Juan-Bautista Etienne (XXXII)

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Etienne demanda a los españoles: «Es una cuestión de vida o muerte»

Los gobiernos liberales y anticlericales suprimieron la provincia española en dos ocasiones: 1835 y 1868. Las dos veces huyeron a Francia y a otras regiones’ muchos Padres y Hermanos. Las provincias españolas, que estaban haciendo frente a situaciones problemáticas, cre­adas por aquellos gobiernos, y aun a violentas revoluciones, se enfren­taron además, durante dos décadas (1850…, 1860…), con otro adver­sario implacable: Étienne. En su calidad de superior general, Étienne procedió a aplastar todo brote, aun mínimo, de nacionalismo español.

Étienne evocó en la Notice la dedicación del santuario del Berceau el año 1864, como un suceso «que encerraba un misterio oculto de la Providencia, el cual sólo más adelante se revelaría». Refería cómo, «en el momento mismo» de la dedicación, se terminaba de ten­der una línea férrea que unía a París con Madrid. Cuando la revolu­ción de 1868 causó la dispersión de los vicencianos españoles, éstos descubrieron «que Dios ya les tenía preparado un refugio’. Semina­ristas y estudiantes huyeron de Madrid por el ferrocarril al Berceau44. Su presencia allí, asegura Étienne, dio lugar «a que esta nueva gene­ración de la provincia española pudo inspirarse en las máximas y en el espíritu del santo Fundador». Esta formación «les preparó para tomar una amplia parte en los destinos de la Compañía en relación con la obra de las misiones extranjeras». De este modo llegó a ser el Ber-ceau «un lazo que unirá estrechamente a los Misioneros españoles con los franceses en el trabajo común de la regeneración del clero y de los pueblos…: misión manifiestamente reservada a nuestra Compañía por la Providencia». Los misioneros españoles y franceses necesitaban una «unión más estrecha». Étienne esperaba con toda su alma, que «la nueva generación» de la provincia española se demostrara de un manejo más fácil, que la de sus predecesores.

El lapso que va del restablecimiento de la Congregación en Espa­ña el año 1851 y la disolución del año 1868, lo fue de lucha naciona­lista casi ininterrumpida entre la mayoría de misioneros españoles, muchas Hijas de la Caridad españolas, y Étienne. El gobierno espa­ñol, la reina, la Santa Sede, el gobierno francés, los obispos de Espa­ña, bastantes miembros de la nobleza, diputados a Cortes, las autori­dades coloniales de Cuba y de Filipinas, la prensa de la nación, todos estuvieron implicados en una contienda de gran publicidad. Las batallas anteriormente libradas entre franceses e italianos pierden su relevancia en comparación con éstas. Asimismo dentro de las provincias españolas surgió una fiera división entre Misioneros y Hermanas pro- y anti-franceses.

Tomando como ejemplo la primera campaña, 1855-1856, ésta concluye con la victoria francesa, y Buenaventura Armengol es depuesto y expulsado. Con el respaldo inicial de la corona, Armen-gol había elevado a la Santa Sede la solicitud de que se desligara de la autoridad francesa a la provincia española. Étienne contraatacó viajando a Roma y a España para presentar su caso. El superior general remitió al gobierno español uno de sus célebres memorándums, con detalles de la «desolación y anarquía» causadas por Armen-gol, en su intentona cismática. «Los beneficios de la autoridad pater­nal del sucesor de san Vicente» eran objeto de alta glosa:

Nada tiene que temer el gobierno español, de que el superior general ejerza su autoridad en España. El único empeño de la doble familia de san Vicente es cumplir con su misión caritativa. Su llamada consiste en llevar alivio e instrucción moral a las clases inferiores de la sociedad. Actúa en toda Europa y en ultramar, atenta exclusivamente a los come­tidos de su vocación. Esta es la razón de que tengan la estima y la sim­patía, no sólo de los gobiernos, sino también de las poblaciones. En el ejercicio de su autoridad mundial, el superior general se propone sólo dar expresión… a la caridad de san Vicente de Paúl… y suministrar a las provincias aquella dirección que es la sola capaz de garantizar el éxito…

