Juan Mª Odin, Arzobispo de Nueva Orleáns (1800-1870). Capítulo 3

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Author: Sr. Bouy · Year of first publication: 1893-1894 · Source: Anales Españoles.

Capítulo 3: El Seminario mayor. — Sus adelantos en los estudios. — Su piedad. -Relaciones con su familia.


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Capítulo tercero

El Concilio de Trento había mandado que se establecie­sen Casas especiales para la formación del clero, en donde los jóvenes levitas se preparasen con el estudio, oración y retiro al ministerio de la salvación de las almas. Desde el siglo XVII, gracias al celo de los Berulles, de los Bourdoi­ses, de los Vicente de Paúl y de los Olieres, se establecieron Seminarios en Francia, y el clero vióse bien pronto refor­mado y lleno del espíritu de fe, de piedad y de celo y cap­tarse aun de la gente mundana el respeto debido a su digni­dad. Para apreciar los servicios que ha prestado esta institu­ción, sólo basta recordar el desprecio en que había caído el nombre de sacerdote, en otro tiempo modelo de piedad y abnegación. En tiempo del Sr. Olier establecióse en Lyon, al lado del Seminario de los Padres del Oratorio, otro Se­minario dirigido por los sacerdotes de San Sulpicio, cuyo primer Superior fue  el piadoso y sapientísimo Sr. de Hur­tevent , de grata memoria, y tal fue  su desarrollo, que en el siglo XVIII rivalizaba en el celo por la educación del clero con los Seminarios de los sacerdotes del Oratorio y de los Josefinos.

Poco antes de la Revolución, el Sr. Emery había alcan­zado en él reputación de sabio y virtuoso sacerdote , la cual reputación creció durante las luchas entre el primer Impe­rio y la Iglesia; mas no pudo volver a desempeñar sus car­gos en el Seminario, porque, habiéndose suprimido en 1812 la. Congregación de San Sulpicio, fue  puesto en manos de sacerdotes seglares; lo cual causó grande sensación al Arzo­bispo de Lyon, quien, sin embargo, dispuso inmediata­mente que se organizase de nuevo, confiando el cargo de Superior interino al Sr. Bochard, Vicario general, y nom­bró para profesores a dos jóvenes que acababan de terminar la teología en París, los Sres. Cholleton y Cattet, los cuales muy pronto debían distinguirse, el uno corno Vicario ge­neral y el otro por sus escritos de polémica, en los cuales, según el parecer del Ilmo. Sr. Affee ( Ami de la Religión, 1835), se distingue no pocas veces más bien un celo exage­rado que exactitud teológica.

El Sr. Mioland, más tarde Arzobispo de Tolosa, asistió a la apertura del Seminario, y en 1820 ya estaba constituí- do todo el profesorado, en el que se distinguieron, entre otros, el Sr. Duplay (1789-1887), que pasó su larga carrera en el Seminario, y el Sr. Denavit, muerto en 1867, después de haber alcanzado fama de sacerdote muy austero y piadoso.

En 1813 fue  nombrado Superior el Sr. Gardette, funda­dor del Seminario menor de Saint-Jodart, y en el largo período de veintisiete años que desempeñó este cargo, se ob­servó exactamente el reglamento a pesar de lo reducido y estrecho que era el edificio. El Seminario de San Ireneo, levantado antes de la Revolución en Croix Paquet, estaba en esta época muy aislado y rodeado solamente de comunida­des religiosas, pero después quedó convertido en un conjun­to muy irregular de edificios muy desiguales, rodeados por un lado de talleres de la colina de San Sebastián, y por otro del río Rhóne, que producía mucha humedad.

Juan María Odin entró, con grande satisfacción de su alma, en esta casa, en donde conocía que Dios le había de dar a conocer su vocación, y aunque se encontraba entre mil lazos que ataban su libertad, estaba muy contento por conocer que la libertad es muy peligrosa para un seminaris­ta. Desde las cinco de la mañana que se levantaba, hasta las nueve de la noche, no interrumpía sus serios trabajos, sino por una hora de recreación al mediodía y otra por la noche, en un pequeño patio cuando hacía buen tiempo o  en el salón de recreo. Los trabajos en que tenía distribuido el día eran la oración y el estudio; su alma se desahogaba en los ejercicios de piedad y en la meditación, y su entendimiento se delei­taba al penetrar la solidez de los fundamentos de nuestra santa Religión. La teología, en efecto, tomando por punto de partida la Revelación, conduce por medio de la lógica al alma a una convicción razonable, confirma la fe, la defiende con­tra los herejes de todos tiempos y edades, y explica hasta cierto punto las verdades reveladas. Yunque  para el estu­dio de la teología es necesario saber filosofía, ésta, sin em­bargo, se desarrolla y perfecciona por medio de aquélla. Los argumentos que corroboran la fe forman la parte espe­culativa, y las leyes que regulan nuestra conducta constitu­yen la parte práctica.

