Juan-Bautista Etienne (XVII)

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¿Restaurada la unidad?

La Notice de Étienne señala lo reales que eran los temores de De Wailly por lo que hacía a su deficiente salud, pues falleció pasado algo más de un año, el 23 de octubre de 1828. Tan breve espacio, sin embargo, bastó a instaurar en la Congregación, por primera vez des­de 1792, la unidad y el gobierno conforme a las constituciones. De Wailly se designó asistentes, como le era autorizado por el breve pon­tificio. Nombró además a Étienne, entonces de 27 años, secretario y procurador general, las dos posiciones más altas para las que se podía nombrar a alguien en la Compañía!». Posiciones ambas que Étienne retuvo hasta su elección como superior general el año 1843.

Corno asistentes franceses, De Wailly nombró a Pedro Le Go, José Boullangier, y Domingo Salhorgne. En cuanto al nombramiento de un cuarto asistente, «que según la costumbre ha de ser italiano», De Wailly dijo que esperaba hasta tener la información necesaria para el nombramiento de un misionero italiano con las debidas dotes. Bajo esta declaración, empero, bullía una nueva controversia con Baccari, los italianos, y la Santa Sede. Entre tanto, comenzó a administrar la Congregación en Francia y fuera de ésta. Por pri­mera vez después de la Revolución, el Consejo General se reunía el 27 de agosto de 1827.

Pronto quedaron disipadas las esperanzas de que el nombramien­to papal de De Wailly pusiera fin al cisma en el gobierno y a los anta­gonismos franco-italianos. En agosto de 1827, Baccari escribía al superior general, pidiendo ser relevado en el cargo de visitador de la provincia romana: «Es del todo necesario que piense en escoger con gran cuidado un visitador para esta provincia. A mí me es moralmente, mejor dicho, físicamente imposible seguir desempeñando este oficio. He cumplido 81 años. Estoy cansado y enfermo. A mi avanzada edad y con mis males, ¿cómo he de sostener el peso de este cargo y visitar las casas?». Al principio, De Wailly no se avino a aceptar la dimisión. Mas cuando Baccari insistió, el general nombró a Felipe Girodi, supe­rior en el seminario de Piacenza. Girodi rehusó aceptar.

Entre tanto, en una carta del 17 de septiembre, Baccari informaba a De Wailly de que el Papa le había negado su licencia para, en cual­quier circunstancia, deponer su oficio de visitador. En adelante, sólo con el permiso de la Santa Sede podría hacerlo. Baccari informó sobre la decisión papal a Girodi. Este paso sembró la confusión entre los franceses. Ni De Wailly ni el Consejo entendían tal intervención del Papa. Sospechaban asimismo de Baccari, quien no citaba «docu­mento oficial y auténtico alguno, como aval de tan extraordinaria acción pontificia». Para los franceses, una vez aceptada por el superior general la dimisión de Baccari, éste no podía ya ejercer la autoridad como visitador. De Wailly escribió a Baccari señalando lo irregular de su posición.

El superior general y su Consejo recibieron aún otro informe turbador. Oyeron que Baccari, no sólo argüía que la Santa Sede le mantenía en el puesto de visitador, sino que había ido más lejos y le había designado como «vicario, o pro-vicario, o bien procurador general». Semejante posición le confería autoridad «para manejar asuntos de la Congregación en Roma, como también los poderes necesarios para administrar las provincias fuera de Francia». Cuando, antes de actuar, De Wailly pidió orientaciones al Consejo General, éste recomendó «iniciar una correspondencia confidencial con alguien que residiera en Roma». Por este medio podría «determinar qué hechos habían creado la situación, y actuar en consecuencia».

En las actas de una reunión posterior del Consejo, Étienne daba una versión diferente de los acontecimientos:

El Consejo consideró la adopción de medidas enderezadas a frustrar un nombramiento inaudito, y que parecía ser resultado de actividades secretas. Tras seria reflexión, sin embargo, se decidió esperar en silencio por cualquier notificación que llegase. Creía el Consejo que la Corte de Roma no decidiría en la materia sin haberla considerado prolijamente. El Consejo creía también que la Santa Sede no procedería a hacer un nombramiento que así desdeñaba lo previsto en nuestras Constituciones, sin previa consulta del superior general. El Consejo, pues, optó por no hacer nada.