En todas partes tiene libertad para ejercerla. Ya ha visitado las diversas provincias, sin que jamás hayan surgido problemas con el gobierno de nación alguna. Si es francés, es porque san Vicente de Paúl lo fue. Si está en París la sede de su autoridad, es porque allí la estableció el santo… Si en todos los países depende la Compañía del mismo superior general, es porque semejante arreglo le confiere unidad de acción y de miras… Es lo que prolonga la obra comenzada por san Vicente, y ha estado en vigor los últimos doscientos años. La solicitud del general abarca Bélgica, Prusia, Austria, Toscana, Estados Pontificios, Estados Unidos, Brasil, Chile, Grecia, y Turquía, sin que jamás haya chocado con los respectivos gobiernos.

Alegaba Étienne que, «según la organizó san Vicente de Paúl», la Compañía «respetaba perfectamente las nacionalidades que la compo­nían». Cada país formaba una provincia propia, con superiores propios y propia administración central, «la cual observaba las leyes vigentes en la nación». Étienne aseguraba que las relaciones del superior general con cada provincia concernían solamente al «régimen interno de la comunidad», «no colisionaban con nacionalidad alguna ni con la legis­lación de ningún país». Y concluía puntualizando que redundaba en interés del propio gobierno español «reconocer libertad de acción al superior general. Este era el único medio de que se extendieran y multiplicaran los beneficios del instituto que dirige».

Con su autoridad mantenida por la Santa Sede y por el gobierno español, Étienne acometió la purga de la provincia de España. Suma­riamente expulsó de la Congregación a Armengol y a varios otros oponentes de vanguardia. Expulsó asimismo a algunos estudiantes y hermanos levantiscos. Sin embargo, este primer asalto victorioso y los pasos subsiguientes poco hicieron para aplacar el antagonismo franco/español, que no cesó de carcomer las provincias españolas.

Al comenzar la década de 1860 estalló de nuevo un grave conflicto. Su motivo fue el haber determinado Étienne imponer la uniformidad a las provincias españolas. El empeño formaba parte de un plan más amplio para la Compañía, plan galicano y anti-nacionalista que se articulaba en las declaraciones introductorias a la asamblea general de 1861:

La unidad es el principio de vida de la Compañía. Su expresión es la fidelidad de todos los miembros a la cabeza. No puede haber unidad completa más que por la uniformidad. Teóricamente hay uniformidad en todas partes. Pero ¿existe en la práctica? ¿No hay ciertas provincias, donde el espíritu de nacionalidad ha desembocado en discrepancias con relación a la casa-madre? … Señores, este espíritu de nacionalidad es esencialmente contrario a la unidad que debe hacer de todas las provin­cias, y de todos los misioneros, una única familia. A esta familia única debe siempre animarla y distinguirla el mismo espíritu. Debemos tener una única manera de pensar, de hablar, de actuar. Dios escogió a Francia para que en ella naciera la Compañía. Tuvo sus razones al hacerlo. Esta circunstancia entró en los planes de la Providencia. Este designio, no sólo inspiró a san Vicente en la concepción de nuestras constituciones y reglas, sino que ha inspirado además nuestras máximas, usos y costum­bres. Desde Francia, la Compañía se extendió a otras partes de la tierra, con el mismo espíritu y bajo las mismas condiciones que la distinguen aquí. La Compañía no ha de adoptar el espíritu y los hábitos de otros pueblos, sino que ha de implantar en ellos sus costumbres e instituciones particulares. No aceptamos sus formas, más bien pretendemos persuadir­les que acepten las nuestras para hacerles bien. La Compañía tiene que llegar al mundo entero. No como lo hace un río, el cual fluye y se aleja más y más de sus fuentes, perdiendo así su sencillez y virtud. Más bien debe compararse al sol, cuyos rayos atraviesan las sombras y la oscuri­dad, sin que pierdan su brillo ni su calor natural.

