Juan-Bautista Etienne (XVI)

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Las negociaciones

El 11 de marzo de 1826, Ange-Hyacinthe-Maxence, Baron de Damas, Ministro francés del Exterior, escribía al embajador de Fran­cia en Roma, Mathieu-Félicité, duque de Montmorency-Laval, en relación con la disputa de los vicencianos. Damas refirió haber reci­bido de Monseñor Frayssinous un despacho que llevaba la fecha del 4 de marzo. El Ministro de Asuntos Eclesiásticos le pasaba aviso, de que el Papa parecía tener intención de nombrar superior general de los vicencianos, y «que esta dignidad le sería conferida a un extranjero. Además, la nueva cabeza de la Congregación no residiría en París». Damas observaba,

Francia tiene precedentes incontestables en cuanto al sostenimiento de la posición, según la cual, el superior general de los vicencianos no puede elegirse sino de entre los eclesiásticos franceses pertenecientes a esa Congregación. La Compañía nació en Francia. Ha nombrado siempre al superior de entre los vicencianos franceses. Éstos han tenido en París el lugar de su residencia. La elección de un superior general extranjero causaría inconvenientes fácilmente previsibles. El extranjero llevaría consigo a otros extranjeros. Pondría a estos extranjeros al frente de los establecimientos franceses de la Congregación. Así, cesarían de ser francesas estas fundaciones, que lo han sido enteramente desde su origen. Como sabe, tal es ya el caso de los establecimientos que los misione­ros franceses crearon en Levante. Estas misiones tienen ya casi tantos misioneros italianos e indígenas como franceses. El real gobierno cree en la importancia de conservar el carácter nacional de estas misiones, y se interesa sumamente por los medios conducentes a asegurar que estén servidos por sujetos aptos. Como todos convienen, el nombra­miento de un superior general extranjero no estaría en la línea de esta política.

El embajador recibió instrucciones para que preguntara a la Santa Sede, si se estaba considerando un nombramiento semejante. Si tal proyecto se estaba contemplando, debía «exigir en nombre del gobier­no de Su Majestad, y en virtud de un derecho consagrado por los pre­cedentes, que el superior en jefe de la Congregación ha de elegirse de entre los vicencianos franceses».

El 5 de abril de 1826, Montmorency-Laval escribía a Damas informándole de cómo se había reunido con el Papa el día anterior. Al final de la audiencia, el embajador suscitó la cuestión del superior general de los vicencianos. Montmorency-Laval se preguntó en voz alta ante el pontífice, si existía una buena razón para no elegir, según había sido costumbre, a «un eclesiástico que fuese súbdito del rey». El embajador dijo al Papa, que circulaba el rumor de que intentaba nombrar a un extranjero. León XII respondió que pensaba «haber ya un precedente para que un extranjero ocupase el puesto de superior general». El embajador comentaba cómo había informado al pontífice lo contrario, y que éste «había convenido con nuestra posición».

En carta del 24 de abril de 1826, decía Damas a Montmorency-Laval: «Las disposiciones que Su Santidad ha manifestado, acerca del futuro nombramiento del superior general de los vicencianos, no pue­den ser más satisfactorias. Habéis defendido con éxito el derecho que tenemos a que esta dignidad recaiga en un francés. He rogado al Ministro de Asuntos Eclesiásticos, me informe en lo que atañe a los candidatos merecedores de presentación ante Su Santidad. Tendré el honor de remitiros las referidas recomendaciones». Antes que esta carta alcanzara a Montmorency-Laval, él mismo había escrito a Damas. El embajador refería que, tras su audiencia con el Papa, el Secretario de Estado, cardenal Julio de la Somaglia, le había pedido que presentase un memorándum «con las razones que legitimaban nuestra reclamación». Montmorency-Laval repuso que había pre­sentado tal memorándum, basándose en la información suministrada por el despacho de marzo. El embajador concluía: «Las disposiciones que he reconocido en el Santo Padre y en su Ministro me dan confian­za para decir, que la decisión final de la Santa Sede no ha de sernos sino favorable».

