Juan-Bautista Etienne (XXV)

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Los cargos contra Nozo: «Los hechos hablan por sí mismos»

A medida que pasaba el tiempo, iban apareciendo más y más pruebas de las actividades financieras y personales de Nozo. En un memorándum aderezado para el Consejo General comentaba Étienne: «Entendemos que hay otro importante deber con el cual cumplir, el de reunir todos aquellos documentos que demuestren a la Congregación los verdaderos motivos para lo que hemos hecho. Es una tarea difícil de emprender, pues al hacerlo hemos de acusar a alguien que, por razón de su oficio, debiera ser objeto de nuestro respeto y veneración. Las Constituciones nos obligan, por el juramento de nuestro oficio, a velar por la salud de la Congregación y alejar de ella a un jefe que es indigno de gobernarla». Étienne lanzaba contra su archi-enemigo cargos devastadores. Estas acusaciones «demostraban la imposibili­dad de que el señor Nozo reasumiera la administración de la Congregación». El primer cargo era «que el carácter demostrado por el señor Nozo en su administración ha puesto a la Congregación en un rumbo desastroso». El segundo era que con el «abuso de su autoridad y la violación de las Constituciones», Nozo «ha llegado a comprome­ter los intereses materiales de la Congregación, su honor, y hasta su existencia». Finalmente Étienne presentaba cargos en cuanto a la «conducta personal y moral» de Nozo.

Como ejemplo de la irregularidad oficial de Nozo, Étienne ende­rezaba un ataque a su manejo del asunto Bailly. Señalaba cómo, estan­do encomendada por las Constituciones al procurador general la trami­tación los litigios de la Compañía, Nozo había insistido en gestionar él mismo el proceso de Bailly. Debido a su carácter susceptible y suspi­caz, Nozo, según Étienne, imposibilitó de todo punto cualquier inter­vención del Consejo. Miraba a la advertencia de ser prudentes como «una manifestación de crítica contra su proceder, delatora de un secre­to apoyo a la causa del señor Bailly». Étienne observaba que Nozo no tenía más motivos que una «irritación y acrimonia» personales contra Bailly. Estos sentimientos eran tan extremos, que «carecía de todo sentimiento de caridad hacia él».

Ante el irrazonable modo como Nozo procedía, decía Étienne, era predecible para cualquiera que la Congregación perdería la bata­lla legal. El superior general insistió en una apelación, tras el fallo adverso, y en lanzar una campaña publicitaria contra Bailly. El Con­sejo recomendó seguir el ejemplo de san Vicente y dejar que la cues­tión se disolviera. El Consejo cedió a la insistencia de Nozo, y enco­mendó a Étienne y Aladel la redacción de un folleto en defensa del superior general y de la Congregación. Étienne dijo que él y Aladel habían aceptado el encargo sólo bajo obediencia, y que rehusaron asumir responsabilidad personal alguna por sus consecuencias. El Consejo convino en permitir a Nozo publicar esta defensa sólo después que una comisión de abogados y teólogos la hubiera examinado. Étienne acusó a Nozo de haber hecho caso omiso de estas condiciones y publicar 3.000 ejemplares del folleto. «Envió éste a todas las diócesis, haciendo públicos los detalles del desdichado debate».

Bailly replicó al folleto, con lo cual «incrementó el escándalo totalmente desacreditó al señor Nozo ante las miradas del clero y del público». En punto a finanzas, el juicio favorable a Bailly contra la Congregación costó a ésta 150.000 francos. El verdadero monto de los costos, aseguraba Étienne, fue mucho más alto, mas nadie supo la cifra exacta, pues Nozo no hizo relación de sus gastos al Consejo.

Étienne procedía a tratar el segundo cargo, que atañía al abuso de autoridad por parte de Nozo, y el haber violado las Constituciones Señalaba que en el caso Bailly, Nozo no había consultado al Consejo siquiera mínimamente. En los hechos que Étienne prometía expone’ el superior general nunca consultó a sus Asistentes, y cargaba por ello con toda la responsabilidad. En esta categoría entraban car­gos que concernían mayormente a la implicación financiera de Nozo con Dionisio Hennecart. Étienne alegaba que Nozo había especulado con fondos a él confiados por Hennecart, los cuales totalizaban 225.000 francos.