Bacari «se enojó mucho» con la carta a él dirigida por el general. Replicó que se la «habría leído al Papa, salvo por temor a ofenderle». Decía también a De Wailly con intención, «no estar obligado el Soberano Pontífice a manifestar su voluntad a subordinados… y que nadie tenía derecho a pedir notificación escrita de sus nombramientos». Aun así, Baccari hacía saber a De Wailly, que podía esperar le llegase alguna notificación de parte del cardenal Prefecto de la Sagra­da Congregación de Obispos y Regulares.

A comienzos de 1828, De Wailly escribió la acostumbrada carta circular de Año Nuevo. Circular que envió directamente a los superio­res locales de la provincia romana, y no a Baccari, a quien no reconocía ya como visitador. Étienne, en su calidad de secretario general, adjuntaba a la circular una nota explicando la posición francesa.

Avanzado enero, Baccari escribía a De Wailly anunciándole la próxi­ma llegada de una carta de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares. Según Baccari, la referida carta estaría «escrita por orden del Soberano Pontífice, y no sólo me confirmará en mi cargo de visi­tador, sino además en el de comisario para tratar los asuntos de toda la Congregación».

El nuncio comunicaba a De Wailly el 21 de enero la ingrata noticia. El Papa había confirmado a Baccari en ambos cargos, el de visitador «y el de comisario general ante la Santa Sede para toda la Congregación». Esta acción romana aturdió a De Wailly y al Consejo. Consejo y superior generales interpretaron al principio el nuevo puesto de «comisario general», como análogo al de procurador gene­ral ante la Santa Sede. En el pasado, el superior general nombraba a alguien para ocupar este puesto, «al objeto de que tramitase cualquier negocio entre la Congregación y la Santa Sede». Ahora bien, en su caso, no tenía el procurador autoridad para tratar con Roma indepen­dientemente, sino que sólo actuaba por instrucción del superior gene­ral. De Wailly y su Consejo concluyeron que, «si bien el señor Baccari era reprensible, por haber solicitado de la autoridad pontificia un nombramiento que incumbía hacer al superior general, era preciso someterse respetuosamente a la voluntad del Soberano Pontífice y restablecer las relaciones con el visitador nombrado por Su Santidad. El supuesto del general y del Consejo, a saber, que “el Soberano Pontífice no derribaría con una mano lo que había edificado con la otra” [en relación con la restaurada unidad en el gobierno de la Congregación], se comprobó como incorrecto.

A oídos de París llegó algo que Baccari andaba diciendo, esto es que “el Soberano Pontífice le había dado todos los poderes del superior general, pero que, por amor a la paz, sólo secretamente los ejercería”. Supuestamente, Baccari había dicho además, que sólo ejercería la autoridad «por el bien de la Congregación, y que cuidaría de informarle [al superior general] de todos sus actos». Agravaron la preocupación francesa varias decisiones tomadas por Baccari. De acuerdo con las constituciones de la Congregación, despedir a miem­bros de ésta, era competencia del superior general con el consenti­miento del Consejo, y sólo por razones graves. Baccari despidió a dos misioneros italianos, y simplemente informó de su acción al superior general. Arguyó que había actuado con «autoridad apostólica». Invocando de nuevo su «autoridad apostólica», Baccari desautori­zó el nombramiento de dos superiores locales, hecho por De Wailly en la provincia romana. Por este tiempo, la Santa Sede pidió a Baccari y a la provincia romana el establecimiento de una casa en la ciudad por­tuaria de Civitavecchia, que formaba parte de los Estados Pontificios. Esta fundación atendería a los presos condenados a galeras. Baccari estableció esta casa, y destinó a misioneros de provincias italianas que la ocupasen. Una vez más, Baccari meramente informó a De Wailly del hecho consumado.

Vistas por los franceses, estas acciones demostraban que Baccari estaba ejerciendo poderes de superior general. Los franceses creían que esta situación volvía a crear la división en el gobierno de la Con­gregación». Étienne advertía: «[de esta situación] se sigue el no tener en adelante el superior general garantía alguna de que se ejecuten sus órdenes». Baccari siempre podría justificar los propios actos apelando a «su autoridad apostólica».

