Capítulo octavo
El Sr. Odín continuaba llevando la vida regular del Seminario de Santa María. Los diferentes trabajos de la enseñanza, sus deberes de miembro de la Congregación de San Vicente de Paúl y algunas misiones a los salvajes, ocupaban todo su tiempo. Él mismo da cuenta del género de vida que llevaba por este tiempo, en estos términos (carta a su hermana del 24 de Julio de 1895):
«Desde mi llegada a América, el Seminario ha sido siempre el lugar principal de mi residencia. Aquí estoy encargado de la enseñanza en el Seminario, y en el Colegio, de la dirección de la parroquia y del monasterio. (Las religiosas hacía poco tiempo que se habían establecido en los Barrens.) De cuando en cuando salgo para hacer algunos viajes, particularmente en tiempo de vacaciones. Dentro de poco tengo que ir a dar una misión a Nuevo-Madrid, con dos seminaristas, en cuya población hace a lo menos veinticinco años que no han visto un solo Sacerdote. Todos los días, a las cuatro de la mañana, tengo la dicha de ofrecer el santo y tremendo sacrificio de la Misa. En seguida hacemos una hora de meditación; los otros ejercicios son poco más o menos los mismos que en los Seminarios de Francia.
Es necesario estar a cada instante dispuestos a montar a caballo, para ir a asistir a los enfermos; y a pesar de que, en cuanto nos llaman lo dejamos todo prontamente para volar en su socorro, tenemos a veces el sentimiento de hallarlos moribundos o muertos!«.
Después, repitiendo los sentimientos de piedad, manifestados en otra ocasión sobre la dicha de llevar consigo, en sus viajes, la sagrada Eucaristía, añade:
«¡Oh, si yo supiera en aquel tiempo tan precioso tratar con Nuestro Señor, como lo deseo, cuántos bienes hallaría en El! ¡cuántas gracias recibiría! ¡Me ha sucedido pasar noches enteras con el Santísimo Sacramento sobre mi corazón! No hay semana en que no tenga enfermos que visitar, y frecuentemente todos los días. Los jueves están consagrados a las misiones que doy a los protestantes; uno de nuestros seminaristas, joven americano, muy virtuoso, de mucho celo y de buen talento, me acompaña siempre; éste me ayuda ordinariamente en la predicación. La santa Misa, durante esos días, la celebro cuándo en un lugar, cuándo en otro; el punto más lejano está a unas veinte millas.
Al presente nos alojamos en casa de un católico; a unas catorce millas tenemos otra posada donde nos presta habitación una familia, en la cual el marido y la mujer no son Bautizados, pero que, sin embargo, esperamos que entrarán en el seno de la Iglesia, pues ya nos han prometido que bautizaríamos a sus hijos. A esta fecha han recibido igualmente el Bautismo quince personas, y otras tantas se preparan para recibir esta gracia.
Los sábados y domingos los dedico enteramente a oír las confesiones de los católicos de los Barrens, la mayor parte de los cuales se presentan una vez cada mes. Para recorrer aquellas diferentes estaciones es necesario servirse de caballería algunas veces; así, bien montado, he podido hacer cincuenta millas de camino sin mucho trabajo. Es difícil acertar siempre la dirección atravesando las bosques; casi no puede uno menos de extraviarse alguna vez; cuando esto sucede, lo mejor es dejar ir libremente a su caballo, y de noche guiarse, como los salvajes, por las estrellas, que se ven muy claras y brillantes en el cielo de nues tra América. El caso, sin embargo, no es muy agradable en los tiempos de tempestad y de lluvia o en las noches muy sombrías. Entonces es preciso apearse, caminar a tientas o apoyarse en un árbol. Dios Nuestro Señor vela sobre nosotros con tanta bondad y con un cuidado tan paternal, que hasta ahora no ha sucedido ninguna desgracia. ¡Cuántas veces se ha caído mi caballo y me he visto expuesto a que las ramas de los árboles me quitasen la vida! Las serpientes, que hormiguean casi por todas partes, han pasado muchas veces entre las piernas de mi caballo; los osos se levantaban a mi vista, y ¡en medio de todos esos peligros no he tenido nunca la menor desgracia! ¡Oh, cuánto debieran esas señales de la divina protección unirme al Señor y animarme a extender su santo Reino en las almas!
