La era Étienne: «La aurora de una nueva era se reveló pronto por doquier»
Étienne y Aladel estaban de vuelta en París el 18 de marzo. Al día siguiente enviaba Poussou las cartas que convocaban la asamblea general, la cual debía abrirse en la casa-madre el 1 de agosto. El 24 de marzo emitía asimismo el vicario general una circular, anunciando el acuerdo de Roma y la licencia del Papa para que se reuniera la asamblea general.
Debernos dar vivas gracias al Señor, porque la larga y violenta tempestad, que ha agitado la familia de san Vicente, ha pasado, o al menos no parece inspirar serios temores… Tengo la confianza de que esta feliz noticia bastará para disipar todas las inquietudes y calmar todos los temores que hayan podido existir hasta el presente… Lo que importa en este momento, lo que es urgente e indispensable, es darnos cuenta, los unos y los otros, de la importancia de lo que nos falta por hacer para restablecer enteramente la calma en las dos familias de san Vicente… Lo verdaderamente urgente y esencial es obtener de Dios mediante fervientes oraciones, y merecer por la excelencia de nuestras disposiciones, que reúna el voto de nuestros misioneros sobre la cabeza del más digno de llegar a ser el Padre de los numerosos hijos de san Vicente y el más capaz de guiarlos por los caminos de la salvación.
El 4 de agosto de 1843, en la cuarta sesión de la XIX Asamblea General, los delegados eligieron a Juan-Bautista Étienne como XIV Superior General de la Congregación. Le dio la victoria la primera votación, con 21 de los 30 votos posibles. El nuevo general, de 42 años, retendría este cargo hasta su muerte, el 12 de marzo de 1874. Las actas de la sesión electoral concluyen con una cita que seguramente expresa el cordial sentir de muchos miembros de la asamblea: Ecce quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum, «Ved qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos». Apenas clausurada la asamblea general, Étienne cuidó de notificar su elección al gobierno. El Ministro de Cultos recomendó que fuese ratificada la elección de Étienne. Así pues, el 26 de septiembre de 1843, Luis-Felipe emitía una real orden, según la cual «se acepta la elección del señor Étienne como superior general de la Congregación de San Lázaro».
Étienne consideraba la asamblea general de 1843 como otro «punto de partida» para la «hermosa e importante misión que Dios, en los designios de misericordia, nos tenía reservada”. En el momento de su elección —recordaba Étienne—, «sin saberlo, estábamos acercándonos a una era, en que conmocionarían a toda Europa y sacudirían hasta los cimientos el edificio social, graves acontecimientos políticos». Étienne advertía cómo, justo antes de la revolución de 1830, se había manifestado la protección divina para con la doble familia en la revelación de la Medalla Milagrosa. Y había aún, en el recuerdo de Étienne, otra oportuna indicación del favor divino, anterior a la era revolucionaria que, tan inesperadamente, cundió por Europa en 1848.
Esta nueva manifestación devocional advino en apariciones de Jesucristo y de la Virgen María. La primera visión data del 18 de julio de 1846. La vidente era una Hija de la Caridad. En esta aparición, repetida y luego completada por otras, Jesús se mostraba extendiendo las manos sosteniendo un escapulario. Una pieza del escapulario mostraba los instrumentos de la Pasión, rodeados de las palabras, ¡Santa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, sálvanos! La otra pieza ostentaba los sagrados corazones de Jesús y de María, el primero rodeado de una corona de espinas, traspasado por una espada el segundo, y alrededor de ambos las palabras, ¡Sagrados corazones de Jesús y de María, protegednos!
El siguiente mes de septiembre, en la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, la aparición del escapulario se repitió, esta vez con un mensaje adicional de Jesús: «Solo los sacerdotes de la Misión deben imponer este escapulario». «Cuantos lleven uno que ellos hayan bendecido» —proseguía el mensaje—, «recibirán todos los viernes la remisión de sus pecados, y un gran aumento de fe, esperanza y caridad». La Hermana refirió de inmediato todos los particulares de las referidas apariciones a Étienne, como a quien era superior general. Iste nunca dudó de su autenticidad.
