Juan-Bautista Etienne (XV)

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1825-1827: termina el cisma del régimen

Ya de seminarista y estudiante tuvo Étienne conocimiento de los antagonismos y el cisma que enfrentaban a los franceses con sus her­manos en las provincias extranjeras, especialmente los italianos. A poco de llegar él a París, surgía el pleito en torno a los términos sucesorios de Boujard y a la confirmación papal que perpetuaba el cisma. Franceses e italianos tenían, a comienzos de 1820, poca o ninguna comunicación. Pero a medida que aquella década avanzaba, crecía el descontento con la persistente separación.

El recién ordenado Étienne, en cuanto secretario del anciano vica­rio general, tomó parte en «las importantes negociaciones que tenían por meta el nombramiento de un superior general». Así compendia Rosset el pensamiento de uno y otro bando en relación al cisma:

Privada de su cabeza desde hacía 27 años y dividida en dos obedien­cias, la Congregación deseaba ardientemente poner fin a esta funesta división reuniendo todas las provincias bajo la dirección de un solo y mismo superior. Tanto en Roma como en París se estaba de acuerdo sobre este punto; pero si todos querían la unidad, no todos la querían en las mismas condiciones y con los mismos medios. ¿En qué nación debía elegirse el nuevo superior general y cuál sería el lugar de su residencia? Esta cuestión dividía los espíritus y daba ocasión a preten­siones contradictorias que eran imposibles de conciliare.

En París, la comunidad abrigaba el proyecto de hacer que la dedicación de la capilla culminase con la traslación de las reliquias de san Vicente al nuevo lugar de su reposo. Boujard, sin embargo, optó por dilatar la traslación, en espera de la magnífica urna de plata que había prometido donar el arzobispo De Quélen en nombre de la archidiócesis de París. Ello demoró la ceremonia hasta prima­vera de 1830.

Según Étienne, «entró en los designios de la Providencia que el cuerpo de nuestro Fundador no accediese a nuestra nueva Casa-Madre, más que cuando las divisiones intestinas fueron extinguidas en el seno de la Compañía y fuese ésta restaurada sobre las bases anti­guas y restablecida en su estado normar’. En sentir de Étienne, de los vicencianos y el gobierno franceses, la reunificación debía efec­tuarse bajo un superior general francés, el cual seguiría residiendo en París. Los italianos deseaban que el cisma terminase por el nombra­miento pontificio de un superior general. Nuevo superior general que ellos esperaban no fuese francés, y que residiría en Roma.

A comienzos de 1825 remitió por primera vez la obstrucción en el entendimiento de franceses e italianos. Francisco-Antonio Baccari escribió a Boujard manifestando haber llegado la hora de terminar el cisma. Proponía que la Santa Sede convocase una asamblea general para elegir superior general. Baccari se declaraba dispuesto a asistir como simple delegado, o aun a no asistir en absoluto. Implícitamente daba a entender que estaba presto a dimitir como vicario general. No teniendo respuesta de Boujard, Baccari escribía de nuevo en abril, sugiriendo que el Papa podría desbloquear la situación con el nombra­miento de nuevo general. Al mismo tiempo Boujard recibía de la Santa Sede una carta que decía,

Los misioneros de san Vicente de Paúl [fuera de Francia] desean la reunificación con sus hermanos franceses. La desunión ha sido dañosa a la causa de la fe. El señor [José] Baldeschi, miembro de la Congrega­ción, actualmente al servicio de Su Santidad, cuya ansia es que no siga adelante este escandaloso cisma, ha dirigido una instancia al Papa, para que intervenga en la situación y ponga a ella fin. El Papa ha tenido a bien responder a esta solicitud, diciendo que desea una propuesta formal sobre la cuestión. Así pues, el vicario general para todos los padres franceses debe dirigirse a Su Santidad, solicitando la referida convocación. Con el fin de obviar las persistentes disputas, debe preguntarse a Su San­tidad, si tendría a bien, por un breve pontificio, elegir un superior gene­ral que gobierne la Congregación entera. El señor Baldeschi ha dicho, que Su Santidad está presto a restablecer al general en Francia, y a ins­taurarlo todo sobre sus antiguas bases. Los misioneros, pues, deben diri­gir a Su Santidad la necesaria súplica.

