Juan-Bautista Etienne (XI)

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La disolución napoleónica

La persistente contienda forzó, en la retórica de Hanon, una fran­queza y un ultramontanismo mayores. Escribía:

La supresión de la Congregación de la Misión por una autoridad tempo­ral no podía impedir al Superior General de esta Congregación ejercer sus funciones acerca de las Hijas de la Caridad, porque la autoridad civil tiene el derecho de no reconocer al superior de la Congregación de la Misión en toda la extensión del imperio francés, pero no puede quitarle los poderes que ha recibido del Soberano Pontífice a tal efecto. Solamen­te el poder eclesiástico podría privarle efectivamente de esta jurisdicción que es del todo espiritual. En tanto el jefe de la Iglesia se lo permita, con­tinuará siendo Superior de las Hijas de la Caridad.

Hanon sostenía que, si una Hija de la Caridad se acogía a la autoridad del obispo local, cesaba de ser genuina Hija de la Caridad de san Vicente de Paúl.

El alegato ultramontano de Hanon en defensa de su autoridad llegaba cuando el emperador tenía al Papa cautivo y encarcelaba a otros eclesiásticos que, a través del imperio, resistían a su política.

Un destino que Hanon compartiría pronto. En julio de 1809 el gobierno ordenó la detención de Hanon. Fue sometido a interroga­torios durante 19 días. Mientras tanto, los acontecimientos iban conduciendo a la acción drástica por parte del gobierno en relación con los vicencianos.

A comienzos de septiembre, Félix-Julián Bigot de Préameneu pidió al emperador la aprobación de un nuevo subsidio para las misio­nes vicencianas de Levante. El emperador denegó esta petición. Garabateó, cruzando el pliego, la frase «ya no deseo más misiones». A finales de septiembre, el Ministro de Cultos presentó al emperador un informe sobre las misiones extranjeras. Había costado más de un año compilar aquel documento. Presentó asimismo «la propuesta de un decreto de revocación», según había pedido el emperador, en fecha anterior del mismo mes. Préameneu observaba que, ni aun un aumento del subsidio gubernamental a las misiones extranjeras era garantía de que «no vayan a venderse por oro inglés y trocarse en espías y guerrilleros de nuestros enemigos». Recomendaba pese a ello, que el gobierno reconsiderase el sostenimiento de los vicencianos. EI 26 de septiembre, en un acceso de cólera, Napoleón revocaba el decreto del «7 Prairial, Año XII». El artículo 2 del nuevo decreto «Revocamos asimismo todos los decretos por nos anteriormente emitidos, estableciendo y confirmando las congregaciones de sacerdotes para las misiones extranjeras, y principalmente aquel… que atañe al establecimiento de una Asociación de Sacerdotes seculares, que, bajo el título de Sacerdotes de las Misiones extranjeras, estaban encargados de las misiones fuera de Francia. Inexplicablemente, sin embargo, el emperador añadió una nota, con la orden de que el decre­to «no ha de publicarse ni imprimirse». Ni siquiera un alegato del cardenal Fesch consiguió que el emperador cambiara de parecer en cuanto a la supresión. El 6 de octubre de 1809, Hanon recibía del Prefecto del Sena una orden para que la Congregación se dispersara. El 29 de octubre, en el alojamiento de la calle Cherche-Midi, que tenía alquilado Hanon, éste era detenido por la policía.

La versión de los hechos que condujeron a la disolución napoleónica de la Congregación es muy distinta en la Notice de Étienne. Étienne culpa de ella a Hanon, mas sólo en cuanto que, contrariamente a las «pretensiones de los vicarios generales de París, intentó mantener su autoridad sobre las Hijas de la Caridad». De acuerdo con la rela­ción que de ello hace la Notice, Hanon demostró que las reclamacio­nes de los vicarios generales, en relación con las Hijas de la Caridad, «carecían de fundamento». Como réplica a la defensa de Hanon, «la intriga no razona y puso en juego todos los medios para alcanzar su fin; incluso decidió emplear un medio extremo». Según Étienne, «el Consejo de Estado habían reconocido al señor Hanon su autoridad de vicario general de la Congregación». Ser superior de las Hermanas, sin embargo, constituía una de sus atribuciones, y los agentes de la «intriga» no vieron más vía abierta a la consecución de su meta, que la supresión la Congregación. Cesando de existir la Congregación, los vicarios generales de París «esperaban entrar de pleno derecho en pose­sión de la autoridad sobre la Compañía de las Hijas de la Caridad». Así pues, vistas las cosas por Étienne, fueron aquellos «agentes de intri­ga» los que pusieron en contra de la Congregación al emperador. Éste se vio empujado por la conspiración hasta un punto en que por fin dijo: «No deseo más Mision», y dio su consentimiento al decreto que suprimía la Congregación.

