Juan-Bautista Etienne (XXXV)

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El legado de Juan-Bautista Étienne: «¡Qué poderío y qué autoridad… tan católica y tan francesa!»

Según se acercaba al fin la Notice, Étienne aprovechó una última oportunidad para, «como enseñanza a la posteridad», resumir las «pre­ciosas lecciones» encerradas «en el providencial conjunto de circuns­tancias que ha señalado la restauración de la Compañía».

Por lo que atañe a la Revolución Francesa, asegura que en aque­lla época la Congregación semejaba un árbol «necesitado de cercena­miento y de poda», para que llegara a ser todo lo fértil que «el divino jardinero» deseaba. Este pre-requisito de la divina horticultura expli­caba asimismo las «desdichas y dificultades que asediaron su restau­ración». Dios planeó aquella poda «con objeto de cercenar todo ele­mento que fuese extraño a la primitiva pureza» [de la Compañía]. Tras ser sometida a este tratamiento, la Congregación retornaría a su espíritu primitivo, y existiría exactamente como existió «cuando la formaron las manos de san Vicente». «Los venerables ancianos» —comentaba Étienne— que guiaron a la Congregación en la primera fase, no entendieron esta exigencia divina’. Aquellos hombres «soñaban sólo con restaurar la Congregación tal cual había sido antes de barrerla la Revolución». Este engañoso sueño explicaba «la esterilidad de los esfuerzos hechos durante años para devolver la vida y la fecundidad» a la Compañía. Los vicencianos que dice Etienne evocarían o no el pasado con la nostalgia que él presume. Sí eran, en cambio, demasiado viejos y estaban demasiado cansados, para regir la Congregación según entraba en su segundo cuarto el siglo XIX.

Le era a Étienne «fácil ver» la función providencial de aquellos antiguos misioneros. Sirvieron de «eslabón uniendo las antiguas tradi­ciones de la Congregación con la nueva existencia a que el cielo la des­tinaba». Pero Étienne concluía además que la Providencia tenía reser­vada «a la generación siguiente» [la de él mismo] la tarea de introducir a la Congregación «en la realización de sus hermosos destinos».

Como era de esperar, existía un hiato generacional entre quienes llegaron a adultos antes de la Revolución Francesa y quienes lo fueron después. En su estudio de la era de la Restauración, G. de Bertier de Sauvigny señaló una actitud común entre los ambiciosos jóvenes de la generación de Étienne. Según concluía la década de 1820, aquellos jóvenes estaban ansiosos por arrebatar «a los líderes de la generación precedente»‘ las riendas del poder económico, político, social, y religioso. Cincuenta años después recordaba Étienne cómo, en contraste con los «venerables ancianos», su generación «entendió el futuro’. Lo que su generación había buscado era: «prosperidad para los intereses de la Iglesia, y la salvación de las almas». Lo que aquella generación había entendido era: que tal búsqueda sólo podía realizarse mediante «una vuelta al espíritu primitivo». Y esa vuelta al espíritu primitivo sólo podía efectuarse «mediante la fidelidad a las enseñanzas inspiradas por nuestro santo fundador”.

Ahora bien, la importancia del espíritu primitivo no preocupaba únicamente a Étienne y a su generación. Sobre el tema escribió en 1832 D. Salhorgne. «¿Cómo ha sobrevivido hasta hoy la Congrega­ción?» —comentaba éste—. «Seríamos ingratos, si no reconociésemos que nuestro santo fundador ha intercedido poderosamente por las dos familias. Creo firmemente que seguirá protegiéndonos como a sus hijos. Lo hará si ve que imitamos sus virtudes y compartimos su espí­ritu. Este espíritu es el mismo que animó a sus primeros colaborado­res. Sé que ése es el espíritu primitivo de nuestra vocación”.

Mas adelante proseguía Salhorgne:

Nuestras santas reglas nos enseñan a conocer el espíritu propio y distin­tivo de nuestro estado; por la exactitud en su observancia es cómo llega­remos a conservar y adquirir este espíritu… No se puede ignorar que son obra de una elevada sabiduría y fruto de una larga experiencia. Su con­formidad con los consejos de perfección que nos da el Evangelio añade una autoridad de origen que nos debe motivar a estimarlas y respetarlas. Tengo todavía presentes en mi espíritu las palabras que me dirigió el asistente de la casa de San Lázaro, después de la emisión de mis votos, al ponerme en la mano el libro de nuestras reglas: Tómalas, me dice, he aquí el código según el cual seréis juzgado».