Boujard escribió pidiendo consejo a Joaquín d’Isoard, ahora deca­no de la Santa Rota. En los pasillos del Vaticano, d’Isoard era un alia­do poderoso. Este francés contestó en octubre, sugiriendo que había llegado el momento de una favorable intervención papal. Para pre­parar el camino a la reunificación de los vicencianos, el Papa hizo saber que le complacería la dimisión de ambos vicarios generales. Baccari había ya anunciado su disposición a dimitir. Boujard, sin embargo, desechó la idea de tal paso. Por lo que atañe a Boujard, Étienne comentó que, «aunque bendecido con muchas cualidades excelentes, tenía la debilidad del apego al poder». De acuerdo con la relación de Étienne, Roma envió a París un representante para que hablase con el vicario general. Era el señor Sambucy, de la embajada francesa ante la Santa Sede. Sambucy insistió en «la necesidad de ter­minar el anómalo estado de cosas en la Congregación». Supuestamen­te, insufló en Boujard la creencia de «ser intención del Santo Padre nombrarle superior general». Persuadido de que era seguro su nom­bramiento como superior general, parecía poderse esperar que Boujard dimitiera.

En enero de 1826, Boujard recibió una citación del nuncio en París, Antonio Macchi. Para esta entrevista, Boujard llevó consigo a Étienne. El nuncio comenzó preguntando a Boujard si era favorable a la restauración de la unidad de gobierno. Boujard contestó que de­seaba la unidad tanto como sus hermanos extranjeros, cuandoquiera llegase el momento justo. El nuncio preguntó luego a Boujard, si era sabedor de que, en Roma, circulaba la opinión de que existía «frialdad y antagonismo» entre franceses e italianos. Boujard calificó esto de «imputación injusta», y expresó el deseo de que los italianos corres­pondiesen a la adhesión de que eran objeto por parte de los franceses. El nuncio dio instrucciones a Boujard para que preparase un informe sobre el estado de la Congregación en Francia, una explicación de los hechos que habían conducido al cisma, y que sugiriese medios de res­taurar la unidad. El nuncio dijo también a Boujard que la Santa Sede estaba considerando el nombramiento de un «extranjero» como supe­rior general. Al día siguiente, Boujard envió a Étienne a la nunciatura con un memorándum que se oponía a las referidas propuestas’.

El vicario general informó de inmediato sobre estas conversacio­nes a Frayssinous y envió copias de los respectivos memorándums. Los documentos fueron redactados en ambas ocasiones por Étienne. Este, en su Notice, recordaba que, tras haber él escrito el respectivo memorándum, Boujard los firmó, y le despachó para que se los entre­gase al nuncio. «Todo esto fue efectuado» —decía Étienne— «en medio del mayor sigilo y sin informar a los misioneros en la casa-madre. Por este tiempo, el vicario general no tenía asistentes ni consejeros. La administración de la Compañía no estaba organizada». Tras entregar el memorándum al nuncio, recordaba Étienne que,

…estableció una conversación conmigo sobre el tema de la elección de un superior general. Se extendió ampliamente sobre el pequeño número de misioneros, y sobre la imposibilidad de encontrar entre nosotros un hombre capaz de ocupar este puesto importante, declarándome que el Papa estaba decidido a no nombrar el señor Boujard. Comprendí que su objetivo era persuadirme de la necesidad de buscar a alguien fuera de Francia. Por toda respuesta, le dije que, en efecto, no éramos ricos en personal; sin embargo, nuestra pobreza no llegaba hasta la imposibilidad de encontrar entre nosotros un misionero, capaz de gobernarnos. Nues­tra conversación se limitó a estos términos.

Étienne presentó al nuncio una Nota sobre la Congregación de la Misión de san Vicente de Paú, que llaman Lazaristas. En ella descri­bía su establecimiento en Francia por obra de san Vicente, así como su expansión por el exterior. De acuerdo con Étienne, «los misione­ros de esos países estaban sujetos a la obediencia de san Vicente, el cual residía en París. «Desde el tiempo de san Vicente hasta la Revo­lución Francesa» —proseguía Étienne— «todos cuantos le sucedieron [como superior general] fueron franceses, residieron como él en Fran­cia, y mantuvieron su autoridad sobre los misioneros vicencianos en todas partes. He ahí cómo, la sede central de París, dio vida a todas las fundaciones extranjeras».

