Juan-Bautista Etienne (I)

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La Congregación de la Misión y la Revolución Francesa

Previa al estallido de la Revolución Francesa, tuvo lugar en París una violenta acción seminal, que comenzó en las primeras horas del 14 de julio de 1789. Tres días antes, el 11 de julio, Luis XVI había despedido al popular ministro de finanzas, Jacques Necker, y nom­brado a varios ministros conservadores. Noticias de la real decisión llegaban a la capital mediado el día siguiente. La atmósfera de París se puso tensa. Corrieron rumores de que el rey planeaba el empleo de tropas mercenarias extranjeras para dispersar la Asamblea Nacional. En la ciudad se desvaneció, durante los tumultuosos días que siguieron, toda autoridad, real o municipal. Ahora ejercería el liderazgo, en los acontecimientos subsiguientes, el partido de oposición formado en torno al duque de Orléans.

En la ciudad hubo violencia esporádica la tarde y la noche del 13 de julio. A las 2,30 a. m., el 14 de julio, se aglomeró en las angostas calles del barrio de San Dionisio «una furiosa banda, aunada de rifles, espadas y teas». Esta turba, en la que había miembros de la Guardia Francesa, atacó los portones principales del cercado de San Lázaro. Era ésta una amplia finca cercada, cuyas edificaciones y terrenos constituían la casa-madre de la Congregación de la Misión. Popular­mente se conocía a sus miembros como «lazaristas».
Los portones resistieron el asalto durante un cuarto de hora. Esta demora dio tiempo para que dentro cundiera la alarma. Fue una ventaja para la evasión de las 100 personas allí alojadas. Huyeron con poco más que Io puesto. Según rebasaba la entrada gritaba la turba, «¡Pan!           El  ecónomo doméstico, Cristóbal-Simón Rouyet, y el superior general, Félix Cayla de la Garde, se presentaron para recibir a la multitud. Ambos Padres ofrecieron alimentos y dinero. Pero estos gestos no distrajeron a los asaltantes. Rouyet y Cayla de la Garde, por consiguiente, siguieron a los fugitivos.

Orquestaba esta primera fase del saqueo de San Lázaro la parti­da del palacio real. «Bajo el pretexto del interés nacional», daba como justificación la búsqueda de grano, armas y dinero. Los asal­tantes no hallaron armas, pero sí grandes reservas de grano. Cargaron los bienes confiscados en las 52 carretas que tenían a la espera, y los llevaron al mercado central de la ciudad.

Organizada, la banda completó su tarea y, al cabo de varias horas abandonó la finca, ahora indefensa. La destrucción y el saqueo subsiguientes fueron obra de una horda de “gente ordinaria” formada por unos 4.000 individuo. Eran pobres trabajadores y comerciantes que vivían en los alrededores de San Lázaro. A estos tenían que serles muy familiares la institución y los «lazaristas», sus vecinos.

En San Lázaro la horda actuó con mano libre hasta bien entrada la tarde del 14 de julio. Hacia esa hora restableció el orden una milicia de ciudadanos apresuradamente formada por la ciudad. Los depreda­dores habían saqueado todos los edificios de la finca. Una relación de la época refiere lo acontecido.

El estruendo de la destrucción podía oírse por todas partes. Los vidrios y marcos de las ventanas, las puertas, alacenas, mesas, sillas, lechos y chimeneas, todo fue hecho añicos por aquellos dementes. Al mismo tiempo, ladrones de toda edad y de ambos sexos saquearon las habitacio­nes. Con inconcebible avidez arramplaron con todo el mobiliario y cuan­to había a la vista. Iban habitación por habitación sustrayendo aun obje­tos de valor mínimo. Ni una prenda de vestir, ni ropa de cama o paño alguno de mesa, utensilios de cocina o artículos domésticos, nada esca­pó a la rapacidad insaciable de esta feroz turba. No se contentaron con el simple robo de cuanto podían llevar. Fueron más lejos y, en su furia des­tructora, hicieron inhabitable todo el inmueble. Arrojaron a los patios camas, sillas y mesas. Dañaron los colchones, desfiguraron los relieves de la madera, y aun las cornisas de los muros demolieron… Nada deja­ron sano. Todo lo sometieron a su furia.