El Sr. Odin estaba dotado de un juicio recto, de un ins­tinto lógico, de un criterio práctico y de una seguridad de ánimo que le disponían al estudio de las ciencias sagradas, en las cuales adelantó tanto, que apenas hubo terminado la carrera, cuando ya fue  nombrado catedrático suplente.

Al principio, cuando se hubieron establecido los Semi­narios, en San Sulpicio solamente se enseñaban las materias que se explicaban en la Sorbona, a la cual iban algunos es­tudiantes de los más escogidos para repetirlas a los demás cuando volvían; medio de enseñar, por cierto, muy senci­llo. Pero como no se trataba de profundizar las cuestiones debatidas, bastaba que el profesor repitiera fielmente las ex­plicaciones que había oído, o  que las desarrollara para que pudieran entenderlas los que eran más cortos. Mas luego que en el mismo Seminario se enseñó la Teología, se abo­lieron los repetidores, quedando sustituidos por pasantes.

El Sr. Odin encontró en este empleo un medio excelente de profundizar las cuestiones, y se confirmó en lo que la experiencia le había enseñado, a saber, que nunca uno apren­de más que cuando está obligado a comunicar la ciencia a otros. Su salud, sin embargo, no pudo resistir a una vida tan laboriosa; así es que al cabo de algunos meses cayó en­fermo; pero, a pesar de la maligna fiebre que le atormenta­ba, no perdió la tranquilidad de su alma; antes bien, la sufría con contento por reconocer en ello la voluntad de Dios.

Salido de la enfermedad mandósele dejar la enfermería sin darle apenas tiempo para reponerse, siendo esto una prueba en que ejercitar su piedad. Sigamos sus pasos, y exa­minemos sus adelantos en ella, sirviéndonos para ello de su correspondencia. En efecto, manda a su hermana un librito de meditaciones, una Vida de San Luis Gon, Taga, y con una carta en que, entre otras cosas, le dice: «Te encargo que leas con detención la Vida de San Luis Gonzaga. Las grandes penitencias y austeridades de este santo te esforzarán para llevar con paciencia las pequeñas miserias de este mundo. Piensa muchas veces en la eternidad y en la gloria que go­zan los santos en el cielo, y considera que ellos no han con­seguido tanta felicidad sino por medio de los sufrimientos y pobreza de esta vida. Ofrece a Dios todos tus trabajos, y aun las acciones más insignificantes dirígelas a su mayor gloria. De este modo tendrás la seguridad de que le amas, y crecerás de día en día en su gracia.«

En estas pocas líneas deja trazado todo un reglamento de vida cristiana, donde la práctica viene a juntarse con los principios generales. De este modo, a los pocos meses de estar en Lyon, queda convertido en un celoso apóstol de las personas de su aprecio.

Hacia el año 1820 la diócesis fue  testigo de grandes ma­nifestaciones religiosas. Las misiones, de que se ha hablado tanto y tan mal, obraban en las ciudades y en los pueblos numerosas conversiones, y con frecuencia luchaban victo­riosamente contra el espíritu público de indiferencia, o  con­tra la burla volteriana. Estas noticias causaban tanta alegría al joven levita, que la manifestaba aun en sus cartas. Sin em­bargo, el bien no se hacía sin oposición, y esta oposición era a veces poderosa y violenta. Los impíos de todos los tiempos, y que en el siglo pasado se apellidaron filósofos, liberales en el tiempo de la restauración, y que en nuestros días se lla­man librepensadores, se sirven siempre de las mismas armas para combatir la influencia de la Religión, que no dirige las almas sino por el camino de la eterna verdad y verdadero bien. Las cartas del joven seminarista manifiestan todo el fu­ror de estos impíos contra los misioneros.

Las misiones terminan de ordinario con una ceremonia imponente, y consiste en plantar una gran cruz para que recuerde el público las instrucciones que se le han dado. Con ocasión de esta ceremonia escribió a una prima suya, a quien ayudaba con sus consejos, una carta muy graciosa, y como contraria a su carácter que en un principio nos parecía grave: «He recibido —le dice— tu carta con la mayor alegría; tu celo en escuchar la palabra de Dios me ha edificado y confirmado en la alta idea que tenía de las virtudes de mi buena prima. Te he de confesar, sin embargo, que tus trabajillos y los de tus compañeras de viaje, ocurridos al ir a plantar la santa Cruz, me han hecho reír bastante«.