Según Étienne, durante el reinado de Luis XIV, y luego durante la Revolución, los misioneros italianos intentaron trasladar a Roma la sede central de la Congregación, e instalar en ella a un superior gene­ral italiano. Ahora bien, tales intentos «se frustraron gracias a la opo­sición del gobierno y de los vicencianos franceses». Étienne argüía que el caos de la era revolucionaria no había permitido se convocase una asamblea general regular para elegir superior general. De ahí el haber nombrado la Santa Sede vicarios generales para regir una y otra mitad de la Congregación, hasta que tal asamblea se pudiese convo­car. Ahora que la Iglesia estaba en paz, «desea Su Santidad aunar la Congregación de la Misión bajo una cabeza que resida en París». Étienne señalaba que, en Roma, algunos seguían sin convencerse de que «esa cabeza debe ser francesa». Y estaban considerando el nom­bramiento de «un misionero extranjero como superior general».

El memorándum de Étienne concluía: «La necesitada Congrega­ción de San Lázaro pide, que su gobernación permanezca siempre idéntica, lo que equivale a decir, que el superior general ha de ser fran­cés y debe residir en París». Las razones aducidas eran:

  1. La bula de Urbano VIII aprobó la Congregación de San Lázaro como congregación francesa. Esto lo confirmó Luis XIII con letras patentes. Se reconoce universalmente a la Compañía como nacida en Francia, al igual que ha sido siempre francés su superior general, y que ha tenido su sede central en París. Es natural que un francés gobierne semejante Con­gregación. 2. En el pasado, cada vez que se eligió superior general, la elección recayó en alguno de entre los misioneros franceses. Cualquier otra opción habría originado graves problemas y divisiones44. 3. Estan­do la administración de la Congregación de la Misión unida a la de la Compañía de las Hijas de la Caridad, el superior general actúa como cabeza de una y otra entidad. La Compañía de las Hijas de la Caridad cuenta unos 4.000 miembros, distribuidos por 308 establecimientos. Siendo ella enteramente francesa, requiere un superior francés. Fácilmente se imaginan los desastrosos resultados del nombramiento de un superior extranjero para esta Compañía. 4. Si aconteciese ser extranjero el superior general de los vicencianos, nada le impediría tomar por asis­tentes a extranjeros como él. Ni le impediría nada poner a extranjeros al frente de las casas vicencianas en Francia. Con la cual, insensiblemen­te, la Congregación de la Misión en Francia iría dejando de ser francesa. 5. Hoy, la Congregación de los lazaristas debe su existencia legal en Francia a la real ordenanza del 3 de febrero de 1816. Esta ordenanza ha instaurado la Congregación sobre la base de su existencia antes de la Revolución. Para los efectos de la legislación, si tuviera una administra­ción extranjera, perdería su existencia legal.

Etienne concluía diciendo: «Es con objeto de prevenir los efectos [del nombramiento de un general extranjero] como los vicencianos franceses me han comisionado, para que dirija a Su Excelencia la expo­sición de las principales razones, que exigen a la Congregación perma­necer tal cual siempre fue, es decir con un superior general francés que resida en París. Piden a Su Excelencia que considere estos puntos y los mantenga con su autoridad». Poco acicate necesitaba el gobierno para asumir la causa de los vicencianos franceses. Según la Notice de Étien-ne, fue monseñor d’Isoard quien alertó a Frayssinous en cuanto al plan romano «de hacer que el Papa nombrase superior general a un no fran­cés, el cual residiría en la capital del mundo católico». Con este cono­cimiento anticipado, Carlos X dio «inmediatamente a su embajador ante la Santa Sede la orden de que pusiera el veto». A seguida de este paso, el gobierno negoció con la Santa Sede para resolver la cuestión. Étienne dijo que la Compañía no había tomado parte en las negociacio­nes. Cuando salió victoriosa la causa francesa, Étienne reivindicó: «Así, sin ninguna intervención de nuestra parte, la Providencia supo reducir a la nada todas las intrigas cismáticas de los misioneros italia­nos y que sus tentativas desembocasen en unos resultados completa­mente opuestos a lo que ellos habían pretendido. Creyeron alcanzar el éxito, pero por la intervención del gobierno francés, que nosotros no habíamos pedido, el éxito se transformó para ellos en confusión».

Indudablemente, d’Isoard informó al gobierno sobre los planes objeto de discusión en el Vaticano. Tras la entrevista de enero con el nuncio, el gobierno recibió también de Boujard y Étienne detalles relativos a la propuesta romana. El memorándum de Étienne, además de atacar el plan de la Santa Sede, pedía intervención por parte del gobierno. Documentos a disposición nuestra demuestran asimismo como falso el argumento de Étienne, a saber, que los vicencianos franceses nada tuvieron que ver con los actos del gobierno. Étienne y los vicencianos franceses suministraron información al gobierno y tomaron posiciones que asegurasen la derrota de los italianos.

E.UDOVIC

CEME

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