Juan-Bautista Etienne (XIX)

Mitxel OlabuénagaSin categoríaLeave a Comment

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Reliquias, apariciones y la caída de los Borbones

Un año después del debate en la Cámara de Diputados, y todavía en un plazo menor tras la elección de Salhorgne, tuvo lugar el suceso que Étienne calificó de: «un gran consuelo vino a alegrar la Compañía ente­ra, y abrirle la más bella carrera apostólica que había de recorrer». Este acontecimiento seminal fue la traslación de las reliquias de san Vicente a la capilla de la nueva casa-madre.

«¿No es admirable, se pregunta retóricamente Étienne, que después del saqueo de la casa de San Lázaro, en 1789, época en que este cuerpo venerado había sido sustraído a las manos sacrílegas de los revolucionarios, permaneció en la sombra, sin ser colocado sobre los altares, aunque después de 1801 el culto público había sido restable­cido en Francia?». Y además sabiendo «que la comunidad de las hijas de la caridad se encontraba regularmente organizada y gozaba de todas las simpatías públicas». Étienne expone lo «inexplicable» de esta demora, salvo que lo mire uno «a la luz del misterioso designio de la Providencia, revelado por sucesos posteriores.

En la autenticación canónica que precedió a la traslación, Étienne actuó como testigo. Las personas oficiales encontraron autenticaciones previas, cuando abrieron la urna. Todos los presentes examinaron los documentos, según eran inventariados. Entre los testimonios había una carta del 18 de julio de 1806, por la cual Francisco Brunet encomenda­ba las reliquias a las Hijas de la Caridad. Estipulaba que, a petición del superior o vicario general, aquellas reliquias serían devueltas por las Hermanas. Ponía además la condición de que «nunca dichas reliquias se expongan ante el público». En cuanto testigo, Étienne sabría el porqué de que la Comunidad nunca expusiera públicamente las reliquias.

El momento escogido por la Providencia para el traslado advino, según Étienne, «cuando Francia preparaba un ejército que debía ata­car el islamismo de África y conquistar las costas berberiscas, que, desde hacía siglos, eran la guarida de la piratería, el espanto y la deso­lación de la Cristiandad». El arzobispo De Quélen, «que tenía gran devoción a san Vicente», llegó a la conclusión de que este era el momento para el tantas veces pospuesto traslado de las reliquias. Momento que hacía sentido, pues «el mismo san Vicente fue esclavo en Argelia». Tras su evasión, «el santo realizó maravillas de caridad en pro de los infortunados cautivos cristianos, víctimas de un destino que fue también el de él». Era la idea del arzobispo —prosigue Étienne—, que la traslación instaurase a san Vicente como patrón del ejérci­to francés. Entonces, por intercesión suya, Dios daría a Francia una «gloriosa victoria». No habían transcurrido tres meses desde la tras­lación, cuando el ejército invasor «triunfalmente ocupaba la ciudad de Argel, donde plantó la cruz de Jesucristo y la bandera de Fran-cia»32. En todo ello veía Étienne una prueba de que «se habían reali­zado las esperanzas del arzobispo».

Dice Rosset que la fe infundió valor a De Quélen para hacer caso omiso del clima anticlerical de la capital, «del clamor de la prensa y de tímidos consejos del gobierno», e ir adelante con la ceremonia. El arzobispo efectuó la traslación con la mayor pompa posible. No había mención, sin embargo, en el Mandamiento del arzobispo, de la inmi­nente invasión de Argelia, ni se invocaba tampoco la protección del santo sobre las armas francesas —como en uno y otro caso reivindicaba Étienne-. De Quélen daba una justificación al traslado, muy distinta de la de la gloria y el triunfo de las armas francesas. Sería para gloria de la religión y de la monarquía:

Sí, es nuestra esperanza, es el deseo más caro de nuestro corazón, que por el patrocinio, protección e intercesión de san Vicente… Dios reciba mayor gloria, y el pueblo ejercite más plenamente la fe. Esperamos que sea motivo y fuente de mayores y más abundantes limosnas, y que induz­ca a la multiplicación de las buenas obras. Que con esta ocasión reine la caridad perpetuamente entre nosotros. Que pronto veamos desaparecer nuestras facciones, la amargura que nos exacerba, y las pasiones que nos enfrentan. Que cimente nuestra hermosa patria en una paz sólida y dura­dera, al amparo de un cetro benéfico y reverenciado, que todos los fran­ceses sean siempre celosos en mantener sin cambio o alteración.

