que a la sazón contaba, é indica las reformas que juzga necesarias. Hay una limpieza en los pormenores y una sa­biduría en las apreciaciones, que admiran. Sigámosle, bien que en resumen.

La Misión fue fundada el año 1817, en Barrens, al llegar el Ilmo. Sr. Dubarrg, cuya estancia en Europa había durado por espacio de dos años. Los primeros misioneros, bajo la dirección del Ilmo. Sr. Flaget, Obispo de Bardestown, que gobernaba interinamente toda la Luisiana, se habían dedi­cado hasta entonces a las misiones de las riberas del Mississipí. Los habitantes de aquellos lugares dieron seiscien­tas cuarenta fanegadas de tierra, valor de 3.000 a 4.000 francos, para fundar allí un Seminario, comprometiéndose además a suministrar el alimento de los seminaristas. Pero su pobreza no res permitió cumplir este compromiso.

Edificó, pues, la Congregación el Seminario con sus economías y algún dinero suministrado por el Sr. Obispo, corriendo todo lo demás a cargo de la misma.

Luego que se estuvo edificando, tuvimos ya 18 semina­ristas a nuestro cargo, y su número fue siempre anualmente de 20, 24, 30 y hasta 35. Durante mi noviciado, en 1823, se hallaba cargado de deudas, las que no pudieron satisfacerse sino con medios que se reservaba la Providencia, y también con los emolumentos del Colegio que fue necesario fundar para la juventud. El Colegio empezó modestamente, pero muy pronto llegó a la cifra de 8o alumnos, y a lá de 130 en el año de 1833

La Congregación, pues, por espacio de cerca de veinte años, sostuvo la carga de atender a todos los gastos que ocasionaban aquellas obras. Desde 1826 hasta la llegada del Sr. Tornatore, no hubo más encargados que los seño­res Paquín, Timón y el que esto escribe. El Ilmo. Sr. Du­bourg había distribuído los otros miembros de la Congre­gación según las necesidades de las Misiones. Ese aisla­miento me parece muy penoso. ¿No convendría, luego que sea posible, llamar a los sujetos así dispersos y reunirlos en Comunidad? Con esto las Misiones, que son la principal ocupación de nuestra Compañía, se emprenderían de nuevo y serían más numerosas y fecundas».

Esa idea no pudo ponerse luego en práctica, por razón de la imposibilidad de tener sacerdotes seglares para aque­llos lugares aislados; más tarde, cuando las diócesis tuvie­ron bastante personal para su servicio, se llevó a su debido cumplimiento. Y añadía el Sr. Odín, para desvanecer toda inquietud sobre la situación material de Barrens: » Tene­mos, es verdad, 20.000 francos de deuda; pero después de haberlos pagado, nos quedarán todavía 10.000 francos de fondos». El infatigable celo que había desplegado pro­porcionó tan abundantes limosnas, y su sabia previsión las había de hacer emplear de una manera provechosa en las diversas obras. Porque, además de estar los Lazaristas (Paú­les) establecidos en Barrens, lo estaban también en Cap­Girardó, en el Mississipí, en la Vieja Mina, en Santa Geno­veva, que tenía una iglesia de ladrillo; en Kaskaskia, que te­nía una iglesia de piedra; en el Pequeño Canadá, donde la población, francesa en su mayor parte, frecuentaba mucho la hermosa iglesia; en Richevood, donde los anglo-americanos y franceses no tenían más que una miserable capilla de ma­dera; en La Salte, en el Illinois, con estaciones a O’Hava,Peo­ria. a más de esos establecimientos en la alta Luisiana, per­teneciente a la diócesis de San Luis, cuyo Obispo, el Ilus­trísimo Sr. Rosatti, era Lazarista, como hemos dicho, tenían bajo la jurisdicción del Ilmo. Sr. Blanc , en la diócesis de Nueva-Orleans, un Seminario diocesano y residencias en las ciudades de la Asunción y de la Ascensión. La relación del Sr. Odín determinó medidas que tendían a una orga­nización más homogénea de la Congregación en los Esta­dos Unidos. La Casa de París envió algunos sujetos más, entre otros un joven Subdiácono, Sr. Domenech, que más tarde había de ser Obispo, después de haber prestado grandes servicios. Luego se nombró un Superior-Visitador. Éste fue el Sr. Timón, americano de nacimiento y de ori­gen irlandés, a quien el Sr. Odín encomia por sus cualida­des extraordinarias de administrador. «Respetado y amado en todas partes — decía, — su experiencia, ciencia y vir­tudes le dan grande autoridad y prestigio».