En cuanto a la concesión de amplios poderes a Baccari por parte de la Santa Sede, la explicación que se abrió paso tenía que ver con los misioneros en una Polonia bajo control ruso. Baccari informó a la Santa Sede de que, en Polonia, los misioneros «ni podían ni querían depender directamente de un superior general francés». Étienne sin embargo observaba, que el superior general había recibido carta de los polacos. Estos reconocían estarles prohibido depender direc­tamente de un superior general francés. Aseguraban, sin embargo, poderse acoger a la autoridad de un procurador general, nombrado por aquel que residiese en Roma, como antes de la Revolución. Estaba De Wailly pensando en hacer el referido nombramiento, cuando le desbancó Baccari. De acuerdo con la posición francesa, Baccari poseía autoridad apostólica para representar a la provincia polaca, mas no a otras provincias, las cuales seguían debiendo obe­diencia al superior general.

El distanciamiento entre De Wailly y Baccari persistió hasta que, el 23 de octubre de 1828 falleció el primero. Antes de caer enfermo, De Wailly se había preguntado a quién nombrar, para que actuase de vicario general cuando él muriese. La enfermedad se precipitó, no dándole tiempo a cumplir con este deber por escrito. Dijo sin embar­go a Le Go y a Étienne, que su elección recaía en el primer asistente, Domingo Salhorgne. Las constituciones de la Congregación pedían se convocase una asamblea general dentro de los 6 meses que siguie­ran al fallecimiento del superior general. Salhorgne y el Consejo General fijaron el 2 de marzo de 1829 como fecha de apertura para la asamblea general. El 29 de octubre de 1828, Etienne expedía a las provincias las cartas de convocación. Baccari se personó en la Santa Sede, apenas recibida la suya. Pidió que la asamblea se pospu­siera hasta mayo, debido a los inconvenientes de viajar en invierno. Aprobada su petición por el Papa, Baccari escribió para informar a Salhorgne de que la dilación era un hecho consumado.

Este paso que dio Baccari tomó aún otra vez a los franceses por sorpresa. Ya las constituciones daban al vicario general autoridad para, «por razones graves», posponer la convocación de la asamblea general. En lugar de dirigir la súplica a Salhorgne, Baccari pasó por encima acudiendo a la autoridad pontificia». Salhorgne escribió a Baccari pidiéndole enviase copia del rescripto de la Santa Sede que autorizaba la prórroga, para poder informar de ella a los visitadores y a las provincias.

La XVII Asamblea General se abrió en la casa-madre el 15 de mayo de 1829. Era la primera habida en más de 40 años. De los delegados reunidos hace Étienne esta romántica descripción: «La asamblea presentaba el espectáculo más venerable. Todos los que for­maban parte de ella eran ancianos, encorvados por el peso de los años, y encanecidos en medio de las tribulaciones del exilio y en los traba­jos de los ministerios’. Era algo conmovedor la reunión de estos escombros del antiguo edificio de la Compañía que debían servir de piedras fundacionales del nuevo. Recordaban los ancianos de Israel, volviendo de la cautividad de Babilonia, para edificar el templo del Señor, destruido por el furor de los pueblos bárbaros».

«Entre aquellos venerables ancianos» —según Etienne— «era difícil hallar a alguno capaz de cargar con el generalato».  Salhorgne también admitía este hecho»’. Temía, en tales circunstancias, la propia elección, que se ostentaba probable. Antes de la asamblea había escrito confiden­cialmente a la Santa Sede. Salhorgme solicitaba un rescripto, el cual Permitiese a la asamblea, elegir a alguien que no satisficiese aún el requi­sito constitucional de haber tenido votos al menos durante 12 años.

De acuerdo con Étienne, Salhorgne solicitó este rescripto para asegurarse de que la asamblea eligiera a algún otro superior general. Cuando la asamblea se aprestaba a la elección, Salhorgne presentó el rescripto, obtenido por mediación del nuncio en París. «La Providencia tenía planes» —dice a esta sazón Étienne— «que dife­rían de los suyos [de Salhorgne], quien no consiguió el resultado que ansiaba. La asamblea votó que se observasen las constituciones». Lamentablemente, las actas que Etienne redactó como secretario de la asamblea, constituyen una relación que contradice a la que él mismo hizo con posterioridad en la Notice. En la 3a sesión de la asamblea, habida el 17 de mayo, Salhorgne informó del rescripto papal a los delegados. Pidió que votaran si la asamblea debía aceptar la dispensa. Las actas registran que 13 votos fueran favorables a la aceptación y 11 contrarios. De acuerdo con las actas de la asamblea, en la prime­ra ronda, Salhorgne recibió 8 votos, Bailly 7, Le Go 6, repartiéndose los tres restantes entre otros tantos candidatos. En la segunda ronda solo Salhorgne, Bailly y Le Go fueron objeto de votación. A este pun­to, consta en las actas haber suplicado Salhorgne a los delegados que no le votasen. Una ronda más, y 14 de los 24 delegados votaron por Salhorgne, eligiéndole superior general.

