Juan-Bautista Etienne (IV)

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Un siglo de disturbios nacionalistas

Hubo un temprano indicio de los problemas entre franceses y romanos en la asamblea general de 1685. En esta reunión, los romanos pidieron que el cuarto asistente general, previsto por las constituciones, fuese italiano. Dada la cargada atmósfera galicana del momento en Francia, Edmundo Jolly, el superior general, se opuso a esta concesión, temeroso de la reacción de Luis XIV. Cuando los romanos amenazaron con apelar a la Santa Sede, los franceses se avinieron, aunque con repugnancia.

En 1697, previamente a la apertura de la asamblea general convo­cada para elegir al sucesor de Jolly, los delegados oían un pasmoso anuncio. Luis XIV enviaba al arzobispo de París, Luis de Noailles, para decir a los vicencianos, que ponía el veto al candidato en cabeza para la inminente elección. El vicenciano objeto de esta objeción era Maurice Faure, entonces párroco de la real parroquia de Fontainebleau. Como razón oficial para su exclusión, se aducía el ser Faure saboyano de origen. Merced a la influencia de Madame de Maintenon, Faure y otros delegados obtuvieron una audiencia con el rey. El real veto se mantuvo a pesar de su apelación. El rey declaró además que nunca consentiría la elección de un no francés como superior general de la Congregación.

Cuando llegó el momento de que los delegados certificasen haberse cumplido los requisitos constitucionales para una asamblea legítima, los delegados de Roma y Polonia hicieron registrar una protesta solemne. Sostenían no ser legítima la asamblea por faltarle la libertad en la elección del superior general. Los delegados franceses impugnaban esta posición. Observaban que el real veto no difería del ius exclusivae, que disfrutaban varios monarcas católicos en la elec­ción de papa. Era éste un argumento relevante, pues aquellos reyes ejercían por entonces el derecho de veto con bastante frecuencia.

Según los delegados franceses, aun siendo de lamentar el real veto, éste era en rigor sólo «la exclusión accidental de candidatos por otra parte elegibles». Brevemente, el argumento francés estatuía que «no se puede desobedecer al rey». El rey había dicho a la asam­blea, a quién no debía elegir, pero no dictaba a quien debía elegir. En estas circunstancias, los franceses sostenían que el real veto no envol­vía violencia física o moral, como para descalificar a la asamblea. Sería válida, por consiguiente, la elección como superior general de un francés con las cualidades requeridas.

Enfrentados al impecable veto real y a la mayoría francesa de la asamblea, los delegados de Roma y Polonia se avinieron, pero tras adoptarse una declaración que reafirmaba el principio constitucional de la elección libre.  Los cinco delegados desacordes retiraron entonces su protesta. Aseguraron que lo hacían así «por caridad, por amor a la paz, y por el bien común de la Congregación».

Con bastante dificultad, la asamblea general procedió a elegir a Nicolás Pierron como nuevo superior general. El acta de la asamblea que atestiguaba la elección fue firmada por los candidatos de ambas provincias, polaca y romana. Mas una vez vueltos ellos a la patria, tanto en la provincia romana como en la polaca cundió «la inquietud» en cuanto a la validez de la elección. Los visitadores de esas provincias, pues, dirigieron un memorial a la Santa Sede. Esta apelación expresaba sus persistentes dudas sobre la elección de Pierron.

En septiembre de 1698, Pierron mandaba a Roma dos represen­tantes. Tenían como misión presentar su caso ante la Santa Sede con miras a obtener una decisión sobre la validez de la elección. Luis XIV instruyó a su embajador en Roma para que sostuviese la posición francesa. La elección de Pierron era confirmada al año siguiente por Inocencio XII en el llamado “Breve de Pacificación”. El pontífice reafirmada asimismo las “inviolables” cláusulas que, en las constituciones de la Compañía, prescriben una elección libre, para el Superior general, de un candidato apto bajo todos los aspectos, sin que importe su nacionalidad.

En los años iniciales del siglo XVIII empeoraron las relaciones entre el general francés y las dos provincias italianas. Pierron intentó poner fin al nacionalismo italiano, que creía «iba a alterar la naturaleza y el orden de nuestro Instituto».

El superior general puso a misioneros franceses en la casa romana de Monte Citorio. Uno de aquellos padres le serviría de repre­sentante ante la Santa Sede. Éste debería desviar toda intentona roma­na de adelantarse a París apelando directamente a la curia romanal3°. Los representantes franceses debían además mantener estrecha vigilan­cia sobre lo que aconteciera en Monte Citorio y en la provincia romana, y comunicarlo al general. Como protesta, dimitió el visitador romano, Pedro-Francisco Giordanini, considerado por Pierron responsable de la “ruina del espíritu de nuestra Congregación en Italia”.