Poco tiempo después la escribía con una gravedad de Di­rector experimentado. En esta carta se ve un gran fondo de piedad, y un espíritu muy penetrado de la grandeza de Dios y bajeza de todo lo criado.

«Recibí tu carta, cara hermana, y desde hace muchos días quería responderte.

«Parece que te turba un poco el cuidado de tu vocación. Bendito sea Dios, pues eso manifiesta que no está lejos de ti. La Providencia nos ha señalado a todos el lugar que de­bemos ocupar en la tierra: ¡felices aquellos que andan pre­ocupados para saber el destino que Dios les reserva y lo que espera de ellos! Me ha parecido, sin embargo, que esta idea te fatiga e importuna un poco; ¡ah, querida hermana! rue­ga a Dios que no te quite esa solicitud hasta que te hayas decidido enteramente en tu elección de estado; no dormites en ese asunto, porque nunca se puede ser indiferente en la vocación, y menos en la religiosa. Muchas cosas podría de­cirte ahora de la felicidad que acompaña la vida religiosa, estar separado del mundo, de sí mismo, y unido con Dios; he ahí la mayor dicha que podemos desear en este mundo. ¡Oh si pudiéramos conocer el mundo, sólo tendríamos con él las relaciones absolutamente indispensables y según lo exi­giera la mayor gloria de Dios! ¿Qué se hace en el mundo por Dios? ¿Qué se hace para la eterna salvación? Una con­tinua disipación nos aleja de Dios, nos buscamos siempre a nosotros mismos, estamos siempre pegados a alguna criatura y no pensamos más que en cosas vanas y de ningún provecho.

Olvidamos las grandes verdades de la religión y descui­damos el importante negocio de nuestra alma. ¡Oh, herma­na mía, tengamos nuestro pensamiento siempre fijo en la eternidad; retiremos los ojos de este destierro y dirijámoslos a la patria celestial, habitación de Dios y de sus Santos, y a la que pronto deberemos ir! Pero en el estado religioso, ¡cuánto abundan los medios de santificarse, sobre todo si se cumple exactamente con la regla prescrita! ¡Cuántas gra­cias! Todo lleva a Dios y nos alienta a servirle. Los sacrifi­cios que se hacen, el alejamiento del mundo y de las oca­siones, el presente recuerdo de las verdades eternas, éstos son fuertes y poderosos empujes para adelantar en la virtud».

A los nueve meses de su Seminario, Juan Odin, obli­gado por su vocación a vivir en el mundo para bien de las almas, volvió a Ambierk, vestido con su sotana, siéndole necesario desde entonces trabajar más para adquirir la vir­tud, sobre todo, la prudencia y la discreción. Nadie se admiró de su conducta; pues, según se decía, había ya nacido sacer­dote por su modestia, sabiduría y gravedad de anciano (Presbyter.)

El Sr. Blanc, Vicario de la parroquia, con quien había tratado nuestro joven en 1816, ya no estaba allí, pues su co­razón, celoso y ardiente, a los pocos meses le hizo partir para las Misiones de Luisiana. En el Seminario mayor había visto y hablado con el Ilmo. Sr. Dubourg, Obispo de Nueva Orleans, y desde entonces aumentó el ardor de su celo hacia las Misiones de los salvajes, despreciando todos los peligros y aun la muerte misma. Había contraído en el Semi­nario estrecha amistad con Juan Odin, y se declaró su pro­tector en diversas ocasiones. Al dejar a Ambierle, todos sin­tieron la pérdida de un sacerdote tan edificante y celoso de las almas.

Nuestro joven seminarista pasaba sus vacaciones, o  con sus padres en Hauteville, o  con sus tíos, que moraban en Saint-Forgeux, Saint-Haon-le-Vieux y Arfeuille. Era en todas partes querido, y su piedad ganaba muchos prosélitos; y nunca cesó de dar a los pobres todo lo que pudo. Trans­cribiremos un caso que se nos ha transmitido. En uno de sus viajes a Tremiéres, en donde había recibido las prime­ras lecciones de mano de un pariente suyo, antiguo semina­rista antes de la Revolución, encontró un pobre casi com­pletamente desnudo. Deseaba aliviarle, pero apenas sabía cómo. Se le ocurre al fin una idea generosa. Llama al pobre, lo detiene, y, alejándose un poco, se quita los pantalones nuevos que acababa de estrenar y se los da al pobre, suplicándole y pidiéndole como única gracia que durante algún tiempo no se aproximase a la casa de sus padres, «Váyase us­ted, no quede por aquí y procure que ninguno de mis parien­tes le vea.» Nada perdía de su piedad en esos días de vacacio­nes en que reparaba sus fuerzas para emprender nuevos trabajos.