Esperando el Sr. Odín su futuro destino para Texas, dejó de trabajar en Barrens, por orden de sus Superiores. Estuvo, pues, evangelizando, en compañía de algunos de sus Hermanos, en diferentes partes de la diócesis de San Luis. Su partida fue un golpe funesto a la prosperidad del Colegio, que estuvo a pique de ser suprimido.

«El tercer domingo de Cuaresma—escribe él,— me en­cargaron que fuese con nuestro amado hermano el Sr. Si­monin a Santa Genoveva para dar la misión. Dios se dignó derramar muchas bendiciones sobre nuestros trabajos. Desde la madrugada, los habitantes se agrupaban a las puertas de la iglesia para asistir a nuestras funciones; y por la tarde, cuando la campana anunciaba la bendición del Santísimo Sacramento y la última instrucción, aban­donaban sus trabajos y acudían apresuradamente a la iglesia.

Muchos motivos tuve de estar agradecido por la bon­dad con que los habitantes se dignaron recibirme, y por el fervor que mostraron en aprovecharse de los socorros es­pirituales que les traía. Nos servía de iglesia una grande cabaña de madera, decentemente arreglada y adornada con varios objetos que había obtenido en Europa. Todos los domingos, aquel pequeño santuario estaba lleno de fie­les, y muchas veces no cabían en él, ávidos siempre de es­cuchar la palabra de Dios y de asistir a los santos Misterios. Me dijeron que había entre ellos cerca de ciento veinte personas que «profesaban la Religión católica, pero que muchas de ellas no habían tenido sacerdotes en los treinta y cinco o cuarenta años anteriores. Todos se apresuran a presentarse en el santo tribunal de la Penitencia». (22 de Diciembre de 1836.)

En confirmación de lo referido en esta carta, pondremos a continuación una reseña publicada en 1838 por los Anales de la Propagación de la Fe:

«No se halla en Cap-Girardó más que una familia cató­lica, muy pobre. Habiendo enviado allí al Sr. Odín para ver de fundar una misión, no tardó en conocer que se po­dría obrar allí mucho bien. Se ha encontrado después unos ciento veinte católicos más. Han edificado una capilla, a la cual acuden lo mismo los protestantes que los católicos. Al presente residen allí dos misioneros, con particular consuelo de sus corazones, habiendo abierto escuelas para los niños y para las niñas».

Los pormenores que acabamos de dar sobre los progre­sos del Catolicismo, podrían tal vez extraviar la opinión. Para dar una idea exacta del estado de la Iglesia católica en estos países, necesitamos ensanchar el horizonte y ver en su conjunto las causas de los adelantos y de las pérdi­das de la Religión.