Con tales acciones Pierron provoco la polarización de las actitudes romanas y el endurecimiento de la resistencia. Juan Bautista Vacca, superior local en Ferrara, dirigió una protesta a Pierron: «Los france­ses son odiosos a la mayoría de los seglares. Este pueblo se inclina más al apoyo de la causa imperial [alude a la Guerra de Sucesión en España] 133. Mi opinión personal y la de quienes nos quieren bien es, que no es prudente en estos tiempos enviar a un misionero francés para que despache asuntos en Roma». Pierron, que tenía conexiones pro­pias en la corte papal, rehusó suprimir o limitar las actividades de sus agentes. Insistía en que el Papa aprobaba su presencia y actuación.

Decaía ahora, sin embargo, la salud de Pierron, cuya edad era avanzada, y que había aceptado el cargo con gran repugnancia. Pierron tenía el propósito de rogar a la asamblea sexenal, programada para 1703, que eligiera un vicario general para que le asistiese. Romanos y polacos maniobraban al objeto de incrementar su influen­cia en esta elección. Pierron publicó entonces otra circular, en la cual informaba a la Congregación sobre su intención de dimitir. Automáti­camente, este acto transformó la asamblea sexenal en general.

La asamblea provincial romana se reunió con objeto de elegir a sus delegados y formular propuestas para la asamblea general. Liderados por el antiguo visitador, Giordanini, resultaron ganadores los antifranceses. Los postulados de la provincia revelaban su determina­ción de lanzar un reto, en la inminente asamblea general, al ethos galicano de la Congregación. La asamblea provincial dio a los delegados instrucciones para que instasen a los franceses a que, en contra de posibles presiones por parte de la corona, sostuvieran la libertad electoral de la asamblea. Los romanos proponían además una serie de cambios en las constituciones de la Compañía. Los cambios estaban pensados para atemperar el absolutismo constitucional galicano y quebrar el estrangulamiento de la comunidad internacional que lo francés causaba. Los romanos proponían limitar a dos y no más los asistentes generales franceses. Proponían luego que el superior gene­ral delegase en varios asistentes generales su autoridad para inspec­cionar la gobernación de las provincias. Deseaban además la constitu­ción de otra provincia italiana. Pedían que todos los oficiales de sus casas fuesen italianos. Finalmente, querían que el superior general se abstuviese de enviar a Italia más misioneros franceses con comisión alguna. Mirados conjuntamente, estos postulados eran un reto inequí­voco a lo francés. Pierron, a quien contactos suyos propios habían mantenido informado sobre las deliberaciones de la asamblea, quedó desolado por esta manifestación ulterior del nacionalismo romano. Anticipándose a los hechos, los franceses procuraron impedir que la asamblea general crease la división.

La elección del nuevo general resultó ser un proceso pacífico. Según lo pedían las provincias romana y polaca, la asamblea reafirmó el principio constitucional de la libertad electoral. Era algo peren­torio, pues el rey había ya asegurado a Pierron que no ejercería el veto. A la tercera ronda, Francisco Watel obtuvo los votos nece­sarios para ser superior general. Controlada por los franceses, la asamblea entonces rechazó el postulado romano. Este acto reveló la que sería actitud intransigente aun para con la mera posibilidad del más leve cambio constitucional. Un único punto de la agenda reformista romana se abrió paso: la aprobación de principio para la división de la provincia en dos. La asamblea dejaba a la discreción del superior general determinar cuándo llevarla a efecto.

La división de la provincia romana fue anunciada por Watel en 1704. Watel creaba una segunda provincia con sede en Turín. Su carta informaba además de que establecía en Francia una provincia adicional, la de Picardía. Esta acción anulaba la ganancia obtenida por los italianos. Con la adición de otra provincia, el número de delegados franceses en la asamblea general superaría por más de dos a uno al de los no franceses. Watel, pues, decidía comenzar su gene­ralato con un fuerte contraataque. Dio instrucciones a sus agentes de que desviasen la «predecible ofensiva» de los decepcionados misioneros romanos. Sabía el superior general que podía sacar a los líderes de la oposición romana de todos los puestos de autoridad. Aun llegó a pensar si establecería en Turín un seminario interno controlado por Francia. Consideró también el nombramiento de franceses como superiores de las casas italianas, incluida la de Monte Citorio, y asi­mismo el envío de más misioneros franceses a Italia.