Salhorgne pasaba después a observar: «Dicen algunos que las reglas no nos obligan bajo pena de pecado». Y en su ataque a seme­jante suposición, preguntaba:

¿Quién lo dice? No son las almas fervorosas: estas no descuidan ningún punto de la regla. No son aquellos que desean progresar cada día en la virtud, pues saben que la fidelidad en las cosas pequeñas es el medio más eficaz para no ser infiel en las grandes. No son aquellos que aman verda­deramente su estado y se interesan en su vocación, ya que la transgresión frecuente de los menores artículos, si llega a ser común, introducirá el rela­jamiento y preparará su ruina… ¿Qué será de nuestra sociedad, si cada par­ticular, lleno de confianza en su propio juicio, se arrogase el derecho de descuidar las prácticas que estimase de poca importancia? Tendría bastan­tes imitadores. Los comportamientos que conducen a la relajación son con­tagiosos. Los ejercicios establecidos para alimentar las virtudes caerían pronto en desuso; las reglas más importantes dejarían de ser observadas por largo tiempo; la sociedad fallaría en la finalidad de su institución. He ahí como puede llegar a ser muy culpable, cuando se transgrede habitual y deli­beradamente reglas que no obligan por sí mismas bajo pena de pecado».

Étienne pensaba que la actitud combatida por Salhorgne era lo que diferenciaba a su generación de generaciones vicencianas más anti­guas. Alegaba que aquella generación suya no necesitaba ser urgida a creer en la importancia de la fidelidad descrita. «La nueva generación, argumentaba, no tuvo necesidad de ser estimulada: se indujo a sí mis­ma, como por instinto, a ponerlas en vigor y llevarlas a la práctica»’. Étienne lo recalcaba y decía: «Ahí está el secreto de todas las grandes cosas que hemos visto realizarse y será este mismo movimiento de espíritus que realizará todavía cosas mayores, si se mantiene en su fer­vor y si se comunica a las generaciones futuras».

La segunda lección, en el resumen final de Étienne, examinaba la naturaleza de la relación entre la Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad. «Sólo en nuestra era» —alegaba Étienne—»se ha patentizado2° la unión íntima que debe existir entre nuestra Compañía y la de las Hijas de la Caridad». Según él, antes «no se había entendido la razón de que san Vicente pusiera ambas instituciones bajo una misma cabeza». En una circular del 26 de mayo de 1844 a los misioneros comentaba Étienne: «Desde el momento en que he estado en situación de conocer esta interesante Institución, he podido captar la conexión íntima y necesaria que hay entre sus funciones y las nuestras, de las que no son más que el complemento, y he com­prendido la identidad de su espíritu con el de nuestra Compañía que hace que en realidad las dos familias de san Vicente no formen más que una sola, bajo una misma autoridad y con un mismo fin, que es la gloria de Dios y la salvación de los pobres».

En la carta circular del 26 de enero de 1870 a las Hijas de la Cari­dad decía Étienne:

El primer medio para aseguraros un glorioso futuro es mantener una fuerte unión con la Congregación de la Misión. La Congregación es vuestra madre, puesto que ella dio vida a vuestra Compañía. Ella la ha alimentado con sus enseñanzas, y la ha dirigido por la senda abierta ante ella. Ella os hizo capaces de obtener los más felices éxitos. Mediante los retiros periódicos, las visitas, las conferencias y otras maneras de servi­cio, renováis vuestro primitivo espíritu. Espíritu que vosotras difundís y mantenéis en todas vuestras casas. De ahí la admirable prosperidad que acompaña a todas vuestras obras. La prosperidad os acompaña a todas las partes del mundo. De este modo os conserváis en un estado que os capacita para realizar los designios de Dios. Es así, en una palabra, como la savia vital de la gracia de vuestra vocación circula por todas las ramas de ese árbol de caridad. Ramas que se extienden por varias partes del globo. En todos los climas producen los mismos frutos de bendición y salvación. Si priváis a esas ramas de esta savia vital, pronto veréis que se secan y mueren. Si alguna vez se separase de la Congregación vues­tra Compañía, pronto se extinguiría la vida. En vez de dar un espectácu­lo de edificación, el espectáculo sería de contiendas, divisiones, y escán­dalos. La experiencia ha probado esta verdad de manera demasiado convincente como para admitir duda alguna.

