Juan-Bautista Etienne (XIV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Juventud de Étienne

Con el comienzo de su vida en el seminario interno, tocó a Étienne ser dirigido por Pedro Le Go. Este padre, hasta entonces incorporado al clero diocesano de Le Mans, acababa de volver a la Congregación. Rosset da de Le Go el juicio que sigue: «Formado en todas las virtudes de nuestro santo estado en la antigua casa de San Lázaro, había conservado fielmente, durante los días de persecución y destierro, el espíritu de la pequeña Compañía, y nadie mejor que él podía inspirar su estima y ejercicio a las generaciones que iban a sucederse en la nueva casa-madre». Según Rosset, Le Go «discernió prontamente el mérito» de Etienne, el seminarista procedente de Metz. «No descuidó medio alguno en el desarrollo de las raras cualidades que observaba en él». Cualidades que eran, «una piedad sólida, una gravedad apacible, máxi­ma facilidad para plegarse a las exigencias de la vida común, y una fidelidad que nunca se desmintió a todas las observancias regulares».

Las dotes de Étienne llamaron favorablemente la atención de la reducida comunidad que vivía en la casa-madre, la cual contaba entre sus miembros al vicario general, Carlos Boujard. Étienne fue un favorito en la comunidad desde los primeros días. Los misioneros antiguos le veían como “al joven que hará algún día grandes cosas y prestará a la Congregación eminentes servicios». Étienne hablará siempre con gran respeto de «estos antiguos misioneros, dignos de veneración, cuyo discípulo tuve el honor de ser y de quienes recibí el afecto más benévolo».

Los antiguos misioneros entretenían a Etienne con los recuerdos pre-revolucionarios de la Compañía, recuerdos vívidos, si bien alta­mente subjetivos. Étienne oyó hablar de «los esplendores, y asimismo los abusos, del antiguo régimen». Tuvo noticia de «las tradiciones y las desdichas de la casa de San Lázaro». De acuerdo con su biógra­fo, fue a través de estas manifestaciones como «la precoz inteligencia» de Étienne asimiló graves lecciones para el porvenir, pues descubría «en el sucederse de las vicisitudes la acción secreta y los designios ocultos de la Providencia».

La formación de Étienne, desde el seminario hasta sus años de joven sacerdote, aconteció en medio de las tradiciones y actitudes de la cultura eclesiástica de la Restauración. Este ámbito tenía como pun­to de mira el restablecimiento de la relación entre el trono y el altar, cual era vigente antes de la Revolución. El patrimonio formativo legado a Étienne, y a la mayoría de sus contemporáneos, era arcaico y superficial. Lamennais observaba: «Tomado en su conjunto, nunca ha sido el clero tan ignorante como hoy». La fe de aquel clero era fuerte, su piedad, devocional, y su filosofía, tradicionalista, rígida y autoritaria] t. He aquí cómo describe Adrien Dansette esas «rigurosas nociones»:

Podía estar relativamente mal formado, pero aquel clero poseía en efecto una doctrina política y social que sustentaba su ideología. Des­arrollada en le época del Imperio por los seglares José de Maistre y Luis de Bonald, esta filosofía no se propagó mucho hasta después de restablecido el trono. Esencialmente contra-revolucionaria, interpreta­ba los hechos de la Revolución y del Imperio a la luz de ideas tradi­cionales. Contraponía entre sí razón y tradición, individuo y sociedad, y ponía a Dios en la cima del edificio humano. Sólo la realidad histó­rica, y no la inteligencia humana, puede descubrir la verdad; y esa ver dad revela que, para con la sociedad, el ser humano tiene, no sólo derechos, sino también deberes. Tal verdad fundacional es transmitida, bajo la autoridad jerárquica de Dios, al soberano y al cabeza de familia.

Por razón de su existencia legal, unían íntimos lazos a la Con­gregación restaurada con el régimen monárquico. Así era cómo los vicencianos franceses secundaban el tradicionalismo de la época y un reavivado galicanismo. Con entusiasmo, los misioneros harían eco al pueblo, que entonaba la aclamación monarquista: ¡Viva Francia! ¡Viva el rey! ¡Siempre en Francia los Borbones y la fe!.

El 27 de septiembre de 1825 ordenaba a Étienne en su capilla pri­vada el arzobispo de París, Jacinto-Luis de Quélen. Con anterioridad a la ordenación, debido a la aguda falta de sacerdotes, Étienne ense­ñaba teología dogmática, canto y rúbricas a los seminaristas más jóve­nes de la casa-madre. Apenas ordenado, fue designado secretario del vicario general, procurador de la casa de San Lázaro, y prefecto de la capilla de la comunidad. En todo el recorrido de su vida, la casa-madre sería el único destino de Étienne, quien siempre ejercería algu­na manera de poder.

He aquí cómo describe Rosset los comienzos de la trayectoria pública de Étienne: «Llegó el tiempo para el señor Étienne de entrar en la vida activa. Provisto de una instrucción sólida y formado en todas las virtudes de la Compañía, va a salir del retiro (del seminario) e inauguar la carrera de las buenas obras que Dios ha abierto delante de él… En adelante nada importante se hará en la casa de San Lázaro ni en la Congregación entera sin que él tome parte considerable».

Un empeño del joven vicenciano era la ampliación de la encanija­da casa-madre. Y ocupaba la cabecera del proyecto el dotarla de una capilla, su primer oratorio adecuado. La Compañía recurrió al gobierno en demanda de asistencia económica. Étienne visitó al. Ministro de Asuntos Eclesiásticos, Dionisio Frayssinous. Una vez más, no quedaron sin premio la lealtad de los misioneros, su utilidad y los servicios que prestaban al gobierno. Ya anciano, Étienne no se cansa­ba de repetir lo que el Ministro le había dicho en la entrevista:

Estimo mucho vuestra Congregación. ¿Y sabe por qué? No he tenido nunca la ocasión de relacionarme con ella; pero he estudiado la histo­ria de las Órdenes religiosas. El resultado de este estudio es que no veo más que vuestra Congregación que tenga un futuro, hoy en día, porque su espíritu es el que mejor se adapta a los tiempos en que vivi­mos. Deseo que se multiplique y se organice bien, a fin de que pueda responder a las necesidades de nuestra época; si el Gobierno es sabio, deberá confiarle todos los servicios religiosos que dependan de él.

A instancias de Frayssinous, pese a las rigurosas restricciones presupuestarias, el rey y el gobierno convinieron en conceder los 200.000 francos que precisaba. La ordenanza declaraba, que la propiedad adjunta en la calle de Sévres «será donada a la Congregación de los misioneros de San Lázaro, con el fin de asistirla en su establecimiento». Antes que transcurrieran dos meses, la Compañía había puesto la primera piedra de la capilla. Esta capilla fue dedicada el 1° de noviembre de 1827.

E. UDOVIC

CEME

 

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