Si los franceses culpabilizaban a los italianos del vicio nacionalis­ta y de alterar la paz de la Congregación, los romanos hacían un car­go idéntico por lo que atañía al galicanismo de los franceses. Lo que los franceses designaban guarda del sagrado depósito del «espíritu primitivo» de la Congregación, lo miraban los romanos y otras provincias «extranjeras» como vicio nacionalista francés. Esas provincias se sen­tían aprisionadas por el galicanismo como por una camisa de fuerza, el cual distorsionaba el «espíritu primitivo» de la Congregación.

Como los franceses recurrían a las constituciones para sostener el galicanismo de la Congregación, así también probaron al principio los italianos a efectuar cambios recurriendo a medios constitucionales. Sin embargo, cuando su estrategia falló, buscaron, para atemperar el desbocado galicanismo de los franceses, el apoyo de la autoridad apostólica. Mientras duraron las controversias nacionalistas, la Santa Sede hizo frente a unos superiores sostenidos por la corona de Francia. El rey exigía siempre de Roma que mantuviese el status quo de la autoridad constitucional de la Congregación, con lo cual tácitamente mantenía el dominio francés de su identidad galicana. La Santa Sede se enfrentaba no menos con elocuentes ultramontanos romanos, que habitualmente pedían de ella un apoyo superior al que, por más que quisiera, les podía dar.

Roma debía atender siempre a que las relaciones con la corona de Francia fueran las mejores posibles. De ahí que, como medida políti­ca, procurase mantener la unidad y la paz en la Congregación de la Misión. Esa política conllevaba el evitar que los romanos desafiasen directamente la autoridad constitucional galicana. Dado el poco espa­cio dejado a la maniobra, el papado podía sólo amonestar seriamente a los vicencianos franceses en cuanto a las ingratas consecuencias de su galicanismo, y amenazar sin convicción con futura acción puniti­va, si la situación no mejoraba.

Veces hubo en que la Santa Sede, yendo más lejos de lo que le dic­taba su papel mediador en el antagonismo romano-francés, dio pasos que deliberadamente socavaban la autoridad del general. Tales accio­nes apoyaban indirectamente la posición romana, aunque sin arriesgar el que interviniese la corona de Francia. Fue lo que hizo, por ejemplo, estableciendo la primera casa española de la Congregación en Barce­lona. Mandó también que se emplease a misioneros italianos en el colegio de Propaganda Fide de Aviñón y en la Academia de Nobles Eclesiásticos de Roma.

En 1705, el visitador de la provincia romana, Lázaro María Figari, exarcebó aún el conflicto romano-francés. Hizo llegar a todas las casas de Italia una carta pidiendo apoyo para apelar a la Santa Sede, al objeto de acabar con los problemas de lo francés. Su solución era dividir la Congregación según las fronteras nacionales. Semejante propuesta desencadenó un diluvio de cartas al Secretario de Estado, unas a favor, otras en contra. El visitador pro-francés de Lombardía, José Seghino, escribía al Papa en el tono siguiente:

Con lágrimas en los ojos y amargura en el corazón, me postro a los pies de Vuestra Santidad, pidiéndole humildemente que compadezca a nuestra pobre Congregación. Una fiera tempestad nos sacude en este momento. Estamos en peligro de zozobrar en un mar de desgraciadas disensiones y discordias. Nuestros ultramontanos son la causa de ellas. Como Vuestra Santidad sabe, estos hombres han soliviantado la casa de Roma y su provincia. Ahora piden la separación de su cabeza que, arguyen, no ejerce una influencia saludable sobre los miembros. Mas si eso aconteciese… yo no creo que nuestra barquilla se apacigüe o llegue a buen puerto. Tengo motivos para temer, juzgando por los vientos que se alzan, tem­pestades mayores … Preveo graves desórdenes y gran perjuicio para la gloria de Dios y el bien del pueblo, si no cesa la discordia que existe entre nosotros y los ultramontanos.