Sin proponernos el referir las primeras inmigraciones en los Estados Unidos, remontémonos hasta el fin del siglo anterior. El Ilmo. Sr. Carroll, primer Obispo de toda la Re­pública americana en 1789, fijó él mismo, después de aque­lla época, el número de los católicos. El Maryland con­taba 16.000 fieles; la Pensylvania, 7.000, y los otros Esta­dos, 1.500, resultando un total de 24.000 católicos. En el siglo XVIII, la Iglesia, por varias causas, había sufrido ver­daderas pérdidas. La persecución atroz de ciertos Estados, como el Maryland, y la falta de organización eclesiástica, eran sus dos principales causas. En 1804, la Luisiana, que por 4 millones de dollars cedió la Francia a los Estados Unidos, contando con algunos millares de católicos, do­blaba casi la cifra total. La Revolución francesa echó al destierro a los sacerdotes más beneméritos, y el Ilmo. Señor Caroll halló auxiliares en los Flaget, los Chevenis, los Du­bourg, los Duboix, los Richard, los David, los Malignon, etcétera, la mayor parte miembros de la Sociedad de San Sulpicio. Unos y otros habían de llegar a ser Obispos de nuevas Sillas. En la época que nos ocupa (1835-1840) se organizaron, a costa de mil dificultades, los obispados de la Nueva-Orleans, Bardstown, San Luis, Cincinnati, Du­berque en Illinois, Boston, Charlestown, Philadelphia, De­troit, Richmond , Vincennes, New-York, finalmente de Natchez y Nashville , y los Obispos se industriaron como mejor pudieron para hallar en el antiguo continente cola­boradores del Clero seglar y religioso. Italia, Bélgica, Fran­cia, y de ésta particularmente la diócesis de Lyón, propor­ciona un número considerable, pero muy insuficiente para las necesidades espirituales de todos los fieles. Las inmi­graciones de Alemania, que datan desde 1819, y de Irlanda desde 1825 a 1830, aumentan el número de los católicos, sin aumentar a proporción el número de los sacerdotes. Solamente los apóstoles de a principios de siglo podrían decirnos las penas, los sacrificios de toda clase, las excur­siones urgentes a diferentes parajes de la Europa, para ob­tener misioneros y con que atender a sus primeras necesi­dades. Y cuando habían llegado, a la vuelta de unos cuantos años, rendidos por los trabajos, enfermos y faltos de todo, morían en gran número. Después de treinta años de esfuer­zos, la iglesia de los Estados Unidos estaba lejos de funcio­nar de una manera regular y estable, a pesar de sus tantos recursos, numerosas conversiones (ya hemos notado algún número de ellas en nuestra narración) é influencia del mérito y santidad de algunos sacerdotes, su estado era aún precario y parecía lamentable. Tenemos de ello un testi­monio auténtico. El Ilmo. Sr. England daba en aquella época un grito de alarma que resonó en los corazones cató­licos. Los Anales de la Propagación de la Fe publicaban el estudio del Obispo americano. Ese estudio es tan impor­tante, que todos los que han querido tratar esta cuestión de los adelantos y de las pérdidas del Catolicismo en los Estados Unidos, durante el siglo decimonono, han tenido que referirse a aquel trabajo, y tomar prestados los consi­derandos que el Obispo de Charleston había hecho valer. Nosotros vamos a emplearlos también, dando de ellos un sucinto resumen.

Las principales causas que explican las pérdidas que ha tenido el Catolicismo son las siguientes: 1º el gran nú­mero de inmigrantes sin recursos y a merced de muchos ofrecimientos y de todos los peligros para su fe; 2º la falta de establecimientos de instrucción para los niños del pueblo, de colegios para los ricos, y casas de huérfanos para los muchos niños privados de sus padres; 3º, el no haber Clero bastante e instruido en la lengua, en las insti­tuciones y en las costumbres del país; 4º, la vigilancia, la actividad y, sobre todo, los recursos pecuniarios de las so­ciedades protestantes.

Á estas causas, producidas por duras necesidades, se puede añadir, en primer término, la opinión pública (que tanto poder tiene en todas partes, y sobre todo en un país de libertad), opinión en todos conceptos violentamente hostil al Catolicismo, y que no era más que el prolongado eco dé las antiguas calumnias sectarias de los protestantes de Inglaterra, que con todo su vigor habían pasado a América. Para más particularidades sobre este punto, re­mitimos a nuestros lectores a la vida del Ilmo. Sr. Flaget.

Hallaremos en nuestra narración aquellos absurdos profe­ridos contra la Religión santa, y que constituye, al parecer, el fondo de las creencias de todo verdadero protestante. Y si nos remontamos a la alta esfera de la literatura y de la política, todos los héroes de la independencia, verdaderos ídolos de aquella democracia, atribuyen a la superioridad de la doctrina del libre examen la formación de un pueblo libre y poderoso. La literatura, exclusivamente inglesa y, por tanto, enteramente protestante, continuaba sus ata­ques contra la Iglesia, y formaba como el ambiente que por fuerza debía respirarse.