Y he aquí lo que decía Étienne en la Notice:

Son dos ríos de caridad partiendo de la misma fuente, fluyendo de mane­ra paralela, cada uno en su lecho propio, trazado por el Fundador, y reu­niendo, sin confundir sus aguas, los elementos de fertilidad que se con­tienen en su seno, para producir conjuntamente la abundancia de frutos de salvación en las regiones por donde se deslizan. La Compañía de la Misión, sin la de las Hijas de la Caridad, sería una obra esencialmente incompleta. Los misioneros establecidos en cualquier parte del mundo experimentan enseguida la necesidad de solicitar la ayuda de las Hijas de la Caridad, al comprender que sin su concurso son incapaces de obtener éxito en sus empresas. De su parte, la Compañía de las Hijas de la Cari­dad extraen su fecundidad de la fertilidad de la Misión.

Étienne concluía: «Cuando se considera toda la sabiduría de esta coordinación, por la cual estas dos familias forman una sola, y los medios ingeniosos por los cuales están unidas, se puede reconocer el esfuerzo admirable del genio de san Vicente de Paúl».

La razón de este éxito consistía en que, «siendo distinta la adminis­tración de cada familia, ambas reciben su dirección de una autoridad común, que reside en el sucesor de san Vicente». El respeto a «los dis­tintos derechos y obligaciones respectivas», prevenía cualquier con­flicto, y aseguraba «una sincera unión y mutua confianza» entre las dos ramas de la única familia de san Vicente. Étienne observaba que «nada se deja a la arbitrariedad, ni a la interpretación individual, ni a la volun­tad de cada uno. Todo está sometido al imperio de la Regla».

Esta «sabia y fuerte organización sostenida durante más doscien­tos años» había merecido a la doble familia «la admiración del mun­do y de la Iglesia». Según Étienne, había movido al papa Pío IX a lla­marla «permanente milagro de san Vicente». Era preciso atribuir «la actual prosperidad de la doble familia» al restablecimiento de la orga­nización dada a ella por san Vicente. El haber efectuado ese restable­cimiento garantizaba a la doble familia «la promesa de gracia y pro­tección del cielo». Étienne procedía a comentar: «Nos vemos así hoy como un ejército bien disciplinado, en marcha hacia el combate con­tra los poderes de los hombres y del infierno, seguros del triunfo”.

Ningún miedo, ninguna inquietud, ninguna aprensión nos detiene. Obedientes a la autoridad que viene de Dios, entendemos la verdad de estas palabras de san Vicente, miremos nosotros mucho por los inte­reses de Dios, y él mirará por los nuestros».

En sentir de Étienne, lo «verdaderamente maravilloso» en la orga­nización de la doble familia «era su poder de asimilación».

La doble familia forma hoy una extensa red que une a todas las naciona­lidades y constituye una única familia. Se dejan los usos y costumbres particulares. Todos adoptan un mismo lenguaje, aunque cada cuál se expresa en el propio idioma. La uniformidad hace que lleven la misma vida de comunidad, aun ejerciendo sus funciones en las más diversas regiones y climas. Obtienen el mismo éxito en las condiciones más dis­tintas de existencia. Todo ello ocurre sin repugnancia aun mínima, al contrario, felizmente. De un polo al otro, los Misioneros y las Hijas de la Caridad vuelven sin cesar ojos y corazones a sus casas-madre. De aquí reciben la dirección y el ejemplo que siguen… Por todo el mundo, la uni­formidad de medios les asegura idéntico éxito en la realización de idén­ticos destinos. Lo único que podría paralizar esta acción y fecundidad serían los prejuicios nacionalistas, la atención a cosas del mundo, y con­sideraciones meramente humanas. De todo ello nos ha desembarazado la uniformidad.

