Juan-Bautista Etienne (XII)

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La restauración borbónica

En enero de 1815 Hanon arrendó un amplio apartamento cerca de la Iglesia de San Sulpicio, en París. Escribió a Sicardi que esperaba, pasado el invierno, que varios otros misioneros se le unieran en una labor enderezada a la restauración. En tanto ésta no se lograse, tendrí­an que sostenerse mediante sus ahorros y recursos personales. Aten­to a los asuntos de Francia, procedió en primer lugar, con el apoyo del Papa, a subsanar el cisma entre las Hijas de la Caridad.

El 1 de enero Hanon dirigía a las Hermanas una circular exponiendo en detalle la posición adoptada por la Santa Sede en la restauración de la paz. Observaba también: «Por una carta de Roma, con fecha 13 de agosto, sabemos que el Soberano Pontífice tiene interés en que reinen la paz y la tranquilidad entre las Hijas de la Caridad. Entendemos asi­mismo que, en principio, asiente al restablecimiento de la Congregación sobre la base de sus constituciones primitivas». La Santa Sede dictaminó que la Hermana que había actuado como superiora general, lo había hecho bajo una autoridad civil, no canónica. Hanon concluía: «Así pues, aquellas Hermanas que, los pasados tres años, rehusaron reconocer su título, en cuanto que contrariaba a las reglas de san Vicente, ciertamen­te han sufrido por la justicia y la defensa legítima de su estado».

Hanon mencionaba asimismo una carta que había recibido de Sicardi. «Este digno misionero escribe… que el Santo Padre le ha habla­do en dos ocasiones sobre nuestros asuntos, y que sabe muy bien quién atizó la insubordinación entre vosotras. Considera rebeldes a quienes se separaron del establecimiento fundado por san Vicente… Ha prometido su apoyo para lo que vosotras y yo deseamos… Nuestro corresponsal añade que, con alguna paciencia, veréis de nuevo a todas las Hijas de la Caridad aunadas bajo una misma gobernación y autoridad”. El gobier­no imperial había expulsado a muchas Hermanas opuestas a su políti­ca. Estas Hermanas eran ahora invitadas por Hanon a reintegrarse a la Compañía. Se unirían a «las que no habéis dejado el hábito ni abandona­do el servicio de los pobres. Hermanas que conservaron ambas cosas y no adoptaron novedades ni tomaron parte en la agitación en torno a ellas. Siempre habéis guardado los votos y conservado los hermosos senti­mientos que os transmitieron vuestras madres». De este modo recibía Hanon de nuevo a las Hermanas disidentes, y reconocía la fidelidad de las que rechazaron un régimen impuesto por el gobierno.

El vicario general comprendió que, terminado el cisma, era preci­so que conviviesen todos los grupos. Por ello intimaba luego: «Que haya silencio absoluto y olvido general de lo pasado. Demostrad la misma justicia, respeto, afecto, bondad hacia todas las Hermanas sin excepción, cualesquiera hayan sido sus anteriores sentimientos, len­guaje y comportamiento.

El 24 de febrero de 1815, Hanon emitió otra circular destinada a las casas francesas. Adjuntaba copia del largo tiempo esperado breve pontificio. Este documento comenzaba declarando,

Se Nos ha dado a entender que hubo en años pasados divisiones y dispu­tas entre las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl. Hemos sabido también que, debido a la iniquidad de estos tiempos deplorables, ese mal afecta aún, como una gangrena, a las Hermanas. Vanamente buscaríamos palabras con que expresar la honda pena que Nuestro paternal corazón ha experimentado por este motivo. La razón es el afecto particular que senti­rnos hacia ese Instituto, al que recomiendan, tanto su santidad eminente como su utilidad. Esas llamas de discordia han causado graves daños, y parecen amenazar con la total destrucción… Ahora bien, se nos han dirigido múltiples cartas, plenas de humildes súplicas y deseos ardientes de que remediemos los referidos males mediante una decisión apostólica. Hemos examinado sin demora y con gran cuidado, exactitud y diligencia todo el asunto… No habiendo omitido paso alguno en el descubrimiento de la verdad, he aquí por fin el medio que estimamos más rápido y eficaz para restaurar la paz y disipar los restos de toda disensión.

