Un seminarista de Metz
El 29 de septiembre de 1820 llegaba a París un seminarista de la diócesis de Metz. Se llamaba aquel joven Juan-Bautista Étienne. Al detenerse en el n» 95 de la calle de Sévres, estaba ante el «nuevo» San Lázaro, la casa-madre de la Congregación de la Misión. La deteriorada mansión escasamente reflejaba la sede antigua bajo el Antiguo Régimen, residuos de la cual subsistían todavía a la otra punta de la ciudad. Restablecida, la Congregación misma era apenas una sombra de lo que fue antes de la Revolución.
El 4 de octubre ingresaba Étienne en el seminario interno. Nadie habría predicho en aquel momento, que el nuevo seminarista iba a ser elegido un día como 14° superior general de la Congregación, y menos aún que iba presidir la renovada fundación, crecimiento explosivo, y expansión internacional de la doble familia de san Vicente.
Pasados 50 años, en 1870, cuando transcurría su 27° año como superior general, celebró Étienne las bodas de oro de su vocación. Reunida la comunidad el día de Año Nuevo, Eugenio Vicart, primer asistente general, se dirigía a Étienne en el tenor que sigue: «Nos complace miraros como a nuestro segundo fundador, si alguien osare cuestionar ese título, si la Compañía olvidase un día lo que por ella habéis hecho, gritarán las piedras mismas y nos acusarán de ingratitud». Étienne dijo por entonces tener la sensación de «que no está lejano el fin de mi carrera terrestre». Sentía «para con la posteridad una obligación» de publicar algo por él designado compendio histórico. Este documento haría relación de las «dificultades de todo orden, y las diversas y extraordinarias fases» que habían conducido a lo que llamaba él, según los casos, «nueva existencia», «restablecimiento», «restauración», «nueva», o bien, «segunda creación» de la Congregación. En el lapso de una única generación (la de Étienne), los acontecimientos referidos habían sacado a la Compañía de sus «ruinas» pos-revolucionarias, y habían hecho de ella un «espectáculo para edificación del mundo entero».
En cuanto a registrar los detalles de la «especial intervención del cielo», que revelaba «el misericordioso y particular designio de la Providencia» para con la Compañía, ¿quién mejor cualificado que Étienne? Nunca cesaba de señalar que toda su vida de comunidad había transcurrido en la casa-madre. Observaba además que habían sido «excepcional destino de su persona y misión providencial suya … el presenciar, «de ordinario tomando parte en ella», la «a menudo penosa», pero aun así «grande empresa» de la «restauración».
Pese a «las reiteradas peticiones de muchos vicencianos», Etienne aseguraba haber vacilado largo tiempo en cuanto a publicar la referida historia. Temía que, de hacerlo, «alguien le pudiera atribuir algún papel en esta gran obra de la Providencia». Cuando por fin Étienne opta por escribir, dice que evitará ese malentendido demostrando cómo, ‘la segunda creación de la Compañía», al igual que la primera bajo san Vicente, era «obra de sólo Dios».
Étienne jamás dudó de que los acontecimientos por él presenciados eran «un misterio providencial», que él describía como «imposible para mí de explicar bajo ningún punto de vista humano». De ahí lo mítico en su explicación de «la gloria de esta obra en verdad milagrosa». Citaba en este sentido a san Vicente, quien siempre habló de ese modo sobre la fundación de la Compañía: «¿Puede llamarse efecto del esfuerzo humano a lo que nadie previó, quiso, ni buscó deliberadamente como fin? «Hechura del Señor ha sido esto, y es una maravilla a nuestros ojos»».
Étienne admitía la existencia de ciertas semejanzas entre el varón a quien Dios había elegido y encomendado la misión de fundar la doble familia, y el varón a quien Dios había elegido y encomendado la misión de restaurarla. Observaba, por ejemplo, que ambos, él y san Vicente, provenían de «humildes y oscuras aldeas»; que ambos, él y el mullidor «jamás había tenido duda alguna en cuanto a los designios le Dios sobre nosotros». Veía aun así una diferencia irreducible entre él y san Vicente: Vicente fue un santo, mientras que él ciertamente no lo era. El fundador «poseía un conjunto de virtudes y cualidades personales, una honda inteligencia, y un poderoso genio», de nada de lo cual estaba él en posesión, admitía libremente Étienne.
Estas diferencias en cuanto a santidad y talento, entre Étienne y san Vicente, era lo que hacía a la «segunda creación» de la doble familia más admirable que la primera». En efecto, Dios había llevado a cabo esta nueva creación empleando un frágil instrumento humano, a todas luces muy por debajo del santo que empleó la primera vez.
