Juan-Bautista Etienne (XX)

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La Asamblea general de 1835

Antes de hacer relación de las perturbaciones internas que acosa­rían a la Congregación en esta época, la Notice de Étienne diseña su escenario: «Aduje ya la repugnancia con que el señor Salhorgne aceptó su elección para el generalato. Enfermo de gota, y con otros muchos males que agravaba su avanzada edad, se sentía abrumado por el cargo. Había cumplido los 76 años, y le rodeaban unos asistentes asimismo oprimidos bajo el peso de la longevidad, escasamente capaces de pres­tar ayuda en la administración de la Compañía. En relación a ésta, Salhorgne creía haberle pagado la deuda de atención que había contraído. Resolvió por ello dimitir de su cargo, tras un ejercicio de seis años».

La asamblea de cada sexenio estaba fijada ya para 1835. Salhorgne dio a conocer su propósito de dejar el generalato, y convocó una asamblea general, en lugar de la que correspondía, pasados seis años desde la anterior.

En opinión de Étienne, la dimisión de Salhorgne no podía llegar menos oportunamente para la situación de la Compañía: «Como ya lo he hecho notar, aunque la existencia de la Congregación no tenía nada que temer desde el exterior, dejaba mucho que desear del lado del Espíritu que debía animarla. Un buen número de misioneros de la nueva generación estaban desprovistos de ese espíritu, porque habían sido admitidos con suma facilidad y no habían hecho o muy poco el Seminario. Bastantes de estos podrían formar parte de la Asamblea General y ejercer en sus deliberaciones una influencia funesta, lo que sucedió desgraciadamente».

En la última circular de su generalato, Salhorgne enumeraba críti­camente las faltas por él observadas en la Compañía,

La falta de mortificación nos conduce al relajamiento con rapidez. La regularidad molesta; es un peso ligero para los hombres virtuosos que la gracia anima y sostiene, pero pesado y agobiante para la naturaleza, cuan­do no se tiene el coraje de dominar sus inclinaciones… Empujados por el deseo de una libertad sin frenos, se desembarazan de todo lo que les molesta y siguen las falsas luces de su espíritu propio en perjuicio del orden prescrito por las reglas dictadas según el espíritu de Dios… Esta oposición de algunos espíritus es con frecuencia la causa, pero también el síntoma desagradable o el efecto funesto de la relajación. Si el ejemplo siempre contagioso de estos espíritus insumisos logra tener imitadores, necesariamente la regularidad decae y la relajación toma su lugar, a no ser que la vigilancia y la firmeza de los superiores oponga un dique a este torrente devastador… Señores y queridos hermanos, os lo digo con toda la efusión de mi alma: animémonos mutuamente a seguir en nuestra con­ducta los ejemplos que nos han dejado los primeros discípulos de nuestro santo fundador; renovemos en nosotros el espíritu que les animaba.

De acuerdo con Étienne, prevalecía en la Congregación la esperanza de que esta asamblea general se asemejase a la de 1642. En ella había presentado san Vicente su dimisión como superior general. Fue mi resto que edificó a todos los presentes, pero al que, sabiamente, la asamblea rehusó aceptar. Con evidente desdén, Étienne señalaba: “Esta asamblea no se pareció a la que fue presidida por san Vicente».

La XVIII Asamblea General se reunió en la casa-madre el día 15 de agosto. Según Étienne, «un partido formado por cierto número de misioneros se inclinaba hacia un cambio en la dirección fijada por el señor Salhorgne». Estos delegados creían que «nuestro siglo requería reglas y máximas distintas de las recibidas de nuestro santo funda­dor». Como los referidos misioneros «carecían de una formación en el espíritu de nuestro estado, eran incapaces de sentir estima hacia él». Creían dichos padres que el porvenir de la Congregación estaba en fundar nuevos establecimientos en Francia. Se oponían a la dirección fijada por Salhorgne, que había destinado a misiones extranjeras a tantos misioneros franceses. Los delegados en cuestión formaban un «poderoso partido, que procuró obtener apoyo antes de abrirse la asamblea». La estrategia tuvo éxito.

Perboyre arroja alguna luz sobre aquellas corrientes de opinión, dentro de la Compañía, que chocaron en la asamblea de 1835. Según él, un partido quería «dejar las primitivas obras y espíritu de la Congregación». Abogaba por concentrarse en el establecimiento de exitosos colegios para seglares, a imitación de los jesuitas. Este grupo prefería los colegios a las tradicionales obras de los seminarios y de las misiones. El representante máximo de este «partido del progreso”, según Perboyre, era Fernando-José Bailly. El otro partido, que se oponía con fuerza a la posición del primero, «quería recobrar el espíritu primitivo y asumir de nuevo las obras de nuestros antecesores”. Perboyre afirma que en este partido militaba el «grueso de los misioneros», y que figuraban en él hombres como Juan-Bautista Nozo».

