Juan-Bautista Etienne (VII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

Napoleón y el «misercordioso plan reconstructor» de Dios

De acuerdo con Étienne, según pasaron los cinco años de terror revolucionario y reinó la calma en Francia, todos sintieron la «necesi­dad de orden». «A la cabeza del Gobierno se encontraba un hombre, joven todavía, pero de un talento militar incomparable, que se había cubierto de gloria en los combates de la República… y de una firme­za que no se detenía ante ningún obstáculo». Era éste un «hombre que reunía grandes talentos militares, un espíritu elevado y de grandes ideas». Este «genio» y hombre del destino, cualquiera lo habría adivinado, fue Napoleón Bonaparte. En sentir de Étienne, Bonaparte perseguía un «poder absoluto» en orden a «acometer la tarea de parar el carro revolucionario en su carrera desastrosa y forzarlo a entrar en el camino del orden y de la razón». Quería dar «a las ideas democráticas una dirección que restableciese el orden social en unas condiciones nuevas, que más tarde adoptarían todas las naciones de Europa y del inundo entero».

Fue destino de Napoleón el servir de «luz matinal, prometedora de claro nuevo día, repleto de esperanza en la transformación de Francia y de su porvenir». Dios se sirvió del genio de Napoleón para hacer surgir un manantial de Caridad», cuyas aguas «debían más tarde mezclarse en el río de la democracia, con el fin de dulcificar los amargores, paralizar los elementos pestilentes, y de transformarlos en elementos de salud para todos los pueblos». En algo tenía razón Etienne al interpretar a Napoleón: el emperador quería de hecho restaurar el catolicismo francés y la doble familia. Bonaparte tenía dos planes gemelos, «restablecer la paz religiosa y hacer que la Iglesia sirviese al Estado». Esta restauración reorganizaba la utilización de la Iglesia, a los vicencianos, a las Hijas de la Caridad, como «dóciles instrumentos administrativos». Instrumentos que le ayudarían a conseguir los fines por todo el imperio. «Veréis el uso que voy a hacer del clero”, había dicho Napoleón.

Según ha señalado John Carven, C. M., «como en Francia la Iglesia dependía del emperador por efecto del Concordato y de los Artículos Orgánicos, también los vicencianos se hallaban en vinculación y dependencia íntimas del emperador, para cuanto atañía a su propio restablecimiento, y bajo los distintos aspectos de su historia entre 1841 y 1809.

Según Etienne, Bonaparte inició el cumplimiento de su gran destino religios el año 1800. Fue entonces cuando aprobó el restablecimiento de las Hijas de la Caridad. Esto aconteció aun antes de que adoptase disposiciones conducentes a la reanudación de las relaciones con la Santa Sede por el Concordato de 1801. Las Hermanas fijaron su sede en París, en un inmueble de la calle Vieux-Colombier suminis­trado por el gobierno. Recibían además un subsidio anual de 25.000 francos. El 16 de octubre de 1802 Bonaparte, como Primer Cónsul, extendía el decreto original del ministerio que restablecía la Compañía. Se ponía a las Hermanas bajo la jurisdicción de los obispos locales. Se les prohibía la correspondencia con superiores extranjeros. Por vez pri­mera, con el restablecimiento legal de las Hermanas, había alguna espe­ranza de restablecimiento para los vicencianos. En su compacta rela­ción mítica, Étienne ha dado tremendos saltos históricos, desde el acta que restauraba las Hijas de la Caridad en 1800, hasta el Concordato de 1801, y de aquí al restablecimiento de la Congregación y la coronación de Napoleón en 1804. Así, cuando describe el viaje de Pío VII a París, Étienne salta sin más, con la afirmación incorrecta de que el Papa «ya había solicitado y obtenido la restauración de la obra de san Vicente … la cual había tenido lugar en virtud del decreto del 27 de mayo de 1804». El decreto de mayo restauraba en efecto la Congregación, mas este hecho no era resultado de solicitud o iniciativa alguna por parte de la Santa Sede. Los saltos de Étienne forzosamente dejaban no pocos vacíos. Llenando éstos, y otros que delata la Notice, se establecerá la sucesión de acontecimientos, en torno o a pesar de los cuales, compuso él su mito de creación.