La horda invadió además los campos y huertos adyacentes. Des­truyó cosechas, degolló animales y puso fuego a las construcciones de la labranza.

Sin embargo, un puñado de estos mismos asaltantes, llevó con reverencia la gran urna de plata que contenía las reliquias de san Vicente de Paul y las puso a salvo. El relicario encontró un puerto en una iglesia cercana. A esta misma iglesia trasladó un vicenciano la reserva eucarística y los vasos sagrados. Fuera de la capilla, no esca­paron a la destrucción o al robo muchas otras pinturas sagradas, reliquias e imágenes.

Justo enfrente de San Lázaro estaba el conjunto de edificios donde tenía su sede la casa-madre de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

No fue mera coincidencia el afincarse las Hermanas y establecer su casa central tan próxima a San Lázaro. Habían estado, desde que las fundaron en 1633 Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, en un especial relación indirecta con la Congregación de la Misión a través de la persona del Superior General. Por el hecho de su elección como supe­rior general de los vicencianos, éste era ipso Acto superior general de las Hijas de la Caridad. Aunque había separación jurídica entre una y otra Compañía, ambas estaban espiritualmente unidas en la persona del sucesor de san Vicente. Juntas estimaban constituir la «Doble familia de san Vicente.

Era en este tiempo la residencia de la superiora general con su Consejo, la de 50 Hermanas más, y de otras 50 enfermas. La casa alojaba además a 98 jóvenes Hermanas del seminario —lo equivalente a las novicias—, de edades entre 16 y 20 años. Despertadas por el disturbio, estas Hermanas observaron con horror lo que acontecía al lado opuesto de la calle.

A las 5, 30 a. m. llegó un Padre para celebrar misa a las Herma­nas. Dado lo peligroso de la situación, ya no pudo salir. A las 7:00 a.m. llegaron algunos asaltantes que transportaban a un vicenciano inválido para que allí estuviera a salvo. Éstos parecen haber dicho a las Hermanas que nada debían temer de ellos, «pues sólo para San Lázaro nos han pagado, no para ustedes».

Más tarde en la misma mañana, un grupo mayor de «forajidos» exi­gió se les dejara buscar grano y harina. La superiora general y la direc­tora del seminario acompañaron a los intrusos. No hallando grandes reservas ocultas, la delegación marchó. Por la tarde, las Hermanas fueron sometidas a un registro ulterior de la casa. Ya de noche, llegaron al fin cuarenta números de la guardia nacional para proteger la finca.

Al desplazarse a la toma de la Bastilla el foco de atención de la ciudad, los Vicencianos, pasmados, volvieron a San Lázaro. Vieron la total ruina de su casa-madre. Entonces no podían preverlo, pero contemplaban un anticipo de lo que pronto sobrevendría a la Congregación por toda Francia.

Presa de no menor pasmo, las Hermanas al lado opuesto de la calle, que contemplaban la misma escena, observaban sin saberlo el mismo destino de su Compañía.

Diez, días después, el 24 de julio de 1789, el superior general escri­bía a las casas de la Congregación fuera de París: «Ya os habrá llega­do la triste noticia de nuestras desgracias. Pero el cuadro que se os ha pintado, por muy exagerado que os parezca, está infinitamente por debajo de la realidad: no se puede uno imaginar un desastre más universal y más horroroso… No sospechábamos el golpe que nos amena­zaba… Todo ha sido devastado… Quizá Dios ha querido castigar, con este desastre, el alejamiento de la sencillez de nuestros padres, y con­ducirnos a la modestia propia de nuestro estado.

Cayla de la Garde apelaba a las demás casas de la Congregación, para que hiciesen todos los sacrificios posibles. Esperaba de ellas que suministraran recursos bastantes, de suerte que la casa-madre “apoyada en la más austera frugalidad quizás pueda continuar existiendo y prepararse para reanudar, un día, sus propias funciones”. El día así esperado nunca llegaría.

Félix Cayla de la Garde actuó como delegado del clero en la Asamblea Nacional. Presenció, pues, la rapidez con la que la legisla­ción destruía el substrato político de Iglesia y Estado en el Antiguo Régimen. En el transcurso de seis meses, «se desmoronaría, un muro tras otro, el edificio milenario de la Iglesia Galicana. Fueron abolidas las asambleas nacionales del clero y, con ellas, el sistema entero de diezmos y beneficios». La Asamblea suprimió luego las órdenes religiosas. Los Vicencianos y las Hijas de la Caridad escaparon tem­poralmente a la disolución gracias a su condición secular.