Algunas semanas después, 13 de mayo de 1826, Montmorency-Laval refería a Damas que «el Santo Padre ha convenido en nombrar a un francés como superior general de los vicencianos». Pero las noticias que tenía el embajador no estaban exentas de sorpresa, pues el Papa pensaba ya en un francés particular. La Santa Sede era favo­rable al nombramiento de Teodoro Bricet. Bricet era entonces el supe­rior de las misiones vicencianas en Levante, cuya sede era el Colegio de San Benito en Constantinopla. Al cabo de un mes, el encargado de negocios en la embajada francesa de Roma recibía una carta de París, informándole de que, los testimonios recogidos sobre Bricet eran todos favorables. Sin embargo, el gobierno estimó ser necesaria en Levante su ulterior presencia, para que vigilase los intereses de Francia. El gobierno, pues, hubo de buscar en otra parte a algún vicenciano con cualidades para ser superior general. Recayó la elec­ción en Pedro de Wailly, a la sazón superior en el seminario de Amiens que regentaban los vicencianos.

Según la relación de Étienne, «Frayssinous, adicto protector de la Congregación», había conferido con su amigo Cousergues la posibili­dad de un candidato aceptable para superior general. Cousergues, que mantenía un trato familiar con los vicencianos de Amiens, reco­mendó cálidamente a De Wailly. Frayssinous presentó entonces su propia recomendación de De Wailly al Ministro del Exterior. Y el Ministro del Exterior instruyó al encargado de negocios en Roma, para que informase a la Santa Sede, de que el gobierno francés prefe­ría el nombramiento de De Wailly al de Bricet.

Se continuó negociando durante el verano de 1826. El Papa cer­cioró a los franceses de que «el rey tendrá ocasión de ver lo mucho que la Santa Sede desea responder favorablemente a los deseos de Su Majestad». Aunque en principio había convenido en el nombramien­to de De Wailly y en la ulterior residencia del superior general en París, preocupaba a Roma el que estos pasos no garantizaban todavía la unidad de la Congregación. La Santa Sede reconocía que los misio­neros romanos «estaban habituados a su independencia». En una audiencia, el 11 de agosto de 1826, el cardenal Della Somaglia dijo al encargado de negocios,

No tema, ha pasado mucho tiempo desde que había superior general. La Congregación se halla en un estado de anarquía. Deseamos que todo salga bien. No queremos resistencia ni desobediencia alguna. Tenemos las mejores intenciones. Un poco más, y todo lo habremos dispuesto… El Papa nos ha dicho que construyamos un edificio sólido. Ha dado su aprobación. Ha convenido en otorgar lo que habéis implorado. Se nece­sita algún tiempo más, para que los misioneros de Francia e Italia con­vengan, y logren la unidad tan deseada.

Artaud concluía su relación de la audiencia diciendo: «Nada podría añadir a una política tan sabia». A este punto, fueron los vicencianos franceses quienes procuraron dilatar el nombramiento. El cardenal Secretario de Estado había preguntado a los vicencianos en París cuál era su reacción ante el nombramiento de De Wailly. Respondió José Boullangier, el procurador general. Solicitaba un año de demora en el nombramiento’. Boullangier elogiaba la adhesión de Boujard a la Congregación, sus servicios como vicario general, y el sacrificio personal que había hecho en pro de la Compañía. Señalaba que, para llevarse a cabo, el programa constructor en la casa-madre, ya en marcha, necesitaba, allende la real generosidad, cuantiosos fon­dos. Boujard había ya donado a la Compañía 60.000 francos de su propio haber, para la adquisición de una casa de campo en Gentilly. I Ioujard había hecho además otros sacrificios, observaba Boullangier, «y estaba dispuesto a seguir haciéndolos».