La ceremonia tuvo lugar el 25 de abril. He aquí una sucinta rela­ción que Salhorgne hizo del acontecimiento:

Me felicito de poder comunicaros el glorioso acontecimiento que hará época en los anales de la Compañía. La traslación pública y solemne de los preciosos restos de nuestro fundador se ha hecho con una pompa que contrasta maravillosamente con el carácter humilde y la modestia de este servidor de Dios. En un largo espacio de más de media legua, un gentío inmenso llenaba las calles sin obstruirlas: las ventanas e incluso los teja­dos de las casas estaban repletos de espectadores. Y lo más admirable para los que fueron testigos, es que la multitud se paraba o avanzaba sin clamor, sin confusión, en un respetuoso silencio, que no se interrumpía más que por la música de los divinos cánticos. La solemnidad de esta fiesta, que recordaba la de los hermosos siglos de la Iglesia, tuvo una duración de ocho días y este tiempo no fue suficiente para satisfacer la piedad de los fieles, que, desde la aurora hasta la noche, visitaban nues­tra iglesia y se apresuraban a tocar la urna que encerraba las santas reli­quias, con cruces, medallas, imágenes, lienzos y otros objetos propios para alimentar y aumentar su devoción… Esta concurrencia religiosa, honrada un día por la presencia del rey (Carlos X) y de las dos prince­sas, esposas de sus dos hijos, enterneció hasta las lágrimas las almas sen­sibles, que bendecían al Señor por haber conservado el don precioso de la fe en el corazón de los habitantes de esta gran ciudad.

La Notice de Étienne no baja a los detalles de la ceremonia. Uno de esos detalles, sin embargo, merecía especial mención: fue la asis­tencia de sacerdotes y seminaristas que representaban a las misiones extrajeras de los vicencianos. Tomaron parte en los actos «un armenio de Constantinopla, un griego de Esmirna, y cuatro seminaristas chinos enviados a París por el superior de Macao». Fue providencial —ase­gura Étienne— que estuviesen en París estos vicencianos extranjeros. Con su asistencia presenciaron el suceso que «abrió el misterioso por­venir reservado a la Compañía». Este porvenir misterioso era la diseminación de remotos establecimientos misionales.

Según Étienne y su mito de creación, el año 1830 señala el viraje de la historia de la Compañía. El estado de la Compañía en época anterior a aquellos días de abril es presentado por Étienne de este modo:

La casa-madre había permanecido completamente estéril desde hacía catorce años, fecha de su apertura; las vocaciones eran raras y dudosas; los intentos de establecimiento en Soisson, Sarlat, Montauban y en otros lega res habían fracasado. Por lo demás la formación de los nuevos misioneros era incompleta. A pesar de la virtud de los ancianos, el Espíritu de estado se había alterado; ciertos puntos de la Regla no eran observados; muchas tradiciones y usos habían sido abandonados. Se sentía que era un cuerpo que esperaba un alma, para poder darle el ser,  movimiento, la vida.

Para Etienne «este alma acompañaba por así decirlo al Cuerpo del Santo Fundador, en el momento en el que vino a establecerse en el seno de la Familia. En efecto, tan pronto como fue colocado sobre el altar, una dulce y poderosa influencia se expandió por toda la Casa-Madre; los corazones se abrieron a la esperanza. Se manifestó, en la generación nueva de Misioneros, una aspiración ardiente hacia el espíritu primitivo de la Compañía, que fue creciendo a medida que las vocaciones eran más numerosas».

De nuevo para Étienne, dos pensamientos prevalecían en la nue­va generación de misioneros. Era el primero, «establecer la casa-madre exactamente como lo fue bajo san Vicente». El segundo eran las misiones extranjeras, que encarnaban la gran obra apostólica de la Congregación para el porvenir. Ahora bien, con los conflictos internos que plagarían a la Congregación al menos durante los 13 años sucesi­vos, francamente suena a hueca la insistencia mística de Étienne sobre el año 1830, en cuanto viraje hacia la renovación de la Compañía.