Los hechos son punto menos que irreconocibles, comparada con la relación oficial la versión que de ellos da Étienne. Según la versión de Étienne, una vez declinada la dispensa papal por parte de la asam­blea, ésta procedió de inmediato a la elección. Esa versión sostiene que, al comenzar los oficiales a hacer en voz alta el recuento de los votos, viendo Salhorgne que salía en todas las rondas, se levantó y mandó detener el recuento. Supuestamente sacó entonces una copia del despido que le había intimado Boujard. Salhorgne arguyó que este acto le había separado de la Compañía, y le hacía inepto para la elec­ción. «El efecto producido por este incidente —refiere Étienne— fue el opuesto al que había proyectado. Nos permitió conocer, de este modo, en qué condiciones esta expulsión le había sido enviada por el señor Boujard, y la revelación hecha en esta circunstancia no sirvió más que para dar nuevo realce a su humildad, y a aumentar la venera­ción que había inspirado en todos los miembros de la Asamblea. La operación del escrutinio fue retomada y terminada, y tuvo como resul­tado la elección del señor Salhorge, con una inmensa mayoría, y con gran alegría de las dos familias de san Vicente».

La elección en la versión de Étienne tensa nuestra credulidad has­ta quebrarla. Si fue válido el despido de Salhorgne por Boujard, esca­samente pudo Salhorgne ejercer bajo De Wailly funciones de primer asistente. Inválido asimismo habría sido su nombramiento de vicario general. Más aún, todos los pasos que dio en su calidad de vicario general, y hasta la convocación misma de la asamblea general, care cerían de validez. Si Salhorgne creyó que la acción de Boujard había sido válida, no debió en conciencia actuar como si no lo fuese, justo hasta el momento de ser elegido superior general. El tiempo apto para revelar su despido habría llegado mucho antes de que comenzasen las votaciones. Las actas de la asamblea no registran la más leve alusión a una escena tan dramática. Lo único que señalan es la emotiva súpli ca de Salhorgne, antes de la segunda ronda, para que los electores no le votasen. Por fin, la elección de Salhorgne no fue por una «inmensa mayoría», como Étienne reivindicó.

En la Notice, Étienne se las ha luego con Francisco-Antonio Baccari. «El señor Baccari, Vicario general dimisionario de Roma, se encon­traba en la Asamblea. Al abandonar el poder, había tomado sus medidas para conservar un medio de reavivar, si la ocasión se presentaba, las pre­tensiones que la intriga había pretendido hacer triunfar… Se hizo nombrar Comisario General de la Congregación por el Papa. Este título, emanado de la Santa Sede, era como una autoridad rival, asentada enfrente del Superior General, que podría obstaculizar su administración y ser causa de nuevas complicaciones». Según Étienne, la asamblea «tuvo la cor­dura de nombrarle Asistente italiano. Al fijar su residencia en París y al participar en la Administración de la Compañía, le alejaba del centro de la intriga italiana, y paralizaba la autoridad que le había conferido el Título de Comisario General».

Esta vez es exacta la relación de Étienne. En la sexta sesión de la asamblea, el 12 de mayo, los delegados eligieron efectivamente a Baccari como asistente general italiano. Étienne es asimismo pun­tual cuando arguye que la elección «desconcertó grandemente a Baccari, en cuanto que no la podía declinar. Baccari alegó que necesita­ba la licencia papal para asumir el nuevo cargo. Conforme a la directiva de la asamblea, el general debía solicitar esa licencia de la Santa Sede. Baccari prestó bajo condición el juramento prescrito.

No sorprende lo poco que duró el ejercicio de Baccari como asis­tente en París. Las actas del Consejo General registran su asistencia a las reuniones habidas en mayo y junio de 1829, mas ya no a las de lechas posteriores. Étienne señala que Baccari pronto «expresó el deseo de volver a Roma, con el pretexto de que el clima francés era perjudicial a su salud». Salhorgne y el Consejo se avenían a aceptar la dimisión de Baccari, en cuanto asistente general, si dimitía también en cuanto comisario general. Baccari convino, y volvió a Roma corno visitador de aquella provincia.

