Descenso de vitalidad en la Congregación durante el siglo XVIII
Las divisiones nacionalistas fueron uno de los factores causantes de la decadencia de la Congregación durante el siglo XVIII, especialmente en Francia. Era una decadencia que podía captar la Congregación misma, que turbaba a muchos vicencianos, y que nada parecía capaz de detener. Una decadencia descrita por la propia Compañía como «relajamiento», o bien «deserción del espíritu primitivo» de la Congregación. Muchos creían deberse al acomodo con el «espíritu mundano» reinante, no menos que con la escala de valores de la Edad de la Razón.
La enseñanza de Vicente de Paúl era inequívoca: si la Congregación vivía «conforme a las máximas de Nuestro Señor,» construiría sobre el sólido cimiento de la roca. En tales circunstancias la Compañía «crecería continuamente en virtud … haciendo grandes progresos en su perfección, en el servicio de la Iglesia y en el servicio al pueblo». Pero si la Congregación seguía las «máximas del mundo», pondría neciamente sus cimientos en la arena, y propiciaría… «su desplome y su ruina».
Fallecido el fundador, la Compañía corroboró la convicción de que «debe conservar entre nosotros el espíritu de sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo por la salvación de las almas que san Vicente recibió de nuestro Señor y que tanto deseaba perpetuar entre nosotros, y de mantener la observancia de las reglas que él nos ha prescrito, y de asegurar el éxito de nuestras misiones, haciendo de suerte que sean ejercitadas con el mismo espíritu, con el mismo celo y con la misma pureza de intención que él mismo las practicó». Este espíritu era un «sagrado depósito» y el legado que debía transmitirse, con la gracia de Dios, «íntegro y sin alteración», por cada sucesiva generación de misioneros. Los vicencianos carentes de este espíritu «no teniendo más que la cáscara, el nombre y el hábito, serían como cuerpos sin alma y sin vida, que se corromperían enseguida y expandirían por todas partes un olor a muerte».
«Por amor al adelanto espiritual de la Compañía», era quehacer primario de toda asamblea general, «examinar si nuestra Congregación ha decaído, o está en peligro de decaer, y en qué, de su primitivo espíritu». Una vez aisladas por la asamblea las faltas que «se habían introducido» en la Congregación, era deber suyo legislar en cuanto a los medios más aptos para corregirlas. La asamblea emitía, pues, decretos reformistas, con el «ardiente deseo de que en todas las casas de la Compañía se observen fielmente».
Ya en la asamblea general de 1703, los delegados articularon «muchas quejas sobre lo que parece en muchos de los nuestros, y sobre todo entre los jóvenes, que el espíritu primitivo de la Congregación se ha debilitado, hasta el punto de que algunos, no contentos con abandonar los usos y prácticas introducidos en el tiempo de nuestro venerable padre, señor Vicente, parece que les dan poca importancia e incluso los desprecian».
Sucesivas asambleas y superiores generales a lo largo del siglo XVIII notaron con alarma y frustración que, pese a sus reiteradas directivas, «ciertos miembros» y «ciertas casas» distaban cada vez más de una «observancia exacta» del primitivo espíritu. La hondura del dilema se evidenció en 1736, cuando Juan Couty, el nuevo general, detalló el carácter de los abusos denunciados por la reciente asamblea general. Entre estos abusos eran los más inquietantes, por lo que atañía a la asamblea y al superior general, el omitirse “en algunas casas” las prácticas espirituales prescritas en la Congregación. Según lo aducido por la asamblea, “este defecto tiene las más peligrosas consecuencias, porque es la fuente de muchos otros, y tiene su origen en la falta de mortificación, la pereza, la disipación,… y un espíritu de independencia y de indocilidad»’.