Boullangier sugería que, si Boujard continuaba como vicario reneral hasta finales de verano de 1827, podría presidir, a la termina­ción de la nueva capilla, a la proyectada traslación de las reliquias de san Vicente, y a la elección de nueva superiora general de las Hijas de la Caridad. Y concluía con la siguiente observación:

Creo podemos mirar como cierto que, si los acontecimientos menciona­dos tienen lugar el año que viene, el señor Boujard pedirá entonces espontáneamente que se le dé sucesor. Caso de no hacerlo, resultará más fácil retirarle. Podrá efectuarse después, con un mínimo de conmoción y un máximo de satisfacción para todos a cuantos importa —padres de la Compañía e I lijas de la Caridad–, la elección, o bien el nombramiento por parte del Sumo Pontífice, de un superior general para toda la Congregación. Tal no sería el caso, si Boujard tuviera que salir en las cir­cunstancias actuales.

Artaud admitió que el «gobierno no había quizá sopesado lo bas­tante todas las posibles dificultades que surgirán en París», ni tenido en cuenta tampoco la «delicadeza extrema» de los sentimientos de Boujard. Recomendaba, sin embargo, que el gobierno siguiese solici­tando el nombramiento inmediato de De Wailly. Artaud creía ser éste el momento más favorable para obtener del cardenal Secretario de Estado y del Papa la confirmación del nombramiento. La demora, no sólo daría ocasión a ulteriores dificultades entre los vicencianos de París; sin duda serviría además de pretexto a los misioneros romanos para salvaguardar su independencia.

León XII rogó al gobierno francés que diese a la súplica de Boullangier una respuesta oficial. Este paso dilató el nombramiento de De Wailly. En noviembre, Damas escribía a Montmorency-Laval reafir­mando que el nombramiento de Pedro De Wailly como superior gene­ral era más importante que la salvaguarda de los delicados sentimien­tos de Boujard. El Ministro del Exterior señalaba también la posibilidad de que la Santa Sede aprovechara estas objeciones para dilatar un nombramiento no apoyado por ella. Damas daba a Montmo-rency-Laval la instrucción de que «habéis, pues, de insistir en la pron­ta expedición de la bula que nombre al señor De Wailly superior gene­ral de la Congregación de San Lázaro. Debéis decir al Papa que el rey espera este nuevo testimonio de amistad, y se disgustará, si el nombramiento encuentra nuevas demoras».

Finalmente, el 17 de enero de 1827, Montmorency-Laval infor­maba a Damas de que había recibido copia de la bula papal con el nombramiento de De Wailly. El embajador hacía asimismo relación, según era costumbre, de cómo había accedido al subsecretario de Bre­ves para obtener la copia oficial destinada al gobierno. De acuerdo con el embajador, cuando examinó el breve, quedó asombrado, al comprobar que no había incorporado plenamente el tenor verbal esperado por el gobierno. Montmorency-Laval informó de cómo había requerido la presencia del subsecretario, para que enmendase en su presencia el texto oficial. La enmienda especificaba que el superior general vicenciano tenía que ser un súbdito del rey. El embajador hizo también que el oficial enmendase en presencia suya la copia de la Santa Sede». El breve llegaba a París el 31 de enero de 1827.

Damas escribió a Frayssinous tras recibir el breve papal. Expresa­ba su satisfacción con la forma y el fondo del documento. Observaba, «no haber nada en sus términos que violase los derechos del gobier­no, ni tampoco cosa alguna contraria a los principios de la legislación francesa»85. Damas señalaba con placer cómo el breve confirmaba, que el superior general había de ser francés, que la sede del gobierno central de la Congregación debía estar en París, y que la administra­ción de las Hijas de la Caridad iba adjunta a la de la Congregación de la Misión. Estos términos significaban una victoria completa para el gobierno y los vicencianos franceses.

