Juan-Bautista Etienne (IX)

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Domingo Hanon: un respiro muy breve

Los vicencianos residentes en París se reunieron el 24 de septiem­bre de 1807 al objeto de nombrar nuevo vicario general, pues una muerte tan intempestiva había privado a Placiard de la oportunidad de ser elegido. Escogieron al superior del seminario de Amiens, Domin­go-Francisco Hanon. Los franceses escribieron a la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares solicitando la aprobación pontificia del nombramiento de Hanon. Al mismo tiempo se declaraban opuestos a cualquier intento de que Sicardi volviese a actuar como pro-vicario.

El 14 de octubre de 1807, con una rapidez nada característica de Roma, la Santa Sede reconocía a Hanon como «vicario general de toda la Congregación de la Misión». El breve le otorgaba también «todos los derechos, privilegios, y facultades que atribuyen las constituciones de la referida Congregación, ya fuere a los vicarios generales, o ya a los superiores generales». Además, Hanon podría designar sucesor y ejercer la autoridad sin esperar a la adquisición de una nue­va casa-madre.

Sicardi y los italianos se reconocieron vencidos. Por este tiempo, tropas francesas estaban ocupando los diversos estados de Italia cen­tral, e iban estrechando el cerco de Roma. Tal estado de cosas aceleró sin duda en la Santa Sede el convencimiento de que no debía sostener a Sicardi. Éste escribía a Hanon el 14 de enero de 1808 admitiendo la derrota. «El breve del Soberano Pontífice dice con toda claridad que­dar usted nombrado, aprobado, y confirmado como vicario general de (oda la Congregación de la Misión, con todos los poderes requeridos, y sin limitación alguna… doy por ello gracias a Dios».

El 7 de enero de 1808, Napoleón confirmaba a Hanon como Superior de la Misión conocida bajo el título de San Lázaro. Ahora que estaba en posesión indiscutible del mando, el nuevo vicario general concentró su atención en «el restablecimiento efectivo» de la Congregación… «cual ella era antes de la Revolución». En una circular a todos los misioneros franceses y antiguos miembros, Hanon hacía relación de los hechos que habían conducido a su elección y reconocimiento como vicario general. Informaba a sus lectores de que, finalmente, «todos los misioneros fuera de Francia están ahora aunados por la dependencia de una única cabeza que reside en París. Sin embargo, Hanon reconocía esperarle una tarea más difícil aun, “la de reagrupar a todos los miembros dispersos al presente por el imperio francés”.

Durante los años transcurridos desde 1804, solo un puñado de antiguos Vicencianos franceses había optado por volver a la Congregación restablecida, o quizá sólo les fue posible a aquellos. Algunos dudaban aún de que esta Congregación restablecida fuese la misma que existió antes de la Revolución. Otros admitían el establecimiento de la Congregación, mas dudaban de que, en cuanto comunidad, estribara sobre una base lo bastante firma como para contrarrestar los riesgos asumidos volviendo a ella.

Hecha relación de los actos gubernamentales favorecedores de la Compañía, concluía Hanon: «Así pues, está fuera de duda, y todos los miembros deben estar persuadidos, como yo mismo lo estoy ahora… que no es un nuevo cuerpo, sino nuestra misma Congregación de la Misión, que el gobierno francés ha tenido a bien restablecer con sus decretos y sus auxilios». Con candidez admitía Hanon que la Con­gregación no estaba todavía «efectivamente restablecida». Proclama­ba la esperanza de que, dado el favor del emperador, no distaba mucho el día en que lo estuviera. Mientras tanto, conjuraba a traba­jar para que la restauración de la Congregación se completara «lo antes posible».

Hanon trabajó febrilmente los años 1808 y 1809, e inicialmente con éxito, por consolidar la restauración. Procuró la protección guber­namental para los intereses vicencianos en Italia, e hizo gestiones enderezadas a la adquisición de una nueva casa-madre en París. Reco­nocía Hanon la importancia del cometido misionero de la Compañía. Por ello procuró la expansión de las misiones en Berbería, Levante, Islas de la Reunión y Francia, imperio otomano y Persia. Desgracia­damente, no pasaría mucho tiempo sin que perdiera el favor del empe­rador, del cual pendía todo.

E. UDOVIC

CEME

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