Etienne daba comienzo a su mito de creación en el momento de tomar posesión del nuevo San Lázaro la comunidad, el 9 de noviembre de 1817. Este era el lugar por él descrito como «cuna de la nueva familia de san Vicente», su «establo de Belén». Formaban la escueta comunidad que vivía en la casa-madre cuando Étienne llegó 14 viejos, «venerables escombros del antiguo edificio levantado por las manos del fundador».
Fue por «estos venerables misioneros … como yo obtuve las primeras noticias en cuanto a los detalles del restablecimiento de la Compañía en los años previos a mi ingreso en ella». Estos misioneros se comprobaron dignos, «por sus virtudes personales, por su constancia en soportar las privaciones y los sufrimientos del exilio, y por su adhesión a la Compañía». Dios, en su eterna sabiduría, escogió a aquellos misioneros «para que fuesen los eslabones que uniesen a las nuevas generaciones con los tiempos antiguos». Eran «las piedras angulares del nuevo edificio».
La restauración borbónica de la existencia legal de la Congregación aconteció en febrero de 1816. Poco después, Domingo Hanon, vicario general francés, dirigía una carta circular a «a todos los antiguos vicencianos que, fieles a sus compromisos sagrados, nos han testimoniado el deseo de trabajar con nosotros en el restablecimiento de la hermosa obra de san Vicente de Paúl».
Étienne calculaba que, por entonces, «varios cientos» de antiguos vicencianos tenían un puesto entre el clero diocesano. El número de los que volvieron a la Congregación en Francia fue bastante inferior al centenar. El que muchos decidieran no volver, «no era algo que la compañía debiera lamentar», según Étienne. «Su espíritu y hábitos», observaba, «habrían sido un estorbo para el restablecimiento de la primitiva regularidad». Al decir lo cual, Étienne se hacía eco del juicio emitido por «el pequeño núcleo de aquellos misioneros que habían permanecido fieles a la gracia de su vocación».
Etienne recordaba otra lección aprendida de los referidos misioneros: «Si durante la Revolución, la Congregación compartió el destino de otras instituciones religiosas, fue porque había caído al igual que ellas en la relajación, en la irregularidad, y el instituto había olvidado su fin del Instituto». Citaba algo que había oído decir a uno de los supervivientes, «Bendita Revolución, que despojándonos de todo cuanto poseíamos, nos ha devuelto a la senda del deber».
Etienne presenta la Revolución francesa «como el hundimiento del viejo mundo, que debía enterrar en sus ruinas todas las tradiciones del pasado, todas las normas sociales, derribar incluso todas las monarquías para establecer un mundo nuevo, sometido al imperio de la democracia. Sin embargo, un destello luminoso atravesó esa horrible tempestad; un nombre sobrevoló por encima de este abismo en el que toda la sociedad fue engullida: ese nombre fue el de san Vicente de Paúl».
En lo más recio del terror revolucionario, «la Convención Nacional parecía determinada a borrar toda la historia de Francia». Sin embargo, de acuerdo con Etienne, sus miembros se detuvieron al tropezarse con la figura de san Vicente, y «en cambio inclinaron con respeto la cabeza ante ella”. La Convención ordenó que la estatua del santo se instalase en el Panteón. De este gesto extraía Étienne sus propias conclusiones
Míticas: “¿No era esta circunstancia una indicación de la gran misión de
la Caridad que la democracia abría a las dos Familias, en bien de la Religión? ¿No era como el primer fulgor del hermoso día de prosperidad, que iba a amanecer para ellas y mostrarles un vasto y brillante horizonte? Lo que pasó después parece confirmar este pensamiento».
Para que “esta interpretación” haga sentido, téngase en cuenta que el historial de Etienne y su mito de creación se cimentaban en una cosmovisión con lo vicenciano por centro. En abril de 1864, Etienne viajó a la patria de san Vicente cerca de Dax. El viaje tenía como fin dedicar a la veneración un conjunto erigido en honor del santo. El discurso que con este motivo pronunció Étienne es precursor de su posterior resumen histórico.
Étienne presentaba a Vicente de Paúl con las palabras que Dios emplea para presentar a san Pablo: «Este hombre es el instrumento que yo he elegido [vase d’élection] para llevar mi nombre a los gentiles y a sus reyes, y al pueblo de Israel». Decía que, en la persona de Vicente de Paúl, y en su «providencial misión terrestre», era de ver cómo se plasmaba «una de las más bellas expresiones de la gracia de Dios». Explicaba cómo el Señor da a cada época «el santo extraordinario» que precisa’. Argüía que, ya se mire al siglo XVII, al XVIII o al XIX, y aun a siglos venideros, ese santo era Vicente de Paúl. Épocas sucesivas le proclamaban todas «prodigio de caridad». Eran «justos títulos» suyos los de «restaurador de la religión, apóstol de la caridad… apóstol de los tiempos modernos… salvador de la patria».