De acuerdo con Couty, había «algunos misioneros» que desperdiciaban gran parte de su tiempo y energía en «frecuentes e inútiles relaciones sociales» con «seglares» y «personas del sexo opuesto”. Estos misioneros habían comenzado «a abandonar los ejercicios de la vida regular que hemos profesado…; se pierde el gusto del retiro y de la piedad, se aprende a hablar como las gentes del mundo, se familiarizan con sus maneras, se asumen sus máximas y olvidan las del Evangelio». Y pasaba a preguntar, «¿no debiera ser nuestra vida santa, inocente, y del il1do distinta de la del mundo? … ¡Qué desgracia para nosotros, si, después de renunciar a las vanidades del mundo, por el ingreso en la Congregación, damos pie a que crean, por nuestra conducta, que el mundo vive todavía en nuestro corazón, y que nosotros buscamos complacerle, conformándonos con sus maneras!”. La asamblea temía que este «relajamiento» cundiera. El general recordaba a todos que «nuestras Reglas, nuestras obligaciones, la santidad de nuestro estado, y la excelencia de nuestro ministerio piden que nos reformemos sin cesar».
Pese a este clarinazo reformista, 26 años después, en 1762, existía la impresión de que las condiciones habían empeorado. Al hacer relación de las directivas de la XIII Asamblea General, el general nuevamente elegido, Antonio Jacquier, pulsaba una nota decididamente apocalíptica. «La seducción del mal ejemplo, que se ha hecho general en la sociedad… parece concordar con la predicción de Jesucristo sobre el fin de los tiempos… El peligro es demasiado grande como para no alarmarnos… No puede menos de verse que el espíritu de mundanidad, vanidad, libertad y sensualidad ha redoblado sus esfuerzos para aniquilar entre nosotros el espíritu de nuestra vocación. Así, pues, también nosotros hemos de redoblar nuestros esfuerzos para conservarlo… y usar del consejo, las oraciones, las exhortaciones, las amenazas, y otros medios que sugiera el celo para detener el avance de este relajamiento».
En algunas casas, de acuerdo con la asamblea, «el mal ejemplo de los superiores y la mala voluntad de los inferiores» habían creado una situación en la que estos miembros ya no «tienen gusto por la piedad, ni emulación de la virtud, ni celo por la propia perfección». En estas casas los misioneros llevaban el apostolado «sin gracia, sin unción, y por consiguiente sin fruto». Estos hombres eran culpables de una «criminalidad habitual» que les impelía al desdén de las reglas y tradiciones de la Compañía. Como resultado, sus «frecuentes irregularidades les inducen a cometer graves faltas que marchitan su carácter, deshonran su vocación … y les precipitan en el camino de la perdición».
Otros 26 años y, en septiembre de 1788, los días, ahora contados, del Antiguo Régimen y de la Congregación estaban tocando a su fin. Faltaba menos de un año para el saqueo de San Lázaro. Otro superior general nuevamente elegido, Félix Cayla de la Garde, escribía una extraordinaria circular. En ella comunicaba su visión y la de la asamblea, en cuanto al estado de la Congregación.
Respecto de su inmediato antecesor, el nuevo general elogiaba su ejemplo personal y su virtud. Pero proseguía y comentaba, «No disimulemos nuestros males, la Congregación, que ha crecido tanto bajo su gobierno, parece estar un poco relajada en su espíritu, a pesar de los esfuerzos de su celo. ¡Cuántas veces ha gemido de amargura su alma por los abusos que no pudo corregir!». Y el nuevo general pasaba a observar:
Llego en tiempos difíciles. Veo, por un lado, necesidades inmensas, mies abundante y pocos obreros; y si, por otro, me consuela la conducta regular y edificante de un gran número de misioneros, hay otros que son el objeto de mi pena y de mi dolor. ¡Ay, cuáles pueden ser mis sentimientos cuando me entero que hay algunas casas en las que apenas se practica casi ningún ejercicio de piedad en uso de la Congregación, en las que el superior, tan relajado como sus hermanos de comunidad y más culpable que ellos, da ejemplo de una culpabilidad permanente, que hay otras casas en las que sus miembros están inmersos en la ociosidad, gustan de vivir en el mundo y tomar parte de sus placeres; que en fin, el espíritu de mundanidad, de insubordinación, de amor al descanso, de comodidad, de la vida muelle, hacen rápidos progresos y por todas partes se propagan sus estragos! A la vista de este triste espectáculo, he buscado mi consuelo compartiendo mi dolor con los miembros de la Asamblea. Ellos se han bicho partícipes de mi aflicción… y han manifestado el mejor celo en la reforma de los abusos.