Un año después iba Étienne a Roma, para ser recibido en una primera audiencia por el recién elegido Pío IX. Étienne expuso al Sumo Pontífice la nueva devoción16. No bien había regresado Étienne a París, cuando recibió un rescripto papal, concediendo indulgencias a cuantos llevasen el escapulario. He aquí el comentario de Étienne, en su circular del 1 de enero de 1848: «Os diré que quedé impresionado por la facilidad con que esta nueva devoción ha recibido la aprobación del Soberano Pontífice y he visto en ello la prueba más sensible de la intervención divina»’. «Me siento urgido, —proseguía— a sacar de este nuevo favor las consideraciones que deben ser el objeto de los votos que yo formulo para vosotros en la apertura de este nuevo año». Concluía «que san Vicente vería en esta señal una enseñanza que Nuestro Señor nos quiere dar, y que nos debe servir para ser capaces de responder a sus designios». Aquel favor «es como una luz que se eleva en medio de las ilusiones que nos rodean, para indicarnos la ruta que debemos seguir».
«A juicio de Étienne, nuestro santo Fundador vivió en una época muy semejante a la nuestra». «Fue testigo de cómo la fe se extinguía y de los grandes males que afligían a la Iglesia». «Pero nunca atribuyó estos males a maquinaciones políticas, ni tampoco a los esfuerzos de los enemigos de la religión»21… «No veía otra causa que las iniquidades que cubrían la tierra y provocaban la justicia divina»22. Esta creencia le llevaba a la conclusión de que los únicos medios capaces de hacer frente a problemas semejantes, eran aquellos que atrajesen la misericordia de Dios, es decir «la oración y la penitencia». Aquí entraba en juego el mensaje puramente devocional y decididamente apolítico del escapulario rojo, como lo había transmitido Sor Andriveau. Era un mensaje franco: «La Pasión de Jesucristo será la que convierta a los pecadores y reanime la fe de los justos”.
Aunque retóricas, algunas preguntas y respuestas de Étienne eran:
Nuestro divino Salvador recordándonos su vida tan laboriosa y su dolorosa Pasión, ¿no parece tener la intención de que nos revistamos más eficazmente de su espíritu con el fin de que estemos mejor dispuestos a la ejecución de sus designios sobre nosotros? ¿No nos quiere preparar, como lo hizo con sus apóstoles, a correr la carrera de los trabajos, de las dificultades y tribulaciones que la desgracia de los tiempos que vivimos nos reserva? Ciertamente que su propósito es establecer en nosotros la convicción de que las armas de las que debemos hacer uso en los combates del Señor son la paciencia, la humildad, la dulzura, la caridad, la conformidad con su divina voluntad y el abandono a su misericordiosa Provincia, y con estas armas nosotros estamos seguros de triunfar siempre frente a las fuerzas del infierno.
Según Étienne, san Vicente, acostumbrado a elevar su espíritu por encima de las disputas de los partidos que agitan el mundo, contemplaba desde la fe los acontecimientos que pasaban delante de sus ojos. Sabía que el que puso al mar unos límites, que sus olas deben respetar, ha determinado también dónde debe detenerse el poder del infierno que se opone a su gloria; y que incluso, por un secreto de su admirable sabiduría, sabe hacer que sirvan al triunfo de la religión los más violentos ataques contra ella. He aquí el porqué trató siempre de no mezclarse en las cuestiones que agitaban la sociedad en medio de la cual vivía. He aquí porqué también mientras que todas las instituciones se reducían a escombros en torno a él, construía sobre la roca el edificio de las dos familias, que debía atravesar los siglos y sobrevivir a todas las turbulencias del orden social.
Étienne admitía estar impresionado por una afirmación de san Vicente, «que atribuía a los pecados de la gente las calamidades que afligían a ésta». Advertía cómo el santo había dicho también que «la destrucción de las comunidades [religiosas] era resultado de los abusos introducidos en ellas». A su vez, los referidos «abusos» fluían de la «alteración del espíritu que debiera animarlas».
Étienne definía las comunidades religiosas como «instituciones suscitadas por Dios para servir a la Iglesia, cada una según el propio espíritu». Veía este espíritu como «alma que da vida al cuerpo, cuyos movimientos eficazmente dirige». Creía Étienne que, «si una comunidad conserva el espíritu en toda su integridad, tiene la existencia asegurada». Una comunidad como esa «resistirá a todo acto violento que intente destruirla, porque la gloria de Dios está interesa da en su conservación». Pero en caso contrario, «si causare una alienación en su espíritu el relajamiento en la observancia de la regla entonces cesa de justificarse la existencia de aquella comunidad «¿Qué interés hallaría la gloria de Dios en su conservación?» preguntaba Etienne—. Una comunidad así debilitada interiormente se vería pronto derrotada por ataques exteriores y se desplomaría, dejando sólo ruinas. Ruinas que atestiguarían, no la «maldad de los hombres», sino «el justo castigo de Dios, a quien han servido de instrumento hombres mortales». «Espero» —comentaba Étienne— «que esta reflexión de nuestro santo fundador cause en ustedes una impresión igual a la que ha causado en mí, y que les inspire la resolución generosa de hacer que desaparezca del seno de la Compañía cualquier cosa capaz de alterar su espíritu».