En la sesión de apertura de la asamblea general, Salhorgne pidió a los delegados que aceptasen su dimisión. Como razones dio «su edad avanzada, achaques corporales, falta de memoria, y todas las demás enfermedades que padecía». Una vez propuesta la dimisión, Salhorgne abandonó la asamblea, para dar a los delegados libertad en el debate del tema. Habló un único delegado, y fue Juan-Francisco Richenet, asistente general. La relación que hace Étienne de su discur­so es concorde con lo registrado por las actas de la asamblea:

Después de haber testimoniado su veneración por este respetable Supe­rior General y el profundo pesar por su determinación, expuso que sus enfermedades no podían ser un motivo para aceptar su dimisión, porque ellas no habían alterado sus facultades morales, y que era capaz de gobernar la Congregación como en la época de su elección. Pero al mis­mo tiempo observó que si la administración se la había hecho imposible, se debía a que no podía ser ayudado por sus Asistentes, y esta imposibi­lidad desaparecía desde el momento en que los miembros de su Consejo fuesen renovados. En consecuencia, para contribuir a la adopción de esta medida, declaraba que presentaba su dimisión y pedía a sus colegas seguir el mismo ejemplo. Este acto de valentía y de abnegación por la Congregación no fue desgraciadamente imitado.

En la segunda sesión de la asamblea, sin ulterior debate, los delegados aceptaron la dimisión de Salhorgne por una mayoría de 20 votos contra 7.

En la Notice, Étienne atacó este acto y la legitimidad de la asam­blea. Afirmaba que semejante decisión «causó enseguida consterna­ción en las dos Familias. Fue considerada como la precursora de la crisis desastrosa que iba a sufrir la Compañía: los acontecimientos no tardaron en confirmar esta aprehensión».

La dimisión del superior general tenía un único precedente en Nicolás Pierron, el año 1703. En sentir de Etienne, esta dimisión «fue la ocasión de una crisis que estuvo a punto de arrastrar a la ruina a misma Congregación». Étienne creía que el haber aceptado la asamblea la dimisión de Salhorgne era «una violación flagrante de las constituciones». Éstas preveían la posibilidad de que un superior general se incapacitase para el gobierno, por causa de «enfermedades físicas o la alteración de las facultades morales». En tales casos, bien el superior general, o bien la asamblea general, nombraría a un vica­rio general, el cual gobernaría y conservaría la Congregación hasta la muerte [del general]».

Etienne no cejó en su porfía de que la Congregación no podía actuar en contra de las constituciones «sin que el edificio estremecie­se desde los cimientos». La asamblea tuvo oportunidad, según Etienne, de actuar legítimamente, eligiendo a un vicario general, en vez aceptar la dimisión de Salhorgne. A juicio suyo, la asamblea no adoptó este curso de acción, porque el partido del progreso «deseaba inaugurar una nueva administración, que nada tuviese en común con la del predecesor». Reconocía además que, aun individuos ajenos a esta facción, no auguraban a Salhorgne larga supervivencia, «y no querían pagar el costo de otro viaje a París».

El sesgo que para Étienne tomaban las consecuencias de esta irregular decisión era claro: «Este era un primer paso para colocarse fuera de las Constituciones; era también privarse de las bendiciones del cielo que están vinculadas a ellas; era, en consecuencia, comprometerse en un camino peligroso que podía conducir al precipicio». Esta primera decisión ilícita llevó a la siguiente «que debía hacer radicalmente nulas todas las decisiones de la Asamblea». En España, la reciente revolución había impedido a la asamblea provincial elegir a sus dos delegados». El visitador Juan Roca, sin embargo, pudo llegar a París. Roca solicitó que la asamblea cualificase a Gros como delega­do no elegido, para que diese a la provincia una representación adicional». Roca dijo a la asamblea que, en opinión suya, «muy probable­mente» se habría elegido delegado a Gros, si la provincia hubiese podido tener la asamblea provincial. La asamblea votó la admisión de Gros en calidad de «cuasi-delegado» que representase a la provin­cia española. Esta decisión fue motivo de queja para Étienne, en razón de que así el superior general saldría elegido por la mayoría de un voto.