Y Étienne procedía a comentar,

Un espíritu nacionalista tenderá a justificar cambios en nuestra manera de pensar y actuar. Esos cambios violarán las costumbres y tradiciones que siempre observó la Compañía. Serán cambios en los que difieran luego unas de otras las provincias. Los cambios en comportamiento exterior inevitablemente alteran la esencia del espíritu interior. I le visto lo cierto que es. He ahí un mal —lo repito—, contra el que debemos actuar. Esto es particularmente cierto, si queremos que la Compañía cumpla dignamente con su misión entre todos los pueblos. Lo creo un mal que encierra graves peligros para nosotros. Veo los resultados magníficos que da la absoluta uniformidad vigente por doquier entre las Hijas de la Caridad. Hoy su estilo de vida, la manera como se despliegan sus obras, sus costumbres, sus máximas, todo es lo mismo en todas partes. Carecen de importancia qué lengua hablen, o en qué clima viven. Adoptaron medidas que han logrado la uniformidad total con la casa madre. No permiten excepciones. Por esta razón ha bendecido Dios a las Hermanas en todas partes. Dios premia el generoso sacrificio que hicieron, dejando sus costumbres nacionales y adoptando aquellas que san Vicente esta­bleció para su Compañía.

«La historia de la Iglesia» —aseguraba Étienne— «nunca antes vio una comunidad que experimentase un éxito tan hermoso por virtud de la uniformidad». He aquí, pues, la pregunta que dirigía él a la asam­blea general: «Los bellos resultados que da la uniformidad de nuestras Hermanas, ¿no nos brindan un poderoso motivo para imitarlas y, por ese medio, asegurar a nuestras obras un despliegue y una prosperidad similares?».

Tal es la ideología que explica, por ejemplo, por qué preocupa a Étienne persuadir a las Hijas de la Caridad españolas para que dejen su hábito y toca distintivos y adopten el hábito francés y la corneta. El sometimiento en este particular sería preludio del subsiguiente acomo­do a todas las demás costumbres, de las que eran modelo las Herma­nas francesas de la casa-madre. En 1856, para demostrar su baja esti­ma de las Hijas de la Caridad españolas, Étienne fundó una casa rival de Hijas de la Caridad francesas en Madrid. Este establecimiento dependía directamente de París. Étienne declaró ser propósito suyo, al establecer esta casa francesa, «que sirviese de escuela para las Her­manas españolas, y de ejemplo que imitar para toda España».

Cuando los delegados españoles, y el propio Étienne, hicieron relación de lo deliberado por la asamblea general de 1861, el descontento de la provincia alcanzó cotas aún más altas. Un misionero español, Nicolás Armair, ha dejado una amplia exposición, en la cual se plasman los sentimientos del sector opuesto a Étienne y a lo fran­cés dentro de la provincia’. Armair atribuía los problemas de la déca­da anterior (1850…) a un «proceder del superior general que no era ni justo, ni razonable, ni equitativo». En cuanto a las causas de la reno­vada alteración, Armair las achacaba a «las innovaciones del superior general». La primera y «exótica» innovación de Étienne era, según Armair y la facción anti-francesa, su apego a una rígida noción de uniformidad galicana dentro de la Compañía.

Armair acusaba a Étienne de incapacidad para distinguir, como se supone distinguió san Vicente, entre las reglas, las prácticas, y las costumbres que eran «esenciales», y aquellas que eran meramente «accidentales»72. Y procedía a criticar el arquetipo en que Étienne erigía a la casa-madre de París.

¿Ha de ser la casa de París el modelo que todas la demás casas deben imitar? ¿Qué razones hay para ello? ¿Simplemente porque así llama a aquella casa] el general? Será sin duda casa-madre para las casas de Francia. Pues los españoles, italianos y demás, no conocen más casa-madre que la de sus respectivas provincias. Cierto, el general y los asistentes residen en París, mas esto no confiere estado especial a aquella casa en la que aciertan a residir. El general y los asistentes podrían igual mente residir en Roma».

Mientras que San Lázaro, en cuanto fundado por san Vicente, hubiera sido un modelo que todos imitaran —argüía Armair—, no era tal modelo la casa de París. Y hacía un cotejo poco favorable entre la sencillez y pobreza, que él creía caracterizaron al antiguo San Lázaro, con el lujo, la comodidad y la mesa del nuevo». «¿Y esa es la casa que el general propone como modelo, para que todos la imiten?» —comentaba Armair—            «¡Oh Dios santo! … ¡Ay de nuestra pobre Congregación!».