En la circular que escribía a comienzos de 1790, Cayla de la Garde recapacitaba sobre los acontecimientos de los seis meses precedentes. «Situado en el seno de la revolución más desastrosa, testigo y casi víc­tima del furor popular, gimo todavía recordando el pasado, y me doy cuenta que el futuro se presenta muy poco consolador». El superior general se consolaba aun así con la conducta de quienes compartían con él las incertidumbres y adversidades entre las ruinas de San Lázaro.

En medio de las privaciones más sensibles, de los ultrajes más sangran­tes, ni una sola queja ha brotado de sus labios: han perdido sin pesar lo que poseían sin apego. Confortados por el testimonio de su conciencia y del sufragio del Señor, han tenido en poco los juicios injustos de los hombres y sus discursos insensatos; responden a las maldiciones con bendiciones, a la persecución con una paciencia invencible, a las injurias con plegarias renovadas… Nuestros infortunios han producido también preciosas ventajas: la piedad se ha reanimado, el celo se ha caldeado, y he visto nacer una santa emulación para el bien, que me proporciona las más halagüeñas esperanzas. Nuestra casa ha disminuido mucho en el número de personas, pero ha mejorado, especialmente en lo espiritual, y ella es lo que debe ser, un modelo para las otras casas… Mi alegría sería perfecta, si el sentimiento de nuestros males produjese el mismo efecto en todas nuestras casas, si las pérdidas temporales se convirtiesen en fuente de una renovación necesaria.

A la vista de todo ello, los Vicencianos entendieron que estaba en peligro la existencia legal de la Congregación.

Cayla de la Garde admitía no saber “con perfecta certidumbre cuál va a ser nuestro destino”. Esperaba que la Congregación podría mantenerse unida frente de los estragos de “la aflicción, la inquietud, el espíritu de independencia, y debilitamiento de la disciplina. Si la Compañía era capaz de hacerlo así y continuar celosamente con sus obras, pensaba él que podría aún “merecer la confianza pública” y sobrevivir.

Consecuentes con la prohibición de Pío VI, los vicencianos rehu­saron casi unánimemente prestar el juramento exigido a favor de la constitución civil del clero. El establecimiento de la iglesia constitu­cional causó un cisma nacional entre el clero juramentado y el no jura­mentado. Sacerdotes constitucionales se adelantaron a tomar posesión de las parroquias de París. Los «buenos sacerdotes y fervientes cató­licos» comenzaron a tener la misa en las capillas de las instituciones, entre ellas la de San Lázaro. Los vicencianos se demostraron de este modo enemigos de la Revolución y contribuyeron a sellar el propio destino.

En su circular del 1 de enero de 1791, Cayla de la Garde delataba la terrible tensión experimentada por mantener junta a la Congregación. “Desde hace un cierto tiempo anuncios horrorosos, mil veces repetidos, amenazan con la destrucción de la Congregación en Francia… No voy a disimular que nuestra situación es muy crítica, que nuestras alarmas no carecen de fundamento… De todas partes me piden noticias sobre nues­tra suerte, la inquietud multiplica hasta el infinito cartas e informacio­nes. No censuro un afán tan natural y legítimo; sin embargo, debe tener unas reglas y unos límites. Debéis tener por seguro que vigilo constan­temente por vuestros intereses, que todos los medios son empleados para prevenir una desgracia cuya sola idea me llena de amargura, y que seréis informados a tiempo de todo lo que os pueda interesar a este res-pecto»40. La última esperanza del superior general era que «nuestras lágrimas toquen al Dios de san Vicente de Paúl y venga en nuestra ayuda». Cayla de la Garde decía a sus hermanos, «cualesquiera que sean nuestros temores, cualquiera que sea la probabilidad de nuestra supre­sión, nuestras obligaciones no cambian. Seremos misioneros hasta el último momento, y por este título, debemos llevar, sin cansarnos, el yugo de la regla». El general urgía a los superiores a «redoblar su celo y vigilancia en mantener el orden y la disciplina en las casas».