No es esto todo. La libertad política no era la libertad religiosa. Hemos hablado de Maryland y de su abomina­ble legislación, imperfectamente reformada. En Pensylvania los cuákeros, mientras están proclamando la libertad religiosa, estorban de mil maneras el ejercicio del culto católico. En 1806 el Estado de Nueva-York aún exigía, para admitir a los católicos como ciudadanos, que abjura­sen solemnemente toda obediencia espiritual a un poder eclesiástico. En la época de que nos ocupamos (1835-1840), en la Carolina del Sur no se podía ser elector o elegible sino prestando juramento de creer que el protestantismo era la verdadera religión de Jesucristo; y en los Estados de Nueva-York y de Nueva-Hampshira los católicos no podían ejercer ningún cargo político. Hemos dicho lo bastante para que se comprenda lo que era aquella separación de la Iglesia y del Estado, y la situación espantosa que creaba al Catolicismo en el siglo decimonono, contra la cual debían resistir apóstoles como el Ilmo. Sr. Odín.

Este cuadro es, sin duda alguna, muy sombrío, porque sólo se le mira por el lado de los obstáculos. Si considerá­semos los resultados del apostolado de nuestros misioneros, debidos a su santidad, a sus trabajos prodigiosos, a veces hasta el heroísmo, lo veríamos bajo un aspecto más favora­ble, con la luz que despiden la fe y el celo.

Sea corno fuere, nos es difícil calcular las pérdidas que ha sufrido el catolicismo, y rechazamos a priori toda esta­dística, porque en los cálculos que se han ensayado, los unos suben hasta quince y aun veinte millones, y los otros bajan a tres; ni unos ni otros nos inspiran confianza, porque nunca se han hecho estadísticas de los emigrantes cató­licos. Aunque se pueda conocer el conjunto de causas que habrán conspirado contra el catolicismo, no es posible sa­ber hasta qué punto se han opuesto el celo y el fervor, ni tampoco el modo con que la viva fe y el socorro de la divina gracia han resistido a los obstáculos. Lo más posi­tivo y cierto es la organización de la Iglesia católica en los Estados Unidos, que presentamos hasta 1840.

Baltimore es erigida en Obispado en 1789 y en Arzo bispado en 1808. Nueva-Orleans, en 1793. En 1808, Nueva York; Boston y Filadelfia, en 1809; Bardstwon a la misma época. Después de 1820 a 1830: Charleston (1820); Richemond (1820); Cincinnati (1821); Arzobispado, 1835;  Luis y Mobik (1826). En fin, en el último periodo: Dotroit (1832); Vincennes (1834); Dubuque, Nashaville y Nat­chez (1837). En resumen quince Obispados y dos Provin­cias eclesiásticas, las de Baltimore y de Cincinnati. Los Concilios provinciales se celebraban cada tres años en Bal­timore. Con esto hemos ya dado los elementos necesarios para formar un juicio aproximado sobre la situación general; nos limitaremos, pues, a esas indicaciones, que son bastante para la inteligencia de nuestro relato.

El Sr. Odín, por su parte, contribuye al acrecentamiento del número de católicos, recorriendo al presente la ribera del Mississipí, llevando a todas partes la divina palabra con un celo y una piedad incomparables. «Después de mi vuelta al Seminario,—escribe él mismo,—hemos tenido algunas conversiones. La semana pasada bauticé un hombre de 63 años. Actualmente estoy preparando a un ex-Capitán de los Estados Unidos, hijo de un anciano General de aquel país. Su vida ha sido borrascosa; pero el Señor se ha dig­nado tocarle el corazón, y da muestras de gran fervor. Hace algunas semanas que enterramos a un nuevo conver­tido; la última procesión del Corpus hizo en él tan grande impresión, que resolvió desde entonces entrar en el seno de la Iglesia. Con la ayuda de algunos buenos libros que procuró adquirir se instruyó en nuestra Santa Religión, y tuvo la dicha de recibir el santo Bautismo pocos instantes antes de morir. Su mujer será bautizada dentro de algunos días, juntamente con los dos niños que ha dejado. El do­mingo próximo, tres adultos participarán del mismo bene­ficio». (22 Diciembre 1836).

