Juan-Bautista Etienne (VIII)

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La resistencia italiana: Carlos-Domingo Sicardi

Cualesquiera fuesen las razones del gobierno, muchos vicencianos franceses cuestionaron, si era la antigua Congregación lo que se había restablecido. Esta misma pregunta se hacían las provincias extranjeras, en especial las italianas. En la mente de los Vicencianos franceses que habían negociado la restauración no cabía una duda similar. Éstos aseguraban que la intención del gobierno había sido restaurarla.

En julio de 1804 anunció Brunet que era reclamado por el gobier­no francés. Puso en orden sus asuntos y se aprestó a terminar su largo exilio. Su decisión de abandonar Roma produjo consternación entre los vicencianos romanos. Los asistentes italianos, Carlos-Domingo Sicardi y Benedicto Fenaja, rehusaron acompañarle a París. Rehusaron asimismo dimitir, lo que habría permitido a Brunet nom­brar a otros. Era un callejón sin salida, pues Brunet no podía gobernar sin ellos. El vicario general propuso informar a los visitadores de que, caso de no poder estar en contacto con París, tendrían autoridad dele­gada. Así podrían enfrentarse a cualquier situación que normalmente hubiese requerido la actuación del superior o vicario generales. Aho­ra bien, los romanos comenzaron a trabajar con miras a un arreglo muy distinto del contemplado por Brunet.

Brunet salió hacia París el 31 de octubre de 1804, en un carruaje suministrado por el cardenal Fesch. Hacía justamente los últimos preparativos para la partida, cuando los vicencianos romanos encabe­zados por Sicardi dieron el paso. Acudieron secretamente a la Santa Sede con el alegato de que Brunet no podía regir desde París a una compañía internacional. El día antes de que Brunet dejase Roma, la Santa Sede emitió el breve Cum uti accepimus. Esta acta limitaba la jurisdicción de Brunet, 1) a las Hijas de la Caridad, 2) a la Congrega­ción en Francia, 3) a las misiones extranjeras francesas. El Papa nom­braba a Sicardi vicario general para la Congregación fuera de Francia. Brunet sabría de esta acción sólo tras haber llegado a Francia. El 25 de noviembre, Sicardi dirigió una carta circular a los visitadores informándoles de su nombramiento. En una circular ulterior, el día de Año Nuevo de 1805, argüía que la Congregación cual se la había restablecido en Francia, para el solo servicio de las misiones extranjeras, no podía considerarse la Congregación de la Misión genuina. Ahora era un hecho el cisma entre provincias francesas y no francesas.

Pío VII, que visitaba Francia, aprovechó la oportunidad e hizo gestiones ante Napoleón a favor de los vicencianos franceses. Solicitó se permitiera reanudar sus antiguos ministerios de misiones rurales y dirección de seminarios. Para marzo de 1805 el clima en Francia había cambiado lo bastante como para que los documentos oficiales pudieran referirse a la Compañía de los Lazaristas.

Brunet escribió el 21 de junio a la Santa Sede pidiendo se le devolviera la jurisdicción. Cuestionaba el alegato romano de haber salido de Italia sin proveer debidamente a la gobernación de la Compañía. Brunet solicitaba licencia para nombrar nuevos asistentes que residieran con él París. Pedía además la facultad extraordinaria de designar a su sucesor como vicario general. Para aplacar a los ita­lianos, Brunet se declaraba dispuesto a admitir a Sicardi como pro-vicario general, si bien sólo bajo su autoridad directa. Brunet advertía a la Santa Sede que la división amenazaba al restablecimiento de la Congregación en Francia.

La carta de Brunet acompañaba a un memorándum que el carde­nal Fesch dirigía al cardenal Ércole Consalvi, Secretario de Estado del Papa. Fesch certificaba que «la Congregación de la Misión está ahora completamente restablecida, tal cual era antes de la Revolución». Fesch entraba ahora en la contienda como valedor de los vicencianos franceses y de Brunet.