Los franceses tornaron a pensar erróneamente que habían final­mente acabado las peleas con Baccari. El 8 de diciembre de 1829, Baccari dijo al Papa en una audiencia, que el bien de la Congregación requería prosiguiese en sus funciones de comisario general. El Papa remitió el asunto a la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares. Los franceses negaron ser necesarios los servicios de Baccari. Decían que colocarle en ese puesto «inferiría un golpe mortal a la unidad de la Compañía» .

Salhorgne expuso a la Santa Sede, cómo la mejor manera de manejar los asuntos de la Congregación en Roma, era mediante un procurador general francés, nombrado por el superior general. Los franceses recordaban también a la Santa Sede que, en julio, Baccari había depuesto ambos cargos, el de asistente general y el de comi­sario general. Salhorgne pasaba al contraataque. No sólo se oponía a que Baccari fuese de nuevo comisario general; además pedía licencia a la Santa Sede para darle sucesor en el provincialato romano.

Sobre el señor Baccari se dejan sentir las grandes cargas de la edad y las enfermedades. No está ya en condiciones de cumplir con sus deberes de visitador, pese al celo y a la buena voluntad que aún conserva. Hemos recibido noticias fiables de nuestros hermanos en Roma y provincia. Según ellas, en años recientes, una deplorable y creciente relajación de la regularidad ha ocasionado malestar general. Tal estado de cosas pide nuevo visitador, alguien capaz colmar los huecos del pasado, de proveer a las necesidades del presente, y de prevenir estos inconvenientes en el futuro. Hasta ahora, el superior general se ha abstenido de tomar esta medida, por respeto al Santo Padre… quien colocó al señor Baccari en su puesto de visitador.

El nuncio remitió la petición del superior general al cardenal Secretario de Estado, José Albani. Este cardenal consultó con el cardenal prefecto de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulara. En abril, Albani escribía al nuncio en París, que el Papa había decidido no ser ya necesaria la existencia de un comisario general. Había concluido que semejante nombramiento sería «perjudicial para la perfecta unidad de esta familia». Albani puntualizaba que Baccari había ejercido la función de comisario general «por deseo expreso del papa León XII, y no por ambición personal o petición de su parte». En cuanto a la solicitud de Salhorgne, para que, por razón de la edad y las enfermedades, sucediera a Baccari un nuevo visitador, el Secre­tario de Estado informaba de cómo el Prefecto de la Sagrada Congre­gación de Obispos y Regulares había hecho una visita a Monte Citorio. Deseaba ver por sí mismo, el estado de salud de Baccari, no menos que el de su administración como visitador. Según el informe de este cardenal, «el señor Baccari tiene todavía suficiente vigor de cuerpo y de espíritu para desempeñar el oficio de visitador. Las quejas recogidas en París contra él provienen sólo de dos o tres misioneros italianos descontentos. [Baccari] había tomado ya antes rigurosas medidas en relación con ellos, al objeto de mantener la observancia de la regla». Albani concluía diciendo que «el Santo Padre ha aprobado los detalles de este informe». Baccari continuó como visitador de la provincia romana hasta su muerte a los 87 años en 1834. Con esta decisión papal, advino otra frágil tregua cutre franceses e italianos.

La Notice de Étienne hizo caso omiso de las persistentes difi­cultades con Baccari tras su dimisión y salida de París. He aquí, sin embargo, lo que decía sobre la vuelta a un gobierno unido bajo Domingo Salhorgne:

Así terminó esta larga crisis que duró cerca de medio siglo y que, des­pués del derrumbamiento de la existencia material de la Congregación, amenazaba su existencia moral, quitándole su espíritu. Así la Compañía, socavada desde sus cimientos, se encontró restablecida sobre las bases y en las condiciones en las que la había establecido su santo Fundador. La Providencia manifestó una especial protección para con la Obra de san Vicente, apaciguando la tempestad que estuvo a punto de engullirla en un naufragio lamentable, haciéndola triunfar sobre las fuerzas de los hombres y del infierno. De este modo se cicatrizaron las crueles heridas, que los hijos ciegos y desnaturalizados habrían infringido a su madre, que los había llevado en su seno y los había alimentado con la leche de sus enseñanzas.

 

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