Los abusos objeto de las directivas reformadoras de la XVI Asamblea General recubrían un área considerable. He aquí las materias a que atañían: insuficiencia en la selección, formación, estudios, y acompañamiento de los misioneros jóvenes; descuido y decadencia del apostolado de las misiones parroquiales; necesidad de reformas en el apostolado de los seminarios; haberse difundido un espíritu de insubordinación; visitadores que omitían la visita canónica de sus casas y no hacían relación de ella al superior general; superiores locales rigurosos o laxos en exceso; irregularidades financieras; visitas problemáticas de mujeres a las casas o a las habitaciones de los individuos; uso de relojes de oro, pelucas, hebillas de plata en los zapatos, fajines de seda; juego de naipes y otras violaciones del voto de pobreza; colapso de la vida espiritual en muchas casas; y falta de instrucción religiosa en los Hermanos y en el personal doméstico.
La asamblea urgió al superior general para que diera firmes pasos y terminara con aquellos abusos. Un ejemplo de las directivas de la asamblea, cual lo refiere el general, sería el siguiente:
La Asamblea alzó la voz con fuerza contra el relajamiento intolerable que ha hecho decaer en varias casas el ejercicio de la oración, las conferencias espirituales y los retiros anuales; me ha encargado muy expresamente de remediar este abuso con todos los medios que Dios ha puesto en mis manos. Y no hay cometido que me sea tan querido como este. No tendré reposo alguno hasta que vea restablecidos todos estos ejercicios en todas nuestras casas y no ahorraré sacrificio alguno hasta haber conseguido este objetivo. La fidelidad a este deber esencial depende en gran parte de los superiores; he observado que en las casas en las que los superiores dan constantemente ejemplo a este respecto, todo se hace según la Regla y con edificación; y, al contrario, todo se degenera y se debilita en aquellas en las cuales los superiores son los primeros en dispensarse de estos ejercicios. Les rugo encarecidamente que restablezcan la práctica de la oración e común, desde el momento de la recepción de esta carta. No toleraré la desobediencia sobre este punto”.
En cuanto a sí mismo, Cayla de la Garde articulaba también su visión de la tarea que le esperaba. «Encargado por mi posición de hacerlos ejecutar, me mostraré con el más grande celo. Soy enemigo de explosiones y de medios violentos, pero no lo soy menos de la relajación y de la irregularidad. Los miramientos que inspira la caridad, los medios de persuasión serán ante todo los empleados, pero si todo esto resulta inútil e insuficiente, ¿me censuraréis si, por descargo de mi conciencia y por el honor de la Congregación, recurro a medios que serán juzgados como los más eficaces?… Tal será mi modo de actuar».
La amplia agenda reformadora de la asamblea general de 1788, y la determinación personal de Cayla de la Garde de dedicar su generalato a la renovación del primitivo espíritu de la Congregación llegaban demasiado tarde. La decadencia descrita no era privativa de la Congregación, sino parte de una decadente vitalidad, viabilidad, y credibilidad mucho más amplias, en los ámbitos religiosos y civiles que abarcaban al Antiguo Régimen.
Según ha observado Adrien Dansette, «la unión del altar y el trono había gastado sus buenas cualidades, y sólo aparecían sus flaquezas y vicios. La Iglesia, el papado, y la autoridad civil oscilaron como corchos y fueron arrastrados por las corrientes del tiempo hacia la destrucción del torbellino revolucionario».
El «torbellino revolucionario» que destruiría el Antiguo Régimen, iba a destruir también la Congregación de la Misión, al menos como había existido en los siglos xvii y XVIII. Al ser restaurada y fundada de nuevo en las primeras décadas del siglo xtx, la Congregación se enfrentó a la tarea de recobrar su «primitivo espíritu» y volverse a definir de un modo que le permitiese ser otra vez una fuerza vital de Francia en el mundo pos-revolucionario. Era de esperar que la Congregación afrontaría, además de los desafíos del nuevo siglo, los legados del pasado, tanto positivos como negativos.
E. UDOVIC
CEME