Ya va cerca de un año que estoy solo con el Ilmo. Señor Rosati para la dirección del Seminario. ¡Cuán feliz soy viviendo con un tan bueno y tan santo Obispo! Está siempre al frente de la Comunidad; su alimento es el mismo que el nuestro, y todos comemos en una misma mesa. Él no tiene renta alguna; nuestro Seminario se halla en una grande pobreza; menester es confesar que la Providencia nos ha procurado siempre, hasta el presente, todo lo que ha sido necesario: tampoco nos abandonará en adelante.
Nos es necesario contar con ella, pues desde que estoy en América no he recibido más que diez escudos en el ejercicio del Ministerio; todo lo hacemos sin retribución. El Seminario nos suministra todo lo que nos hace falta: vestido, alimento habitación, etc.
La parte de la Luisiana, donde me hallo, ofrece, al parecer, grandes frutos para lo porvenir, pues la mayor parte de sus habitantes son americanos, que aman naturalmente la Religión, y luego que la conocen, como gente reflexiva que son, se adhieren a ella. El domingo pasado bautizamos un joven de veinte años, hijo de un ministro metodista; de cuándo en cuándo tenemos la dicha de conferir este Sacramento a adultos de todas edades. Todas las veces que vamos a misión vemos asistir a nuestras instrucciones un gran número de herejes, y aun ministros. Es menester tener con ellos largas conferencias, en las cuales es fácil convencerlos o más bien confundirlos; pero es difícil ganarlos. Los pobres salvajes nos rodean por todas partes, mas aún no sabemos cuándo podremos predicarles la fe; de cuando en cuando acampan cerca del Seminario, y nos traen sus mejores cazas. Nosotros, en cambio, les damos pan y algunos objetos de devoción. Yo quiero mucho a estos pobres salvajes; son tan buenos, tan agradecidos cuando se les trata con humanidad, que verdaderamente se hacen amar. Es necesario pedir mucho por su conversión«.
En la misma carta se trata de un milagro, obtenido en Nueva-York por las oraciones del Príncipe de Hohenlohe, milagro de que se ocupó mucho la prensa de los Estados Unidos en aquella sazón. El Sr. Odín se personó allí varias veces. No se pueden calcular los felices resultados que obtiene el Catolicismo con esta ocasión en un país donde se hallaba en un estado de seda despreciada Lo sobrenatural nacía y se levantaba de su seno, y todos aquellos protestantes que no tienen más que un cristianismo sin vida y sin tradición en su secta veían y atestiguaban un hecho milagroso como los que leían en los Actos de los Apostóles. El Sr. Odín consigna también otro hecho bastante curioso, del cual él mismo fue testigo:
«Últimamente —escribía— fuí llamado para asistir a un enfermo muy particular: era un joven dado a la bebida, todos los días se llenaba de un licor fuerte que se fabrica en este país, con el cual se emborrachaba; esos exceso eran sabidos de todos, horrorizando su mala conducta a nuestros piadosos católicos«.