Étienne glosaba luego la situación hallada por Vicente en la Francia del siglo XVII. «Con el fin del feudalismo, las guerras de religión y las luchas políticas… una nueva era había comenzado, y la sociedad alumbraba con dolor el nuevo orden que se asentaba sobre las ruinas del antiguo. Como en todas las épocas de transformación social, había desorden por doquier. Afligía al pueblo toda suerte de calamidades… En una palabra, se desplomaba el viejo edificio social, lo cual creaba por doquier el desmán y la anarquía». Dios había enviado a Vicente de Paúl para que salvara y regenerara a Francia. Ante su «poderosa y saludable influencia, se disipó la tiniebla que envolvía al cuerpo social, cuyas fuerzas vitales quedaron renovadas y enderezadas hacia nuevos y grandes destinos».
Según Étienne, Vicente aceptó el reto implícito en el caos de su época, y estableció un «magnífico sistema de caridad pública». Un sistema «sensibilizado a todas las miserias y desgracias de la humanidad, desde los niños abandonados hasta los ancianos próximos a inorir». Aquí dirigía Étienne una llamada a su auditorio: «Consultad la historia; mirad los logros de los siglos que precedieron al suyo. No hallaréis ninguna de estas maravillosas instituciones, eminentemente cristianas, que son la honra de nuestro país. Si no me equivoco, la historia os hablará sólo de nobles inspiraciones que no pasaron de tales. Os hablará de generosos intentos por levantar un dique para detener la creciente inundación de sufrimientos y miserias que abrumaban al pueblo. Todos ellos intentos que no iban a tener éxito». Lo que fueron incapaces de hacer los ricos y poderosos, helo ahí conseguido con prodigioso éxito» por un «pobre sacerdote carente de fortuna y apoyo». Este sacerdote «tenía el don maravilloso de tocar los corazones de la gente, de conmoverla para que le siguiese en su empeño de socorrer a los pobres». Las obras caritativas «surgieron en la capital», de acuerdo con Étienne, «como por arte de magia, y pronto se extendieron por las provincias». Era la prueba de que Vicente «mostraba tener en el corazón los secretos de la divina misericordia, y el poder de Dios mismo en las manos».
El análisis que hacía Étienne de la Francia del siglo XVII proseguía con la observación de que «aquejaban a la patria otras llagas, llagas difíciles de curar». Étienne explicaba cómo san Vicente advertía la relación del efecto con su causa, entre los males que afligían a la sociedad francesa y la «ruina y desolación» de la Iglesia de Francia. En cambio, los males de la Iglesia provenían del deplorable estado del clero. El primer paso en la misión de la Iglesia, para devolver «la paz, la concordia, y el progreso» a la sociedad francesa, tenía que ser por ello «la reforma del clero».
Según Étienne, Francia debía además a Vicente de Paúl la restauración de «una sabia e ilustrada disciplina clerical». Restauración que advino merced a su «fuerte y completa organización de nuestros seminarios, retiros espirituales, y conferencias eclesiásticas». Apenas se habían puesto en ejecución estas prácticas, «legiones de sacerdotes, en esta escuela, y animados de su espíritu, se dispersaron por nuestras provincias disipando la ignorancia, reformando las costumbres, y laborando por la regeneración del pueblo». Estas reformas habían hecho del clero francés lo que seguía siendo en el siglo XIX, aseguraba Étienne: «el primero y más influyente del mundo católico».
Étienne llegaba con ello al punto de inserción del tema mítico central que repetiría seis años después: «En medio de las lúgubres sombras que cubrían a nuestro sangrante país, brillaba un único rayo de luz y esperanza. El nombre de Vicente de Paúl era aclamado en mitad de estas escenas de desgobierno y anarquía. Como «el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas» del caos, del cual nacería el mundo primitivo, así también el espíritu de Vicente de Paúl se cernía sobre el abismo de calamidades del cual surgiría una nueva Francia y, después de ella, un mundo nuevo’. Estas consideraciones movían a Étienne a ampliar el significado de la estatua de san Vicente que la Convención dispuso se erigiera en el Panteón: «¡Oh, la profunda riqueza de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables y admirables son sus consejos! … No sucedió sin un compasivo plan, que este bendito nombre recibiera los tributos de aquellos obreros del infierno. No aconteció sin un designio imprimir tú, oh Dios, este nombre de esperanza sobre aquella obra de destrucción. Ello era símbolo del proyecto ya trazado por ti para la reconstrucción del edificio derrumbado».
E. UDOVIC
CEME