En septiembre de 1792, el destino de la Congregación en Francia parecía sellado. El superior general, Félix Cayla de la Garde, tras huir de París, halló eventual asilo en Flandes. Se sucedieron bastantes meses sin tenerse noticia de su paradero o de su suerte. Los misio­neros e Hijas de la Caridad fuera de Francia estaban privados de superior general. En junio de 1793, dada la singular ausencia de gobierno en la Congregación, intervino Pío VI. El pontífice nombró vicario apostólico de la Congregación a Benedicto Fenaja, visitador de la provincia romana.

En el plazo de un mes, tras la acción pontificia, llegaba por fin a Roma una carta de Cayla de la Garde con fecha de 24 de julio escrita en Yprés (Bélgica). Era la primera noticia que alguien tenía de que el superior general estuviese siquiera vivo. Fenaja escribió al general urgiéndole a que buscase refugio en Italia. Parece que el general nun­ca recibió esta carta. El 13 de septiembre Fenaja recibía otra carta de Cayla de la Garde, que estaba en Tournai. Decía haber leído informa­ción sobre su nombramiento pontificio como vicario apostólico. El nombramiento le complacía, si bien reconocía no estar enterado aún de sus exactos términos. Para finales de septiembre prometía Cayla de la Garde una decisión sobre el traslado a Italia.

A comienzos de diciembre de 1793, Fenaja recibió del general todavía otra carta, esta vez desde Mannheim, en el Palatinado. Cayla de la Garde decía sentirse capaz de asumir nuevamente el desempeño de su cargo con el comienzo del año. Fenaja, por consiguiente, pidió a la Santa Sede la terminación de su cometido. El 1 de enero de 1794, Cayla de la Garde enviaba la primera carta circular, tras dos años de silencio. Con optimismo explicaba que aquella «nueva posición me proporciona todas las facilidades para retomar el gobierno de la Congregación». En marzo, sin embargo, el general recibía una «invitación de la Santa Sede para que fijara su residencia en Roma. Llegado por fin a la ciudad eterna, se instaló en la iglesia de San Andrés, frontera al otro lado del palacio pontificio del Quirinal.

Desde su exilio romano Cayla de la Garde gobernó, o intentó gobernar, lo que restaba de la Congregación fuera de Francia. La tarea era punto menos que imposible: por haber invadido Napoleón Italia y España; por la declaración de varias repúblicas de Italia, incluida la romana; por el reparto de Polonia y la persecución en Prusia en las misiones extranjeras de Francia. Cayla de la Garde fallecía en Roma el 12 de febrero de 1800, tras haber presenciado la destrucción de la Compañía en muchas partes de Europa, y sabedor de que estaba amenazada en otras.