El decreto de la asamblea en lo tocante al seminario interno de las provincias resultaba para Armair y otros misioneros españoles una pastilla inflamable. En el discurso introductorio y en una circular pos­terior, había pergeñado Étienne el papel de los seminarios internos de la Congregación. Eran lugares donde «tiene lugar la fiel transmisión de las tradiciones y del espíritu de la Compañía a generaciones suce­sivas de nuevos misioneros.

Sólo con repugnancia concedía Étienne, que las distancias imposibi­litaban el que hubiese en la casa-madre un único seminario interno para toda la Congregación. Esta circunstancia hacía necesario para ciertas provincias distantes, el tener seminario interno propio. Ahora bien, don­de tal fuere el caso, el seminario interno debía considerarse «nada más un anexo del de París». Tales seminarios «debían ser copias fieles de aquél, y seguir idénticas reglas y establecidos en las mismas condiciones». El general aducía con aprobación el ejemplo de Portugal, Irlanda, Prusia, y Austria, provincias todas que habían renunciado a tener seminario inter­no propio. Estas provincias enviaban todos los años sus candidatos a París. Como mínimo, argumentaba Étienne, debía haber adquirido en París suficiente preparación el director del seminario interno».

Armair aseguraba que «estos decretos causaron alarma en cuantos los leyeron… pues acarrearían la ruina a nuestra Congregación en España”. Los visitadores de cuatro provincias europeas —declaraba Armair— habían convenido en mandar sus candidatos a París sólo «para aplacar a un general francés». El peligro de este acomodo esta­ba en que, «poco a poco el general realice sus deseos sin oposición, y todos sean afrancesados». Exacerbaba a los españoles la insinuación de que su formación vicenciana hubiera sido defectuosa. Armair ter­minaba diciendo: «Creo que ninguno, por cuyas venas fluya sangre española, acatará lo que se ha hecho. Si esto ha conducido a que aumente la agitación, la culpa es del general y de los que optan por apoyar sus planes».

En estas controversias jugaron un papel crucial los obispos». Pidieron a la Santa Sede que, atenta a la «justicia» y «al interés nacio­nal», interviniese y liberase a los misioneros y Hermanas de España del «el yugo de Francia». En diciembre de 1862 escribía a Etienne el nuncio de Su Santidad en España, Lorenzo Barili. Le informaba de que la Santa Sede había ordenado una visita apostólica de la doble familia en España86. Étienne contestó, ostentando su acogida para con la intervención papal y la oportunidad «de restaurar la calma y la unión en los espíritus de esta provincia»87. Escribía además: «En razón de esta medida, estimo yo deber abstenerme de toda acción administrativa en relación con la provincia. La superiora general de las Hijas de la Caridad se atendrá a esa misma norma de conducta, hasta tanto sepamos los resultados de la visita y de la decisión de Su Santidad».

El nuncio formuló un número de cuestiones, que los visitadores apostólicos debían proponer a cada Hermana y a cada misionero:

  1. En relación con la vida interior o la administración del Instituto, ¿ha advertido si alguien introdujo novedades extranjeras o costum­bres españolas, contrarias a las reglas de vuestro santo fundador, san Vicente de Paúl?
  2. ¿Le consta de las razones y motivos que, en 1855, indujeran a algu­nos padres a pedir se desvinculase del superior general a la Congre­gación en España?
  3. ¿Cuál es el estado actual de la Congregación? ¿Qué pasos son nece­sarios, para lograr un contento mayor? ¿Cuál es la opinión general de los padres con respecto a estos puntos? ¿Cuál es la opinión de usted?
  4. ¿Tiene alguna razón particular para oponerse a sus superiores? ¿Hay algo que turba su conciencia, y podría inducirle a dejar la Congregación?
  5. ¿Sabe de algún conflicto existente entre las Hijas de la Caridad? En caso afirmativo, ¿Cómo explica su naturaleza y origen? ¿Qué medios juzga más eficaces para mantener entre ellas la tranquilidad?
  6. ¿Sabe de alguien que haya urgido a las Hijas de la Caridad a cambiar el actual hábito? En caso afirmativo, ¿quién lo ha hecho?