Este no es asunto que concierna sólo al señor Brunet. La cuestión tiene importancia para el gobierno francés y para el futuro de las misiones extranjeras. El infrascrito declara que… el gobierno francés nunca per­mitirá el pleno restablecimiento de la Congregación en Francia, más que sobre la base de su existencia anterior a la Revolución. La consecuencia de cualquier cambio efectuado por Roma será una parálisis de la Con­gregación en el cumplimiento de su misión. Alejando de Francia a la cabeza de esta misión, Roma ha cambiado sus reglas primitivas y altera­do la naturaleza de la institución misma. Ello afecta al modo de mirar el gobierno a la Congregación. En segundo lugar, este cambio ha impedi­do la unidad de acción merced a la cual florecería de nuevo la Congre­gación de la Misión de san Vicente de Paúl. ¿Cómo podrá ejercer efecti­vamente su función un superior francés, cuando sólo tiene jurisdicción sobre los misioneros de este imperio y sus misiones extranjeras? ¿Cómo podrán estar unidos los misioneros de este imperio con los de Italia y España, si esas dos comunidades reconocen dos cabezas distintas? Se sigue necesariamente que la Corte de Roma debe devolver a la misión de Francia, la principal, y madre de todas las misiones en otros países, el poder general que le compete. Estas razones, y muchas otras que 110 deben pasarse por alto, tienen convencido al infrascrito de que Su Santidad ha de considerar favorablemente la petición del señor Brunet y reco­nocer sus derechos. En París ese acto animará mucho a la restaurada Compañía, que unirá todas sus fuerzas al objeto de florecer como insti­tución que tan honrosa y útil es a la Iglesia universal.

Posteriormente, en septiembre, Bonaparte emitía, a petición de Fesh, la confirmación de Brunet como «Superior de la Misión que se conoce bajo la designación de San Lázaro».

La granizada de cartas entre París y Roma prosiguió durante el otoño de 1805. En noviembre, la Santa Sede dio a medias un paso por atender las exigencias francesas, y concedió a Brunet el título de vicario general y el derecho de elegir dos nuevos asistentes. Le negó en cambio el derecho a nombrar sucesor. Sicardi continuaría como pro­vicario general en Roma, nominalmente bajo la autoridad de Brunet. Los vicencianos franceses y el cardenal Fesch expresaron su descontento con este arreglo.

El 22 de noviembre, una carta de Fesch a Consalvi atacaba de nuevo la porfía de Sicardi, empeñado en que la restauración francesa era dudosa. Argüía Fesch que el gobierno hacía cuanto estaba en su mano por restablecer la Congregación como ésta era antes de la Revolución, y pedía a la Santa Sede que hiciese su parte y reconociese plena autoridad de Brunet como vicario general. Tal reconocimiento prevería la pronta convocatoria de una asamblea general y la vuelta de la Compañía a un regular gobierno constitucional. En la mente de los   vicencianos franceses y del gobierno imperial, una vuelta al regular gobierno constitucional significaba control galicano de una congregación internacional.

Durante varios años, la Congregación jugó un provechoso papel en la ejecución de los planes religiosos de Napoleón, y estuvo plena­mente respaldada por el gobierno. Fueron años en los que el gobierno buscó una y otra vez, aunque sin éxito, un inmueble apropiado que sirviese de casa-madre a la Compañía; sostuvo las misiones vicencianas en China, Levante y Argelia; aprobó fondos para sostener misiones parroquiales; autorizó a la Congregación para que acepta­se la administración de varios colegios y seminarios; alentó a los obispos franceses para que favoreciesen el retorno de antiguos Lazaristas incardinados en sus diócesis; y a la Congregación misma, la facultó para recibir donaciones y legados, y le asignó un subsidio anual de 15.000 francos.

No menor importancia revistió el apoyo gubernamental a los vicencianos en las regiones de Italia, España y Portugal bajo control francés. El año 1806 puso Napoleón las casas vicencianas de Piacenza, Génova y Savona bajo protección francesa. Era la posición del go­bierno considerar como francesas a todas las casas vicencianas que, en los territorios imperiales, estuviesen bajo la jurisdicción del vicario general. Para Sicardi y los italianos se hizo difícil mantener que no existiera realmente en Francia la Congregación. Aun así, pese a tan abru­madora evidencia, y sin duda a causa de ella, los italianos y la Santa Sede siguieron resistiéndose al retorno de la dominación galicana. Por irle de Roma, era parte de sus resistencias a la política napoleónica.