Francisco-Florentino Brunet, primer asistente general y único asistente que moraba con el superior general, convocó una reunión en la casa provincial de Monte Citorio». Brunet informó a los padres allí reunidos de que no se había encontrado el escrito de Cayla de la Garde con el nombramiento de un vicario general. Argüía que, según las Constitutiones Selectae, competíale a él la sucesión en calidad de vicario general. Brunet dijo que retendría el puesto hasta que una asamblea general eligiese un nuevo superior general. Esta reclama­ción de Brunet, para gran sorpresa suya, se topó con una oposición significativa. Lideraba la resistencia el superior de Monte Citorio, Leonardo Ippoliti. Los romanos aducían dos razones en pro de su acti­tud: primera, no estar prevista por las constituciones la circunstancia extraordinaria que entonces comprometía a la Congregación; segun­da, la privación de voz activa y pasiva, en las casas donde viviesen exiliados, impuesta a los religiosos franceses por un decreto de Pío VI. Brunet reivindicó su derecho ante a la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares. Su apelación fue apoyada por Fenaja. Brunet recurrió asimismo al cardenal Francés, Jean-Siffrein Maury, que vivía exiliado en Roma. Dijo a este prelado que la oposición romana desea­ba «alejar del gobierno de la Congregación a todos los franceses». La Sagrada Congregación de Obispos y Regulares reconocía a Brunet como vicario general el 17 de mayo de 1800. Su decisión fue confir­mada por el Papa. Como asistentes suyos, Brunet nombró a Carlos-Domingo Sicardi y a Benedicto Fenaja. Un mes después, aparecía el escrito de Cayla de la Garde que designaba como Vicario General suyo a Brunet. El viejo antagonismo de romanos y franceses demos­traba una vez más estar muy por debajo de la superficie. Ahora bien, entonces comenzaron a pasar cosas en Francia que absorbieron toda la atención de Brunet y de los vicencianos franceses.

Con el restablecimiento de las Hijas de la Caridad, el gobierno se avino al nombramiento de dos antiguos vicencianos para que les hicieran de capellanes en la casa-madre de París. Uno de los referidos capellanes, Claudio-José Placiard, juntamente con Juan-Jacobo Dubois, asimismo antiguo vicenciano, comenzaron a dar pasos con miras al establecimiento legal de la Congregación. Placiard y Dubois tenían un aliado en su amigo, José-María Portalis, ministro de Napoleón para asuntos eclesiásticos. Daba también su apoyo a la empresa el sobri­no y auxiliar de Portalis, abate Pablo d’Astros.

Los que laboraban por el restablecimiento de la Congregación convinieron en una estrategia común. La justificación de la restauración de los vicencianos, por ellos presentada al emperador, consistía en la utilidad que reportarían al Estado, como directores de la Hijas de la Caridad y como misioneros que mantuvieran la influencia francesa en Levante y en China. En una carta dirigida al arzobispo de París el 28 de agosto de 1802, Napoleón asentía a estas propuestas. «He pedido una relación de las diversas demandas relativas a las Hijas de la Caridad. Mi intención es devolver a esas buenas hermanas todas las prerrogativas que tenían, a fin de ponerlas en situación de continuar haciendo el bien que con anterioridad había hecho… He leído con la más grande atención la nota que me ha enviado relativa a la misión de China; comprendo su importancia. Deseo que me haga una relación más detallada para que pueda conocer en donde están nuestros misio­neros y lo que habría qué hacer para que su celo fuese más útil a la Religión y al Estado».

Esta noticia alcanzó a Brunet en Roma. Pero él ponía en la reacción de Bonaparte más de lo que ésta encerraba. Y así informaba a un corresponsal suyo en la curia romana: «Bonaparte no ve ningún inconveniente en que las Hijas de la Caridad fuesen restablecidas enteramente sobre el antiguo fundamento, incluso bajo la dirección los Lazaristas. Ha añadido que si en el Instituto de los Lazaristas no hay nada opuesto a las leyes existentes, vería gustoso su restablecimiento, porque lleva en el corazón las misiones de ultramar». El abate d’Astros solicitó de Brunet una relación sobre los vicencianos.

El vicario general respondió de inmediato. Señalaba que las Hijas de la Caridad «no conservarían por largo tiempo aquel espíritu unifor­me que las hace tan preciadas de la humanidad doliente», de no estar sometidas a su guía natural: el superior general de los vicencianos. Recordaba al gobierno pasados servicios de los vicencianos en las misiones extranjeras y señalaba que «el extranjero, que se da cuenta de las ventajas de tener misioneros en esas áreas, espera con ansia la coyuntura de poner a súbditos suyos en las referidas posiciones”. El vicario general observaba cómo «entretanto, permanece vacante el puesto de superior general de los vicencianos, y no ha de dilatarse mucho su ocupación. Si los vicencianos quedan sin casa en Francia, va a resultar imposible que sea francés el próximo superior general».