La Notice de Étienne refería cómo fue al cabo de algo más de un mes de emitida la circular, en febrero de 1848, cuando estalló en París una vez más la revolución. Luis-Felipe, que contaba 75 años, vio su monarquía orleanista reemplazada por la II República. «Con la velocidad de la corriente eléctrica», este vuelco «esparció su influencia devastadora por todos los pueblos de Europa. Debilitó o aun derribó tronos por doquier, y difundió las más subversivas doctrinas, que amenazaban con destruir la sociedad». En su estela, «fue total la anarquía, y todo parecía perdido para la religión y el orden social». Los propios Estados Pontificios quedaron a merced de revolucionarios, que proclamaron la república en Roma. Pío IX huyó precipitadamente al vecino reino borbónico de Nápoles.
Ahora bien, Étienne señalaba que esta «terrible revolución, que sacudió a los espíritus más valerosos y sólo parecía sugerir una inminente ruina», se convirtió en otro «punto de partida» providencial para ambas familias de san Vicente. En todas partes permaneció la Compañía indemne, asidua en sus ministerios habituales, como si nada estuviera pasando alrededor. Estaba protegida, según Étienne, «por hallarse entonces renovada en el espíritu primitivo, y presta a responder a los designios de Dios». Merced a su fidelidad —añadía—, la Congregación experimentó a partir de este momento «una prosperidad como nunca antes la conociera», ni aun en tiempo de san Vicente.
Cuando en 1870 iba acercándose al final su generalato, Étienne echó mano de una imagen evangélica para resumir su experiencia de los 50 años precedentes: «El diminuto grano de mostaza de la Compañía salía de en medio de las ruinas amontonadas por la más espantosa de las revoluciones, creciendo de nuevo su tallo y reapareciendo sobre la tierra de la Iglesia; regada por las aguas de las tribulaciones, y azotada de vientos y tempestades, por dentro y por fuera, ha echado profundas raíces, y, favorecida por el rocío del Cielo y la saludable influencia del Sol de Justicia, ha llegado a ser, en pocos años, un gran árbol, cuyas ramas, cargadas de frutos saludables, alcanzan hasta las extremidades del universo».
Étienne señalaba cómo, en los primeros 27 años de su generalato, se habían fundado 14 nuevas provincias. Este aumento hacía más del doble de las provincias existentes antes de 1843. De estas provincias, 4 estaban en Francia. Fuera de Francia estaban: Argelia, Irlanda, Prusia, Austria, Austro-Polonia, Méjico, Brasil, Chile, Etiopía. Durante este período se establecieron 120 nuevas casas, cincuenta de ellas en Francia, las demás en otras partes. Paralelamente se dobló el número de personal en este período. En 1870 la Compañía contaba 1.080 padres, 220 estudiantes y seminaristas, 500 hermanos coadjutores.
Durante el medio siglo de su «segunda existencia» —observaba Étienne—, la Compañía había adquirido «importancia muy superior» a la de los 150 años de su existencia bajo el Antiguo Régimen. En su primera época, la «acción apostólica» de la Compañía se desplegó casi del todo en el interior de Europa. Ahora ejercía sus apostolados «en ambas Américas, en Asia, en África, y en países europeos adicionales». Étienne afirmaba asimismo que, «dondequiera actúa la Congregación, lo hace en las condiciones más favorables». Esta situación corroboraba su idea de «que la Providencia tenía como designio confiar a su celo y obras una vasta extensión del orbe». «La labor restauradora había sido ardua y dolorosa», pero los resultados finales se demostraban más que «consoladores y prósperos». En sentir de Étienne era imposible para la Compañía no hacerse eco del sentimiento expresado en Sal 118,23 A Domino factum est istud, et est mirabile in oculis nostris (Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente).
El crecimiento y la expansión mundial de la Congregación, en los primeros 50 años de su «segunda existencia», fueron fenómenos notables. Crecimiento y expansión, empero, no exentos de dificultades. Que, como señal divina, se mostrasen «por doquier propicias a la Congregación las condiciones de su existencia», según dice taxativa y míticamente Étienne, no se ajusta a la realidad de los hechos, como va a verse en el caso de España.
E. UDOVIC
CEME