He aquí la relación que hace Étienne de la traslación, así como de lo acontecido los días que siguieron: «Todo París estaba en movimien­to. Más de trescientas mil personas de toda edad, rango, sexo, se apretaban, al paso de la procesión; y, durante la novena que siguió, nuestra capilla desde las cuatro de la mañana hasta las nueve de la noche, no cesó de estar llena de un pueblo ávido de contemplar y venerar los restos preciosos de san Vicente. Esta concurrencia de gente de todo rango social tenía algo de prodigioso. En apariencia no era más que una manifestación religiosa, magnífica y consoladora; pero en el fon­do, en los designios de Dios, había un trabajo oculto». Las «razones ocultas» de Dios —siempre para Étienne— consistían en dotar «a la sociedad y a la religión de una inmunización eficaz contra los grandes males que las amenazaban». Esos grandes males eran resultado de «una revolución que derribó el trono y expulsó de territorio francés a Tres generaciones de reyes». «Nuestras dos familias estaban particular­mente destinadas a beneficiarse de esta situación».

La revolución de 1830 no sólo destronó a los Borbones, sino que lanzó además una nueva oleada de anticlericalismo. He aquí cómo describe Etienne los ataques: «no solamente los ataques iban dirigidos contra la monarquía, sino que también la Religión sufrió sus rigores: las iglesias fueron indignamente profanadas; las cruces derribadas; las comunidades religiosas, asaltadas, devastadas y dispersadas; los sacer­dotes, perseguidos y maltratados; incluso el Arzobispo de París, objeto del furor del populacho, fue obligado a disfrazarse y ocultarse para poder escapar de los peligros que amenazaban su vida. Se creía ver apa­recer los malos días de 1793.

En la casa-madre de la calle Sévres, los misioneros extrajeron de la urna de plata las reliquias de san Vicente y las sacaron de la ciudad secretamente. La comunidad devolvió la urna al orfebre que la había labrado. Los fondos reunidos por la archidiócesis para pagar la pieza se perdieron en el saqueo de la residencia arzobispal. El superior general, los estudiantes y seminaristas, más el personal no indis­pensable, todos dejaron París para ir a provincias. Étienne se quedó. El conde Laborde, el diputado liberal otrora ganado por Étienne para defender la Compañía, era el nuevo alcalde de París. Étienne pidió una audiencia urgente y recibió garantías de que «nuestra Congrega­ción nada tenía que temer». Ni una ni otra casa-madre fueron inquie­tadas, mientras duró la revolución de julio y en lo sucesivo».

En los peores días de julio, Étienne y otro misionero, Juan-María Aladel, se vistieron de paisano y anduvieron por las calles entre el populacho. Querían informarse sobre cualquier indicio que amenazase a los misioneros o a las Hermanas todavía en la ciudad. Etienne y Aladel visitaron las casas de las Hijas de la Caridad. Étienne llegó a descubrir el escondite del arzobispo. Se reunió con él y le suministró información de primera mano sobre los hechos. Según Étienne, esos mismos días de julio fueron testigo de hechos espirituales tan notables como los acontecimientos políticos que se estaban sucediendo. En la Notice, Étienne hace mención de cómo «los tres días revolucionarios, ocasión de tantos desastres», cayeron en la octava de la festividad de san Vicente. Por este tiempo, se hacía un retiro en la casa-madre de las Hijas de la Caridad de la calle del Bac. Étienne observaba que el retiro había discurrido «tranquilamente entre el fuego del cañón y el clamor de un delirante populacho»52. Según era costumbre en seme­jantes retiros, la comunidad exponía a la veneración de las Hermanas un relicario de san Vicente. He aquí la relación que hace Étienne de los sucesos que acompañaron a aquel retiro:

Una joven Hermana del Seminario percibió, con un susto religioso, un corazón rojo sobre el Relicario, pero de un rojo sombrío y triste. Una voz interior le hizo entender las siguientes palabras: Es el corazón de san Vicente, que está profundamente afligido por las grandes desgracias que van a caer sobre Francia. Cada vez que ella entraba en la capilla, se reproducía la misma visión, y escuchaba las mismas palabras; todo esto tuvo lugar, desde el primer día hasta el último de la Octava; solamente durante los últimos tres días, notó que el color del corazón pasaba a ser fucsia y que la voz interior le decía que el corazón de san Vicente esta­ba algo más consolado, porque había obtenido de Dios, por intercesión de la Santísima Virgen, que las dos familias no perecerían en medio de estas desgracias y que Dios se serviría de ellas para reanimar la fe. La hermana se apresuró a comunicar todo lo que veía y oía a su confesor.