Cierto día, viajando con uno de sus amigos, se vio de repente rodeado de demonios, que se presentaron a él bajo diversas formas: al pronto, no hizo más que reirse de aquello; después, como ellos trataban de derribarle del caballo, atravesarle a golpes de lanzas y atormentarle cruelmente, fue sobrecogido de temor y se puso a orar: al levantarse dirigió su marcha hacia el Seminario, con intención de hacer una buena confesión; le faltaron las fuerzas, cayendo delante de la puerta de un buen católico, que le recogió en su’ casa. La primera palabra que habló fue para pedir agua bendita. Luego tomó en sus manos un Crucifijo y un rosario. En esto vinieron a buscarme; fui corriendo, y le halle tembloroso; se fue tranquilizando y me contó lo que le había sucedido, haciendo después su confesión, con grandes sentimientos de arrepentimiento. Renació la confianza en su alma, quedando pacífico y tranquilo; luego me manifestó el deseo que tenía de retirarse por algún tiempo para meditar. Allí los seminaristas le ayudadaban, con sus palabras y con sus lecturas espirituales. Al principio disfrutó de una grande paz; pero por la noche, apenas se metió en cama cuando de nuevo comenzó a ver espíritus malignos. Se levanta, corre de una parte a otra, hasta que vinieron a despertarme y procuré tranquilizarle. Al día siguiente salió y se puso a correr por los bosques, perseguido, como él decía, por los mismos espíritus. Pero habiendo vuelto con nosotros, permanece tranquilo y se ejercita en corregirse de sus defectos, y sobre todo de su embriaguez. Yo no sé lo que pensar de este caso. ¿Será locura, o enfermedad nerviosa? Lo cierto es que jamás le he oído decir una sola palabra contraria al buen sentido. Me aseguró que no podía alejar de sí aquellos malos espíritus sino con la invocación de los santos nombres de Jesús, María y José«.
El Sr. Odín, a pesar de su excesiva prudencia en decidirse por un caso de obsesión diabólica, parece evidentemente que lo admite. Este testimonio que acabamos de citar por la narración de nuestro Misionero, tan reservado, corrobora muchos hechos del mismo género referidos en los Anales de la Propagación de. la Fe por los primeros apóstoles del Catolicismo en los Estados Unidos en nuestro siglo.
No obstante la ocupación en que le tenían absorbido sus incesantes trabajos, como lo acabamos de ver por la larga carta escrita a su hermana, hallaba todavía tiempo para animarla en su vocación religiosa:
«Tantísimas gracias, mi buena hermana Josefina, por las dos apreciables cartas qne has tenido la amabilidad de enviarme. Hace pocos días que las he recibido. Las he leído con mucha satisfacción mía, y repetidas veces me han movido a bendecir a la divina Providencia, que te lleva de un modo tan admirable. Sobre todo, experimento un gozo indecible cuando pienso que el Señor quiere elegirte, como parece, para que seas del número de las esposas de su divino Hijo. ¡Oh, qué dichosas son las almas a quienes Dios separa enteramente del mundo para que en la obscuridad de una casa religiosa, ignoradas y olvidadas de los hombres, no piensen sino en la eternidad y en el gran negocio de la salvación! ¡Cuán dichosa y consoladora es su suerte! Las austeridades y dificultades de la observancia religiosa, aunque grandes é insuperables a los ojos de los mundanos, son, sin embargo, muy dulces en comparación de los disgustos y peligros que se hallan en el siglo. Procura, pues, hermana mía, con gran cuidado, conocer la voluntad de Dios. Sería muy expuesto resolverte en tan importante negocio sin preceder serias reflexiones; en la oración es sobre todo donde se debe examinar un punto de tanto interés; después de recibir al Señor es cuando debes instarle mucho para que se digne manifestar su misericordia sobre ti; manifestando tu interior, tus inclinaciones y tus gustos, con candor y sencillez a D. Carlos, con quien te debes guiar, si Dios te concede un don tan precioso. Siguiendo los consejos de tan sabio y prudente director, no podrás engañarte; y si una vez, después de serias reflexiones y consultas para conocer la voluntad de Dios, lo consiguieres, ¡oh! entonces vuélvete a Dios nuestro Señor llena de reconocimiento por tan precioso beneficio; ofrécete en sacrificio al Padre Eterno, y levanta una muralla de separación entre ti y el mundo. Que todos tus pensamientos, todas tus afecciones estén enteramente reconcentradas en el interior y en el recinto de la casa donde la divina Providencia te llame. Las reglas, deberán ser desde entonces el único móvil de tus acciones todas; tus delicias las indispensables virtudes de humildad y obediencia, pues éstas son el alma de la vida religiosa. Los oficios más bajos, los empleos más humildes en apariencia, deberán ocupar toda la atención de una novicia, pues bien se merecen todos sus cuidados. Nada hay pequeño en el servicio del Señor; sobre todo si las cumples en unión de su Madre Santísima.