En su Notice, Etienne hizo la relación más breve posible del cisma franco-italiano durante los primeros años del siglo. Su versión, por ejemplo, hacía caso omiso del apoyo papal a la resistencia que los vicencianos de Italia oponían a la restauración de la dominación galicana. Dice simplemente que en esta época la Santa Sede se había reservado la confirmación de los vicarios generales. La reserva duraría hasta que la Congregación recobrase su estado normal. Es más detallado cuando refiere «una intriga que había sido urdida en Roma por los misioneros italianos, con el fin de preparar la instalación, en la capital del mundo, la sede del Jefe de las dos familias”. Sicardi había liderado esta nueva fase que los italianos «intentaban desde hacía un siglo y que la Providencia había siempre impedido alcanzar».

El 13 de mayo de 1806, la Santa Sede emitía otra carta aún en relación con el cisma. Este documento era sólo una medida temporal, enderezada a poner cierto orden, mientras se aguardaba la convocatoria de una asamblea general largamente deseada. El Papa reconocía a Brunet como vicario general. Para el espacio de seis meses, le concedía la facultad de elegir sucesor, caso de fallecer él. Siccardi serviría en Roma como pro-vicario general. En tal calidad empero, estaría sujeto a la autoridad de Brunet.

Brunet debía asimismo nombrar cuatro asistentes. Estos nombra­mientos se someterían a la aprobación papal. El vicario general nom­bró a Sicardi, Fenaja, y los franceses Pedro Claude y Claudio-José Placiard. Sicardi se adelantó luego con su propia interpretación del decreto. Argüía que la única intención de la Santa Sede había sido confirmar a Brunet su título de vicario general, pero que en cuanto pro-vicario, él debía seguir ejerciendo la autoridad de su cargo’. Apeló a Roma para que confirmase su .interpretación. En agosto de 1806 escribía una circular defendiendo su interpretación del breve de mayo. Argumentaba que cualquier acto de Brunet que contrariase aquella interpretación sería nulo.

El 1 de septiembre, Brunet escribía a Sicardi exigiendo que se atu­viera a los términos del breve de mayo. El vicario general francés pro­hibía el ejercicio de su cargo a los asistentes que había elegido Sicardi. En Roma, pocos días después, el cardenal Consalvi emitía una carta apoyando la interpretación de Sicardi. Mas para cuando esta noticia llegó a París, Brunet había muerto.

Según lo otorgaba el breve pontificio de mayo, Brunet dejó el nombramiento sellado de su sucesor como vicario general. En París, los misioneros abrieron este sobre fallecido él. Brunet había nombra­do a Claudio-José Placiard. Placiard fue subsiguientemente desig­nado como vicario general por los vicencianos franceses, y se dirigió al gobierno francés y a la Santa Sede en demanda de confirmación149. En cuestión de días tenía el consentimiento del emperador; la aprobación papal tardó bastante más en llegar.

En Roma, Sicardi hacía gestiones para prevenir cualquier limita­ción de sus poderes que tal vez envolviera la confirmación pontificia de Placiard. A comienzos de diciembre, Placiard escribió al carde­nal Caraffa informando sobre el estado de la Congregación y el favor de que era objeto a través de todo el imperio. Reiteraba su instancia a la Santa Sede para que le reconociese como vicario general. Según concluía su memorandum, Placiard comentaba:

Los inconvenientes que para los franceses se perciben en la prolongación del vicariato general de la Congregación de la Misión, no son nada en comparación de los que inevitablemente se seguirían del establecimien­to de un nuevo orden de gobernación. El infrascrito hace protesta de que, si bien él nada emprenderá para provocar la intervención del gobierno, dado el estado actual de los asuntos eclesiásticos, el Emperador de los Franceses, el rey de Italia, no dará su consentimiento para que, los misio­neros residentes en territorios imperiales estén sometidos a la jurisdic­ción de un vicario o pro-vicario general no residente de aquellos territo­rios. Tan pronto llegara a conocimiento suyo ser tal el caso, perecerían aquellas casas nuestras que él ha protegido hasta ahora.

Placiard escribía con la misma fecha a Sicardi pidiendo su apoyo pila reunificar la Congregación. Las cartas de Placiard llegaron a después de emitirse el breve Accepimus Nuper, del 9 de diciembre de 1806. Los términos de este breve confirmaban el status quo del cisma y suponían otra victoria para Sicardi y los italianos. A comienzos del año 1807, en un intento de subsanar el cisma, Placiard recurría al Papa y a la Congregación de Obispos y Regulares. Avisaba una vez a Roma en cuanto a las consecuencias de su apoyo a Sicardi.