La Hermana se llamaba Catalina Labouré; Aladel era su confesor.

Refería Etienne cómo, al comienzo, el confesor de la Hermana prestó escasa atención a estas confidencias. «Contrastaban fuerte­mente con la situación en Francia, que celebraba por entonces las fiestas en honor de la conquista de Argelia por el ejército francés». La octava de la festividad de san Vicente concluyó el 27 de julio, «y al día siguiente estalló la revolución, difundiendo el terror por todo París». «Nuestras dos casas-madre fueron respetadas» —observaba Étienne—. «La nuestra sin embargo fue visitada por los revoluciona­rios, pero no produjeron desorden alguno y no dejaron huella de su paso. La joven hermana del Seminario se lo había predicho a su confesor».

Un pasaje, en la Notice de Étienne, dice que las visiones coinci­dieron con el estallido de la revolución; en el párrafo siguiente se afirma que la revolución estalló con posterioridad a las visiones. La versión de Étienne yerra en cuanto a la cronología y en cuanto al objeto de las referidas visiones. Ambos, Étienne y Aladel, tomaron la «festividad» indicada por la joven Hermana, por la que se celebra en julio: el día de san Vicente. En realidad, le festividad que la Herma na indicaba era la de abril: el traslado de los restos. Años después, en 1856, Catalina atestiguó haber tenido tres visiones sucesivas del corazón de san Vicente. Dijo que habían ocurrido entre el 26 de abril y el 1 de mayo de 1830:

Se me apareció tres veces diferentes en tres días sucesivos: blanco color de carne, que anunciaba la paz, la calma, la inocencia y la unión. Después lo vi rojo de fuego: lo que debe alumbrar la caridad en los corazones. Me parecía que toda la comunidad debía renovarse y extenderse hasta las extremidades del mundo. A continuación lo vi rojo negro, lo que me llenaba de tristeza el corazón. Eran las tristezas que con sufrimiento debía sobrellevar. No sabía por qué, ni cómo esta tristeza se relacionaba con el cambio de gobierno.

En cuanto a los dos mensajes que, según Etienne, recibió interior­mente la joven Hermana, sañala René Laurentin que, «si leemos con cuidado los relatos de Catalina, estos mensajes explícitos le han sido comunicados más tarde, cuando se le apareció Nuestra Señora, en la noche del 18 al 19 de julio, en la fiesta del señor Vicente»61. Desde el principio, uno y otro, Étienne y Aladel, confundieron ambas series de apariciones. Construyeron una «síntesis estilizada» propia de ellos. La confusión continuó en subsiguientes relatos semi-oficiales. Laurentin observa:

El análisis conduce pues normalmente a la conclusión que Aladel y Étienne han recordado globalmente las predicciones de la revolución de julio, contenidas, de diversas formas, en tres apariciones diferentes: pri­meramente la aparición del corazón del señor Vicente (solo mencionado por ellos, pero desplazada a julio); la de Cristo en la Eucaristía; en fin, la de la Virgen en la fiesta del señor Vicente (noche del 18 al 19 de julio): aparición que Aladel y Étienne silencian completamente. Su acentuada estilización está referida a que la protección de Dios, otorgada por la doble intercesión de san Vicente y de la Virgen María, está en conformi­dad sustancialmente con lo que Catalina dice haber recibido explícita­mente de la Virgen María en la aparición del 18-19 de julio.

Vale la pena registrar por extenso, con las palabras de Catalina, el objeto del mensaje que María le confió la noche del 18 al 19 de julio:

Vienen malos tiempos. Las desgracias se abatirán sobre Francia. El tro­no será derrocado. El mundo entero sufrirá desgracias de todo tipo. Pero venid al pie del altar. Aquí se derramarán gracias sobre todas las personas que las pidan con confianza y fervor: grandes y pequeños… Hija mía, me complazco en derramar gracias sobre la comunidad en particular. La amo mucho… Sin embargo, estoy apenada. Hay grandes abusos en la regularidad. Algunas reglas no son observadas. Hay un gran relajamiento en las dos comunidades… Debe hacerse todo lo posible para restablecer la regla en todo su vigor. Se ha de vigilar sobre las malas lecturas, la pérdida de tiempo y las visitas. Cuando la regla vuelva a estar en todo su vigor, una comunidad vendrá a reunirse con la vuestra… Llegarán gran des desdichas. El peligro es grande. Sin embargo, no temáis. La protección de Dios está siempre aquí de una manera muy particular y san Vicente protegerá la comunidad. Estaré yo misma con vosotros. Siempre he velado por vosotros. Os concederé muchas gracias… Tened confian­za… No os desaniméis. Estaré con vosotros. No así con otras comunida­des. Habrá víctimas entre el clero de París: morirá el Señor Arzobispo… Hija mía, se despreciará la cruz. Se la echará por tierra. Correrá la san­gre. Se abrirá de nuevo el costado de Nuestro Señor. Las calles se llena­rán de sangre. El Arzobispo será despojado de sus vestidos. Hija mía, el mundo entero se sumirá en la tristeza.

«Todo parecía perdido para la religión y para nosotros» había sido el comentario de Étienne al tiempo de la revolución.

Empero, no se había perdido todo y, según Étienne, esta época señaló la apertura de la «hermosa trayectoria apostólica de nuestra Compañía». En 1870 reflexionaba Étienne:

¿Quién no comprende hoy que la sucesión de trastornos producida en todos los pueblos por esta explosión de democracia, Dios vino a izar, en el mismo seno del movimiento revolucionario, la bandera de la Caridad como un signo de reunión y de oposición a estos estragos? Así como Él hizo elevar en medio del desierto la serpiente de bronce como signo de salvación para todos aquellos que la miraban67, del mismo modo Él ha resucitado, en el seno de esta gran Capital, el Cuerpo de san Vicente, como símbolo de influencia salvadora, que debía al mismo tiempo curar los males causados por la democracia, y convertir sus principios en un mayor bien de los pueblos.

Étienne alegaba que, «durante los quince años del Gobierno de la Restauración, la voz de la caridad parecía extinguida en Francia y en todas partes». Entonces, «el nombre de san Vicente, largo tiempo olvidado, aparece en todas estas convulsiones políticas, que debían alumbrar un mundo nuevo, como el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas, de donde salió el primero, en el origen del tiempo». Etienne ponía como ejemplo la «hermosa institución» de Federico Ozanam, la Sociedad de San Vicente de Paúl. Este movimiento «se ha extendido por todo el universo, derramando en la morada del pobre el alivio, el consuelo y la salud, semilla de Caridad, que hará germinar enseguida por todas partes obras que curan las miserias de la humani­dad y regeneran los pueblos». Para Étienne «el movimiento general de la Caridad explica la protección de la Providencia sobre nuestra Compañía, en medio de estos graves acontecimientos».

Una explicación menos mística, de por qué la Compañía perma­neció inmune, era el no haberse entrometido en la política, y que tenía como compromiso el obedecer a cualquier gobierno que detentase el poder. Salhorgne observaba en su circular de 1830,

San Vicente de Paúl es nuestro protector en el cielo: su intercesión para con sus hijos no quedará sin efecto, con tal que, por nuestra exactitud en el cumplimiento de las reglas que nos ha dejado, y por la práctica de las virtudes de las cuales es nuestro modelo, nos mostremos dignos de per­tenecerle. El mismo vivió en tiempos turbulentos y de disensiones civi­les; pero como consecuencia de su rara prudencia, nos ha prohibido toda implicación en cuestiones políticas que tienen como objeto el gobierno de los pueblos. El quiere que, fieles a Dios y sumisos a la Iglesia, pon­gamos toda nuestra solicitud en orar por la felicidad y la salvación de los hombres y de aquellos que los gobiernan. Esta regla ha guiado nuestra conducta hasta el presente, y nosotros no nos desviaremos de ella.

Observaba Étienne que «la pequeña Compañía, pasando por el crisol de rudas tribulaciones, se debía preparar para la gran Misión que le estaba reservada». Toda la década de 1830, y aun entrada la de 1840, no provenía este crisol de factores externos, tales como revoluciones o cambios de gobierno; más bien consistiría éste en una «furiosa tempestad interna». «Sin una manifiesta intervención del cielo, esa tempestad habría destruido la Compañía para siempre».

E. UDOVIC

CEME

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