Pío VII nombró “Visitador Apostólico” de las Hijas de la Caridad francesas a Pablo-David D’Astros, vicario general de la todavía vacante sede arzobispal de París. D’Astros debía proveer a la elección regular de nueva superiora general. El Papa ordenaba que ello se hiciera “dentro del acto debido a los derechos del señor Hannon… Éste ha de asistir a la asamblea y desempeñar las funciones que le asignan los estatutos”. He aquí cómo refiere estos hechos Etienne: “Para poner fin a las turbulencias que este cisma funesto había ocasionado… Pío VII restablece mediante un Breve al señor Hanon en sus derechos; y para que el Arzobispado de París expiase sus pretensiones ambiciosas, un Vicario Mayor de esta diócesis, designado a este efecto por el Papa, el señor D’Astros… fue el encargado de publicar este Breve, en la capilla de la comunidad, en presencia del señor Hanon”.

Etienne culpabilizó del cisma a las “intrigas” de los vicarios generales de París. De ese modo pasaba por alto los papeles jugados en todo el proceso por Napoleón y el gobierno imperial. Ahora bien, el texto del decreto pontificio no culpaba del cismo a los vicarios generales. Una nota a pie de página declaraba que ·fueron causa de estos desórdenes y divisiones la impiedad, el espíritu cismático y el despo­tismo del pasado gobierno». En París, las Hermanas se reunían el 12 de marzo de 1815. Eli­gieron, delante de Hanon, nueva superiora general, y pusieron fin al cisma. Algunas semanas después, las Hermanas trasladaban su casa-madre, hasta entonces en la calle «du Vieux-Colombier». El gobierno les había suministrado otro inmueble en la cercana calle «du Bac». Hanon asumió sus deberes por lo que hacía a las Hermanas, tal la aprobación de sus votos anuales. El 19 de julio, festividad de san Vicente, Hanon presidió los actos del día en la nueva casa-madre. Nueve o diez vicencianos, residentes en París o sus alrededores, se le unieron en aquella celebración.

Los sacerdotes de Misiones Extranjeras de la Rue du Bac fueron devueltos a su rango por Luis XVIII en vísperas del interregno de los «100 Días». El 28 de agosto de 1815, Hanon escribía una vez más al Ministro de Cultos, solicitando el restablecimiento de la Congre­gación de la Misión, tal cual ésta era antes de la Revolución. Pedía asimismo se confirmase el derecho, reivindicado por la Congrega­ción, a tomar posesión, como casa-madre suya, del inmueble en rue du Vieux-Colombier,antigua casa-madre de las Hijas de la Caridad. Finalmente, el 3 de febrero de 1816, Luis XVIII emitía una ordenanza la cual aplicaba su decreto del 2 de marzo de 1815 a los Vicencianos y a los espiritanos. El gobierno, pues, reestablecía los Vicencianos, con los términos del decreto napoleónico de 1804 por base. Hanon emitía el 16 de marzo una circular, comunicando a antiguos Vicencianos en Francia “la hermosa noticia de que una real ordenanza ha restaurado nuestra querida Congregación de la Misión”.

Hanon se puso luego a hacer planes para el futuro. «Por nuestra parte no descuidaremos cosa alguna en cuanto a disponer una presta reintegración de nuestros hermanos, la constitución de un nuevo seminario interno, y la reconstrucción del régimen general de la Compañía».

Señalaba Hanon que, aun habiendo fallecido el último misionero de Berbería, habían subsistido las demás misiones extranjeras en China y Levante. Estas misiones requerían inmediata ayuda. En cuanto a Francia, observaba el vicario general: «Los seminarios, las misiones, la dirección de nuestras hermanas, el ministerio pastoral, todas nuestras funciones antiguas y ordinarias, puede, desde este momento, o podrán en poco tiempo, proporcionar a vuestro celo y a vuestro amor por la salvación de las almas, un rico campo de trabajo». Hanon encarecía a sus lectores que no esperasen hasta la «restauración efectiva» de la Con­gregación, sino que volviesen luego para sumar fuerzas en aquel empeño. Prometía ponerse en contacto con cada cuál, al objeto de convenir en aquellos lugar y obra que «se adapten a los propios talentos y preferencias». Ahora bien, de allí a poco más de un mes —24 de abril- fallecía Hanon, cuya salud llevaba algún tiempo flaqueando.

La muerte del vicario general introdujo la Congregación, apenas restaurada en Francia, en un ulterior período de crisis y confusión. Hanon había nombrado vicario general suyo al superior del seminario de Vannes, Juan-Maturino Legall. Legall no aceptó el nombramiento.