Bonaparte ordenó a Portalis que estudiase la cuestión de las misio­nes extranjeras. El 7 de noviembre de 1802 el ministro presentó una relación, la cual concluía que «el gobierno debe continuar sostenien­do y animando las misiones extranjeras». Advertía que antes de la Revolución, el gobierno tenía encomendadas las misiones extranjeras primariamente a los vicencianos y a la Sociedad de Misiones Extran­jeras de Francia. Informaba además de que «aun habiendo desapare­cido estos establecimientos juntamente con las demás corporaciones eclesiásticas … por suerte han sobrevivido algunos que fueron miem­bros o jefes de ellas».

Portalis exponía a continuación un plan para la restauración de los vicencianos. Autor del plan era Juan-Jacobo Dubois. Dubois sugería que, para salvaguardar las misiones francesas, el gobierno debía nom­brarle a él Agente General de las Misiones de San Vicente de Paúl. Sería incumbencia suya «velar por los intereses de los misioneros y asegurarles los medios necesarios para el éxito». Proponía dos tareas específicas que iba a acometer. Primera, «remitir a los misioneros, especialmente en China, los descubrimientos europeos más recientes en las ciencias y las artes». Observaba con razón que «esa sola infor­mación basta a asegurar la influencia de Francia y de los misioneros franceses en el vasto imperio chino». Sería su segundo quehacer el reclutar misioneros que remplazasen a los fallecidos en los diez años anteriores. Dubois recomendaba que el gobierno proveyese al pasaje y franqueo libres para los misioneros. Señalaba además la necesidad de una casa en París, en la cual fijarían su sede central y formarían a jóvenes candidatos. Portalis advertía la naturaleza moderada de estas peticiones y lo económica que resultaría su ejecución».

En una relación que pasó a Bonaparte el 24 de diciembre de 1802. Portalis advertía la «ambición» de la congregación romana de Propaganda Fide, en cuanto a «gobernar en exclusiva y dirigir las misiones extranjeras». El ministro señalaba también que «los misioneros fran­ceses pertenecientes a la Congregación de san Vicente de Paúl nunca habían dependido de Propaganda para nada, salvo los poderes pura­mente espirituales». Para lo demás, habían estado «bajo la mirada y la mano de su soberano». Portalis evocaba el espectro de los intentos ingleses y portugueses por socavar en China la influencia de los misio­neros franceses, o sea, la de Francia. Brunet, que seguía de cerca el des-irrollo, creía ser inminente alguna manera de restauración. Con escaso cal ismo, pensaba salir para Francia hacia Pascua de 1803. El 18 de marzo de 1803, Portalis pasaba otra relación a Bonaparte. «Tuve ya el honor de presentaros un informe sobre la institución de sacerdotes seculares llamada de la Misión o Lazaristas… y habéis reconocido la posible utilidad de este establecimiento para el gobierno, la religión y el comercio. Os haré ahora relación, ciudadano Primer Cónsul, de algunos desarrollos recientes, y propondré posibles medios para reorganizar ese instituto con miras al servicio de las misiones extranjeras».

Lo chocante de este informe es el supuesto de que la cuestión no era ya si el gobierno restablecería los vicencianos, sino más bien en qué condiciones y a qué precio. El 7 de abril de 1803, Bonaparte dio el informe de Portalis al Ministerio del Interior. Pedía al Ministro que hiciera recomendaciones propias «lo antes posible».

A este punto, el proceso se detenía casi del todo. Mientras tanto, el cardenal José Fesch, tío de Bonaparte, iba a Roma como embajador. Fesch se vio con Brunet y prometió su apoyo. Avisó aun así de que, mientras durase la guerra con Inglaterra había poca esperanza de restauración o asistencia en metálico.