La mítica versión de Étienne ostenta una semejanza superficial en el desarrollo de los hechos. En virtud del decreto de febrero de 1808, el gobierno había liberado a las Hijas de la Caridad de su dependencia del superior general de la Congregación de la Misión. Falló la actuación temporal de Hanon como delegado de los vicarios generales, el resultado fue un cisma entre las Hermanas. En teoría, no debiera haber afectado a la existencia legal de la Congregación la sustracción de las Hermanas a la jurisdicción de Hanon. Sin embargo, provocó al emperador la continua oposición ultramontana de Hanon a la política del gobierno. Al enojo y al descontento de Napoleón con los vicencianos, se sumaron su descontento y su enojo en relación con las misiones interiores y exteriores y, juntas ambas cosas, motivaron su drástica acción. Ninguna prueba apoya a Étienne, cuando arguye que, en la supresión de la Congregación, jugaron un papel los vicarios generales de París.

Otro punto en el cual delata Étienne su mitificación vicenciano-céntrica atañe al alegato de que Napoleón hubiese declarado, con referencia exclusiva a la Congregación de la Misión: «No deseo más Misión”. Su inexacta cita da a entender, que los vicarios generales manejaron al emperador y le indujeron a disolver la Congregación. Ahora bien, las verdaderas palabras del emperador fueron: «Ya no misiones». Esta frase hace clara referencia, sea a las misiones exteriores, sea a las interiores, y a las congregaciones aprobadas que las estaban sosteniendo. Además, Étienne supone que el decreto de supresión afectó sólo a la Congregación de la Misión, y no a otras.

Según Etienne, la supresión de la Congregación no dio los resulta­dos inmediatos deseados por los vicarios generales. Hanon seguía invo­cando la autoridad pontificia, en cuya virtud ocupaba él su puesto, e insistía en que su jurisdicción no podía ser anulada unilateralmente por el gobierno. A la luz de esta posición, sus oponentes se dieron cuenta de que «el triunfo no podría ser obtenido más que por el alejamiento (de Hanon) de París y de Francia». Las actas de los interrogatorios de Hanon, tras su detención en octubre, demuestran que el gobierno sos­pechaba deslealtad en él. Las sospechas policiales iban más allá de su papel en el cisma dentro de las Hijas de la Caridad. Dados sus con­tactos internacionales con misioneros e Hijas de la Caridad, el gobier­no sospechaba «que tal vez fuese un temible agente de oposición y un agitador peligroso». La policía llevó a cabo, pues, un cuidadoso exa­men de la correspondencia confiscada. «Nada indica» —fue su conclu­sión— «que Hanon haya estado envuelto en asuntos políticos». Tiene interés otra conclusión: la de que los vicencianos parecían ostentar, no sólo «una actitud correcta respecto a las relaciones con Roma, sino que además desconfiaban mucho de los ingleses». Sin embargo, la policía juzgó que, «en su conjunto», la correspondencia entre Hanon y las Hijas de la Caridad rebeldes «estaba concebida en muy mal espíritu… Es muy reprensible, y aun podría decirse que sediciosa».

Hanon creyó erróneamente estar luchando contra los vicarios generales, y no contra el gobierno. El gobierno, sin embargo, que había emitido la legislación en la que basaban sus demandas los vica­rios generales, miraba a la oposición de Hanon, no como mera pugna entre éste y la archidiócesis de París, sino como parte de la contienda imperial con el papado.

Las autoridades liberaron a Hanon el 19 de noviembre de 1809. El gobierno le puso bajo vigilancia policial, y le sentenció al exilio interno en su lugar natal. El gobierno había emitido anteriormente —8 de noviembre— un decreto que abolía el cargo de superior general de las Hijas de la Caridad. De las 1.653 Hermanas que contaba Francia, 560 protestaron individual o colectivamente contra esta alteración de su regla. 93 casas, en un total de 274, rompieron relaciones con la superiora general.