El Sr. Odín, además, asistió a la muerte del Sr. Simonín, joven Misionero, que había sido su colaborador en sus últimos trabajos apostólicos. «La Providencia — dice — acaba de exigirnos un gran sacrificio. El día 15 de Septiem­bre de 1838 tuvimos la desgracia de perder a nuestro ex­celente hermano, Sr. Francisco María Simonín, después de una enfermedad de siete semanas. Creo cumplir un deber (le amistad para con él y para con ustedes transmitiéndoles los pormenores de su preciosa vida que han llegado a mi conocimiento». (Carta del Sr. Odín al Sr. Etienne, 1838).

El Sr. Símonín nació el año 1810 cerca de Roanne, en la diócesis de Lyón; siendo ya abogado y reflexionando so­bre los peligros del mundo, y deseoso de huir de ellos, entró en el Seminario Mayor. En 1835 llega a América, y en 1836, después de ser ordenado de Sacerdote, visita el Pequeño Canadá, Apple -Creck, Frederios, Town, Nueva- Madrid, y en 1837 acompañó al Sr. Odín. En tiempo de esas misiones escribe a sus parientes: «En el momento en que la capital de Francia estaba preocupada de la elocuencia del Sr. de Ravignán, una ciudad francesa de la Luisiana se conmovía tal vez más a la voz del tierno Sr. Odín y de vuestro servidor».

La comparación, no por ser solemne atestigua menos el celo de nuestros Misioneros y los efectos que producía, lo mismo que su amistad, tan perfecta como recíproca.

Muchos lazos los unían; el mismo país les había visto nacer, el mismo Seminario los había formado, la misma vocación apostólica los había trasladado más allá de los mares, y los Votos de religión habían hecho de ellos dos hermanos.

Así era, efectivamente, pues en 1838, el año mismo de su muerte, el Sr. Simonín había emitido sus Santos Votos; des­pués de lo cual, escribía: «Bendigo de lo íntimo de mi co­razón y no cesaré de bendecir al Señor que me ha dado la inteligencia. Bendecidle por mí cien veces, porque yo no co­nocía el país donde me hallo. La poca experiencia que he adquirido me da una prueba de que, a menos de ser un gran santo, es difícil salvarse, aun cuando uno pudiera ser ocasión de salvación para muchos otros».

Toma muchos puntos de semejanza con el Sr. Odín. Júzguese si no por el retrato que éste dibujó de su amigo:

«Un raciocinio claro, lógico y decisivo; un lenguaje puro y sencillo, todo contribuía a dar un gran atractivo a su predicación. El espíritu de Dios se traslucía en todos sus discursos  Estaba a punto de partir para una nueva ex­cursión a los salvajes, a quienes amaba tiernamente. Rí­gido observante de las Reglas, a ellas apuntaba su con­ducta en todo tiempo y en todo lugar, pero sin afectación; jamás se le oyó decir una palabra que pudiese herir en lo más mínimo a la caridad. Como sabía que el espíritu inte­rior y de unión con Dios es indispensable a un misionero, se ejercitaba continuamente en adquirirlo más y más. Fre­cuentemente se le veía absorto en santos pensamientos. En el altar, sobre todo, era donde se podía juzgar, por su recogimiento y su actitud respetuosa, de la viva fe que le animaba».

Hemos copiado esas líneas porque, haciendo el Sr. Odín el exacto retrato del espíritu de ese joven Lazarista, hacía, sin querer, el de las virtudes que hemos observado en él mismo, en las diferentes fases de su vida.

El pesar grande que tiene del fallecimiento de su her­mano, hace que le tenga muy presente en su memoria. «Toda la casa—añade—ha estado sumergida en un pro­fundo dolor, por lá pérdida del Sr. Simonín: jamás se olvi­darán de él ni de sus virtudes. En poco tiempo ha corrido una larga carrera, dejando entre nosotros un vacío in­menso. Espero que desde lo alto del cielo protegerá esta Misión, que le llora y que tan amada era de su corazón!»

Mientras Dios daba el descanso al más joven de los dos Misioneros, presentaba al otro penosos trabajos en una vida toda nueva.

El Sr. Odín estaba para despedirse de la Luisiana.

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