El Emperador de los Franceses ha protegido las casas de la Congregación en la antigua república de Génova  en el reino de Italia, en lo que fue ducado de Parma. Lo ha hecho sólo por estar aquellas unidas a una congregación que, según las constituciones, siempre tuvo en París su sede. Las pretensiones del señor Sicardi podrían dar lugar a la supresión de las casas italianas que antes se hurtaron a esa fatalidad. Yo he aceptado el cargo de vicario general sólo a instancias de nuestros hermanos, y porque una renuncia de mi parte habría destruido nuestras esperanzas de reanudar todos nuestros antiguos ministerios a través del imperio francés. Me veré forado a presentar la dimisión si no puedo cumplir con este cometido, y no dudo que deberé hacerlo si el señor Sicardi usurpa mi jurisdicción. Naturalmente, el gobierno francés querrá saber las razones de mi dimisión, y entonces el señor Sicardi sólo a si mis­mo se deberá culpar de las consecuencias del descontento causado por sus pretensiones.

Sicardi, que supo de la correspondencia de Placiard, se opuso al restablecimiento de la autoridad del vicario general francés. Negó que los italianos fueran la causa del cisma, o que tuvieran deseo alguno de Trasladar a Roma la sede de la Congregación. Pasados varios meses, Sicardi escribía a los visitadores de las provincias de España y Portugal. Se quejaba de no recibir correspondencia suya, aunque estaban bajo su jurisdicción en virtud de los breves pontificios.

Un breve ulterior con el título Qua Semper Voluntate, fue emitido por la Santa Sede el 19 de junio de 1807. Este documento abolía todos los breves emitidos durante la controversia precedente. El breve reconocía la autoridad de Placiard como vicario general de toda la Congregación. Placiard podía elegir a sus asistentes y nombrar un sucesor. El Papa ordenaba asimismo que Sicardi sirviera como primer asistente, pero le dispensaba de residir en París. El 10 de julio Placiard  enviaba a Sicardi copia del breve y le informaba sobre los demás asistentes que él había nombrado.

Con el breve de junio, confiaban Placiard y los franceses que el cisma llegaría a su fin. En agosto, sin embargo, Placiard recibía de Sicardi una carta que decía: «Está fuera de toda duda, que no puede usted todavía ejercer jurisdicción sobre la Congregación». Y enviaba además a los visitadores copia del breve pontificio, a la cual acompañaba ­una carta en la que defendía su interpretación. Su repulsa de la autoridad de Placiard se basaba en cierta frase incidental del breve que hacía referencia a la necesidad de establecer una casa-madre en París. Sicardi argüía que Placiard no podía ejercer la jurisdicción “hasta que los asuntos de la Congregación estuviesen resueltos». En sentir de Sicardi, esto significaba que los franceses necesitaban estar en posesión efectiva de una nueva sede en París. Los franceses tenían luego que restaurar la plena restauración «de las prácticas comuni­tarias, cuales se observaban anteriormente». Hasta entonces, prometía Sicardi, él ejercería la jurisdicción sobre la Congregación como primer asistente. «Nuevos subterfugios», fue la calificación que merecieron de Étienne los alegatos de Sicardi.

Placiard reanudó el porfiado duelo de las circulares con una carta que emitía el 9 de septiembre de 1807. Alegaba haberle otorgado el Papa autoridad plena como vicario general. Ni sólo eso, sino que, en virtud de un permiso extraordinario, se declaraba habilitado para ejer­cer la autoridad de un superior general, hasta tanto fuese convocada la asamblea general. Citaba al cardenal Caraffa, quien habría dicho ser deseo de la Santa Sede, que la Congregación volviera a su estado de antes de la Revolución.

Sicardi insistió con obstinación en su propia competencia, y mantuvo la posición italiana. Se asía a aquel último alegato como a un clavo ardiendo. Pero la posición italiana había llegado a ser insostenible. El visitador de España escribió a Placiard sometién­dose a su autoridad. Mas Placiard fallecía de improviso el 16 de septiembre 1807.

E. UDOVIC

CEME

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