Dadas las circunstancias, asumió el mando temporalmente el primer asistente de Hanon, Pedro Claude. Pese a su restauración legal, faltaba aún a la Compañía una estructura canónica. De otro lado, eran pocos los misioneros que habían respondido a la ardiente llamada de Hanon. No sería sino en julio, cuando Claude emitiera una carta de convocación para la elección de nuevo vicario general.

En esa circular decía Claude,

No hay miembro alguno de nuestra Congregación que esté lleno del espíritu de nuestro santo fundador y no suspire por nuestra restauración. Ha llegado el tiempo de cumplirse nuestros deseos. La Santa Sede, y el rey a nosotros dado por Dios en su misericordia, secundan nuestras ansias y nos han asegurado su poderosa protección… Lo primero que hemos de hacer es elegimos una cabeza que se distinga por su amor a la vocación y su celo por el bien de la Iglesia… Ya nuestros hermanos en Italia, España, Portugal y Polonia tienen un vicario general nombrado por el Papa. Que nos dotemos nosotros de una cabeza, de un vicario general provisional, tal es la intención del rey.

Claude recordaba que sólo un puñado de misioneros había elegi­do a Hanon. Él deseaba que la inmediata elección fuera más represen­tativa. Urgía por ello a que los padres, dispersos por las provincias, eligiesen delegados y les suministrasen medios de ir a París para la elección. De no ser esto factible, los delegados debían hacer la elec­ción por carta y remitirle ésta. La asamblea debía reunirse el 12 de agosto. Lugar de la reunión era la rectoría de Santa Margarita, en la barriada de San Antonio. Era la residencia de Juan-Jacobo Dubois, quien la había puesto al servicio de la Congregación.

La asamblea nombró a Marie-Charles-Emmanuel Verbert, no como vicario general, sino como superior general. Verbert ni siquiera se había reintegrado a la Congregación por aquel tiempo. Era docente de teología en la universidad de Aix-en-Provence. Aceptada su elección no sin repugnancia, le llevaría dos meses el arreglo de sus asuntos y la llegada a París para asumir sus deberes. En su primera circular, emitida el 6 de octubre de 1816, Verbert reiteró la instancia que Hanon había dirigido a los antiguos compañeros, residentes en Francia, para que volviesen a la Congregación. “Apresuraos a reuniros en torno a mí; salgamos de nuestra cautividad, entremos en el solar de nuestros padres, y reconstruyamos el templo que ellos habían santificado con su presencia y que manos impías han reducido a un
montón de escombros. Reunámonos, el rey nos ama y quiere nombrar a san Vicente de Paúl, el santo de los Borbones, y a nosotros, los misioneros de los Borbones. El apremia nuestra reintegración, y espera el momento de manifestar sobre nosotros su paternal y real benevolencia”.

La instancia sucesiva a Luis XVIII, para que demostrara a la Congregación su «paternal y real favor» llegó con las negociaciones para la concesión de una nueva casa-madre. La asamblea de 1816 había autorizado a Juan-Jacobo Dubois para que indujese al gobierno a bus­car un inmueble adecuado. Dubois dirigió a Luis XVIII un escrito a comienzos de octubre. Pedía que se cediese de nuevo a la Congrega­ción el antiguo San Lázaro. Por el momento, la Compañía estaba dispuesta a compartir aquel establecimiento con los presos allí recluidos.

Dubois escribía: «Creemos que San Lázaro es la única casa a mano, con la doble ventaja de que no sería costoso al gobierno disponer de ella, y de proveer el espacio requerido por la Congregación para reemprender el ejercicio de todos sus honorables ministerios». Al principio, el rey se inclinaba a conceder la petición. Pero la oposición del prefecto de policía, del prefecto del departamento del Sena y del Ministerio del Interior, bastó para impedir que los vicencianos tomasen de nuevo posesión de San Lázaro.

Al cabo de prolongados trámites, el gobierno propuso la adquisición del Hôtel de Lorges, ubicado en la calle de Sèvres, número 95. La Congregación aceptaba la oferta 10 de julio de 1817. La comunidad tomó posesión del inmueble el 9 de noviembre de 1817, si bien no llegó hasta el 3 de diciembre la real ordenanza que autorizaba la compra. El bajo precio pagado por el gobierno delata el estado ruinoso de la propiedad. Tras años de espera, sin embargo, la Congregación estaba dispuesta a tomar lo que el gobierno le diese. Hubo misioneros e Hijas de la Caridad que contribuyeron con sus recursos personales a hacer habitable la nueva casa-madre. 13 pa­dres, 8 seminaristas, 2 Hermanos y 2 empleados fueron los primeros residentes.

E. UDOVIC

CEME

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