A finales de 1803 el Consejo de Estado recibió dos recomendacio­nes que atañían a los vicencianos. Ambas coincidían en que «los sacerdotes seculares conocidos con el nombre de Misioneros o Laza-ristas continuarán administrando las misiones fuera de Francia». Una propuesta provenía de Portalis, la otra del Ministerio del Interior. A despecho de estas dos recomendaciones positivas, el Consejo nada emprendió, debido al conflicto anglo-francés.

En las negociaciones con el gobierno, con miras al restableci­miento de los vicencianos, el agente de Brunet era ahora Viguier. Éste dio un paso desesperado en abril de 1804, «para acelerar el momento decisivo». Recurrió al Ministerio de Exteriores con la solici­tud de un pasaporte que le permitiera salir hacia Roma». Las razones en que estribaba su deseo de abandonar Francia eran, no encontrar allí con qué ganarse el sustento, y el ansia de «hallar entre los Sacerdotes de la Misión una existencia segura y ocupaciones propias de mi estado». En sentir de Viguier, si el gobierno rechazaba su petición, ello delataba al menos «un deseo sincero de nuestro eventual restablecimiento».

La solicitud de Viguier debía ser aprobada por el Ministerio de Cultos. El conde de Hauterive, que estaba en el Ministerio, comuni­có a Viguier que el Ministro de Exteriores, Talleyrand, era favorable al restablecimiento inmediato de los vicencianosm. Viguier decidió mudar estrategia: solicitaría, bien un pasaporte para Roma, o bien un subsidio que le permitiese permanecer en París, o si no, un acta de restablecimiento. El 30 de abril de 1804 elevaba la triple opción a Portalis. Portalis la remitía aquel 9 de mayo a Bonaparte para su consideración urgente.

Estas maniobras tras los bastidores tuvieron el deseado éxito y condujeron las negociaciones a su término. El Consejo de Estado con­vino en encomendar las misiones extranjeras de Francia a «una aso­ciación secular», los vicencianos. El 22 de mayo de 1804 aprobaba los términos de la restauración. Napoleón firmó el decreto cinco días después. Dos días más, y Viguier se reunía con Pein de Villefranche, que estaba en el Ministerio de Cultos. Aquí supo que recibiría copia del decreto de restauración. Rápidamente, Viguier consultó a otros vicencianos de París y contestó al gobierno que la Congregación aceptaba sus términos. Brunet había ya dado a Viguier autoridad para aceptar cualesquiera términos que llegara a ofrecer el gobierno.

Al ver Viguier los términos de la restauración, advirtió que iban a ser problemáticos. Se dio cuenta asimismo de no haber alternativa para la Congregación: debía aceptarlos y confiar en que se resolverían sus dificultades. El mayor problema que el decreto planteaba era el no restau­rar nominalmente la Congregación. Meramente establecía: «Una asocia­ción de sacerdotes seculares que, con el título de Sacerdotes de Misiones extranjeras, administrarían las misiones fuera de Francia». La terminología difiere ahí de la que los esbozos del decreto habían especifica­do: «Los sacerdotes seculares conocidos por la designación de Misioneros o Lazaristas, administrarán las misiones fuera de Francia»». Étienne tenía razón cuando observaba, «no hay nada en este decreto que indique que se deba aplicar a la Congregación de la Misión… y si ella podría inferir su existencia legal, no se debía más que en virtud de los actos subsiguientes del Gobierno que invocó este decreto». Había una explicación plausible para la omisión: «Dominaba aún en esta época a muchos en el gobierno un espíritu revolucionario y anti-religioso. Los meros vocablos «Misión» o «Congregación» les alarmaban y, de haber aparecido en el decreto, éste habría encontrado una oposición invencible». Era por ello preciso disimular empleando términos que aquellos aceptasen.

E. UDOVIC

CEME

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.