Étienne acusaba además a Nozo de haber pedido a la tesorera de las Hijas de la Caridad le entregara 50.000 francos de las reservas de la Compañía. De acuerdo con su relación, recibido el dinero, Nozo «forzó a la Hermana a prometer que a nadie haría mención del hecho, ni siquiera a la superiora general». La Hermana en cuestión lamentó pronto su promesa. Suplicó a Nozo repetidas veces que informase a la superiora general de esta operación. Por fin Nozo habló con la supe­riora general, «mas lo hizo en términos, no como de hecho consuma­do, sino como si fuese un préstamo que deseaba tramitar». En ocasión posterior, Nozo intentó obtener otros 10.000 francos de la Hermana tesorera, sin éxito.

Étienne citó otro incidente que dijo ocurrió a poco de celebrada la asamblea sexenal. Nozo pidió a Etienne que, como procurador gene­ral, le diese 25.000 francos, «rehusando él declarar cómo gastaría la referida suma». En palabras de Étienne, «el procurador general invo­có la autoridad de su oficio y se negó a honrar las reiteradas deman­das de fondos [de Nozo] sin la autorización del Consejo General. El Consejo General no autorizó la transferencia de la referida suma «has­ta que [Nozo] certificara que la invertiría sólo en los intereses de la Congregación». Era una condición que Nozo no aceptaba. Étienne no pudo aquí menos de ceder a la interposición de una glosa: «Esta resistencia por parte del procurador general, hizo que el señor Nozo sintiera hacia él un encono que no podía ocultar. Ello motivó más tar­de [en Nozo] el que hiciese [a Étienne] los más odiosos cargos. Si Etienne hubiera sido más sumiso, probablemente habría conservado su favor [de Nozo]».

Otro cargo hecho a Nozo era «el haber emprendido, en el propio carruaje, largos viajes a un precio considerable». Para costear éstos, Etienne señalaba que Nozo nunca había recibido fondos de la oficina del procurador general. Conjeturaba que, careciendo Nozo de fortuna patrimonial, no se los podía pagar, salvo recurriendo secretamente a fondos que pertenecían a la Congregación, otra manera no veía él. Retóricamente, Étienne preguntaba qué juicio debía emitirse sobre un superior «que ha perdido de vista las exigencias de la justicia y la deli­cadeza de conciencia. ¡Alguien presto a usar de su influencia y auto­ridad como medios de cultivar los propios intereses, y entrar en espe­culaciones que eran indignas de su posición!».

En la tercera parte de su inculpación, Étienne hacía a Nozo los cargos que resultaron más perturbadores, «un comportamiento que comprometía su moralidad personal». En expresión de Étienne: «Con gran perplejidad de los miembros de su Consejo, la persona del señor Nozo reveló ciertas disposiciones deplorables. Antes de su elec­ción, no se sabía que hubiese sospecha de ellas. Tenía la reputación de conducirse correctamente, y aun se le reputaba reservado y austero… Sin embargo, como sucesor de san Vicente en calidad de superior general… de una Compañía de más de 4.000 Hijas de la Caridad… nos hemos percatado de ciertas familiaridades que comprometían su moralidad personal». Étienne señalaba que todos en el Consejo hubieran creído de grado que tales incidentes hubiesen sido ejemplos aislados de una conducta incauta. Pero enfrentados a las pruebas, no les quedó alternativa, más que «admitir que reflejaban un hábito inveterado».

De acuerdo con Étienne, no bien fue Nozo elegido, cuando ya los Consejeros tuvieron las primeras indicaciones de que algo no era propio en la conducta del superior general para con las Hijas de la Caridad. Así se lo hicieron entender al general, advirtiéndole de las consecuencias de tales «actos imprudentes», en particular si llegaran a saberlo las Hermanas y sus superioras. Sin embargo, «el señor Nozo continuó permitiéndose familiaridades impropias con personas del sexo opuesto. Esto dio lugar al temor de que pudiera haber hechos todavía de mayor seriedad aún, que llevaran a las consecuencias más desastrosas». En esta sección aduce Etienne aduce Etienne casos distintos de conducta presumiblemente irrespetuosa en Nozo con relación a las Hermanas.