No hace mención Étienne, con toda su retórica sobre la inalterabi­lidad de las constituciones, de otro cambio que se introdujo. De acuer­do con las constituciones, ni el secretario ni el procurador generales tenían voto en la elección de superior general. Eran cargos cuyos detentores entraban en la asamblea general, con derecho a voto sólo después de elegido el superior generan. La cuestión afectaba vital­mente a Étienne en aquella asamblea, donde actuaba en ambas calida­des, la de secretario general y la de procurador general. En la segunda sesión, la asamblea consideró la propuesta de enmendar las constituciones, para posibilitar al secretario y procurador generales la participación en la elección del general. Gracias a una votación secreta, la propuesta pasó por 15 votos de entre los posibles 27. Étienne ocupó su asiento y tomó parte en la subsiguiente elección.

Había otro punto entre los que Étienne criticaba a aquella asamblea. De acuerdo con las constituciones, el superior general, una vez elegido, debía designar secretamente a dos misioneros, por él esti­mados dignos de ejercer el generalato después de su fallecimiento». El superior general debía luego guardar bajo llave la papeleta con sus nombres en un cofre. Este cofre se abría en la asamblea convocada para elegir general, y los dos nombres eran publicados. La asamblea procedía luego a la elección. Los delegados eran libres para elegir, bien a uno de los dos misioneros recomendados, o bien a otro candi­dato con las dotes requeridas.

Según Étienne, los delegados pidieron la extracción y publicación de la doble designación de Salhorgne. Salhorgne repuso que no había tal designación. Cuando la asamblea le preguntó cuáles eran los dos nombres por él respaldados, él declinó la respuesta. La posición de Salhorgne era: habiendo él dimitido del cargo, no muerto en su ejer­cicio, no se aplicaba esta providencia constitucional. Étienne explica­ba que Salhorgne era sabedor de que «no ignoraba de antemano que el partido (de oposición), habiendo parado su elección, no hubiese seguido su parecer, y, siendo un hombre de una prudencia consuma­da, se encerró en un profundo silencio».

Todavía otra vez, Étienne pasa por alto un hecho que debilitaría sus míticos argumentos. Una vez aceptada la dimisión de Salhorgne como general, la asamblea convino por unanimidad en invitarle a formar parte de ella, no sólo con derecho de precedencia, sino además con derecho a voto. Las constituciones no contenían previsión algu­na de semejante acción. Aun así, fue sentir de la asamblea que, no estando los referidos actos específicamente prohibidos, entraba en sus facultades el conceder los referidos derechos y privilegios a Salhorgne. Era comprensible la repugnancia de éste en cuanto a indicar los can­didatos de su predilección, pues ahora era elector también él.

De acuerdo con Gabriel Perboyre, los candidatos eran tres: Etienne, Bailly, y Nozo. Para algunos, era seguro que ganarían Bailly y el partido progresista. Perboyre, sin embargo, observaba que Bailly no deseaba salir elegido, «consciente de la propia insuficiencia». En lugar de Bailly, proseguía Perboyre, los progresistas se habrían aline­ado con Étienne, a quien miraban como adicto del bando en cuestión (conterie Bailly). Era creencia de Perboyre que, el habérsele asocia­do con ese bando costó a Étienne la elección. Étienne diría después a Perboyre que, pese a su estrecha amistad con Bailly, él nunca había compartido sus miras». Quedaba un candidato: Juan-Bautista Nozo. Nozo disfrutaba —en ello están concordes ambos, Perboyre y Étienne—»una reputación de santidad personal».

La elección tuvo lugar en la sexta sesión de la asamblea el 20 de agosto. La Notice de Étienne comenta secamente que «la elección recayó en el señor Juan-Bautista Nozo, quien era entonces visitador de la provincia de Champaña. Étienne señalaba además que, «aun­que elegido con la mayoría de un solo voto, a causa de la poca con­fianza que inspiraba en los miembros de la minoría, no hubiese obte­nido esta mayoría, si los miembros de la Asamblea hubiesen tenido un mejor conocimiento de él». Persistía aún 35 años después el senti­miento de incompatibilidad que emponzoñó las relaciones entre Nozo y Étienne. Éste emitió un juicio devastador de su rival:

Muchos de aquellos, que contribuyeron a su elección, se dejaron influenciar por su porte exterior, sencillo, piadoso y modesto, muy propio para impresionar los espíritus y atraer sus simpatías. Los que habían vivido con él sabían, que, bajo esos rasgos edificantes, oculta­ba una secreta ambición, una confianza sin límite en sí mismo y un complejo de superioridad sobre los demás; defectos, que hacían temer los más deplorables extravíos, si llegaba a ser elevado al Generalato. Por lo demás era fácil de reconocer en él un juicio falso, capaz de tomar medidas las más desastrosas, si fuese revestido de la suprema autoridad en la Congregación. No se tardó en comprender cuán funda da era esta apreciación.

E. UDOVIC

CEME

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