Al término de todo lo cual, sólo podía Étienne hacerse la pregun­ta retórica: «¿Hay en toda la historia de la Iglesia instituto alguno que haya cuajado en semejante maravilla?»

El «fin de nuestro instituto, cuyo celo abarca al clero y a los pueblos del mundo» —señalaba Étienne— responde exactamente a las necesidades de la Iglesia contemporánea. Ya había abierto la Pro­videncia una «ancha puerta a la gran obra» de la doble familia en «la transformación de la sociedad y su vuelta a la fe». Obispos y gobiernos por doquier se dieron cuenta «del bien efectuado» por la doble familia. Todo indicaba que esta obra «de regeneración» iba a proseguir y aumentar. No menos evidente es para Étienne que «el medio por el cual se logra todo esto es el espíritu de san Vicente, pues el espíritu de san Vicente es el espíritu del evangelio».

La gran «misión de salvación» exigía de los miembros de la doble familia «no tener otra regla de conducta que la que se funda en las enseñanzas de san Vicente’. La primera enseñanza de san Vicente era, según Étienne, «jamás tomar la iniciativa en empresa u obra algu­na, sino estar uno presto para seguir el camino mostrado por la volun­tad providente de Dios». En toda actividad, los Misioneros y las Her­manas debían confiarse a aquel que dijo, buscad primero el reino de Dios y su justicia». Era cosa del «amo de la viña» escoger los traba­jadores que deseaba emplear. Él asignaría luego a cada cuál las tareas que debía realizar36. Tal era «la condición esencial para el éxito de unos y otras».

Según Étienne, san Vicente enseñó la necesidad de dejarle a Dios solo «la iniciativa en sus obras;» enseñó asimismo la necesidad de evi­tar la «prisa» en la ejecución de aquellas. La Providencia, no sólo fija sus metas con claridad; provee además de medios para alcanzarlas con suavidad. Los actos de la Providencia «son siempre misteriosos». Contrariamente a «nuestra natural impaciencia», requieren de noso­tros fe y confianza. Cuando uno aprende por fin a esperar por la Providencia, «crece nuestra admiración al ver el rápido progreso». Es responsabilidad nuestra «plantar y regar». Queda reservado a la Pro­videncia de Dios determinar el rendimiento, «en interés de la gloria de Dios y del bien de las almas». No nos pide Dios éxito en nuestra acción, sino sólo que pongamos trabajo y entrega.

Retóricamente, se preguntaba aquí Étienne una vez más: «¿No hemos visto, en los veinte últimos años, a la aparente lentitud de la Providencia revelarse magníficamente fructífera?» Y de nuevo: «¿Qué inesperados sucesos brindaron a nuestras dos familias la oportunidad de realizar prodigios de entrega, como no se los recordaba o conocía desde su fundación?» Vena retórica ésta, en la cual proseguía,

¡Qué hermoso espectáculo han ofrecido al mundo durante las guerras de Crimea, de Italia, de México y de los Estados Unidos!’ ¡Qué afluencia de vocaciones ha venido a engrosar sus filas que ha permitido enviar numerosas colonias a los lugares más lejanos! ¡Qué expansión en todo el universo con gran asombro y admiración de todos! ¡Qué bellos resulta­dos obtenidos por los Misioneros, en los seminarios y en las Misiones, sea en los campos, sea entre los infieles y los herejes; y por las Hijas de la Caridad, en los hospitales, civiles o militares, en medio del contagio y en los campos de batalla; en las escuelas y en los obradores; en los patronazgos y en las asociaciones de Hijas de María o de Madres Cristianas! Ahora bien, esta hermosa mies de frutos de salvación, que recolectamos en el día de hoy, ha sido preparada durante treinta años de espera, de tra­bajos, de sufrimientos y de pruebas de todo género'»

Y Étienne lo compendiaba todo así: «La Providencia tiene sus momentos como sus planes para llegar al cumplimiento de sus desig­nios. Nuestro deber es alcanzar los unos y secundar los otros: y si no nos atenemos a este camino el éxito no está asegurado».