  1. Entrevistar a las Hermanas a solas, en particular sobre materias espirituales. En estas entrevistas a menudo las abrazaba, les tenía las manos en las suyas, y se conducía de manera nada edificante. Al abrazarlas, las estrechaba con fuerza. Se hacía visitar por ellas, y con ellas pasaba muchas horas, sin más propósito que el de ceder a las referidas familiaridades.
  2. Manifestaba preferencia por ciertas Hermanas a las que visitaba con frecuencia. Eran éstas de ordinario Hermanas jóvenes y muy agraciadas.
  3. En los viajes, olvidando lo propio de su carácter, posición, y edad rela­tivamente juvenil, llevaba a Hermanas acompañándole en el carruaje. En estas circunstancias se permitía las mismas familiaridades, y en una ocasión hasta dejó que una Hermana quedara dormida en sus brazos. Para agravar esta increíble imprudencia, a menudo viajaba en su carruaje bien entrada la noche acompañado de una única Hermana.
  4. Violando las normas canónicas, oía en su habitación las confesiones de las Hermanas, sin rejilla ni confesonario. Hacía esto con las Her­manas hacia las que tenía particular afecto.
  5. Sumando a la seducción la inmoralidad, decía a estas inocentes muchachas que, viniendo de él, nada malo había en estas familiarida­des; pero que lo habría si venían de algún otro.
  6. Cuando estas Hermanas sentían remordimiento, decían tener con­ciencia de culpa por consentir en semejantes familiaridades, tan seve­ramente prohibidas por sus reglas. Él replicaba que, como sucesor de san Vicente, era el intérprete de las reglas. Aseguraba que no nece­sitaban confesión, y de este modo añadía la seducción a las demás faltas, por sí mismas ya lo bastante graves. Las oía en confesión, y de inmediato se permitía idénticas familiaridades.
  7. Esto demuestra que el señor Nozo tenía muy arraigada la referida tenden­cia. Fue primariamente por culpa de ella como, en la reciente asamblea sexenal, se le obligó a cesar en la administración de la Congregación. Ha llegado a conocimiento nuestro que de entonces acá, tal manera de conducirse ha proseguido y hasta se ha agravado. En este lapso de tiempo, en una casa de provincias, abrazó varias veces a una joven Hermana y expresó sentimientos de evidente pasión. Le ofreció dine­ro. La Hermana interpretó la oferta como gesto de seducción, y se sus­trajo a él indignada. Estuvo a punto de abandonar la vocación, por temor a que todos los vicencianos fuesen como su superior general, y a caer víctima de su corrupción.
  8. De nuevo en este período y en otra casa de provincias, durante las 24 horas que allí estuvo, recibió dos veces y otras tres fue visitar a una joven Hermana en su estancia. La abrazó varias veces estrechán­dola contra sí, y dijo no haber sentido jamás semejante afecto por nadie. Aflige todavía más el que dijera a estas dos Hermanas no haber nada malo en la relación con ellas, y que nada tenían que confesar. Reco­mendaba aun así que guardasen el más estricto silencio sobre estas familiaridades. De este modo añadía a su culpabilidad flagrante una enseñanza perversa, que no podía menos de llevar a la profanación de los sacramentos, dando pie a los más peligrosos engaños. Nos abstendremos de hacer comentario alguno a estos deplorables sucesos. Los hechos hablan por sí mismos. Dios reprenderá a la Con­gregación, si ésta permite que el superior general actúe de ese modo, y los miembros que la integran no se indignan y lo desprecian.

En sentir de Étienne, ante la conducta de Nozo, habría habido algo peor que negligencia en el Consejo, si no convocaba la asamblea general para «denunciar y juzgar» al general.

El 1 de enero de 1842 emitía Poussou la primera carta circular. Daba el sumario verbal de la asamblea sexenal y de sus decisiones. Se mostraba directo en cuanto a las razones de su cuidado en la rela­ción que hacía de los hechos y las decisiones:

He creído que es útil relatar en esta carta los hechos sucedidos por diversas razones: 1.° Para tranquilizar a algunos de entre nuestros misioneros que, ignorando el modo cómo acontecieron las cosas en esta asamblea, parece que han concebido el temor de que las reglas han sido violadas y que se ha faltado al respeto debido a la autoridad del superior general; 2.° Para satisfacer el deseo razonable de muchos otros que se quejan, con razón, que personas externas estuviesen más iniciadas en los secretos de la Congregación, y más al corriente de sus asuntos; 3.° Para prevenir impresiones enojosa,, que pudiesen producir el relato poco fiel de las actas de la asamblea, hecho por personas mal intencionadas, como ha sucedido recientemente con un libelo que ha circulado por París y diócesis vecinas.

Poussou cuidó de citar literalmente las actas y las constituciones, como respuesta a las distorsiones de Nozo. Una crítica más infla­mable de aquellas distorsiones y de los actos del superior general tuvo por autor a Juan Grappin, asistente general. Nozo se declaró forzado a replicar a los «horrores» de lo que Grappin estaba diciendo.

Entre tanto tenían lugar en Roma sucesos que agravarían la crisis, en relación a la posición y el futuro de Nozo. Sucesos que conducirí­an a un rebrote del antagonismo franco-italiano dentro de la Con­gregación.

E. UDOVIC

CEME

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