Entre las Hermanas no había sosiego, sino que se sucedían los altercados. En febrero de 1811, Napoleón dio orden de detener y encar­celar a Hanon. Mientras estaba bajo custodia, la policía le interrogó acerca de sus persistentes relaciones con Hijas de la Caridad disidentes. Le exigieron que expusiera de nuevo el fundamento de la jurisdicción por él reivindicada sobre la Compañía. Finalmente, la policía deseaba averiguar qué se proponía hacer tras su liberación. Ahora bien, órdenes del emperador, el 19 de abril, requerían que «el ministro de la policía le [a Hanon] encarcelase en Fenestrelle, y que allí permaneciese hasta la emisión de nuevas órdenes». A causa de su impenitente ultramontanismo y de su «carácter obstinado», la reclusión de Hanon concluyó sólo con la caída de Napoleón en 1814.

Sobre el encarcelamiento de Hanon, Etienne hizo este comentario: “De este modo fue como el señor Siccardi alcanzó el cumplimiento de proyecto, perseguido desde hacía mucho tiempo. Bajo el pretexto de que el señor Hanon estaba imposibilitado de gobernar la Congregación, obtuvo del Soberano Pontífice los poderes de Vicario General de toda la Congregación». A ruego de Hanon, y con el apoyo de Sicardi, la Santa Sede se había avenido con anterioridad, a delegar poderes extraordinarios en los visitadores de las provincias. Ahora bien, Sicardi aprovechó entonces la oportunidad que le brindaba la disolución, al objeto de concentrar de nuevo en sus manos el poder. Parece que en algún momento indujo a la Santa Sede a que le nom­brara, ad tempus, vicario general de España y de Italia. Sólo muy brevemente ejercería Sicardi tal poder, si acaso llegó a ejercerlo.

El 25 de abril de 1810, Napoleón suprimió todas las comunidades religiosas dentro de las fronteras del imperio. Quedó revocada la pro­tección anteriormente extendida a todas las casas vicencianas fuera de Francia. Monte Citorio fue el único establecimiento vicenciano que, «por disposición de la divina Providencia», subsistió indemne hasta el fin de la dominación francesa en Italia. Comenzado el año 1814, a medida que las tropas aliadas acorralaban a Francia, Hanon fue tras­ladado por el gobierno a una cárcel de Bourges. El 10 de abril de 1814 entraban victoriosos los aliados en París, y el emperador abdicaba. Hanon desanduvo el camino hasta París. Sin ingresos y sin recursos, se alojó al principio en el Hospital de Mujeres Incurables, regentado por las Hermanas. Pertenecía esta casa a las «verdaderas Hijas de la Caridad». No se recibió a Hanon en la casa-madre de las Hermanas, calle du Vieux-Colombier. El establecimiento seguía bajo el control de aquellas que habían rechazado su autoridad.

Hanon escribió el 26 de abril de 1814 al cardenal Bartolomé Pacca, que estaba en Roma. Pedía que el cardenal le asistiera, para soli­citar de la Santa Sede la restauración de la Doble Familia. Hanon quería dimitir, y esperaba que alguien se ofreciera a dirigir el esfuer­zo restaurador. Ahora bien, en París había sólo un puñado de anti­guos vicencianos, ninguno de los cuales estaba dispuesto o era capaz de asumir el cometido. Hanon tuvo que seguir en el cargo. Luis XVIII entraba en la capital a comienzos de mayo. En junio se entrevistaron Hanon y el arzobispo de Reims, Alexandre-Angéliquc de Talleyrand-Périgord. Éste revestía el cargo de Capellán Mayor del rey. Por apremio del arzobispo, pues, Hanon dirigió al gobierno borbónico una primera súplica de que fuesen restablecidos los Vicencianos.

Hanon sentía frustración ante las dificultades con que tropezaban sus esfuerzos en Francia. En semejante circunstancia, no tuvo más opción que reconocer la autoridad de Sicardi para la Congregación fuera del reino. «Me someto, según lo he hecho en toda circunstancia y ocasión, a las disposiciones que la autoridad del Soberano Pontífice formule a favor de usted. Dada la actual situación, las hallo acertadas y útiles a la Congregación. Están al alcance de usted mil medios más que al mío, para gobernar las casas de España e Italia. Los misione­ros de Savona me han escrito pidiendo que nombre superior. Los he remitido a usted, tal como están las cosas». Por supuesto, Étienne no alude a esta significativa concesión de Hanon.

E. UDOVIC

CEME

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