Damas hacía luego referencia a la súplica de Bullangier, para que el gobierno rodeara a Boujard de especial atención. Según Damas, ahora que la Santa Sede había confirmado el nombramiento de De Wailly, el gobierno podía dilatar su propia aprobación. Este paso daría a Boujard la satisfacción de presidir al traslado de las reliquias de san Vicente y a la inminente elección de nueva superiora general. El Ministro del Exterior comentaba,

es cosa vuestra el juzgar, si resulta posible y ventajoso, dar a este eclesiás­tico algunas señales de favor, que alivien el doloroso golpe de ser relevado en sus funciones. La recomendación de la casa de París a la Santa Sede nos induce a creer, que semejantes señales de condescendencia y consideración para con tan venerable figura, sólo pueden tener buen resultado. Podrían en verdad ser ventajosas para el señor De Wailly, contribuyendo a la favorable recepción de su nombramiento, por parte de la Congregación que ha de administrar. Nada más diré, sino que dejo estas reflexiones a vuestro discer­nimiento, para que toméis cualquier decisión que estiméis apropiada.

El 8 de febrero, Damas escribía a Montmorency-Laval felicitán­dole por su cautela en cuanto a examinar el texto del breve, antes de aceptarlo en nombre del gobierno. El Ministro del Exterior interpretó la omisión de la frase que requería en el general vicenciano ser súbdi­to francés, como acto deliberado de mala fe por parte de la Santa Sede. Calificó éste de «inconcebible e injustificable timo»87. Para el Ministro del Exterior, esta acción probaba una vez más lo necesario de las «medidas de vigilancia y precaución, observadas tiempo ha por Francia, en cuanto a los actos que emanan de la corte de Roma». Damas anunciaba el inmediato envío del breve al Ministro de Asun­tos Eclesiásticos. A éste incumbiría presentarlo en el Consejo de Esta­do para su aprobación, y luego proveer a su ejecución». Las actas del Consejo General de la Congregación sólo dicen que, si bien Roma había emitido el breve el día 16 de enero, «se interpusieron varios sucesos, no permitiendo su promulgación hasta julio del mismo año».

El día 16 de febrero, Frayssinous presentó un informe a Carlos X. Recomendaba se demorase el nombramiento de De Wailly. Basaba su recomendación en «diversas circunstancias, pero principalmente el que algún tiempo más, daría al respetable vicario general, que gobier­na al presente esta Congregación, la oportunidad de finalizar las obras que por dicha emprendió, en pro de los vicencianos y de las Hijas de la Caridad».

Sobre la emisión del breve papal, la Notice de Étienne da el siguiente orden de los sucesos. Boujard, según ella, creía aún que era intención de la Santa Sede nombrarle a él superior general. Quedó desolado al saber secretamente el contenido del breve. Supuestamen­te, Boujard comunicó sólo a José Boullangier el inesperado nombra­miento. Étienne reserva un áspero juicio a Boullangier: «Tenía un carácter débil, y escasa capacidad». Boullangier, pues, se puso en contacto con Frayssinous, para que éste dilatase el envío del breve al Consejo de Estado, que debía registrarlo y promulgarlo. Boullangier esperaba así ganar tiempo bastante, para que Boujard decidiese por sí mismo «traspasar su autoridad al nuevo superior general». A esta demora se avino supuestamente Frayssinous, estimando que la referi­da súplica redundaba en bien de todos los miembros de la Compañía.

Una vez más, no satisface, en punto a cronología y exactitud, la relación que hace Étienne. El círculo íntimo de misioneros en la casa-madre había tomado parte en las negociaciones enderezadas al nom­bramiento de nuevo superior general. En un principio, Boullangier pidió a la Santa Sede que extendiese el mandato de Boujard como vicario general. El gobierno se opuso a la concesión. Sin embargo, cuando la Santa Sede hubo nombrado a De Wailly conforme a las con­diciones exigidas por los franceses, el gobierno se declaró dispuesto a dilatar la despedida de Boujard hasta el verano de 1827.

