Juan-Bautista Etienne (II)

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La Congregación de la Misión y el Antiguo Régimen

Vicente de Paúl fundaba la Congregación de la Misión el año 1625. Creaba una comunidad apostólica para evangelizar a los espi­ritualmente abandonados entre las masas rurales de pobres en las provincias francesas. Esta evangelización sistemática se efectuó en prolongadas misiones, catequéticas y sacramentales, con su base en las parroquias. Daban estas misiones equipos móviles de misioneros muy experimentados.

Vicente de Paúl descubrió pronto que el exilo duradero de esta evangelización parroquial se veía estorbado por un clero diocesano con escasa formación. Era esta misma situación del clero la que impe­día y dilataba también la renovación tridentina de la Iglesia en Fran­cia. En respuesta a las peticiones del episcopado, la Congregación amplió su misión primitiva para que incluyese la formación y renova­ción espiritual del clero diocesano. Esta misión empleaba como medios los siguientes: la reforma de la predicación, los retiros de ordenandos, las conferencias de formación permanente, los grupos de apoyo y, poco a poco, la dirección de seminarios a través del reino, según la norma tridentina.

Debido mayormente al fuerte prejuicio contra las órdenes religio­sas, la Congregación se configuró como forma novedosa de apostola­do con vida de comunidad. Formaban la comunidad sacerdotes seculares y hermanos coadjutores —«legos»—, que hacían votos simples y privados. Según fueron finalmente aprobados por Roma, la Congregación gozaba de exención pontificia en todas las materias tocantes a su vida y régimen internos. Sin embargo, en el ejercicio exterior de los ministerios, la Compañía reconocía la jurisdicción de las autoridades diocesanas. La Congregación se limitaba a ejercer su misión evangelizadora en parroquias rurales. No aceptaría beneficios que llevaban aneja la cura de almas. Además la Congregación ofrecía todos sus servicios gratuitamente, declinando compensación alguna.

En los primeros años, el ámbito territorial y la competencia legal para el ejercicio de la «misión» de la Congregación se amplió con rapidez. La Compañía se había ceñido, según su primitiva autoriza­ción, a las tierras, aunque extensas, que sus nobles patronos seglares poseían en provincias. Luego, le fue autorizada la acción en la jurisdicción del arzobispo de París. Por último, el reconocimiento nacional la capacitó para actuar en todos “los demás lugares del reino de Francia que estén sujetos al gobierno del Rey Cristianísimo”. Esta expansión se efectuó antes de 1628, año en el que la compañía, que contaba sólo con un puñado de miembros, solicitó por primera vez aprobación papal.

Un elemento que naturalmente condicionaba la vida de la Congregación era la reverencia hacia la sagrada persona del rey. El acato ejemplar de la real autoridad, cual lo encarnaba san Vicente, era un modo de expresar esta reverencia. Desde el comienzo mismo, bajo el reinado de Luis XIII, y en la regencia de Ana de Austria, la Congre­gación gozó del favor de los Borbones. El joven Luis XIV articuló, al reafirmar la posesión de San Lázaro por parte de la Compañía, la que sería actitud consecuente de la realeza para con la Congregación, hasta el desplome del Antiguo Régimen.

Estando plenamente informados de la probidad, capacidad, vida y bue­nas costumbres, y fidelidad de dichos sacerdotes de la Congregación de la Misión, considerando los grandes bienes y notables servicios que han prestado y prestan continuamente a la Iglesia y al público por las instruc­ciones que imparten a los jóvenes eclesiásticos en los seminarios, en los retiros y en las ordenaciones y las bendiciones particulares que Dios derrama sobre sus trabajos en las misiones en los campos, yendo de aldea en aldea, en los países alejados y hasta en las Indias, empleando en dichas actividades sus bienes y rentas, su salud y su vida, sin recibir sala­rio alguno, ni esperar otra recompensa que la de Dios, deseando asegurar y perpetuar la continuación de tan santos ejercicios, tan útiles y necesarios a la Iglesia y al público, y a fin de testimoniar a nuestro muy amado señor Vicente de Paúl, Superior General, y demás sacerdotes de la Congregación de la Misión, el designio de mantener, conservar y aumentar las gracias y privilegios otorgados y concedidos por nos y nuestros predecesores a favor de dicha Congregación.

Entre I627 y 1789, la corona reconoció las diversas obras e instituciones de la Congregación en una serie de más de 120 cartas patentes. A cambio de este favor, la corona esperaba que la Congregación fuese una obediente «herramienta» en la promoción de su política. Bajo este aspecto, los Borbones no hallarían motivo de descontento en cuanto a la respuesta corporativa de los vicencianos.

Mediado el siglo XVII, la Congregación estableció relaciones inicia­les con la Santa Sede, dentro del marco que le señalaba su arreglo de vida en Francia. La propia reverencia hacia el romano pontífice fue la aportación de Vicente de Paúl. Vicente insistía además en una obedien­cia sin réplica a la Santa Sede y para con la autoridad’ de la curia roma­na. En las Reglas Comunes de la Congregación, Vicente declara sin ambages su relativo ultramontanismo. El capítulo que trata la obe­diencia dice, «en primer lugar prestaremos reverencia y obediencia leal y sincera a nuestro santo padre el Papa». Más adelante, en una confe­rencia suya que comentaba esta providencia, el fundador explicaría:

…nuestro santo padre, el Papa; él es el padre común de todos los cristia­nos, la cabeza visible de la Iglesia, el vicario de Jesucristo, el sucesor de san Pedro; le debemos obediencia todos los que estamos en el mundo para instruir a los pueblos en la obediencia que deben tener, lo mismo que nosotros, a este pastor universal de nuestras almas. A nosotros nos toca darles ejemplo. Por eso entreguémonos a Dios para obedecerle debidamente y para recibir bien todo lo que venga de su parte. A él, en la persona de san Pedro, le ha dicho nuestro Señor: “Pedro, apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”; a él ese mismo Salvador le ha dado las llaves de su Iglesia. Él es como otra especie de hombre, muy por encima de todos los hombres. Por eso hemos de mirarlo en nuestro Señor, y a nuestro Señor en él.

Después que murió Vicente (1660), dada la cambiante naturaleza de la relación nacional con el papado, cual se inicia bajo Luis XIV, la Congregación en Francia redefinió de manera más angosta su lealtad al Papa. Este cambio reflejaba la nueva concepción del modus viven­di impuesto por el galicanismo nacional-absolutista. Naturalmente, el precio de la alterada priorización era la displicencia papal. Semejante postura fue también problemática para las provincias no francesas de la Congregación y para los gobernantes de otros reinos católicos europeos donde la Compañía actuaba.

Sin embargo, no es imaginable una inversión de la situación: que en Francia la Congregación corriese el riesgo de disgustar al rey y al parlamento por la declaración de una adhesión ultramontana, aline­ada con la autoridad papal en contra de específicos intereses gali­canos. Ello habría sido una violación del status quo religioso nacio­nal. En tal situación, poco podía hacer Roma en cuanto a la protección de los vicencianos franceses contra las consecuencias del enojo real y parlamentario. La no envidiable experiencia de los jesuitas franceses, a mediados del siglo XVIII, suministraba la prueba de esta realidad.

E. UDOVIC

CEME

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