Ya se aproximaba el momento en que Dios iba a exigirle un más completo sacrificio. En 1821 recibió el subdiacona­do, con lo cual fue  agregado para siempre al estado eclesiás­tico. Pero había más: esperábanle ya en América, y sólo se trataba de disponer a su familia para esa separación. El tuvo que guiar y negociar la vocación de su hermana, que quería hacerse religiosa; pero su madre se opuso vivamente, funda­da, sobre todo, en las necesidades de la familia. Entonces nuestro joven seminarista, a 9 de Febrero de 1822, escribió a su madre en estos términos:

«Querida madre: he suspendido todos los pasos que había hecho para secundar la vocación de mi hermana. Sin duda que Dios Nuestro Señor no la destina al estado reli­gioso, pues se opone a ello una madre que nada más desea tanto en este mundo como la felicidad de sus hijos, y estoy además bien persuadido que vuestra piedad no negaría a Dios uno de sus hijos si supierais de cierto que Dios os pide este sacrificio; prueba de ello es el goce extraordinario que experimentáis al verme entrar en el estado eclesiástico. Es­toy, pues, seguro que lo mismo haríais con todos vuestros hijos si os constara que tal es la voluntad divina. Tampoco creo que os opongáis a esa separación por el afecto demasia­do tierno que la tenéis, siendo así que hace ya mucho tiem­po que vivís en un estado de privaciones, penas y disgustos, que, no obstante, soportáis con paciencia y resignación. Creo que vos no querríais privaros del mérito de tantos su­frimientos negando ahora a Dios ese nuevo sacrificio, si os lo impusiera.Estoy, por lo tanto, persuadido que, si os opo­néis a su vocación, será después de haber precedido un ma­duro examen y sabios consejos. No quiero obligaros y forzaros a que la dejéis partir, sino que, al contrario, quiero disua­dir a mi hermana de su designio. Quizá os haya disgustado el que no os hubiera avisado antes de practicar las diligen­cias que he hecho a este propósito; pero no lo creí conve­niente, por no molestar vuestra sensibilidad. Y además, sien­do poco probable que yo saliera con algo, no sé por qué os habéis disgustado tanto de una cosa que tal vez nunca habría tenido lugar. Vuestro humildísimo y respetuoso hijo, Odin, J. M., s. d.»

Luego escribió también a su hermana para suavizar el golpe que acababa de recibir, y alentarla a servir a Dios con todo fervor en medio de la familia. Sus consejos son sabios y esencialmente prácticos:

«Lyon, 13 de Abril de 1822.

Tu estado en el mundo, cara hermana, es tan feliz como si estuvieras en la religión, puesto que Dios así lo quiere. Quedando en el mundo, cumplirás, pues, la voluntad de Dios, que es lo que más debemos desear. Aplícate al retiro y a la soledad. El domingo, por ejemplo, en los momentos de re­poso, vete algunos instantes a los pies del altar, y allí gusta­rás todas las delicias y consuelos que es posible saborear en este destierro. Renueva con frecuencia el sacrificio de ti a Dios, y de toda tu persona, sacrificio que estabas dispuesta a hacer, si su voluntad no te hubiera dejado en el mundo; con esto tendrás el mismo mérito que tendrías si hubie­ras entrado en religión. El espíritu de abnegación es muy agradable a Dios; procura conseguirlo. Te aconsejo además que digas y repitas muchas veces durante el día, mientras éstas en casa, algunas oraciones jaculatorias para renovar en ti la presencia de Dios, y que hagas alguna lectura espiritual para penetrarte bien de la importancia de tu salvación, y ardas en deseos de hacer algo para ganar el cielo. Hoy día no se piensa más que en las riquezas, entretenimientos y bienes perecederos; pero el asunto más importante está poco menos que olvidado; con tal que esté bien el cuerpo, en nada más se piensa, aunque quede el alma enteramente sumida en el pecado ¡ Ah , cara hermana! suspiremos sin cesar por el cielo».

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