Étienne dice a este punto, que el vicario general romano [Francis­co-Antonio Baccari], mandó una carta circular a las provincias pues­tas bajo su jurisdicción. Anunció que él dimitía, y que en adelante todas las provincias deberían acudir a París’ y ponerse en contacto con el nuevo superior general nombrado por el Papa. Sin embargo, De Wailly no había recibido notificación oficial de su nombramiento, y naturalmente se negó a ejercer autoridad alguna. Así pues, según Etienne, «la Congregación se encontraba sin jefe, y el señor Boujard quedaba privado de todo poder». Dado que una situación tal, «sólo podía tener las consecuencias más graves», los misioneros más anti­guos de la casa-madre se reunieron. Enviaron un representante que informase de esta paralización a Frayssinous. «El ministro compren­dió» —prosigue Étienne— «la importancia de aquella situación, y se apercibió de que el señor Boullangier le había suministrado infor­mación falsa». Frayssinous mandó entonces el breve para que lo pro­mulgasen el Consejo de Estado y el rey.

En su reunión del 28 de junio de 1827, los miembros del Consejo de Estado aprobaron el breve que nombraba a Pedro De Wailly supe­rior general. El 1 de julio, Carlos X dio su consentimiento99. Frayssi-nous hacía llegar la nueva a De Wailly el 2 de julio:

Señor, tengo el honor de transmitirle el Breve fechado en Roma, el 26 de enero de 1827, por el cual Su Santidad, tras la presentación del Rey, os nombra Superior General de la Congregación de los sacerdotes de la Misión de San Lázaro… Nadie más que yo se alegra, señor, de la elección que os llama a la cabeza de una Congregación que, por el bien que ha hecho desde su origen y los numerosos servicios que todavía esperan de ella la Religión y la sociedad, ha merecido que el Gobierno de su Majes­tad fije, de una manera muy especial, su atención en ella. Las cualidades que os distinguen, el celo del que habéis dado prueba, y las luces que albergáis, fruto de una larga experiencia, justifican suficientemente la con­fianza con la que os honran el Soberano Pontífice y el Monarca.

Justo cuando estas cosas estaban pasando en Francia, Francisco-Antonio Baccari, a quien no se había notificado aún la resolución de tan prolongado pleito, emitía su última carta circular como vicario general. Hablando del largo período transcurrido desde su circular anterior, comentaba,

Desde el año pasado, sobre todo desde hace cuatro meses del presente, estaba persuadido que en este momento un Breve del Soberano Pontífi­ce, actualmente reinante, había sido enviado a París, para ser ejecutado; según este Breve se debía elegir a uno de entre los misioneros de edad madura como Superior General de la Congregación, a fin de que (como Su Santidad, el año pasado, había resuelto muy sabiamente) toda la Con gregación formase un solo cuerpo sometido a una sola cabeza. Pero, ¡Ay!, me he engañado. Hasta el momento presente, el asunto parece estar en plena indecisión. Y lo que resulta más chocante, es que no se puede saber la razón de todo esto. Vivimos con la esperanza de que esta situación termine y se defina con la publicación de dicho Breve pontificio que dará a conocer el Superior General ya nombrado.

Cuando De Wailly recibió la notificación oficial de su nombra­miento, quiso primeramente declinarla.

Según Étienne, «una nueva dificultad se presenta de parte del señor De Wailly que no se decidía a aceptar este cargo que considera­ba superior a sus fuerzas debido a la edad de sesenta y ocho años y su débil salud». De Wailly llegó a decidirse, o poco menos, a suplicar al Papa que nombrase a algún otro. Mas como refirió después, «todos los misioneros a los que pude y debí consultar en un asunto de tanta importancia, me comunicaron que después de haberlo pensado delan­te de Dios, estaban convencidos que la divina Providencia me llama­ba a tan temible dignidad y que en conciencia debía aceptar, y que mi negativa pondría mayores obstáculos al restablecimiento de la Congregación». De Wailly aceptó el nombramiento, y salió camino de París. Llegó para su instalación en la casa-madre el 5 de julio.

E. UDIVIC

CEME

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