La visita apostólica ocupó los años 1863 y 1864, tal como había predicho Etienne. Mientras que el superior general se abstuvo de toda comunicación oficial con las provincias españolas, miembros legitimistas de ellas, Padres y Hermanas, sostenían con él asidua correspondencia. Sus cartas mantenían informado a Etienne. Etienne presumía —según escribió—, que la visita apostólica no daría por resultado el separarse la provincia española de la autoridad francesa. Era sin embargo gran temor suyo, que «la Santa Sede permitiera a las hermanas españolas continuar vistiendo su hábito distintivo». Este permiso —tal era su sentir— sería desastroso, y «equivaldría a separar­las oficialmente de la Compañía».

Étienne confiaba en que la Santa Sede «deje que apele yo a mi mejor juicio y prudencia, espere la circunstancia particular que me lo permita, y haga desaparecer esta disconformidad». «Una única palabra en este sentido que provenga de Roma, haría un inmenso bien y abriría un magnífico y próspero porvenir a esa provincia» —manifestaba Etienne. Según previsión suya, con que las Hermanas españolas aceptasen esta uniformidad, «sus vocaciones serían muchas y firmes». Aseguraba que, con verdaderas vocaciones como éstas, «podría yo responder a las peti­ciones que constantemente recibo. Podría llenar de verdaderas Hijas de la Caridad y misioneros las anteriores posesiones españolas en América del Sur». La demora en la obtención de resultados era, según él, cosa del nuncio, aparte del deterioro en la situación política de España».

En junio de 1864, Étienne fue citado a Roma: Pío IX le recibiría en audiencia. El general dijo haber permitido al pontífice ser el prime­ro en suscitar la cuestión de las controversias españolas e invitarle a exponer su posición. «El Papa» —así Étienne— «escuchó atentamente todo cuanto dije, y entiende la importancia de la uniformidad». «Pronto pondrá fin el Sumo Pontífice a este asunto», concluía Étienne con optimismo.

El general tuvo al día siguiente una reunión con el pontificio Secretario de Estado, cardenal Jacobo Antonelli. Según el informe de Étienne, el cardenal «comparte nuestra visión del caso». «Parece que desea también él una pronta terminación del asunto» —concluía—, «y que admite nuestro punto de vista como único razonable. Todos advierten ahora que [los rebeldes españoles] tomaron la senda equivo­cada, y que se han engañado».

Por fin, a comienzos de 1865, llegaba a París la noticia de otra victoria más para Étienne. El 3 de febrero escribía Mariano Maller: «Su Santidad ha expresado el deseo de ver a las Hermanas españolas cambiar su hábito por el que las Hermanas llevan en otros países. Se deja a los superiores el momento y los medios de efectuar la vuelta a la uniformidad». El Sumo Pontífice declaraba además que, «en España, el superior general tiene toda aquella autoridad que le reconocen las reglas y las constituciones de la Congregación». Ahora bien, recomendaba a Étienne la Santa Sede que procediese cautamente. Esto significaba «dar lugar a un razonable lapso que preparase a todos los espíritus: Hermanas, misioneros, obispos. Maller concluía triunfante: «Es todo cuanto queríamos. No hemos tenido que ceder nada».

Etienne escribía de inmediato al procurador general ante la Santa Sede, Juan Guarini:

Deseo agradecerle la buena nueva que me ha comunicado sobre el asunto español. Esperemos que sea por fin una buena solución. No se preocupe por las medidas que yo ahora tome. Cuento con experiencia bastante para entender, que nada se gana actuando con precipitación. Antes de comenzar reforma alguna, hay que averiguar si las personas afectadas están dispuestas a aceptarla. Cuando lo estén, habrá llegado el momento designado por la Providencia. Ahora que la Santa Sede ha esta­blecido el principio (le reforma, podemos tomarnos todo el tiempo que necesitemos para su aplicación. Que  [sic] va piano, va Sano.

Etienne fue fiel a su promesa, y restableció una paz difícil en la doble familia de España. El general nombró al fiable Maller como visitador de los misioneros y director de las Hijas de la Caridad. Los antagonismos franco-españoles ya no rebrotarían en vida de Étienne: la contienda se desvaneció temporalmente en la revolu­ción de 1868, con la supresión de la provincia española.

E. UDOVIC

CEME

 

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