A comienzos de 1792 comunicaba Cayla de la Garde que había empeorado la situación. El gobierno había confiscado la mayoría de las casas y propiedades de la Congregación. Los padres y hermanos dis­persados se habían reunido en las pocas casas que restaban a la Com­pañía. Eran objeto de constante acoso. Desde que el gobierno les había prohibido el ejercicio de todo ministerio, no tenían medios de vida. Algunas familias repudiaban a aquellos parientes misioneros que no eran juramentados. Dada la situación, poco más tenía que decir Cayla de la Garde. «Nuestros males están agravados por el temor, desgraciadamente bien fundado, de una próxima supresión… Solamente la Mano Todopoderosa… pueda detener el golpe que nos amenaza. Debo seña­lar aquí mi agradecimiento a los misioneros de países extranjeros que con frecuencia me han testimoniado su sensibilidad en nuestras des­gracias, y que me han hecho las invitaciones más honestas y más ama­bles. Ignoro la suerte que me prepara la Providencia, pero no cesaré de vigilar por los intereses de la Congregación».

El 6 de abril de 1792, los miembros de la Asamblea Nacional escucharon la propuesta de supresión para las comunidades religiosas seculares de sacerdotes y de hermanas. Tras meses de debate, la Asamblea aprobaba por fin la medida el 18 de agosto. EI primer artículo del decreto sonaba: «Las corporaciones conocidas en Francia con el nombre de congregaciones seculares eclesiásticas, tales como las de los sacerdotes… de la Misión de Francia o de San Lázaro… y en general todas las corporaciones religiosas y congre­gaciones seculares de hombres y de mujeres, eclesiásticas o laica­les, incluso aquellas dedicadas al servicio de los hospitales y al cuidado de los enfermos, bajo cualquier denominación que existan en Francia, ya tengan una sola casa o varias, todas las sociedades o cofradías… todas las asociaciones de piedad o de caridad, que­dan extinguidas y suprimidas desde el día de la publicación del presente decreto». Más tarde aquel mismo día, penetraban en San Lázaro unos oficiales del comité del barrio Poissonniére. Éstos precintaron los archivos y demás estancias de la casa. Se efectuó el inventario que ordenaba el decreto de la Asamblea. Con anterio­ridad en aquel mes, previendo la supresión a punto de ejecutarse, ya había trabajadores convirtiendo en cárcel el principal edificio del conjunto.

El decreto de supresión estipulaba que los miembros de las comu­nidades religiosas evacuaran sus casas no después del 1° de octubre. Sin embargo, el 26 de agosto, el comité local revolucionario orde­naba a la comunidad de San Lázaro que saliera al día siguiente. Aun así, los oficiales dijeron a los vicencianos que, de ser absolutamen­te necesario, «podían ocupar temporalmente alojamientos que se les designarían».

El 1° de septiembre, un puñado de vicencianos se reunió en la capilla de la casa-madre. Previo el permiso del señor Devitry, de la «Comuna de París, Comisión para la administración de bienes nacio­nales, Despacho de liquidación,» sacaron los restos mortales de san Vicente de su urna de plata. Luego los oficiales inventariaron y confiscaron el relicario. Los misioneros depositaron los restos del santo en una caja de roble. Puesta a salvo, esta caja permaneció escondida durante el período revolucionario.

Al día siguiente comenzaban en Paría las matanzas de septiembre. La carnicería empezó por los sacerdotes y religiosos detenidos en el convento de los carmelitas descalzos. La mañana del 3 de septiembre, en el seminario de San Fermín —Colegio de los Buenos Hijos—, de la Congregación, perecieron más de 60 sacerdotes. Entran en ese núme­ro varios vicencianos. El superior general halló un escondite el día en que comenzaron las matanzas. Cuando pudo hacerlo a su salvo, salió de París para no volver ya. Cayla de la Garde huyó a Amiens, donde permaneció varios meses.

El 4 octubre de 1792, los oficiales inventariaron y confiscaron las restantes posesiones muebles de San Lázaro. Los misioneros que aún quedaban salieron. Así cesó de existir la Congregación de la Misión en el reino donde fue fundada.

E. UDOVIC

CEME

 

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