Según Étienne, san Vicente recomendaba que «en el cumplimiento de la misión que se nos ha confiado, utilicemos los mismos medios de los que se sirvió Nuestro Señor, es decir, la humildad, la modestia y el bus­car siempre la gloria de Dios, haciendo abstracción de nuestro propio interés y de la consideración de los hombres». «Según el pensamiento de nuestro Fundador, si debemos buscar para nuestra Compañía la esti­ma y la consideración, que sea por el buen olor de las virtudes, por la edificación que brota de nuestras obras, y no por el empleo de medios humanos». «Él no aprobaba el uso de la publicidad para extender la fama de la Congregación y los éxitos de sus funciones. Si entrase en los designios de la Providencia que el gran público los llegase a conocer, ella misma encontraría los medios para informarle». De nuevo, según Etienne, la verdad de esta enseñanza había sido demostrada por la experiencia. «No hemos publicado nada acerca del éxito de nuestras obras hasta el presente, y, sin embargo, el ruido de todo ello se ha extendido hasta las extremidades del mundo, ya que de todas partes se reclama a nuestros misioneros y a las Hijas de la Caridad. Si queremos que el árbol de nuestra doble Famlia crezca y que extienda muy lejos sus ramas pletóricas de fertilidad, será necesario que sus raíces estén ocul­tas y se hundan profundamente en la tierra de la humildad».

Otro corolario de este principio, en la mente de Étienne, «que debe­mos mostrarnos por todas partes sencillos y modestos, enemigos de toda controversia, así como de toda pretensión, ajenos a todas las opi­niones que dividen a los hombres. Por esta manera de comportarnos obtendremos la simpatía de todos los pueblos, y los partidos políticos nos considerarán como inofensivos, no proyectando sombras sobre ninguna forma de gobierno. Esta actitud nos facilita hacer el bien y nos preserva de toda oposición por parte del mundo». «Esta sencillez atrae los corazones y la benevolencia de los hombres y, en consecuen­cia, un poder de persuasión que produce los más gozosos frutos».

Así fue como, según Étienne, el Señor «atrajo a gente ávida de oír sus palabras y de asimilar sus enseñanzas». Únicamente en los fari­seos y sumos sacerdotes tuvo enemigos el Señor, cuya vida y enseñan­zas «eran la condena de su orgullo y ambición». Sin duda, observaba Étienne, «como estaba predicho por el Señor, seremos al igual que Él objeto de calumnias». Si otros echan a mala parte «nuestra actitud y manera de juzgar», experimentaremos oposición por parte de quienes debieran sostenemos y defendernos. Como el Señor, la Congregación «deberá sufrir esas tribulaciones en silencio, y sobrellevar con pacien­cia todos los ataques dirigidos contra nosotros». Étienne volvía aquí sobre una cita de san Vicente que le era muy cara: «La calumnia siem­pre redunda en bien de quien la acepta en silencio, y la hostilidad humana es una indicación de las bendiciones y del éxito que Dios nos tiene reservados». Por esta razón debía la doble familia atribuir «escasa importancia» a lo que el mundo pensara o dijera sobre ella.

Ella debe pensar sólo en edificar al mundo por su conducta sensata, reservada y modesta, «no teniendo otra ambición que la de hacer el bien por todo el mundo». En medio de las «vicisitudes de la huma­nidad», Étienne recordaba a sus lectores la certidumbre que Cristo inspira: Tened valor. Yo he vencido al mundo».

Étienne aducía la experiencia contemporánea de la doble familia en la Italia unificada, para demostrar «la fuerza de este principio». «En Italia en donde todas las instituciones religiosas han sido suprimidas por la revolución, vemos a las Hijas de la Caridad multiplicarse y establecerse por todas partes sobre las ruinas; por otra parte, los misioneros, despojados de sus bienes y expulsados de sus casas, se entregan tranquilamente a la obra de las misiones en el campo, traba­jan en la regeneración del clero, y todos conjuntamente, gozando del afecto de los pueblos y de la consideración de las autoridades, cum­plen su doble misión, en la calma y en la paz, esperando con pacien­cia tiempos mejores».

Del mismo modo sucederá en todos los lugares del mundo, si sabemos, en nuestro comportamiento, inspirarnos en las máximas evangélicas de San Vicente. Su espíritu, que es el mismo del Evange­lio, atravesará como éste los siglos, y las revoluciones no podrán jamás vencerle ni alterar su poder en obras y en palabras.

E. UDOVIC

CEME

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