El argumento clave blandido por los antifranceses para justificar la división de la Compañía por naciones, era que su gobierno depen­día de la corona de Francia. Los romanos deploraban esta situación en razón de sus miras ultramontanas. Argüían que el depender la Congregación de la corona de Francia era a expensas de la dependencia de la Santa Sede. Según los antifranceses, estaban entre las consecuencias de esta dependencia galicana: la preponderancia abrumadora de franceses en la curia de la casa madre, el empleo del francés como lengua oficial de las asambleas de la Compañía, y las dificultades experimentadas al establecer y mantener la Compañía en países hos­tiles a los franceses y a la influencia francesa. Bajo su punto de vista, los electos cumulativos de años de disensión dentro de la Congrega­ción, hacían ahora muy improbable la reconciliación entre franceses e italianos.

Los antifranceses pedían a la Santa Sede que aprobase la creación de un vicario general independiente, elegido por las provincias italia­nas. Este vicario general residiría en Roma y gobernaría la penín­sula italiana, España, y todas las demás casas y provincias estableci­das fuera de Francia. El vicario general tendría cuatro asistentes elegidos. Era una solución temporal que estaría en vigor hasta el momento de trasladar el superior general su sede a Roma. Con la resi­dencia del general a Roma, cesaría el cargo de vicario general italia­no. Entonces podría a su vez darse un vicario general a las provincias francesas.

Figari notificó al superior general esta propuesta. Watel procuró demorar el asunto lo bastante para contraatacar. Como siempre, la pri­mera línea de defensa fue la corona. Al enterarse de la propuesta, Luis XIV dio instrucciones a su embajador en Roma, el cardenal Emmanuel de la Tour d’Auvergne de Bouillon, para que interviniera de inmediato. El cardenal manifestó a la Santa Sede que «si los religio­sos italianos no podían ser súbditos de un superior general francés, entonces sería igualmente imposible para cualquier religioso francés ser súbdito de un superior general italiano». La intervención de la corona fue decisiva una vez más.

Una comisión especial de cardenales sentenció, que las razones dadas por las provincias italianas no bastaban a justificar una separación tan drástica. Clemente XI confirmó este juicio y denegó la petición. Pero aprovechó también la oportunidad y emitió una amonestación a Watel. He aquí la carta:

Todos desean la paz y la tranquilidad en vuestra Congregación. Según informes que hemos recibido, disfrutáis ahora de ellas. No instauró o afianzó ese estado, como pudierais pensar, el decreto que recientemente emitieron los cardenales designados para tal fin. Advendrá más bien, con la ayuda de Dios, merced a una administración de vuestra parte que sea moderada, prudente y genuinamente paternal, y se ejerza en espíritu de mansedumbre. En el futuro debéis formar la intención de conduciros de tal manera para con vuestros hermanos de Italia, que no haya ocasión de queja alguna, ni siquiera llegue a sugerirse. Si no acontece así, veréis la perturbación causada por antiguos desacuerdos alcanzar una gravedad tal que, según claramente se teme, «vuestro estado último va a ser peor que el primero». Caso de llegarse a tal extremo, Nos podríamos final­mente juzgar necesario aquel proyecto de cambio en vuestra goberna­ción que Nos no hemos hasta ahora estimado oportuno. Nos, pues, hemos decidido, primero, exhortaros por estas Nuestras presentes letras, y aun advertiros seriamente que, habiendo quitado de en medio todo cuanto pueda ser motivo de ofensa, uséis de tal moderación en el ejerci­cio de vuestra autoridad, que en particular vuestros hermanos de Italia hallen en vos, no a alguien que «domina sobre el clero»164 y exulta en una apariencia de victoria, sino a quien desea la paz, quiere la caridad y, en una palabra, es un padre, lo cual acredita el amor más que el poder.

El pontífice mandaba a Watel que retirase de Monte Citorio a los dos controvertidos franceses. De ser necesario, debía también sustituir los superiores provinciales y locales por «hombres de tal carácter, que sean bien y no mal recibidos por aquellos a quienes han de gobernar. Hombres prudentes y fraternos, y en consecuencia muy aptos para suavizar lo que resta de desacuerdo y cultivar la paz bajo todas sus formas. Estos nombramientos, sin embargo, no se harían sin aprobación papal previa.

Esta apelación al restablecimiento de «la paz y la tranquilidad» partidos nacionales en pugna, evidenció la valla que cortaba el paso a la marcha de la Congregación. Pese a las esperanzas y exhortaciones del Papa, persistió sustancialmente la sensación separatista de los antagonismos franco-italianos. La situación afectó adversa­mente a la prolongada unidad de la Congregación. Se reiteraron durante todo el espacio del siglo los desbordamientos del antagonismo, reafirmándose las pautas de pleitos nacionalistas sin solventar.

E. UDOVIC

CEME

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