He ahí, querida hermana, lo que te conducirá a la perfección del estado que te propones abrazar. ¡Oh, a qué grado tan sublime de perfección llama Dios a una religiosa que se ha consagrado a Él! Tan pronto como hayas dado principio a tu noviciado, nos comunicaremos mutuamente algunos medios que tal vez nos excitarán a servir al Señor.
Por este tiempo recibió el Sr. Odín en los Barrens un seminarista de Sión, su compatriota y amigo. «La llegada del Sr. Bouillier —escribía— ha causado en mí una sorpresa no menos viva que agradable. Estaba yo en el campo con el Sr. Rosati para rezar el Oficio, cuando vinieron a anunciarnos que un Misionero joven de nuestra Congregación, y francés, acababa de llegar al Seminario. Nos apresuramos a encontrarle, y ¿qué es lo que veo ?…. al amable señor Bouillier, mi siempre caro amigo. ¡Qué abrazo le di tan cariñoso! Después vengo observando que las virtudes que le hacían un modelo a todos sus condiscípulos en Francia, son también aquí objeto de admiración para todos. Arde siempre en un vivo celo de la salvación de las almas. Este hace que se aplique sin descanso al estudio de las lenguas, y ya comienza a expresarse en inglés. Todos sus pensamientos y anhelos se dirigen a la conversión de los salvajes. Su envío a esta Casa ha sido un beneficio de la Providencia hecho a esta Misión. Según parece, quedará en el Seminario. Dentro de tres semanas, el día de Navidad, tendrá la dicha de ofrecer por primera vez la Sagrada Víctima de nuestros altares. Me ha hablado repetidas veces acerca de usted«.
Dos años hacía que se habían establecido ciertas religiosas, en el mismo Barrens, y dos Comunidades de Hermanas del Sagrado Corazón y una de Ursulinas habían venido, bajo la dirección del Ilmo. Sr. Dubourg, a fijarse en la Alta. Luisiana. En 1828 el Ilmo. Sr. Rosati debía fundar también una en San Luis, y ya el Sr. Odín recibió antes la nueva de la diócesis de Lyón, de Francia, que muchas Religiosas pedían por favor ser admitidas en la Luisiana, para contribuir con su trabajo a hacer todo el bien posible.
El Ilmo. Rosati contestó: «El Sr. Odín recibirá con suma satisfacción a las Sras. Lacroix, Santa Columba y Santa Victoria. Les dará para ocupación el servicio de un Hospital que es necesario fundar en San Luis, ciudad que tiene 10.000 almas. ¡Cuánto bien no podrán hacer a tantos pobres desgraciados, a quienes sus miserias y padecimientos hacen que se olviden de su alma y del Cielo!«. Añadía, además: «Rogad a esas señoras que procuren algunas limosnas con que poder comenzar el Establecimiento. Aquí es muy difícil encontrar los fondos necesarios, al menos para comenzar, pues luego ya los habitantes contribuirán gustosos a tan útil empresa. No nos atrevemos a dirigirnos al Ilmo. Sr. de Puis, administrador de la diócesis de Lyón, durante el destierro a Roma del Ilmo. Sr. Fesch, porque es muy celoso de todos los buenos sujetos, a los cuales desea retener para las necesidades de la diócesis. Que se dirijan esas señoras al Sr. Cholletón, Vicario general, y por su medio conseguirán, como espero, el permiso para dedicarse al bien espiritual de nuestra pobre América«.







